jueves, 10 de julio de 2008

El mundo desocupado


Un día pasas por donde pasas siempre y, de pronto, “siempre” es un vacío, seco en sus soledades y abandonos, vano en el aire de nombres que no están en donde estaban. Un día sólo hay cosas: una mesa, una silla, un largo corredor, una ventana…, una colección de inútiles objetos que acata imperturbable la intromisión del sol cuando amanece.

Un día te dan ganas de hablar un rato con las cosas. Sólo con ellas, tan dispuestas a estar y recibirte en cualquier momento. Con ellas y las sombras adheridas, esa prolongación de la vida que sedimenta en todo cuanto toca. Porque un rincón vacío es mucho más que una porción de espacio, es el refugio de algo que ha ocurrido y fue sonrisa, o se creyó inquietud sin que luego alcanzase el rigor de ocupación siquiera. Y quien dice un rincón, dice un bolígrafo que escribe una palabra intrascendente y acaba convertida en un destino; o un libro que entretiene sus páginas en unos ojos y les roba después el norte a su mirada…

Están llenas de vida las cosas. Y tengo ganas hoy de hablar con ellas. No sé, quizá es que esta mañana no estaba el mundo donde ayer lo había dejado.

4 comentarios:

Hernán Díaz de Leyre dijo...

Un texto extraordinario. Muy evocadora imagen la del hombre que le habla a los objetos: refleja la necesidad de ser uno con la creación y ruina del espacio que nos rodea.
Un saludo afectuoso,

Hernán

Antonio Azuaga dijo...

Muchas gracias, Hernán. No es extraordinario, desde luego, pero te agradezco la decisión de decirlo y la intención de hallar en él esa unión con la ruina “que nos rodea”. Lo cierto es que las cosas a veces dan hasta miedo por toda la memoria que soportan.
Un saludo.

Betty B. dijo...

Ese largo corredor desocupado me recuerda a aquella ciudad vacía de entusiasmo, a aquella entrada de marzo sobre las ciudades como escenarios. Aunque hoy digas que las cosas están llenas de vida, cuando hablamos con ellas hablamos con nuestra soledad, es la vida que volcamos sobre ellas la que las habita. La “pecera melancólica” de Miguel Hernández, nuestro corazón, el único que se queda con nosotros hasta el final, es el que da vida a las cosas.
Buenos días, Antonio, para variar.
P.S.: Si hablas con las cosas, procura que no te vean. Hay gente muy rara (jardineros, etc.:-)

Antonio Azuaga dijo...

¡Cómo no habría de recordarte!: estas “cosas” son trasunto de aquella ciudad. Por cierto, fue por entonces cuando intuí (en realidad, lo había intuido antes) que eras una extraordinaria “escritora”. ¡Qué listo soy!: era verdad.
Gracias, Olga, por tu visita. Respecto a la gente “rara”, no hay cuidado: desde el episodio del jardinero recurro a la telepatía para charlar con los interlocutores más extravagantes.
Besos.