viernes, 20 de junio de 2008

La reverencia


Era una extravagancia. Lo hacíamos por ejercicio de la vanidad explosiva en los años mozos. Por eso y por reverencia real y compartida. Plaza de Santa Ana en Madrid, con ese olorcillo próximo del rastro de los Austrias. Plaza para que el Teatro Español pueda mirarse en los ojos eleáticos de Calderón de la Barca. Pocos años setenta, cuatro o cinco, más o menos; y nosotros, igual que en la Comedia, la Divina quiero decir, recorriendo el Purgatorio de las calles. Desde las Cuevas de Sésamo, tal vez, con aquella leyenda machadiana en la memoria que enmarcaba (no sé si lo sigue haciendo) su entrada:

¡Bajar a los infiernos como el Dante!
¡Llevar por compañero
a un poeta con nombre de lucero!...

No era el infierno, desde luego, y el poeta tenía (y tiene) nombre de mes canicular, de emperador, que no dejaron ser, romano. Yo no era “el Dante”, naturalmente, pero él sí era el poeta. El caso es que llegábamos allí, nos plantábamos ante el impertérrito maestro Calderón e, inclinando torso y frente, le rendíamos nuestro reconocimiento con una exagerada reverencia.

Después, o antes, o antes y después, recalábamos en la Cervecería Alemana y devolvíamos el mundo a las palabras junto a una rubia, siempre adornada de la virtud de la lealtad, que jamás abandona ni al vencedor ni al derrotado (me arriesgo demasiado en afirmaciones como ésta: la Inquisición de lo políticamente correcto tiene el mundo poblado de sicarios y delatores).

Era una extravagancia de la que no me arrepiento. Porque era joven. Porque era ante Calderón. Porque el poeta que tenía al lado era Julio Martínez Mesanza.

12 comentarios:

Antonio Serrano Cueto dijo...

Tampoco yo me arrepentiría. Hermoso homenaje a la memoria, a la literatura y a tu amigo Julio, gran poeta.

Antonio Azuaga dijo...

¿Qué haríamos sin la memoria, sin la literatura, sin la poesía, tocayo amigo?... Supongo que enredar entre los árboles.
Gracias por tu visita y tu palabra, Antonio.

julio dijo...

Tu duca, tu segnore e tu maestro. Gracias, Antonio.

Antonio Azuaga dijo...

No, amigo mío, pero gracias.
Un fuerte abrazo, Julio.

Juan Antonio, el.profe dijo...

Si algún día lo repetís, llamadme, por Dios.

Antonio Azuaga dijo...

Cuenta con ello... y con la rubia, naturalmente.
Un abrazo, colega de fatigas.

Anónimo dijo...

Yo también me apuntaría, ya puestos, que también soy profe y emborrono versos (acabo de dejar un soneto un tanto manierista en mi blog, aunque vergüenza me da decirlo, teniendo al inmenso Julio entre los visitantes de tu página)

Antonio Azuaga dijo...

Pues me has cogido en el trance de publicar precisamente un soneto. Te visitaré.
Bienvenido a la multitud "reverencial" y a la menos multitud e incomprendida profesional.
Un abrazo.

Juan Manuel Macías dijo...

Yo, si hubiera estado allí, hubiera guardado silencio ante ambos, y hubiera abierto mucho los oídos. Y hubiera bebido mucha -demasiada- cerveza. Y me hubiera emborrachado. Y la cerveza (esas rubias) no tendrían del todo la culpa. Un abrazo.

Antonio Azuaga dijo...

Muchas gracias, Juan Manuel, por tu visita y tus palabras, compañeras de una anécdota entrañable, que ayer me vino mientras releía una viejísima “Breve Historia de Madrid” de Sainz de Robles. No pude evitar recogerla, aunque yo saliera beneficiado por la doble y brillante compañía.
Un abrazo.

samsa777 dijo...

Nada extravagante. Justicia poética en un caldo de cultivo tan fértil y feraz como envidiable.

Eso sí, seré un tanto prosaico, si me permites: ¿nunca buscasteis un tercero que os hiciera una foto en el momento de la reverencia? Si hay "revival", con motivo de algún aniversario ad hoc, me ofrezco como reportero gráfico.

Gracias por tu texto. Una delicia.

Francisco

Antonio Azuaga dijo...

Qué pena que aún no hubieras nacido, amigo Fran. Sin duda tú habrías sido partícipe y cronista gráfico a un tiempo.
Un abrazo.