martes, 30 de diciembre de 2008

Examen de conciencia

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Me dan lo mismo los análisis políticos, las disecciones ideológicas o la anatomía de las creencias. Me dan exactamente igual las culturas tras sus palabras o las civilizaciones bajo sus silogismos. Me importa un bledo el rigor erudito de las fortalezas en que quiere refugiarse la justicia, la cuota miserable de mentirosas ecuaciones que enarbola exponentes de equidades perdidas. Cuando veo la foto de un niño muerto en Gaza hace unas pocas horas, cuando leo que en el Congo se asesinó a 150 personas en un templo durante un concierto de Navidad, cuando repaso la delirante crónica “habitual” de esa bestialidad que con patético e incomprensible “eufemismo” han decidido llamar “violencia de género”, cuando un pretendido intelectual de mierda intenta poner zancadillas a la inteligencia para que el tiro en la nuca de un mafioso parezca la bandera de una idea… Cuando la vida humana no vale nada, los argumentos valen aún menos. Cuando la persona pasa a ser renglón intercambiable por razones, las razones se vuelven sentina de cualquier verdad.

Cuando estas cosas ocurren, uno siente vergüenza de pensar en otras cosas, de inquietarse por si habrá o no de aquietar los delirios de su economía; de si subirá, bajará o se mantendrá el zepelín antojadizo de la bolsa; de si brindará con champán o con cava… Cuando estas cosas están pasando, uno sufre de severo astigmatismo si se mira al espejo, o da un puñetazo a la pared a ver si su dolor pequeño le distrae de tanto remordimiento.

Incluso uno piensa que decir “feliz año”, aunque de corazón lo haga, es una inmoralidad. Porque el mundo sigue siendo el mundo que decimos que no debe ser. Y no pasa nada. Y no se detiene, con o sin estúpidas consignas para engalanarse el alma asegurando que quiere apearse. Lo cierto es que mi generación lo dijo. Lo evidente es que mi generación no lo hizo. Lo triste es que, en cuanto ha seguido sucediendo, yo no he visto ningún cambio.

Perdón por mi “confusa simpatía”.

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domingo, 28 de diciembre de 2008

Segunda parte. Ahora que hablamos de la felicidad…

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Para Francisco (y perdón por el retraso en el “combate”: he estado fuera de casa todo el sábado)


Cometí un error el otro día: antes de ponerse uno a hablar de algo, lo primero que debe hacer es acotar los términos que piensa emplear; sobre todo si esos términos se acompañan de una confusa polisemia. La felicidad es un concepto escurridizo que anda lastrado por otros en apariencia afines. Aristóteles lo sabía y empezó su Ética a Nicómaco desautorizando los sentidos espurios con que el vulgo se refiere a ella. Pero claro, él era un sabio y yo no.

La felicidad es un mecanismo de supervivencia humana como lo es la satisfacción para la supervivencia animal. Para salir adelante, para no regresar al laxo estado mineral, el ser vivo necesita enterarse de que está haciendo lo adecuado para seguir vivo. A esa noticia sobre la idoneidad de su conducta es a lo que llamo satisfacción o saciedad –o bienestar orgánico–. Cuando se da ésta, el animal sabe que puede poner a descansar la maquinaria de sus determinaciones. Aunque es una pausa eventual: en cuanto se descuida, torna a romperse el equilibrio alcanzado y tiene que volver a empezar. Esto es una de las teorías de la motivación que, sin duda, ya habréis reconocido. La tomo como ejemplo porque con la felicidad ocurre algo semejante. Pero, claro, aquí hablamos del hombre, y para mí el hombre da un salto cualitativo al arrancarse de la naturaleza. Ya no se trata únicamente de alcanzar órdenes y armonías en ésta, ahora hay que “hacerse la vida”; no sólo conservarla, sino “hacérsela”. Porque el hombre es libre; eso es le que le pasa al hombre, que es libre, mal que le pese. Sin embargo, igual que el resto de los animales, necesita un indicador que le informe sobre la adecuación entre su quehacer y su proyecto de hacerse. Yo llamo felicidad a ese indicador, por eso, insisto, considero a aquélla un mecanismo de supervivencia, porque si no funciona, la vida humana está haciendo agua.

Hablo entonces de la felicidad como plenitud, como coherencia, como aplauso que se dedica el hombre a sí mismo porque lo que quiere se acomoda con lo que hace, lo que defiende casa con lo que piensa, lo que ama se iguala con lo que le define. La confusión sobre estos principios arrastra a otras cotidianas confusiones. Nuestra sociedad (la de los pocos que podemos permitirnos el lujo de titubear cuándo y en qué medida somos felices) no es una sociedad de la felicidad, sino una sociedad del bienestar; es decir, del estado previo, del nivel orgánico en que se siguen buscando provisionales equilibrios entre necesidades (tanto da que éstas sean naturales o artificiales) y satisfacciones. Me parece muy bien el bienestar; tanto, que su territorio no debería ser un feudo minoritario en el mundo. Pero la felicidad de que hablo está más allá, bastante más allá: es una obligación de nuestra humana naturaleza, no sólo una continuación de nuestra naturaleza animal.

Que no se disparen las alarmas, por favor. Sí, he dicho “obligación”, de obligar, de ob-ligare; es decir, ligar, atar a algo. Porque, indudablemente y por esa condición de indicador sobre lo bien o mal que nos estamos haciendo la vida, está ligada, atada a nuestra naturaleza. Más aún: “obligación” porque somos “libres”, ya que únicamente estamos o nos sentimos obligados ante aquello que podemos elegir no hacer (el infortunado que por un resbalón se precipita al vacío desde un décimo piso no se siente en absoluto “obligado” a llegar al suelo, pero lo va a hacer, sin ninguna duda).

Desde luego que, por lo general, a la felicidad se le piden otras muchas cosas mientras que de nosotros exigimos muy pocas. De ahí que me atreviera el otro día a plantearlo al revés. Aunque, bien pensado, y ya que he hablado de plenitud, lo que debiéramos pedirle ya lo dijo con hermosísima humildad Amalia Bautista en ese maravilloso poema que es Al cabo y que acaba con tres perfecciones para el alma de los hombres:

…Al cabo, son poquísimas las cosas
que de verdad importan en la vida:
poder querer a alguien, que nos quieran
y no morir después que nuestros hijos.


La felicidad es eso. Quizá debí empezar por aquí y haber borrado todo lo demás.
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viernes, 26 de diciembre de 2008

Ahora que hablamos de la felicidad...

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La felicidad no es un anticiclón de días luminosos que nos viene a la vida merecidamente. La felicidad, como todo lo que al hombre se refiere, es un esfuerzo, un empeño tenaz porque madure. La felicidad es oficio de horticultores y campesinos del alma, de gente que toma la tierra que tiene y la limpia y la abona; y la siembra y la riega; y protesta por el pedrisco o la helada del suceso adverso, pero sigue mimando el haza que esforzadamente ha arado y la semilla que dejó en su entraña.

Cuando es posible el territorio (lo que no siempre ocurre: hay demasiada gente en el mundo que no tiene tiempo para pensar si es feliz porque lo único que se le permite desear es ver amanecer el día siguiente), cuando tenemos la suerte de disponer de su posibilidad, hay que cuidarla a pesar de la corte inevitable de sus variopintas infelicidades. Y esto es lo que no queremos; esto, lo que rechazamos de plano: deseamos una felicidad sin concesiones al disgusto o la contrariedad, pretendemos el día luminoso siempre; queremos su perfección. Es curioso el mercadeo que nos traemos los hombres con esto de la perfección. Cuando se trata de dar, no existe; cuando de recibir, negamos que no exista. Siempre estamos dispuestos a decir “no soy perfecto” para justificar una metedura de pata, para limar las asperezas de una negligencia o de una debilidad. Pero ante la felicidad, como ante la libertad, nunca. Aquí no hay irregularidades que valgan: la felicidad tiene que ser redonda porque la perfección lo es. La consecuencia es que muchos de los que disponen del territorio lo abandonan porque hubo tormenta y granizo inesperados o porque heló en primavera y se arruinaron algunos brotes tiernos. Luego van al psiquiatra.

Hay tragedias que rompen la vida de los hombres en todos los rincones del mundo con o sin territorio de viable felicidad. Ni por lo más remoto me refiero a ellos. Hablo de la acomodada intransigencia de los decadentes, de los egoístas, de los que piensan que tienen derecho a una felicidad perfecta sin conmover un solo pálpito de su corazón, de los que olvidan el inmerecido lujo que recibieron de poder hacerla posible. Hablo de no menospreciar la tierra que se halla ni de convertirla en un solar de escombros.

Hablo de exigir un poco más de nosotros y un poco menos a la felicidad.
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lunes, 22 de diciembre de 2008

El viejecito (bis)

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La esencia de las tradiciones está en la reiteración. La tradición se repite porque recupera algo que no sabemos muy bien qué es, pero nos invade de una necesidad. Por eso voy a repetirme. Lo colgué de un “atardecer” hará cosa de un año y he querido volver a hacerlo hoy porque el sábado, a la 1:45 P.M., subió de nuevo a su puente y se puso a no andar hacia donde sí quisiera.

Podéis pasar de largo si ya entonces lo leísteis. En cualquier caso, Feliz Navidad.
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Creo que tiene 87 años. Ha sido testigo mudo de la Dictadura de Primo de Rivera, de la caída de la Monarquía, de la proclamación de la República, de la Guerra Civil, del franquismo, de la Democracia… Tiene nariz aguileña, ojos grandes y tristes, barba y pelo blancos. Viste un traje negro con chaquetilla corta, como de charro salmantino. Anda encorvado y despacio, con los brazos hacia delante para compensar una carga de leña que lleva a la espalda, una carga de piedad que lleva llevando todos esos años a un portal que sólo advierte de lejos, desde el pretil de un puente que cruza un río parmenídeo que ni se mueve ni cambia, que es una palinodia de la sentencia de Heráclito. Porque siempre le hemos puesto ahí, sobre ese puente, unos días antes de todos los inviernos que han caído sobre nuestras vidas.

Allá por 1920 mi abuelo lo situó ante los ojos, infantiles entonces, de mi padre. Tiempo después, hizo mi padre lo propio ante los míos. Años más tarde, yo ante los de mis hijas… Él insiste en salir aún cada invierno de ese envoltorio de papel de periódico en que pasa la mayor parte del año. Cuando lo miro, me viene un olor de corcho, serrín y musgo viejo, que es a lo que olía el comedor de Gómez Ortega en estas fechas. Y la memoria de mi madre, joven, desplumando el pollo de Nochebuena, que era el manjar estelar de entonces. Luego se me enreda la nostalgia en las tres risas infantiles que años después me ordenaron el alma.

Este viejecito parece un manual de nemotecnia del sentimiento. O un eslabón con todos los corazones que anduvieron por estos pagos. Por impopular que hoy sea, repetiré que la tradición es un bien humano, una liturgia de raíces en el tiempo que nos arranca de la mera depredación de la vida y nos hace sentir junto a quienes sintieron y ya no están con nosotros. Que no es química, genética, ordenación cromosómica ni selección natural que valga. Que es decisión del punto y aparte que, si no lo somos, si se empeñan en decir que no lo somos porque los bonobos tienen habilidades cognitivas similares a las nuestras, deberíamos querer serlo. Otra cosa es que nos conformemos con el determinismo del ADN, o que nos tire la selva más que el aula, o más la herencia animal que el templo humano.

No me gusta el mundo que veo. Los hombres de hoy, estos hombres de usar y tirar que se han vuelto "cosa" en su recíproco uso, no quieren tener nada que ver con el pasado; probablemente, con el futuro tampoco –si éste no es técnicamente explotable, por supuesto–. Y el presente, sin uno y sin otro, no es más que un miembro amputado, un muñón inútil que no agarra verdad por parte alguna. Uno debería poder morirse cuando cae en la cuenta de que el mundo que hay ya no le gusta. Sobre todo si está convencido de que no existe arreglo posible y lo único que entonces le apetece es descansar.

Por eso desearía que un día alguna de mis hijas sintiera la necesidad de volver a colocar a ese viejecito sobre su puente; no porque se acordaran de mí, que también, sino porque su mundo siguiera teniendo algún sentido bello para el hombre.
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viernes, 19 de diciembre de 2008

Ropa tendida

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Me queda este consuelo, este paisaje
de señales colgando en la ventana,
ropa limpia de verbos y tristeza
tendida al sol confuso de diciembre.
Sólo eso: palabras de impotencia
tantas veces lavadas en mis lágrimas.
Que el viento las arranque y las eleve,
y arrastre su rumor a alguna parte,
a algún rincón donde el silencio pueda
recuperar del aire tanto olvido.


(19 diciembre 2008)

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Animal de compañía

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Después de todo, le tomé cariño. No responde a una raza definida, es cierto. Tiene algo de golfo –en el buen sentido de la golfería, que es el de vagabundear sin norte ni encomienda–. Pero quiere ser amable y próximo; tan próximo, que a veces se me pone ñoño, casi gatuno. Da vueltas a mi mesa, se detiene, no quiere distraerme y, sin embargo, lo consigue. Se aleja, se aproxima. Luego parece que se cansa de mi vano empeño de ignorarlo... Y se tumba a mis pies y no hace nada; recoge la mirada debajo de los párpados y se queda dormido.

Pero no siempre es tan fácil: también me ha hecho destrozos, también ha mordisqueado algunas de los rincones que más quiero. Me duelen esos gestos de intratable rebeldía, ese afán de romper los equilibrios agónicos de mis precarios paisajes.

Hace tiempo, lo sacaba a la calle después de que la tarde dejará de serlo. Hasta que empezaron a agobiarlo sus estrechas avenidas. Cada vez salíamos con menos ganas, como si hiciera frío aunque fuera primavera. Y decidimos no hacerlo. Fue un acuerdo común, casi inconsciente: yo me sabía viejo; él, se sentía. Y abrimos la noche para inventar vigilancias, prescindibles, sin duda, pero nuestras al cabo.

Ya sabéis de qué hablo: una parte de uno sin raza de renombre, un compañero golfo, en el buen sentido de la golfería. Para algunos, una parte del alma a que se toma cariño. Después de todo, un blog… para otras tantas soledades.
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domingo, 14 de diciembre de 2008

Noche oscura

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A Juan de Yepes (en el mundo, se entiende), con mi devota admiración


En una noche oscura,
con ansias en amores inflamada…


S. Juan de la Cruz




Ha dejado la noche la estatura
de su alta oscuridad, de su distancia,
de ese herir la paciente vigilancia
del alma a que enamora su locura.

Ha dejado de ser la noche oscura
la escasez que soñaba su abundancia:
un racimo de amor, una fragancia
de jardines, de rosas, de blancura.

Hiede el centro del hombre envanecido
a barrios luminosos, a basura…
Tras la noche no hay Dios, sino su olvido.

¡Y yo sigo creyendo en quien saliera,
inflamada de amor en noche oscura,
de esa casa del alma prisionera!
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14 diciembre 2008

viernes, 12 de diciembre de 2008

...las hierbas que él arrojó

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Para mis alumnos que, por supuesto, no saben que estoy por aquí
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Estaba convencido de que había filosofías de todas las cosas; de las insignificantes quiero decir. No es de extrañar en tiempos en que la filosofía se ha vuelto comodín de ideas; una carta en la manga de los tahúres mediáticos que avala la dignidad de todas sus jugadas. Así, hay filosofías de entrenadores deportivos, de cadenas de hipermercados, de industrias de zapatillas, de ONGs pro-marsopa, de AMPAs (no hampas, que también), de asociaciones vecinales… Vamos, de todo. Así que yo me consideré con derecho a pensar las mías, las de poca monta, las de casi nada. Me hacía sentir bien eso de dar importancia a lo que no era importante. Eso que estaba ahí, rodeado de vulgaridad por ser común: un jardín, un día de lluvia, una mirada traicionada por los ojos responsables, un periódico viejo con noticias que archivó su intrascendencia, la soledad de una hoja a punto de ser danza cualquier tarde de octubre… Me acordaba de Azorín –del que nadie se acuerda–, de su “pequeño filósofo”: a mí me gustaba un lirio mucho más que los delirios del mundo; el renglón de cualquier día, mucho más que los párrafos de sus provisionales dioses.

Me equivoqué, lo confieso. Pero ella tuvo algo de culpa. Ella que se vendió a los mercaderes para no abandonar los titulares; ella que se hizo espanto para tener lugar en las palabras; ella que se prostituyó en los lupanares a cambio de unas pocas monedas. La filosofía siempre fue de lo próximo, de lo inmediato; de lo que está ahí, al alcance de todos… O de nadie. Empezó su andadura por el agua y se extendió bajo el aire de Mileto, se disfrazó de números en Samos, se conmovió por el fuego en Éfeso, se creció hasta los cielos en Atenas y a la tierra regresó en Estagira. Y más tarde, en Hipona, quiso a la caza dar alcance… Algunos siglos después, rodó por los burdeles: ¡gozo de muchos y verdad de nada!

Agua y aire. Fuego y cielo. Llano con decisión de altura… ¿Hay algo más cercano, más simple, más común para los hombres?

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lunes, 8 de diciembre de 2008

"Solaya..." o un baño de vanidad

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De vez en cuando es bueno. Por ejemplo, cuando uno está frisando edad de “batallitas”, ese punto del tiempo en que se mira atrás, ingenuamente, soñando encontrar paisajes portentosos. Por lo general, no los hay. Por lo común, lo único que se divisa es el deshielo de unas cuantas ilusiones montañosas. La insistencia nos permite descubrir algunos prados. Y eso es suficiente; lo demás se convierte en distracción neblinosa; como debe ser, ¡más faltaría! Entonces uno empieza a hablar, y a hablar, y a hablar… de su hermosa pradera memorable. Como ésta, sin ir más lejos:

1982. Madrid de invierno en decadencia galopando sobre un mes capón en días. Calle del Duque de Medinaceli, entre “el Palace” y la iglesia del Cristo de igual nombre. Calle que, si uno sigue, se cruza con Cervantes y más allá con Lope. Calle para quedarse a morir, porque entre Lope y Cervantes sólo se puede morir y después hablar con Dios. Salón de Actos del Centro de Humanidades del CSIC. Unas cuantas palabras de Cadalso se le están diciendo en alto y por primera vez al mundo. Fuimos nosotros, un grupo de teatro aficionado que llevaba por nombre Conrado Ojalvo, aquel amigo que se nos volvió memoria demasiado pronto. Solaya o los circasianos, un dramón prerromántico, no vamos a engañarnos a pesar de otros pesares, cuyo verdadero valor residía más en el trabajo de investigación de Francisco Aguilar Piñal que en los méritos dramáticos del apasionado capitán de caballería. El propio Aguilar nos brindó la ocasión, por mediación de Luis Alberto (que fue además “actor invitado”), de representar en teatro leído la inédita tragedia cadalsiana al hilo de su edición príncipe.

Ahora miro la foto y veo la impecable estampa de la gente que me ha regalado el tiempo. En los extremos, dos alumnos remotos, Consuelo y Juan Pablo –Casalia y Kaulin–, de quienes, hace mucho, sólo poseo los días de entonces. A mi izquierda (no podía ser de otro modo), Félix Sánchez Montesinos –Hadrio–, un alma de teatro en carne y hueso, un amigo antes que nada –y un familiar después de todo–, que más tarde embrazó adarga y enarboló lanza y se arrojó a las tierras de Castilla, las de San Juan y Machado, para desfacer agravios y recuperar los reinos que voceros malandrines han robado a la esperanza. Y el “malvado” Casiro, que soy yo, claro está. Y una tríada después de la que pocos podrán presumir de haber tenido en tal vecindad. A mi derecha, Amalia Bautista –Solaya, naturalmente–, alumna también y amiga luego (¡qué demonio!: si de presumir se trata, no me voy a callar esto). Junto a Hadrio, Julio Martínez Mesanza –que es Heraclio–, con quien la amistad ya entonces se había definido irreversible trayectoria. Y, casi en primer término, Luis Alberto de Cuenca –aquí, Selin–, al que conocí gracias a Julio…

Nunca fuera caballero
de vates tan bien servido…

Estoy seguro de que Lanzarote habría dicho lo mismo. Es evidente que estoy presumiendo, ¡quién no lo haría!; pero además estoy dejando en el aire, para panegiristas, antólogos, biógrafos o simples curiosos, esta anecdótica circunstancia de tres grandes poetas. La parte de vanidad inevitable es que yo estaba al lado de ellos, en el local de esa calle que, si uno sigue, se cruza con Cervantes y más allá con Lope. Esa calle en la que cualquiera se puede quedar a morir…; en mi caso, y por lo dicho, por doble razón y en doble residencia.

Sabe Dios en qué pasaje de la obra se dejó la luz esa memoria, ésa que hoy me ha robado la tristeza mientras me salpicaba el orgullo. Ésa que hoy me ha empapado de nostalgia.
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jueves, 4 de diciembre de 2008

La mirada y el alma agonizante

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No permitas que Andrómeda diluya
ese velo de nieblas tan lejanas.
No consientas que el éter se interponga
y confunda mi sueño en sus relámpagos.
No distraigas los astros ni emborrones
el lento acontecer de su belleza.
No convoques los cirros de la tarde
a la oscura asamblea de su olvido
ni trastornes el cielo, el espectáculo
callado y portentoso de la última esfera.

Deja estar al deseo en su delirio.

No niegues residencia a la esperanza,
a ese polen de estrellas esparcido
que atraviesa tus ojos cuando miras
mi niña vigilancia.

No dejes que la luz se desmorone.

No dejes de mirarme.
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4 diciembre 2008

martes, 2 de diciembre de 2008

Noche fría

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A los otros fríos y soledades, que son verdad, aunque no siempre salgan en los telediarios
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¿A quién habla la noche cuando es fría,
cuando el viento es un sable en la mirada,
cuando duele la piel del mundo helada,
cuando hiela hasta Dios? ¿A quién diría

la noche que no quiere no ser día?
¿A quién le contará su madrugada
que se teme vencida, derrotada,
sol dudoso, incapaz tras su agonía?

Qué soledad tan grande, tan perfecta,
la de la noche al cabo, qué locura
gemir sin voz ni pena que la nombre.

Cuánto olvido en su lágrima incorrecta
que no sabe llorar, que se tortura
porque hiela las lágrimas del hombre.
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2 diciembre 2008
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jueves, 27 de noviembre de 2008

La sombra

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Sólo la oscuridad, sólo tenerte
confusamente oscura; sólo ajena,
a punto de no ser; sólo tu arena,
el resto de tu tierra. Sólo verte

en niebla indefinida, padecerte
ausencia horizontal que el día estrena
sin ser día, sin ser aurora plena,
sin ser tú. Mirar… y suponerte.

Sólo indagar tu sombra enajenada,
ese resto de ti que el sol olvida
y esparce por el mundo, indiferente.

¡Sólo tu confusión desdibujada!
…Y a la luz castigar por distraída
por sólo merecer tu sombra ausente.
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27 noviembre 2008
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sábado, 22 de noviembre de 2008

El corazón del guerrero

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El otro día leí que hay glaciares inmensos bajo la superficie de Marte, agua que aguarda eleáticamente, desde hace millones de años, tal vez para aplacar la sed de unos lejanos visitantes. Eso al menos han pensado en la NASA: una mina de posibilidades bajo la cobriza coraza de un planeta muerto.

¿Quién podría extrañarse? El corazón del guerrero alberga un mar de helada indiferencia, un subterráneo desamor de ausencia y frío que deja, sin embargo, el reguero encendido de su sangre cuando cruza la noche. El corazón del guerrero es la implacable demolición de cualquier fracaso. Los contrarios acaban con Parménides y Heráclito es verdad después de todo. Del hielo nacerá el calor, del invierno eterno el provisional verano.

Porque, nos guste o no, eso es la vida. Vivir no es abundar en terciopelos para poder acariciar dulzuras decadentes. Vivir es estrellarse con la nada, descubrirla de pronto, dolerse en su combate. Y seguir, ajeno e indiferente, convencido de que al cabo no es inútil luchar contra su sombra.

El sueño del guerrero, su alto sacrificio, es que al hielo del alma un día le lleguen el sol y los cultivos, los parterres bordados por las flores, las hojas moribundas del lentísimo otoño.

Si aplicáis a la ventana el oído de la noche, aún podréis escuchar una voz valerosa, el eco de un susurro convencido de que, después de todo, no es inútil la muerte. Ni siquiera en la derrota.
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miércoles, 19 de noviembre de 2008

El “e-mail” del caballero

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Qué cosas tiene este hombre que, de “caballero inactual”, ahora parece quererse atemporal y caballero. Un “email”, que le cuadra menos que a mí la simpatía, unas pocas palabras…

Amigo mío, le adjunto unas seguidillas que, aunque no se lo crea, son de verdad. No son “seguidillas compuestas”, que viajan con coda, sino “simples”, que a mí me nacen del corazón y sus razones. No le envío mi domicilio porque ahora mismo vivo en ninguna parte. Ya le contaré.

No sé qué tendrá que contarme, pero como yo sigo en huelga –que no holganza– de palabras, he aprovechado el latido de ese corazón anacrónico para que suene el silencio de este otro envejecido.


Sin querer me dijiste
que me querías,
esas cosas te pasan
por distraída.

Por mirar de reojo,
por no mirarme,
por dejarme a la suerte
de un tal don nadie.

Por cruzarme contigo
sin tu mirada,
pasajero del día,
sombra nublada.

Que ni sombra me dejas
que me permita:
un solar que la luz
nunca visita.

Sin querer, mira que eres,
y yo sabiendo:
¡estocadas al aire
y herir al viento!

Que por mucho que digas,
por más que niegues,
es negar, si así niegas,
que no me quieres.


(19 noviembre 2008)

viernes, 31 de octubre de 2008

Nada nuevo

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Asfixia el mundo, este mundo que se construye desde el juicio acelerado; tan acelerado, que se adelanta a sí mismo, que deja de ser juicio para ser prejuicio, ortodoxamente, “pre-juicio”, algo que volcamos sobre los demás sin darles ocasión de nada, sin saber realmente nada de lo que pasa o les pasa, guiándonos de tres o cuatro señales mal leídas y peor interpretadas, dando crédito al ruido para invertirlo en mensaje, convirtiendo nuestra fantasía en injuria y condena…

Por eso he perdido las ganas de escribir. Últimamente ando en tratos dolorosos –y reales– con los años. Con los muchos, por el duelo de ver los escombros de su ruina; con los pocos, por la pena de saber la inanidad de su proyecto; con los medios, por su errático andar tras la opinión de más aplauso… Con los míos, por la inmensa lejanía de mi mismo.

No tengo ganas de escribir porque cada día tiene el día menos ganas de serlo, porque todo lo que habrá de establecerse al cabo de vivir puede que sea para nada; porque tan tonto soy que ni siquiera sé si creo en lo que creo; porque la edad de Dios sigue hablando de jardines amables a pesar de su destrozo; porque la luz se ha hecho sólida en muchísimas miradas; porque Teseo ha decidido la espada y la tristeza; porque del sueño horrible no se acierta a despertar bajo el beso de una voz o su memoria

No tengo ganas de escribir…

Si será verdad, que lo escrito aquí ya estaba escrito.
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jueves, 23 de octubre de 2008

El sueño

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Tantas veces es cierto que no es cierto,

que no es verdad; que tiembla y no sucede;

que el aire se estremece y luego cede…

Y es mentira… Y no es… Ese desierto,

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que se quiere jardín y está cubierto

de oscura confusión, un día puede,

porque sí, con decisión, adrede

desconcertar su mudo desconcierto.

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Y desatar un párrafo imposible,

la pleamar ingrávida y desnuda

de un verbo que se quiere trayectoria.

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Y surgir enredada, imprevisible,

sólo una voz, la voz, tu voz sin duda;

el beso de tu voz o tu memoria.

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(23 de octubre de 2008)

lunes, 13 de octubre de 2008

La decisión de Teseo

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Cortar la seda. Cercenar el vínculo.
No querer escapar del laberinto amargo
ni del monstruo posible que al final nos aguarda.
Quedarse aquí,
dentro de uno,
con la daga sangrando y el último silencio;
con el alma asustada y su oscura agonía.

No querer olvidarse de uno mismo,
de la bestia encerrada que nos sigue esperando
cada noche en su cueva,
cada noche en su noche sin aurora,
eterna o intemporal, cruel, heroica,
oscura soledad de piedra y musgo
que no sabe los triunfos y sus días.

Solos al fin la tristeza y la espada;
y el monstruo en su rincón, en su condena,
aguardando la muerte, la sangre de decirse,
el bramido glorioso de haber sido.


(13 octubre 2008)

domingo, 12 de octubre de 2008

Noticias del "caballero inactual"

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Melodramático anda este hombre que se me antoja cada vez más raro. Hacía tiempo que no sabía de él, que no me visitaba ni me escribía, que no encontraba sus llamadas perdidas en mi móvil, ese rastreo de imposibles respuestas al otro lado de nuestras inquietudes. Y, mira tú por dónde, ayer, sábado 11 de octubre, me encontré al llegar a casa una larga carta suya. Cinco folios y medio para ser exactos. Me contaba allí experiencias extravagantes, sucesos extraordinarios que ponen en entredicho los límites de la verdad, cosas que para creerlas hay que hacer religión de la amistad.

Sí, está cada vez más raro, tanto que su condición de inactual parece empezar a desearse convicta irrealidad, fantasía enfermiza, vanamente encarnada. Mucho me temo que el día menos pensado se acomode en él la doble disonancia del tiempo y del espacio. Un acomodo comprensible, al menos para Einstein.

Entre la retahíla de extravagancias, me dejó este poema que transcribo. También extraño que lo firme él, por aquello de los versos blancos. Aunque, bien es verdad, que sigue observando –puntilloso como siempre– el mando de la sexta, la tónica de toda la vida. ¡Flaquezas de su condición!



La mirada sin palabras


Estuvieron allí
antes de que la luz se hiciera sólida en tus ojos,
tan sólida que ya nunca podría
excavar en su fondo mi refugio.

Cuánto amé esa mirada,
ese rastro de sol mientras caía
el alma en mi jardín como una rosa vieja,
sin alba prometida, sin mañana radiante,
sin mirlos en el aire, sin otra primavera…

Estuvieron allí, allí fingieron
la voz hospitalaria de decir sin decirse:
caricias en la piel
de un silencio ordinal y riguroso,
cronómetros de un verbo que no amanecería…

Cuando la luz se fue volviendo densa,
espesa, impenetrable, cruel como un destierro,
supe que esas palabras –que estuvieron allí
alguna vez, acaso cuando nunca–
eran sólo un refugio fabulado,
una amarga intemperie,
un amparo falaz;
el delirio de un dios frente a su olvido.


(11 octubre 2008)

viernes, 3 de octubre de 2008

La edad de Dios


A mi padre.


No están ya con nosotros, ni siquiera entre nosotros. Viven en otras casas; comen en otros platos; hablan con otras gentes. Comercia su palabra con otros asuntos; secuestra su corazón una extraña distancia. Su tiempo marca un orden de sucesos que ya no nos concierne; que alguna vez lo hizo, tal vez, allá por esos años de reciente emerger de la conciencia. Cuando niños, muy niños. Cuando decíamos mal el nombre de las cosas y ellos nos iban inventando la memoria. Y eso, que en nosotros ya es sólo biografía, se hace acontecimiento intraducible en las salpicaduras de su mirada.

No son ya de este tiempo. Por eso cuando es octubre, puede ser junio; o cuando martes, domingo. O estar anocheciendo y ser temprano; o ser ayer sin haber sido nunca.

No están ya con nosotros; aunque a veces nos encontramos con ellos en el relámpago de una frase. Un destello momentáneo, un cruce fugaz, como a traición de su locura (¿o será nuestra?), en que parece posible lo que jamás podrá serlo.

Se rompen por dentro porque están solos, porque los rostros que ven no coinciden con las caras que sabían, porque la noche es hostil y está llena de ausencias. Se rompen, y deciden otra historia. No la inventan, la deciden. Se asemejan a Dios porque crean el mundo; porque lo llenan de gente no posible; porque logran el milagroso rescate de su último silencio.

Se parecen a Dios porque sufren... Aunque sigan hablando de jardines amables.

lunes, 29 de septiembre de 2008

El jardinero

.

Las poquitas ganas que le van quedando a uno de casi todas las cosas; la gota de amargor inevitable que no renuncia a caer sobre la piedra de cada día… Y su advertencia, su amenaza de convertirse en desbordada precipitación sobre el punto, antes granítico, de una inútil resistencia. Las horas y las horas, los libros aplazados, los poemas perdidos, la distracción del sentimiento en un recuerdo hermoso, la presunción del alma frente a un deseo no posible…

Llega un momento en que la vida se queda de pie y no puede sentarse, sólo mirar al día siguiente renunciando a su discurso. Y aguantar el temporal. Seguir de pie a pesar de todo. Respirar, a pesar de todo. Hablar, a pesar de todo. Intentar pensar… a pesar de todo. Y en algún rincón, profundo y propio, cultivar un jardín que nadie entiende; que a nadie importa; que no es fundamental ni necesario; que no sabe a qué es debido que haya rosas en otoño; que no puede, sin embargo, evitar que septiembre –octubre casi– huela aún a primavera sobre el acre silencio de las hojas caídas.
.

sábado, 20 de septiembre de 2008

La memoria ancilar

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Me quedo con las noches esforzadas,
las horas del cansancio, la fatiga.

Me quedo con los días subterráneos
y el dolor de la luz sobre los ojos.

Con la nada me quedo, decidido
a negar otra vez el desencanto.

Sin tiempo de morir con casi nadie,
me quedo con vivir en el olvido.

Allí solo, pequeño, resguardado
por el arco de Dios en tu sonrisa.


(20 de septiembre de 2008)

miércoles, 17 de septiembre de 2008

La llamada II

.

Uno espera y espera... Uno excede
la paciencia del tiempo y aún espera
un renglón en el aire, una quimera,
un párrafo indecible… Y no sucede.

Uno quiere poder lo que no puede:
romper con el silencio; esa manera
de estar dentro de uno estando fuera,
duelo que avanza, paz que retrocede.

Y un día, de repente, suena un sueño,
rompe el aire un teléfono, difunde
su agotadora desazón sin calma.

La mano oprime el corazón sin dueño...
Y uno besa una voz que a Dios confunde,
una voz que es un vínculo del alma.


(17 de septiembre de 2008)

miércoles, 10 de septiembre de 2008

La "partícula de Dios"


La llaman la partícula de Dios y la buscan por anillos colosales donde la insignificancia se estrella contra la insignificancia y provoca la ilusión de lo grandioso. Un bosón, el bosón de Higgs, una casi nada que, suponen, tiene la culpa de casi todo. Y puede que la tenga. Puede que un día nos sorprendan con el descubrimiento de su rastro. Porque sólo se podrá leer su rastro. Y todo será coherente; todo incuestionable, explícito y rotundo. Las cuatro fuerzas sólo serán dos –la gravitatoria, suave y tenaz, es una fuerza contestataria que se resiste a las reducciones hasta el aburrimiento de los sabios–. En el fondo, seguimos buscando el arjé.

La partícula de Dios es como la sexta vía del Aquinate saltándose los siglos y trocando el método aristotélico-deductivo por el método científico-experimental. Claro que ya no se busca a Dios, sino su partícula; mejor dicho, el rastro de su partícula: un renglón sobre una pantalla. Para ello hay que recrear la Creación a cien metros bajo tierra… Y nos encontraremos con un dios pequeñito y tonto (los bosones no se enteran de lo que hacen) al que le salió por casualidad un mundo ordenado bajo el rigor de la causalidad.

Yo soy un pobre tonto, inerme de ecuaciones, sin aceleradores ni colisionadores de hadrones o cosa que se le parezca. Tan tonto soy que ni siquiera sé si creo en lo que creo. Mis hipótesis son desamparadas. Sin embargo, he visto la partícula de Dios en muchos guiños de la vida: todos los días, en los periódicos del dolor del mundo; hace un rato, en unos ojos bellos bajo la gravitación de la ternura.

domingo, 7 de septiembre de 2008

Para nada


Una rara fracción de eternidad…
Un divisor común de polvo y tiempo…
Una ecuación de amor de primer grado…
Un decidido hacer de la tristeza…

A veces me sucede. A veces siento
que sucede. Un instante. Un recorrido
del corazón por todo lo que debe
callar, por todo lo que calla;
por todo lo que habrá de establecerse
al cabo de vivir, de haber amado,
de haber herido el tiempo inútilmente
para sanar en nada la voz y su locura...

Para llegar a nada.

Para nada.



(7 septiembre 2008)

sábado, 30 de agosto de 2008

Puerta de septiembre

.











Cada día tiene el día menos ganas de serlo;
cada día es más breve su entusiasmo;
cada día, su luz más apagada,
más vencida su altura,
menos firme.

Cada día es más noche y menos día,
más estrella ilegible,
menos sol recitado…

Cada día que pasa.

Cada día.


(30 de agosto de 2008)

martes, 26 de agosto de 2008

Testigos nuestros


Hace dos meses, bajando por la calle “Camino de la Huerta” en San Fernando de Henares, se podía ver una casita derruida por la intransigencia voraz de las excavadoras. Durante algunos días distraje la vulgaridad de mi rutina circulatoria con los restos tenaces de su doméstica biografía, focos de resistencia en que las cosas se empeñan para que no se olvide que alguna vez fueron testimonio. Me llamaba la atención un friso alicatado y fragmentario, blanco y azul, de rancia estética, que había sobrevivido de tanto adherirse al edificio colindante. Puede que allí estuviera la cocina, ese rincón de las casas que fue hogar por excelencia, cuando el hogar era hoguera gracias a la cleptomanía prometeica. No podía evitar reconstruir el resto, disponer en el mosaico de cascotes las piezas fantasmales de un pasado del que nadie sabrá nada en poco tiempo. Me parecía escuchar risas o advertir lamentos, recuperar tristezas o fracasos, rescatar alegrías o grandezas. Días felices y días terribles, relojes con voluntad de que el tiempo se detuviera o, todo lo contrario, corriera y pasara cuanto antes. La vida, la humana más que ninguna, no sabe suceder sin proclamar en dónde ha sucedido.

Hace un mes que Roma anduvo bajo mis pasos salpicando eternidad sobre este pobre montaje de carbono que se volvió mirada y corazón hace más de medio siglo. Hace un mes me vi en rincones donde la belleza se vuelve santidad y la Historia armonía exultante de los muros. Hace un mes me ocurrió lo mismo que hace dos y que hace siempre, lo mismo que me ocurre en los museos, lo mismo que me pasa ante cualquier rastro del hombre: que no puedo evitar que me asalte una legión de biografías insignificantes, de gentes que sufrieron y gozaron sin firmar en anales de importancia; que lucharon, creyeron, padecieron, supieron, ignoraron; que dejaron allí su lágrima y sudor, su empeño y sacrificio, su gozo y esperanza, como un rescoldo de la vida que vivieron, del hogar que alguna vez lo fue sobre su piel, bajo su alma.

No lo puedo evitar: así es el manantial de esta vulgar memoria. Una pena que nos pase inadvertido, que no nos demos cuenta del grandioso papel de ser pequeños, que ignoremos que la identidad del tiempo nos tendría que estar agradecida… Si lo hiciéramos, creceríamos en rotundidad existencial, en certidumbre de sentido, en felicidad por disponer de este breve intervalo en que tan mal tratamos con la vida y su frontera indeseada.

lunes, 25 de agosto de 2008

Parábola para un agnóstico


…Si tenéis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: ‘Desplázate de aquí allá’; y se desplazará y nada os será imposible.

Mat. 17-20.


“Sólo sé que no es posible”, dijo un átomo de Hidrógeno (que, por cierto, nadie supo jamás que hablar pudiera). Y se hizo adolescente para ser Helio. Mucho después, envejeció en Carbono; y, decrépito al fin, murió afán inorgánico para nacerse vida.

Hubo un punto y aparte. De repente, las cosas ya no eran como siempre habían sido: mecánica de enlaces, ecuaciones previsibles. Las cosas se habían vuelto un proyecto capaz de ser un sueño, un sueño capaz de duplicar su proyecto inexplicable.

Después sucedió el mar y su promesa… Y la tierra más tarde. Y un efecto sin raza ni fronteras que aprendió a medir el tiempo y pergeñar su curso. Empezó por creer... Y creyó que sabía…

“Sólo sé que no es posible”, dijo el hombre. Y la memoria de un átomo de Hidrógeno (que, por cierto, nadie supo jamás que la tuviera) protestó en los rincones de la noche: “lo imposible no es más que voluntad amedrentada, pavor a su victoria”.

miércoles, 23 de julio de 2008

"Partir c'est mourir un peu"


Bien es verdad que el segundo autor de esta obra no quiso creer que tan curiosa historia estuviese entregada a las leyes del olvido, ni que hubiesen sido tan poco curiosos los ingenios de la Mancha que no tuviesen en sus archivos o en sus escritorios algunos papeles que de este famoso caballero tratasen; y así, con esta imaginación, no se desesperó de hallar el fin de esta apacible historia, el cual, siéndole el cielo favorable, le halló del modo que se contará en el siguiente capítulo.

Quédase Don Quijote, al final del octavo capítulo, con la espada en alto ante el enfurruñado vizcaíno. Usa Cervantes aquí de industrias que hoy nos son harto familiares cuando en la serie televisiva de rigor, por ejemplo, se nos queda el héroe en inminente peligro o presumida gloria con el ademán suspenso hasta el siguiente episodio. Yo, sin embargo, abuso de la cita sobre interrupción tan meritoria para decir “hasta pronto”, que es lo que suele decirse en estos meses de ocios desmelenados. Partir de alguna parte parece en nuestros días un gesto necesario, partir hacia alguna parte tiene en cambio connotaciones más dramáticas. Aunque partir siempre tenga algo de abandono del servicio, un dejar de vivir que Edmond Haraucourt ya se encargó de universalizar:

Partir c'est mourir un peu,
C'est mourir à ce qu'on aime;
On laisse un peu de soi-même
En toute heure et dans tout lieu

Lo curioso es que nos pasamos la vida partiendo. No es necesario que nos vayamos a ningún lugar diferente, basta un golpe de voluntad de esos que tenemos tan a menudo, mejor dicho, que tenemos constantemente. Porque entonces estamos diciéndonos adiós, viajando desde nosotros hacia “otros nosotros” de los que ya no podemos regresar. Así que vivir es morir bastante; es más, vivimos de tanto como morimos y no al revés, que es lo comúnmente creído.

Y aunque, al cabo, partir sea morir un poco, uno prefiere la acción simplemente interrumpida, uno se queda con Don Quijote y con su espada en alto; o, mejor aún, uno se queda tarareando aquel bolero que empieza diciendo Cuando vuelva a tu lado… y acaba en una cuenta, o en un cuento:

…y cuenta los latidos
de nuestro corazón.

lunes, 21 de julio de 2008

La cigarra y la hormiga


Ha tenido la culpa una chicharra enloquecida que se ha pasado la tarde cantando la ardiente pasión de la Niña Chole; del verano, quiero decir.


Las recojo del suelo, donde nadie las quiere,
donde quedan absurdas, desprendidas
del disfraz de las horas;
hebras de una sonrisa o de un enfado,
de un momento común… Cualquier anécdota.

Las recojo y las guardo en refugios del alma.

Almaceno su historia sin hazaña ni empresa,
su renglón de humildad desconcertante.
Almaceno el residuo de esas horas
para pasar el tiempo que me queda
–el invierno que aguarda después de este verano–
y tener otra vez su risa, su mirada,
su forma de decirme “buenos días”,
de sentarse y hablar,
de escoger un silencio y hacer que no lo sea,
de volver prodigioso
el momento común que el mundo olvida.

Las recojo y las guardo con ternura indecible
en este subterráneo rincón de la memoria.

Otros hay que se quedan con el tiempo
–su telar luminoso, su estricta indumentaria–.
Y lo cantan y viven y acarician,
y desprecian los restos de su tacto.

De ellos son la palabra y el paisaje infinitos.

De aquí abajo,
el jardín,
el pétalo caído,
el silencio…

(21 de julio de 2008)

jueves, 17 de julio de 2008

Ser hombre


Ser hombre es no tener por suficiente
la parcela de luz de la mirada,
es querer –sin tener ganas de nada–
ver el sol más allá de su occidente.

Es saberse cobarde, y ser valiente.
Es poner la verdad frente a la espada.
O morirse de pena arrinconada
una tarde de siempre entre la gente.

Ser hombre es ni pensar que se le ocurra
al amor denegarle su fianza,
al tiempo escatimarle su intermedio.

Ser hombre es desear que Dios discurra
por la espina dorsal de la esperanza.

Ser hombre es no tener otro remedio.


(17 de julio de 2008)

martes, 15 de julio de 2008

Para nadie


Tenía que venir
herida en un mensaje;
atravesar la noche
sin que yo lo supiera.
Decirme: “estoy aquí”;
o, “¿por qué me esperabas?”
Y hacer que nada fuera inexplicable.

Tenía que haber sido
alguna vez, sin lujo
ni noticia especial;
sólo haber esparcido
el perfume de un verbo,
sólo ser la señal
señalada en los mapas del silencio.

Tenía que venir, aunque yo no supiera…

Tenía que venir. Y nunca vino.

(15 de julio de 2008)

El dolor


Dime: ¿tan fuerte mal, cómo es tan largo?
Y mal tan largo, di: ¿cómo es tan fuerte?

Juan Boscán


Es un dolerme distraído, a un lado
de la respiración, pero constante;
justo aquí, donde dobla la inquietante
esquina vertebral de mi costado.

Una señal tal vez, quizá un recado
de impaciencia del alma; una apremiante
protesta, un declarar que ya es bastante
el tiempo en este pozo enajenado.

Es un dolor que advierte una locura,
que se quiere arrancar de donde duele
por sanar más allá de su frontera…

Y herir la latitud de la ternura
donde el dolor de serlo se rebele
y halle puerto el afán de su galera.

(15 de julio de 2008)

domingo, 13 de julio de 2008

Vocabulario aclaratorio


Como complemento a la entrada de ayer, y para ser plenamente riguroso, quisiera hacer algunas precisiones semánticas sobre algunos términos empleados, quiero decir, cómo allí fueron empleados. Esto es:

SERIEDAD: no es un estado de ánimo, sino una disposición del mismo que debe acompañar a la actuación del hombre en su trato con el mundo. La seriedad no está reñida con el humor ni con la alegría, pero es incompatible con la diversión.

DIVERSIÓN: en su raíz etimológica (‘divertere’) recoge el sentido de ‘separación de’. El hombre divertido es un hombre que se ‘separa’ del rigor. Este ‘apartamiento’ es necesario, ocasionalmente, como descanso del trato habitual con el mundo; pero es patológico cuando pretende suplantar a dicho trato. La cara de la diversión siempre es un poco idiota, y está muy bien tenerla de vez cuando, pero es preocupante si queremos que se nos quede.

CHISTE: Tontada puntual, a veces acompañada de cierto ingenio, que tiene la función momentánea de distraer, es decir, ‘divertir’; esto es, ‘apartar’ del ojo la gota de sudor consecuente al rigor y al esfuerzo. Parece evidente que, si no hay esfuerzo ni rigor, tampoco habrá gota que apartar y, por lo tanto, el ‘chiste’ se convertirá en un gesto vano y consecuentemente imbécil.

FILOSOFÍA: Lo mejor sería recurrir al compuesto semántico y quedarnos con lo del ‘amor a la sabiduría’. Pero el deterioro de ambos conceptos podría inducir a verdaderas aberraciones, algo así como: ‘tener trato sexual con unas cuantas ideas tontas de ciertos seres humanos’. Digamos, para evitar la confusión, que la filosofía es una necesidad humana amputada por una sociedad que vive de la invención de necesidades absurdas (léanse aquí todas las adicciones de que somos capaces; desde las drogas a las “marcas”, la lista es innumerable); una necesidad que lleva unos dos mil setecientos años esforzándose seriamente por saciarse; por saber qué es el mundo, qué es el conocimiento, qué es el bien, qué es y qué sentido tiene un ser que quiere, o quería, saber lo que es, o era, el ser. Claro que dos mil setecientos años sin resultados plenamente satisfactorios son un intervalo lo suficientemente largo como para considerarla económicamente ineficaz. De aquí el empeño en su amputación.

En tiempos tan divertidos, aunque la seriedad nada tiene que ver con la tristeza, es inevitable que, como la princesa de Rubén Darío, la seriedad esté triste.

sábado, 12 de julio de 2008

De paupere philosophia


Me he acordado hoy por culpa de un ornitorrinco que he visto en Google. Fue una estupidez por mi parte. O un pecado, de los mortales, de esos que te remuerden hasta el agotamiento por mucho que uno haga por distraerlos de la conciencia. Porque a veces es pecaminoso comprar un libro; mejor dicho, leerlo. Y si ese libro se anuncia como best seller, entonces son necesarios por lo menos quince días de ayuno en el desierto de Atacama.

Mea culpa: “Platón y un ornitorrinco entran en un bar…” (no digo los autores para no dañar su imagen y quebrantar un derecho humano) es una sandez deudora de esa idea que es el libro-consumo. Producto de una ocurrencia (las “ocurrencias” son moneda corriente en nuestros días), el libro plantea un recorrido “diver” (“tido”, naturalmente) a través de la filosofía. Encima, lo “diver” (“tido”, claro está) son chistes. Así que la conclusión es que la filosofía es un chiste. El razonamiento mercantil es de una simpleza palmaria: lo gracioso vende, luego hagamos “gracia”. Tanto da que la visión que al lector común le quede sobre la filosofía sea la de un colectivo de patanes con la cabeza llena de tonterías que resultarían mucho más digeribles en boca de “verdaderos intelectuales”, los de hogaño, quiero decir, los del “Club de la comedia”, por citar un ejemplo.

Hay actualmente una obsesión enfermiza porque todo sea “diver” (“tido”, por supuesto). No sé cuántas veces habré echado pestes de esta visión saltarina, sonriente y light frente a todo lo que es seriamente humano. Tampoco sé a qué inconfesables intenciones puede responder tan miserable empeño. O sí lo sé, y me callo para quitar argumentos a quienes usan la paranoia contra quienes olfatean las mentiras en que se amparan. Porque el dolor es el dolor, y existe por desgracia. Y la seriedad es la seriedad y debe existir para nuestro bien. Pero la verdad, según parece, es más infrecuente que la falacia; por eso, probablemente, tenga menos éxito. O ninguno, al paso que vamos.

jueves, 10 de julio de 2008

El mundo desocupado


Un día pasas por donde pasas siempre y, de pronto, “siempre” es un vacío, seco en sus soledades y abandonos, vano en el aire de nombres que no están en donde estaban. Un día sólo hay cosas: una mesa, una silla, un largo corredor, una ventana…, una colección de inútiles objetos que acata imperturbable la intromisión del sol cuando amanece.

Un día te dan ganas de hablar un rato con las cosas. Sólo con ellas, tan dispuestas a estar y recibirte en cualquier momento. Con ellas y las sombras adheridas, esa prolongación de la vida que sedimenta en todo cuanto toca. Porque un rincón vacío es mucho más que una porción de espacio, es el refugio de algo que ha ocurrido y fue sonrisa, o se creyó inquietud sin que luego alcanzase el rigor de ocupación siquiera. Y quien dice un rincón, dice un bolígrafo que escribe una palabra intrascendente y acaba convertida en un destino; o un libro que entretiene sus páginas en unos ojos y les roba después el norte a su mirada…

Están llenas de vida las cosas. Y tengo ganas hoy de hablar con ellas. No sé, quizá es que esta mañana no estaba el mundo donde ayer lo había dejado.

martes, 8 de julio de 2008

Rosa de naufragios


La he mirado una vez. Y dos. Y cientos
de veces la he mirado. La he tenido
al alcance del alma, de un latido
del alma, fugazmente… Y en momentos

de esos que no se cuentan, que son cuentos
de lágrimas en blanco del olvido,
la he creído verdad, me la he creído
norte vivo en la rosa de mis vientos.

La he mirado. Y a veces parecía
que era tierra real, que allí aguardaba
la fe de amanecer… Dulces presagios

que llenaron de mar la luz del día:
eran sueños de salva que inventaba
tu mirada en mi rosa de naufragios.

(8 de julio de 2008)

lunes, 7 de julio de 2008

El poder y la verdad


Puedo ahora cruzar aquel pasillo,
llegar a su final, abrir la puerta,
dar un susto de muerte a su silencio,
asignar a las cosas otro espacio,
otro tiempo a la vida… ¡Un disparate!

Puedo hacer que la nada de una esquina
rezume de miradas, se disponga
a ser cómplice amable del deseo;
o hacerme taumaturgo y situarte,
sombra siempre perdida, en su intervalo,
en la hora vacía que no habitas
porque el mundo es capricho de sí mismo.

Puedo darle la vuelta a cuanto existe
y que nada se altere, y todo siga
el cauce que es debido sin embargo.

Por poder, hasta puedo una sonrisa
robarte en una casa que no existe,
una casa que inventa en su fachada
este sol que ahora veo y no es mentira.


(6 de julio de 2008)

domingo, 6 de julio de 2008

Los bonobos y yo


Si yo fuese un bonobo, sería un individuo feliz y bienquisto que cosecharía aplausos y reconocimiento de los ejemplares humanos más progresistas y solidarios de nuestros días. Es más, si yo acudiese a ellos para denunciar alguna violación de mis derechos inalienables en condición de gran simio, merecería su comprensión y complicidad inmediatas. Probablemente, una manifestación con pancartas y pegatinas de colores chillones, que me gustarían muchísimo (de ser bonobo, se entiende); o, por lo menos, una concentración frente a algún parque zoológico ilustre, que provocaría considerables pérdidas económicas en la cárcel-animal de que se tratara.

Pero no soy un bonobo. Soy un mono desnudo, un bípedo implume con “inclinaciones sospechosas”. Por ejemplo, me gusta el silencio, el circadiano respeto a los intervalos sonoros del día, el sigilo con que la vida expande su esplendor sobre la naturaleza. ¿Hay algo más silencioso que un bosque?... Los sonidos allí son como relámpagos armónicos; un testimonio cuidadoso de advertencias o alertas, no una invasión del reposo del aire. Nosotros inventamos el estruendo, la técnica monstruosa de los altavoces, los bafles demoníacos capaces de convertir la serenidad en un atentado al equilibrio de las almas. Y por si fuera poco, simultáneamente inventamos el verano como un desbordamiento de las ciudades. Me he tirado toda la tarde-noche aguantando a una "corte de becerros" que competían en un parque cercano para hacerse con los laureles de un premio consistente en 1000 € y un curso gratuito en cierta “escuela de música”. Lo último no me extraña, desde luego; pero todavía no sé por qué tengo yo que cerrar las ventanas (inútilmente, por cierto) para intentar proteger mi derecho al silencio; ni por qué tengo que privarme de la amable algarabía de los vencejos al atardecer; ni por qué debo renunciar a la asfixiada protesta de las cigarras en los árboles… No sé a qué malformación genética pueda deberse esta obsesión por convertir los espacios públicos en desmesurada prolongación de espectáculos privados, en obligación común de asistir a ellos, quieras que no, te apetezca o te repela.

Estoy convencido de que cualquier bonobo me daría la razón. Así que, dado su mayor reconocimiento social, creo que lo mejor será hacerme un trasplante de pelo y fundar el partido GBS (Gran Bonobo Silente). Seguro que así el derecho al silencio se convierte en ideal de progreso y nos dejan en paz a los bonobos y a mí; a ellos para que puedan entenderse con Johnny Weissmuller y a mí para que las tardes de vencejos en verano no sean en sesión de cine mudo.

viernes, 4 de julio de 2008

Mejor de noche


Se llora mejor cuando es de noche. Cuando no es necesario definir las lágrimas, acomodar su costumbre a ningún hecho, redescubrir su causa o el jardín de su origen. Se llora mejor cuando uno se desprende de la giubba y se desempolva la cara. Cuando el bufón se convierte en su real deformidad y el payaso en un hombre que ha cenado salami, o croquetas, o no ha cenado nada... Y tiene un problema, o dos, o cinco, o ciento treinta y dos con veintisiete –aunque parezca absurdo, también hay decimales en las penas que solemos redondear al alza–.

Se llora mejor cuando la soledad es el sincero hallazgo de uno mismo, no la ególatra estrategia de apartarse de los otros. Cuando tenemos tiempo de ponerle mirada al infinito y nombre a ese silencio que llevamos a cuestas por la vida.

jueves, 3 de julio de 2008

Deficiente razón


No es magnanimidad. Ni camuflado egotismo. Ni modestia. Es resignación. Quienes no tenemos grandes hazañas o soberbios paisajes en las maletas del alma nos aferramos a lo breve, a lo sutil, a lo cotidiano, a lo que está al alcance de todos. Y literaturizamos el sentido de un mirlo que no nos hace ni caso; el valor de una mirada que se nos cruza en un azaroso instante; la trascendencia de un campo de amapolas que sorprende nuestra común vulgaridad; el mérito de una sonrisa amable, supuestamente dedicada a un gesto nuestro; la importancia de una palabra intrascendente, que rescatamos con el corazón de su astenia semántica…

Claro que, entonces, cuando lo contamos, sentimos que un mirlo indiferente, una mirada imprevista, un repentino campo de amapolas, una sonrisa medio inventada, una palabra completada por nosotros… son cuna de real grandeza. Ni magnanimidad, ni modestia, ni resignación: vida inmensa hecha con los mimbres de la verdad.

Así que, como silogismo, esto es un desastre porque concluye lo contrario de su premisa originaria. Aunque, si hay que invalidar la razón para llegar a la verdad, ¡bendita torpeza del razonamiento!

miércoles, 2 de julio de 2008

La supernova

.


Parece un chal de sangre, un velo de muerte ondeando en algún refugio de la noche. De hecho lo es: rastro de la vida de una estrella, explosión lejanísima en el tiempo y la distancia. Tal vez, esté por ahí fuera circulando ahora la tristeza de Isadora Duncan.

Robo la foto del ojo artificial del Hubble, capaz de ver lo que es inconcebible. Como Prometeo (que no lo soy ni en broma) la robo de la noche de los dioses. Para vosotros si pasáis por aquí. Para vosotros, si disponéis de un instante para configurar su hermosura.

Fue un astro lejanísimo que invadió la oscuridad y el día de presagios terribles. Dicen que ocurrió por mayo. Dicen que en el 1006, poco después de que Macbeth, el de verdad, gateara por el mundo. Para nosotros es una tilde de belleza, una virgulilla casi irreal de algún lugar que insiste en su memoria.

Si el universo es bello, lo es gracias a nosotros que hacemos posible la conciencia de su posibilidad.


martes, 1 de julio de 2008

Didáctica natural


Nacen con la intensidad de la lentitud. O para demostrar que al tiempo le da lo mismo la insistencia en su prolongación. Son una burla socarrona de la eternidad. Socarrona y bella porque su razón es el amor. En realidad, nacen sólo para amar; no tienen tiempo que perder en otras cosas. Y para no perderlo, porque tienen poco, procuran paladear cada movimiento que hacen. Su aparente pereza no es más que fruición de la vida, esa vida suya que para nosotros, tan acelerados siempre, no pasa de ser el relámpago de un instinto. Porque así es como lo he leído, precisa y científicamente: la especie de camaleones ‘Furcifer labordi’ sale del huevo a principios de noviembre para, después de siete semanas de maduración, disfrutar de un breve período de ‘sexo violento’ y luego morir en abril.

Demasiado frío; para mí por lo menos que no sé leer las palabras de la naturaleza en los códigos ortodoxos. Probablemente sufra estrabismo intelectual –curiosa y camaleónica coincidencia ésta–. Porque, para mí, se trata de una criatura que nace con vocación didáctica. Su modesta lección es que la brújula de la vida tiene norte en el amor. Su humilde corolario, que el tiempo no añade ni quita nada a la plenitud.

domingo, 29 de junio de 2008

Geometría euclidiana


No fue culpa de Euclides; él hablaba
por una decisión enfurecida
de ser recta la recta y ser medida
de un punto que a otro punto encadenaba;

de ser ella la mínima, la esclava
de exacta rectitud, la definida
distancia entre uno y otro, tensa brida
que una nada a otra nada entrelazaba.

Mas nosotros supimos que fue vano
axioma de una recta prisionera
aquella noche de calimas calmas.

Que allí, en la esquina estricta del verano,
tú y yo callamos… Y el silencio era
la distancia más corta entre las almas.


(29 de junio de 2008)

viernes, 27 de junio de 2008

El prodigio


Uno espera que ocurra, que de pronto
el tiempo se decida; que suceda
que las calles no quieran ser distancia;
que el mundo se reduzca, se comprima
hasta una superficie manejable,
que no haya solución, ni escapatoria,
ni pretexto; que se haga no posible
recurrir al silencio, a la ignorancia
de que uno sigue allí a pesar de todo,
de que no hay más remedio que arroparlo
con el suave advertir de una mirada.
Uno quiere que todo lo que ocupa
lugar no sea volumen, ni siquiera
lugar; que simplemente estalle el hecho
y llegue a ser el ser inexplicable.
Aunque no quede rastro para nadie
y uno solo recoja su memoria.

Y hay un día que ocurre... Y no sucede
que las calles acerquen, que se anule
el tamaño del mundo, que una voz
te descubra el silencio, que unos ojos
te abriguen el dolor en su mirada…

Uno espera el prodigio… Y el prodigio
no es más que otra ventana a la tristeza.

(27 junio 2008)

Demasiado tarde


Hamlet vuelve a quejarse: "Palabras, palabras, palabras…" ¿Cuántas veces ha contado la eternidad la misma historia? ¿Cuántas veces la misma combinación de hechos, la misma sucesión de hostilidades, el mismo astro en el centro de la noche, la misma incapacidad de la mirada? ¿Cuántas veces la ocasión ha sido olvido; el gesto, desamparo; el ademán, indiferencia?... ¿Cuántas veces lo único ha sido indecente pluralidad?

Palabra, palabras, palabras… Demasiado tarde para oírlas decir lo de siempre. Demasiado nunca para hacerlas hablar como quisieran. Demasiado tarde para todas las palabras.

miércoles, 25 de junio de 2008

La legión del olvido


A mi padre con tristeza, a mí por un presagio



Todo olvido es una aniquilación de la realidad, una descomposición de la circunstancia que aísla cruelmente la identidad propia. La desaparición de los hechos en la memoria es la conversión del paisaje del alma en una inhóspita y terrible llanura. Nada existe sino el abandono, el silencio y el frío; nada, sino la inabarcable soledad de los desiertos. Cuando la memoria muere, el mundo muere antes que uno mismo. Sólo queda la pregunta vacía de preguntas, el doloroso desconcierto de seguir estando vivo y no saberlo.

La legión del olvido es el ejército más cruel, más brutal, más implacable a que debe enfrentarse en la vejez el hombre.

martes, 24 de junio de 2008

El astrónomo de Vermeer y el tacto


Siempre me enamoró esa mano, ese tacto temeroso como si se aproximase a una burbuja maravillosamente frágil. Se puede suponer que pretende moverla, que el gesto está animado de curiosidad, que busca una constelación, que está trabajando con la minuciosidad de un orfebre, reconociendo gemas sobre la caricatura esférica de la noche… Pero nunca lo he visto así, jamás he visto un astrónomo, un sabio, un erudito, sino algo previo, más elemental, más simple: una caricia; una asombrada caricia ante lo desconocido, frente a la inmensidad, sobre la maravilla.

Es el más primario de nuestros sentidos, el más burdo sin duda, hecho de reacción a lo inmediato. El tacto exige el cuerpo a cuerpo, la cercanía, el naufragio de la sensación en su estímulo. Es el límite donde los ángeles saben su razón de tierra. Quizá por eso desee el amor la proximidad, porque el amor está más allá de todo y quiere creerse posible también en lo inmediato.

Bajo una luz prodigiosa, el astrónomo (¿qué hace un astrónomo trabajando de día?) quiere acariciar la perfección. Sólo eso. No poseerla –es una mano temerosa y suave–, no dominarla –es una mano rendida, admiradora–. Sólo quiere sentir la inmensidad en la yema terrena de sus dedos; sólo la eternidad, en la provisionalidad sorprendida de su tacto.