miércoles, 30 de abril de 2008

Dios y lo demás


A un amigo/a (odio esto de la barrita, pero en este caso es obligado) “anónimo”, que ayer me quiso lanzar un cable de esperanza, este apunte que recoge lo que, de verdad y a pesar de mis raras fluctuaciones, pienso; mejor dicho, creo.


Me atrevería casi a afirmar la densidad axiomática de un enunciado como éste: nadie 'sabe' que Dios existe. Pero igualmente podría hacerlo con este otro: nadie 'sabe' que Dios no existe. Luego, si nadie sabe ni lo uno ni lo otro, ¿en qué se sostiene el pretendido crédito intelectual que concede nuestro tiempo a quienes niegan o cuestionan su existencia? Sobre el papel, lo que no se sabe y se enuncia con contundencia es un acto de fe. Hay quienes creen que Dios existe y quienes no; aquí no hay constatación empírica que valga, ni para unos ni para otros. Los saberes del hombre quedan al margen de la cuestión.

En mi opinión, emitida desde las coordenadas de la sabiduría vigente, la naturaleza no diseñó la garra del tigre para conocer ni el conocimiento del hombre para creer. La garra y el conocimiento son para vivir en el orden filogenético que corresponda. La fe, sin embargo, es para transvivir, quiero decir, para que el hombre ponga en su vida algo que no necesita el resto de las especies: un orden consecuente con su libertad y su esperanza, un modelo de historia y de humanidad. Lo que sí podemos examinar, con legalidad racio-empírica, son los modelos entre sí. Y aquí parece que algún examinando ha copiado de otro, añadiendo luego de su cosecha algunos renglones para que no se notara. Lo malo es que se nota. Malo para los que copian, claro está. Uno, que es profesor de disposición generosa, no pretende suspenderlos, ni mucho menos; simplemente le gustaría escuchar alguna vez el reconocimiento del escolar plagio, la aceptación de que su fe es algo cojitranca y deudora de la otra. Porque aquí la evolución biológica, quiero decir, la de escuadra y cartabón, no sirve para nada. Aquí hay que meter la cuña de la historia, que, como todas las cuñas, acaba por hacer saltar hasta las moles de granito. Y si se mira aquélla, hay una fe empollona, que lleva estudiando desde principio de curso, y otra listilla que ha abierto el temario hace quince días.

Pero… ¡no hay quien pueda con estos muchachos!

lunes, 28 de abril de 2008

Tiempo de descuento


Desde la esgrima de la razón, mi mal carácter y lo que, al cabo, cargo a las espaldas.


Son días para hacerme a su desecho,
a su amarga sentina, a su escombrera,
y buscarme la rota primavera
del corazón, inhóspito y maltrecho.

Son días de decir que no hay derecho,
que ya está bien; o basta, o quién pudiera
quebrantar de la vida la ribera
y destronar la sangre de su pecho.

Son días neblinosos, de indecible
desolación, haciendo la costura
en los rotos del alma malherida.

Para vivir, sobraba lo posible
y estos días que, al fin, pasan factura
del amor hecho añicos por la vida.


(28 de abril de 2008)

domingo, 27 de abril de 2008

La llamada


Suena otra vez, y yo como si nada.
Insiste, y yo distraigo la memoria.
No puede ser... Y vueltas a la noria,
a la pulpa en su lágrima encerrada.

El teléfono muerde otra llamada.
Me extravío en la niebla de esa historia
irreal, perdidiza, transitoria,
en que yo fui verdad y tú inventada.

Basta ya, que hoy la tarde fue más tarde
que de costumbre. Cierro las ventanas
y mudo soledad en extrañeza.

No me encuentro la voz de tan cobarde:
faltan de responder coraje y ganas.
¡Hoy ha vuelto a llamarme la tristeza!


(27 de abril de 2008)

sábado, 26 de abril de 2008

Cuestión de amor


Amo las calles estrechas, mal empedradas, donde, si sientes deseos de pisar tierra de verdad, no te es difícil encontrar un hueco de planeta en bruto. Amo las calles semivacías, donde te encuentras con gente que no conoces y, sin embargo, saludas. Amo las calles de las ciudades que se conforman con ser ciudades, o de los pueblos que se sienten orgullosos de ser pueblos –y no quieren ser urbe; mucho menos, una gran urbe–, que les aterra el escándalo y las luces que apagan la noche. Amo las tiendas pequeñas que no mezclan los zapatos con la pescadería ni los desodorantes con el jamón de bellota. Amo a la gente –que no sé si ya existe– que se reúne al atardecer en placitas con una fuente en medio; y hablan y no vocean, y sólo expanden un murmullo humano para confraternizar con el rumor del agua o para no abrumar el alegre griterío de los vencejos. Amo el silencio que te permite escuchar el pulso de las estrellas durante la madrugada, o ver amanecer sobre los horizontes que deciden –porque pueden– ser paisaje. Amo los olores suaves que se toman en serio la paz del alma, no esa brutalidad de los perfumes diseñados para trastornar el olfato y desnortar el sentido. Y las acacias, a pesar de lo que me hacen sufrir. Y los claustros románicos. Y los libros que tienen la edad de la sabiduría. Y poder abrir la ventana sin que me asalten los bafles del coche de un imbécil que lo más que es capaz de exigir a su memoria es la horda sorprendida por haber nacido humana.

Amo todo lo que no es real, ni posible, ni casi por nadie deseable. Todo eso que la inmensa mayoría define como “sin vida”, como “sin marcha”, como “de un insufrible aburrimiento”. No busco consuelo ni palmaditas en la espalda, pero he enviado una solicitud al director del Museo Arqueológico Nacional. Con estos amoríos, mi lugar está en una vitrina. La verdad es que no me importa: lo que hay no merece la pena.

viernes, 25 de abril de 2008

Desde el laberinto


Todos dejamos señales inequívocas, pequeños indicadores de inocente factura que parecen los signos de una semántica indigente. No sirven para nada, pero quedan ahí, con una plenitud de memorias adherida que para sí quisiera la mejor de las enciclopedias. Un papelito con una alegría escrita a mano en el fondo de nuestra cartera; un billete de tren, de aquéllos grandes y amarillos de prehistórica tecnología, entre las páginas de un libro; la foto amarillenta de un momento indefinible en el cajón de olvidos no olvidados; la pluma estilográfica de amable anacronismo que aprobó una reválida antiquísima; la factura de un hotel de cualquier parte en donde hizo el amor su primera reserva…

Son como frágiles hebras de seda; ese hilo de Ariadna de la vida con que, al cabo, intentamos escapar del laberinto engorroso de los años cuando, incluso sin trofeo prodigioso, sin heroica hazaña que merezca la pena, nos pide el cuerpo el aire libre de otros días felices… O se nos saltan las lágrimas de la nostalgia… O nos duele el reloj casi tanto como la memoria.

Tengo que ordenar un día de estos mis señales inequívocas; ponerlas, cronológicamente en fila, encima del escritorio y seguir su rastro liberador. Pero me preocupa una cosa, me preocupa que se las haya comido el tiempo, me preocupa que no sean el hilo de mi amada Ariadna, sino las miguitas de pan del tonto de Pulgarcito.

Me preocupan los pájaros.

jueves, 24 de abril de 2008

Lectura y retórica del silencio


Eran verdaderos especialistas, guerreros entrenados a leer el silencio y los signos más sutiles del aire. Existían del otro lado de un patio de butacas que olía a Ozonopino y enfrente de esos ojos infantiles que extravía después la mala memoria de la vida. Eran fuertes y sagaces; advertían, con sólo acariciar el tacto telúrico de las praderas, el riesgo o la esperanza, la cercana hostilidad o la pausa de su lejanía. Uno, que acababa de salir del pensamiento mágico, sufría una recaída inevitable y regresaba a casa convencido de que la tierra era cómplice de aquellos heterodoxos exploradores con piel cobriza.

Ya no existen esas praderas prodigiosas tras el retablo de las maravillas en los cines de barrio. Debo reconocer que un GPS o un satélite de rastreo multiplican las certidumbres, aseguran las eficacias y recogen aplausos encendidos hasta del espectador más párvulo. Sin embargo, sigue habiendo lectores del silencio y oradores sin palabra. Un lenguaje de signos intangible que se enreda en miradas esporádicas, en ademanes de inocente vuelo, en gestos de callada complicidad.

Uno sigue admirando el vigor del silencio, la fluidez de la retórica muda que aún usan los nuevos especialistas de su mensaje. Pero uno, al parecer, es torpe en la sutileza mímica, un secuestrado por la palabra que no sabe decir cosa distinta de ella con los ojos, como si el alma sufriera una suerte de síndrome de Estocolmo incapaz de contrariar el curso de su propio verbo. Y no es sinceridad, que conste, no es virtud que eso le ocurra, sino simple derrota de su impotencia. ¡Qué más quisiera uno que al mirar hablara! ¡Qué más soñara que por ver leyera!

miércoles, 23 de abril de 2008

El mirlo y el "Poverello"


Ni caso. No me ha hecho ni caso. Estaba sobre el poste de un vallado metálico reforzado por aligustres. Medio metro por encima de mi cabeza, mirando a donde no se puede ver que miran los ojos de los mirlos. Ajeno a todo, con esa feliz indiferencia de la naturaleza que hemos urbanizado, a la que hemos hecho acomodo en los días geométricos que dibuja el cartabón de nuestras colectivas vanidades. Parecía un estilita en rigurosa meditación. Le he dicho algo, no sé qué exactamente; incluso he intentado imitar sus trinos. Una payasada inútil que me ha dejado en ridículo ante un jardinero que cortaba el césped y se me ha quedado mirando con cara de koala. Su eleática negrura y mi vertical ausencia, a unos cincuenta centímetros de distancia, separadas por una filogenética inmensidad, se me han vuelto metáfora de lo imposible. Nada tiene ya que ver este hombre con ese mundo. Nada que hacer en ese reino de armonías

No soy ecologista, Dios me libre de militar jamás en un “-ista” de popular aplauso, pero a veces siento la gravitación de la vida. La nostalgia de la sencillez. La vocación del pie por pisar la tierra. No la dermis del alquitrán. No el acné de unos rugosos adoquines. A veces, este dios de poca monta siente vergüenza de su divinidad precaria.

Quizá por eso siempre fui devoto del Poverello de Asís.

martes, 22 de abril de 2008

Examen de conciencia


Por el valle galopa, por el valle,
la seria multitud de la esperanza.

Por el llano se acerca incontenible
la nube de advertencias que levanta.

Por las calles se adentra su abandono
como una muchedumbre extenuada.

Por los parques se entrena la miseria,
la tristeza, la muerte, la desgracia…

Y en la ciudad acampa finalmente
­–la culpable ciudad– toda la infamia.


(22 de abril de 2008)

lunes, 21 de abril de 2008

Los días y la excepcionalidad


No es una expectativa real; con toda probabilidad, tampoco posible. Pero soltemos la imaginación, que para eso está.

Los días especiales son por algo y son para algo. El “por” viene obligado por un acontecimiento singular, que ocurre una vez con periodicidad más o menos larga, incluso sin ella. Puede ser un cumpleaños, un aniversario, la llegada de la primavera o cualquier otra cosa que suceda con dilatada excepcionalidad o solitaria frecuencia. Estos rasgos son los que arrastra su “para”, que es el conjunto de celebraciones con que se rinde homenaje al evento que corresponda.

Los “días de”, hogaño tan copiosos, carecen de ese modificador de la excepcionalidad. No celebran nada que no sea tristemente habitual y común. En realidad, no son más que la colada cotidiana de la mala conciencia que tenemos. Echamos la ropa del medio ambiente, del cáncer, del sida, del niño, del hambre, del árbol, del agua y un larguísimo etcétera en la lavadora del remordimiento. Añadimos unas gotitas del suavizante perfumado, marca “mundial”. Lo ponemos a secar al sol de los medios de comunicación y… ya está: la muda limpia para el día siguiente. Como el vestuario de nuestras miserias es variadísimo, podemos salir impecables, con declarada elegancia y doméstica higiene, cada veinticuatro horas. De este modo, nos decimos, podemos tomar conciencia de lo mal que huele nuestro vestuario.

A mi me parece que sería más decente tirar la ropa sucia al estercolero del olvido y querer acabar realmente con tanta tristeza, tanta miseria, tanto dolor, tanta iniquidad.

Desde luego, no son todos, pero conozco a muchísimos que sólo piensan en algo cuando toca. Si no fuera así, hace tiempo que sólo celebraríamos un día fastuoso: el “Día mundial en que los hombres decidieron ser justos”. Y eso sí sería un acontecimiento digno, una histórica excepcionalidad.

domingo, 20 de abril de 2008

El tiempo y la eternidad


Son las nueve de la noche y aún se adorna mi ventana con ciertas claridades del día. Es una ficción convencional. En realidad no son las nueve, como todos sabemos, sino las siete, como todos olvidamos. Aunque también lo de las siete es igualmente convencional, tanto como el 23 de octubre del 4004 antes de Cristo, que es la fecha que James Ussher, arzobispo anglicano de Armagh, calculó en el siglo XVII para la creación del mundo. Curiosa –y newtoniana– consideración ésta del tiempo: fluyente, neto y objetivo, al margen de nosotros; con días, con semanas, con meses, con calendarios; tachando y contando jornadas en la quietud inmensa de la eternidad. Curiosa y no enteramente extraña, por cierto, a la confusa convención que nos hace y deshace la vida cuatro siglos después. Porque, a pesar de Einstein, a pesar de Planck, a pesar de todo, seguimos imaginando la medida de la eternidad, seguimos pensado que la eternidad dispone de cronómetros y clepsidras, de minutos y de horas, de secuencias e intervalos.

¡Pobres! La eternidad es otra cosa. Nos lo llevan diciendo más de dos mil años y todavía no nos hemos enterado. ¡Ni siquiera los “especialistas” como Ussher!

sábado, 19 de abril de 2008

Las acacias


Otra vez he soñado con acacias,
con un jardín extraño
invadido de acacias,
con un silencio inmenso
rodeado de acacias.

Ellas y yo, solas y solo.

Y un círculo de tierra. Y una fuente redonda
en el centro del círculo.
Una fuente de piedra ennegrecida
sin agua ni verdín;
sólo piedra creciendo de la piedra,
sólo piedra envejecida por la piedra.

Y las acacias.

Y un banco de reposo carcomido.

Y yo en el carcomido reposo de ese banco.

No era día ni noche.
No era ahora ni luego.
No era nunca ni siempre.

Era sólo un jardín invadido de acacias.
Y un inmenso silencio rodeado de acacias.
Y ese sueño otra vez de otra vez las acacias.


(19 de abril de 2008)

viernes, 18 de abril de 2008

Mala jugada


Todo el mundo conoce esta historia. En El banquete, Platón la puso en boca de Aristófanes. Cuenta aquello de unos seres humanos primitivos cuya unidad contenía dos posibles, que Zeus se encargó de convertir en dualidad para castigar ese acostumbrado y loco empeño de los hombres de escalar el cielo.

Qué mala idea la de este Zeus, qué mala idea. Hendir así la dicha primitiva, el paraíso perdido de la unidad perfecta. Qué crueldad arrojar las partes separadas a la corteza del mundo. Y esa tarea luego de buscarse, de perseguir la ausencia propia sin la cabal garantía de un atinado encuentro. Qué retorcido este Zeus, y qué avariento: castigar la voluntad de alzarse el hombre rompiéndolo en dos mitades y provocar con ello un aumento en los “tipos de interés” de su humana servidumbre. Que no me lo invento yo, que lo dice él mismo con impúdico descaro: Los separaré en dos; así se harán débiles y tendremos otra ventaja, que será la de aumentar el número de los que nos sirvan…

Pero le salió mal la jugada, no supo calcular el beneficio que obtuvimos con su maleficio. Porque del castigo, del sufrimiento mismo del castigo, nos vino la tarea de buscarnos, nos nació esa bella inquietud que es el amor, explosivo, alegre, sísmico, arrebatador, eufórico; melancólico a veces, triste incluso; incluso, doloroso… Pero grandioso siempre.

He aquí una divina condena que llenó de sentido la vida de los hombres. Un mal que se tradujo en un bien indefinible. Una prueba evidente del porqué del optimismo metafísico.

jueves, 17 de abril de 2008

Un egoísmo sensato


No se sabe aún la primavera. O no se atreve. A mí no me importan la lluvia y el frío. Y hoy hace frío; y, además, llueve. Sin embargo, me preocupa la primavera; ésa que en mí ya no tiene cabida por mucho que me invente su pulpa en las palabras. Y no me preocupa por mí: me preocupa por los otros. No se trata de una penitencia contra el egoísmo, sino de un ejercicio de egoísmo consecuente a la sensatez. Si quiero que les venga a los demás, es porque quiero creer en su atrevimiento. Porque, a pesar de los inviernos que me tienen prendadamente prendido, ella es el sistema nervioso de la tierra, el sensorio divino de la explosión de la vida.

Quiero que estalle la anónima belleza de los campos. Quiero estar seguro de que la muerte no tiene más remedio que hacerle sitio a su propia derrota.

Aunque yo sólo sea la foto amarillenta de otras primaveras… ¡tan lejanas!

miércoles, 16 de abril de 2008

El puente


El preludio del descanso se ocupa de sinceridades. Cerramos los párpados para conciliar el sueño y notamos una presión de imágenes en la espalda de los ojos. Como en una función de teatro, se hace el oscuro en el cuerpo y se encienden los focos del alma. Entre los bastidores intuimos a los otros personajes de nosotros, que andan inquietos por pisar la luz, que están atentos a la trama de la vida disfrazada, de sus amores ocultos, de sus silencios de muerte, de sus palabras de gloria. Luego se nos divide el yo. Hay uno que contempla y duerme, hay otro que interpreta y sueña. Y entre ambos, el patio de butacas de la noche como una pasarela de imposibles.

Para otras filosofías, Gómez de la Serna, tan amigo de angosturas verbales en el pensamiento, escribió esta delicia:

El otro lado del río siempre estará triste de no estar de este lado. Esa pena es de lo más insubsanable del mundo y no se arregla ni con un puente.

Me gusta, Ramón. Con tu permiso, hoy me adorno contigo, aunque me exceda el lujo. Lo cierto es que cada noche, antes de la otra, tu puente ineficaz quiere también unir en nosotros dos tristezas inconciliables.

Por costumbre


Será porque morir es la costumbre
es de morir de lo que más vivimos.

Muere uno de amor, o de tristeza;
o de pena o de risa;
o de ganas de hacer una locura.

Muere de sana envidia
o envidia insana.

O de curiosidad o de impaciencia.

O si le van las cosas
como no es de querer, muere de asco.

O si ignora, se muere por saber
aquello que precisamente ignora…

Para después de todo uno morirse
de verdad y en silencio, por costumbre
de vivir de morir, un día cualquiera
que cierra el ejercicio de la muerte.

Será porque vivir no es más que eso.


(16 de abril 2008)

lunes, 14 de abril de 2008

Un confiado renglón de eternidad


Yo sé quién soy, respondió Don Quijote, y sé que puedo ser, no sólo los que he dicho, sino todos los Doce Pares de Francia…
M. de Cervantes.
Don Quijote de La Mancha


No es el tiempo que ha sido, es el que espero,
el que cotiza al alza de la vida
e invierte voluntad y alma atrevida
y corazón de adarga y caballero.

Pero no es ese tiempo prisionero
de su demolición, la destruida
morada del ayer, la paz perdida
en un perder que ya perder no quiero.

Es un tiempo sin tiempo, dulce pausa
de un no sé qué divino y mal saciado
en la acequia del borde del camino.

Es la sed de no ser sin una causa,
sin un fin, un sentido, un confiado
renglón de eternidad en su destino.


(14 de abril de 2008)

domingo, 13 de abril de 2008

Tardes de domingo


Las tardes de domingo en jardines de barriadas
que extraña el extrarradio de las grandes ciudades
tienen un color sepia de tiempo detenido,
de tiempo lento y suave que es silencio y tristeza,
de tiempo que es medida de niños solitarios
jugando al escondite con luz de contraluces,
o a tula con las sombras severas de los olmos,
o al balón con paredes que regatea el aire.

Las tardes de domingo en jardines solitarios
se hicieron para niños que no tienen amigos,
que bajan a la calle a jugar si no llueve
y ven bancos vacíos y mirlos en los árboles.

Y entrenan al silencio que, al cabo, se interrumpe
con una voz lejana: “Sube ya, que ya es tarde."

(abril 2008)

viernes, 11 de abril de 2008

Desnudo humano


No hay hablar más hermoso que el desnudo humano, ese panel que dice lo indecible. Todo un expolio evolutivo de coberturas que se olvidó de escamas y plumajes, que perfiló labios o diseñó musculaturas para la dicha y la tristeza, que destapó sonrojos y situó, vertical y frontal, la memoria de no querer ser mineral aburrimiento. Como si el ser viniera anónimo pretendiéndose decir en piel y gesto desde el remoto caldo primitivo. Todo un pasado lleno de estrategias para lograr que la vida no fuera sólo radiante metabolismo, sino secreto mensaje que espera un lector capaz de comprenderla. Probó con armonías y colores en los peces, se lanzó a la exuberancia sobre la tierra con las flores y los pájaros, registró signos estrictos de puntual contundencia en los ojos de los mamíferos, se descubrió universo en la desnudez humana. Claro que… luego vino la palabra, que aprendió la lección de la belleza y a veces el capítulo de la verdad. Y dijo más. Y dijo lo ilimitado. Y también se desdijo, e incluso se negó a sí misma.

Pero el cuerpo desnudo sigue ahí, esperando un lector que quizá nunca llegue porque ha prostituido su esperanza.

jueves, 10 de abril de 2008

El coleccionista de olvidos


El coleccionista de olvidos es un tipo psicológico extraño. He leído cosas acerca de las conductas acumuladoras, de su relación con trastornos obsesivo-compulsivos; he leído sobre el indebidamente llamado síndrome de Diógenes… Pero no es eso. La única coincidencia con aquellas “rarezas” es que no tira nada a la basura. El coleccionista de olvidos no depende de sus olvidos, no los oculta, no los exhibe, no los contempla para descubrir certidumbres posesivas o desalojar infantiles temores. Su enfermedad es animista y primitiva. No se desprende de nada porque para él todo está lleno de almas, de tiempos irrecuperables, de sugerencias indefinibles, de inefables reencuentros.

El coleccionista de olvidos es un inadaptado. Un ser marginal, un chatarrero del alma incapaz de relacionarse con la sociedad kleenex o, por mejor decir, con la prometedora economía del usar-tirar-reciclar. No es peligroso, como consecuencia de la imposibilidad de su contagio. De no haber sido así, la supervivencia del siglo dependería de su inmediato internamiento. Por fortuna, lo único que provoca es un comprensible rechazo en su más cercana circunstancia, que observa con horror la proliferación incremental de un montón de cosas o papeles que no sirven para nada.

El coleccionista de olvidos es un idiota, como yo, que padece la fobia de la labilidad del ser y se rebela contra la humana inconsistencia de éste.

miércoles, 9 de abril de 2008

La necesidad y la verdad


Sacado del reino del puro azar, entra en el de la necesidad de las certidumbres más implacables.

J. Monod. El azar y la necesidad


No sé por qué tenemos que buscarla, a qué viene tanto desamparo, tanto ir de nuestros alrededores a los suyos, tanto venir de sus hostilidades a las nuestras. No sé qué nos impide detenernos, descansar de una vez, poder decir que ya está bien, que hasta aquí hemos llegado, que para este viaje nos basta con las alforjas del silencio. No sé por qué tenemos que insistir en lo contrario. O mentirnos y creer que nos elige; a veces, en un sueño; a veces, en una palabra que no se dice a nadie, que se escribe en cualquier parte y deja de ser propia, y quiere hacerlo. No sé por qué tenemos que ser este animal depositario de una esencia rota, incompleta, inacabada, que no puede dejar de buscarse la parte amputada, la espina dorsal de su sentido, la verdad que no tiene. ¿Qué raro azar puede seleccionar tan rara especie? ¿Qué necesidad de ella tiene un universo que es orden y sentencia prefijada, establecida, incuestionable?

No sé por qué tenemos que no tener una verdad propia, como el resto de las criaturas. O quizá sí lo sé… y me fatiga saberlo.

martes, 8 de abril de 2008

Todo un fastidio


La libertad se hace grande por sus objetivos. La libertad es medio, instrumento biológicamente ensayado en nuestra especie para inventar la Historia. La libertad sólo es fin de modo circunstancial cuando la libertad no es libertad sino demolición del hombre. Pero luego, cuando se alcanza, pierde todo interés para uno, que deja de ocuparse de ella, que sólo de ella habla cuando se refiere a la de los otros, los que aún no la tienen. Lo malo es que no se sepa qué hacer con “la herramienta” cuando ya se posee. Lo malo es que la tengamos colgada en un perchero de prendas inútiles o pasadas de moda y sólo la vistamos en fiestas de disfraces. Lo malo es que su uso quede encanijado en la elección de insignificancias embrutecedoras. Porque para lo demás, para lo grande, para lo que nos hace o no dignamente humanos disponemos de una auténtica enciclopedia de diagnósticos exculpatorios. Conozco vagos, que han elegido su insociable pereza, a quienes “define” una depresión; vándalos, a los que “justifica” una adversa circunstancia social; asesinos, que se "absuelven" por variopintos desequilibrios mentales.

Por si fuera poco, en auxilio de este contumaz asedio a la libertad, o responsabilidad que, al cabo, es de lo que se trata, ha venido la corte de la ciencia de laboratorio y tubo de ensayo. Más contundente, más eficaz, más brillante es la explicación de nuestros actos por causa de una hormona o de un gen distorsionado, que por el etéreo diagnóstico de un psiquiatra. Según leo, hasta los dictadores más brutales deberían ser exculpados de toda su barbarie: la cortedad del gen AVPR1 (que, por supuesto, ignoro qué cosa sea) podría tener la culpa del infame egoísmo de estas criaturas. Nada que no se pueda corregir con tres o cuatro ajustes de probeta.

Si en los años de la falacia Fromm podía pensar que la libertad daba miedo, a mí me parece que, a día de hoy, se la considera un fastidio, como a las moscas del verano. De ahí la búsqueda obsesiva de un insecticida eficaz.

lunes, 7 de abril de 2008

Nietzsche y los pájaros insignificantes


He mirado hacia atrás, he mirado hacia delante, y nunca he visto de una sola vez tantas y tan buenas cosas. No en vano he sepultado hoy mi año cuarenta y cuatro, me era lícito sepultarlo, (…) ¿Cómo no había de estar agradecido a mi vida entera? Por eso me la voy a contar a mí mismo.

Siempre me ha hecho gracia este final del prólogo (toda una autodedicatoria) con que Nietzsche abre su Ecce homo. Una explosión de vitalismo a lo grande; de vitalismo, gratitud y autoafirmación grandiosas. Es el 15 de octubre de 1888, cumpleaños de última claridad del padre del superhombre. En realidad, sólo le quedan cuatro meses de lucidez. Después, una sombra de dependencias, durante once años, hasta la noche definitiva.

El Ecce homo es la autobiografía de un dios (la minúscula es intencional) a través de su obra; o, como Teófilo Urdánoz indicara, “una confesión al revés”, una confesión que no es confesión en su sentido habitual, sino aplauso de sí, regalo de sí mismo en homenaje a sí mismo. Con todo, se entiende la explosiva vanidad.

Desde la condición meramente humana, uno atraviesa, igual que los dioses, la misma contingencia de añadirse años a la vigilia de ser. Pero uno no tiene vida ni obra que merezca la pena contarse. Uno sólo ha salpicado con unas cuantas palabras a los demás, como los neumáticos ineducados que maltratan los charcos de la calzada para enfado de los paseantes. Y, como uno no puede regalarse de ese modo en el día de sus días, hete aquí que la “naturaleza agradecida” le ha homenajeado en la tarde de hoy: sabedora de su particular y extravagante amor a la lluvia, y a pesar de las sequías contumaces, ha decidido abrir los cielos a las siete de la tarde para volverse tormenta de abril, escándalo de olores en tierra humedecida, fuegos de artificio con truenos y relámpagos... Un verdadero regalo.

¡Para que luego digan que no es cierto que Dios está pendiente de sus pájaros más insignificantes!

domingo, 6 de abril de 2008

Los lirios


A mí me parece un poco temprano para que el parterre de los lirios se haya llenado de esa morada exuberancia. Desde la ventana, que por este lado de la casa es como un primer piso, se ve un círculo cárdeno y silencioso, cerca del eucalipto de hojas aburridas, que parece una concentración de penitentes en madrugada de Viernes Santo. Es una flor que adoro desde niño; tal vez, porque mi madre la adoraba. La ordenación que rige nuestra sensibilidad tiene siempre un origen remoto. Un olor de tierra húmeda, de atardecer modesto y primavera lejana me han venido al escribir estas palabras. Era el momento del día en que se regaban los lirios, las rosas, los claveles, las hortensias… de aquel jardín de la calle de Gómez Ortega, una calle que no tendrá más memoria que la que podamos mantener, mientras vivamos, aquéllos que ocupamos en ella una brizna del tiempo que nos dedicó la eternidad.

Los lirios del parterre, sin embargo, son ajenos a la melancolía humana. No se conocen, no se recuerdan, no se reprochan, no se hablan. No tienen que justificar nada acerca de su palabra de belleza. Son espectáculo neto, sin tristeza ni preocupación por tener o no que serlo. Uno no puede evitar cierta envidia ante esa inocente indiferencia que libera, entre otras cosas, del dolor del recuerdo o la preocupación del olvido. Y tal vez en eso consista la pureza, que es al cabo el emblema de los lirios: ser sin dolerse ni mirarse, cumplimiento riguroso y modesto de la lágrima de esencia que hemos recibido, probablemente, sin merecerla.

sábado, 5 de abril de 2008

El apagón


Después de varias horas de personal incomodidad con esta entrada que publiqué anoche, he decidido reestablecer el suministro de energía habitual (que tampoco es tanta). Así que, se apagó El apagón: es preferible que hoy se quede a oscuras de oscuridad. Perdón por las molestias.

viernes, 4 de abril de 2008

La ontología insatisfecha


No sé qué tiene últimamente el mundo de insatisfecha ontología, como si lo que es quisiera ser otra cosa distinta de la que verdaderamente es. Hoy, por ejemplo, es un día de abril que parece no estar contento con ser abril, que no hace honor a refranes ni a costumbres de luz o temperatura, que se piensa medio mayo, medio junio. Y semanas atrás, hubo un febrero con tentativas de marzo, aunque más justificado desde luego: a fin de cuentas, el mes cojo anda algo mal de la cabeza. Ni que decir tiene el invierno, que se decidió a nevar recién entrada la primavera. Bueno, más “arriba” lo hizo antes, pero con tibia modestia.

Lo malo es que tanto trastorno no es sólo cuestión de isobaras. También la niñez se abandona antes de tiempo y se empieza a querer juventud poco después de los diez años. O el joven se dice experto y de vuelta ya de todo, aunque esto es más común, más parecido a la salvedad de febrero. O el “mayor” se cree menor, algo así como este invierno que se siguió imaginando que era otoño interminable. Claro que luego está el piso, que se confunde con chalé serrano. Y el Seat Ibiza, que se supone Ferrari. Y el “famoso”, que lo es por no merecer la fama. Y el fin de semana cualquiera, que es fiesta de cualquier cosa. Y el criminal, que no es más que un enfermo (¿imaginario?). Y la opinión, que ahora es ciencia. Y la ciencia, que ahora es religión. Y la ética… que no se sabe lo que es. Ah, y esto por si pasa algún malintencionado que de mi sinceridad desconfíe: yo mismo, que ando escribiendo de todo sin galones oficiales que me autoricen a ello.

No sé si concluir diciendo que la ontología se ha vuelto dramáticamente entrópica o, como en mí es habitual en estos casos, con un… ¡es nuestro siglo!

jueves, 3 de abril de 2008

Un analgésico provisional


A las siete cuarenta y cinco de la mañana uno entretiene, como puede, su habitual atasco en la M-206 (fecundada generosamente a esas horas por la M-45). Yo suelo recurrir a una serie de operaciones rutinarias para combatir el tedio: enciendo un cigarrillo, escucho música, calibro la edad del año según el color de los sembrados que me rodean, o cuento los aviones que están en cola de espera queriéndose ya Barajas. Aunque también, a veces, hay momentos de sensorial delicia. Sin ir más lejos, esta mañana.

Siete cuarenta y cinco del día tres de abril del año en curso. A la derecha, una raya de luz comba, dudosa de ser oro o de ser sangre, sostenida por la rectitud lejana del horizonte. A la izquierda, la remota corvadura del Guadarrama, con algunos picos, aún en invernal memoria, blanco-rojizos, de nieve de retirada, de sol recién nacido, ése que tiene la costumbre de besar primero las tierras más altas. Y en medio, a mitad de camino entre el amanecer y la altura, un coche, una música, un cigarro y un especulador del amanecer detrás del último. Vista, oído, paladar… y soledad de obligaciones presumidas. E lucevan le stelle… “¡Qué mal le va a ir a este pobre Cavaradossi!” A siete kilómetros por hora, calada profunda. La raya cada vez mas comba. La nieve de retirada, cada vez más encendida. Unos treinta metros hasta la incorporación. Svanì per sempre il sogno mio d’amore… En el salpicadero, los contadores empiezan a aligerarse… La duda del horizonte se resuelve, de pronto, en explosión de oro luminoso, los picos del Guadarrama se deciden por la blancura, la velocidad empieza a hacer honor a su nombre; entro en la rotonda y Cavaradossi, como el sol, sube, sube, sube… E non ho amato mai tanto la vita!…

Ha ocurrido así, todo simultáneo y coincidente, como un relámpago de brillante cenestesia contra el tedio cotidiano… Aunque Tosca no tenga un final feliz. Aunque la cenestesia no sea nada más que un analgésico provisional del alma.

miércoles, 2 de abril de 2008

Hombre justo, alma en paz


La paz es asunto de correspondencias justas; “tranquilidad del orden”, decía San Agustín. Y el orden es el equilibrio, la adecuación del ser a lo que debe ser. Porque, como todos sabemos, no casan casi nunca aquél y éste. Acomodar uno y otro es la virtud, que hace excelente la paridad del ser con lo debido. Y eso es la justicia, armonía al cabo, como Platón asegura. Y volvemos al principio, a la tranquilidad del orden, que es la paz, que es el alma del hombre justo.

No hay mirada sin mundo que mirar. Ni mundo sin mirada que lo mire. La justicia es tener en paz la mirada con el mundo, armonía de uno y otro para ver lo que se debe ver. Por lo general, el ojo se enreda en sus limitaciones, casi siempre en la memoria de sus perdidas imágenes. Y el resto, esa exterioridad de luces y de sombras, se decanta por unas o por otras según sea el tirón de aquellos fantasmas. Es bastante improbable la mirada justa, es dolorosamente improbable.

¿Y el hombre justo? Si con tamaña torpeza miramos el mundo, ¿qué suerte de errores no cometeremos a la hora de juzgar a nadie?

Demasiada perífrasis para una desazón tan sensata. Lo cierto es que la paz del alma es un silogismo de complicada resolución.

martes, 1 de abril de 2008

Una sonrisa... dolorida


Sin que sirva de precedente, no vaya a verse perjudicada esta imagen de severa seriedad que gasto, un apunte de humor. De humor agrio en segunda lectura, la verdad sea dicha. Pero si uno quiere quedarse con la sonrisa, basta con la primera. No es un cuento, es un hecho; quiero decir, que es de real realidad; de ésa que se palpa en la vida de un día cualquiera.

Mañanita soleada de febrero reciente y aula de mozalbetes en edad de merecer el carné de conducir y el paso por las urnas electorales. El profesor intenta desmenuzar las aristotélicas andanzas del Doctor Angélico. Hay un murmullo tenue que inquieta la atención de quienes quieren guardarla. El profesor se harta: “Ya está bien, o nos callamos o doy el tema por explicado: en mi clase se está como un cartujo”. Pausa en el aire que parece haber hecho efectivo el símil monacal. Pero hay algo en las caras de los alumnos que mueve a la preocupación: “Sabéis lo que es un ‘cartujo’, ¿no?”. El silencio compacta sus moléculas hasta la densidad de una estrella de neutrones. Después de algunos segundos, una voz, salpicada de incertidumbre, logra escapar de la muda atracción gravitatoria y lanza su decidido acertijo: “Un... ¿animal?”.

Mañanita de febrero soleada y aula de jovenzuelos y jovenzuelas que “se rallan” con la filosofía, pero “ligan mogollón” los fines de semana; que canturrean un horror eurovisivo, pero ignoran quién escribió aquello de “Oh llama de amor viva / que tiernamente hieres…”; que han oído hablar del punto “G”, pero no, claro está, de los cartujos

Aunque no es culpa de ellos. Sólo es… nuestro siglo.

Ah, se me olvidaba, el profesor era yo.