miércoles, 23 de julio de 2008

"Partir c'est mourir un peu"


Bien es verdad que el segundo autor de esta obra no quiso creer que tan curiosa historia estuviese entregada a las leyes del olvido, ni que hubiesen sido tan poco curiosos los ingenios de la Mancha que no tuviesen en sus archivos o en sus escritorios algunos papeles que de este famoso caballero tratasen; y así, con esta imaginación, no se desesperó de hallar el fin de esta apacible historia, el cual, siéndole el cielo favorable, le halló del modo que se contará en el siguiente capítulo.

Quédase Don Quijote, al final del octavo capítulo, con la espada en alto ante el enfurruñado vizcaíno. Usa Cervantes aquí de industrias que hoy nos son harto familiares cuando en la serie televisiva de rigor, por ejemplo, se nos queda el héroe en inminente peligro o presumida gloria con el ademán suspenso hasta el siguiente episodio. Yo, sin embargo, abuso de la cita sobre interrupción tan meritoria para decir “hasta pronto”, que es lo que suele decirse en estos meses de ocios desmelenados. Partir de alguna parte parece en nuestros días un gesto necesario, partir hacia alguna parte tiene en cambio connotaciones más dramáticas. Aunque partir siempre tenga algo de abandono del servicio, un dejar de vivir que Edmond Haraucourt ya se encargó de universalizar:

Partir c'est mourir un peu,
C'est mourir à ce qu'on aime;
On laisse un peu de soi-même
En toute heure et dans tout lieu

Lo curioso es que nos pasamos la vida partiendo. No es necesario que nos vayamos a ningún lugar diferente, basta un golpe de voluntad de esos que tenemos tan a menudo, mejor dicho, que tenemos constantemente. Porque entonces estamos diciéndonos adiós, viajando desde nosotros hacia “otros nosotros” de los que ya no podemos regresar. Así que vivir es morir bastante; es más, vivimos de tanto como morimos y no al revés, que es lo comúnmente creído.

Y aunque, al cabo, partir sea morir un poco, uno prefiere la acción simplemente interrumpida, uno se queda con Don Quijote y con su espada en alto; o, mejor aún, uno se queda tarareando aquel bolero que empieza diciendo Cuando vuelva a tu lado… y acaba en una cuenta, o en un cuento:

…y cuenta los latidos
de nuestro corazón.

lunes, 21 de julio de 2008

La cigarra y la hormiga


Ha tenido la culpa una chicharra enloquecida que se ha pasado la tarde cantando la ardiente pasión de la Niña Chole; del verano, quiero decir.


Las recojo del suelo, donde nadie las quiere,
donde quedan absurdas, desprendidas
del disfraz de las horas;
hebras de una sonrisa o de un enfado,
de un momento común… Cualquier anécdota.

Las recojo y las guardo en refugios del alma.

Almaceno su historia sin hazaña ni empresa,
su renglón de humildad desconcertante.
Almaceno el residuo de esas horas
para pasar el tiempo que me queda
–el invierno que aguarda después de este verano–
y tener otra vez su risa, su mirada,
su forma de decirme “buenos días”,
de sentarse y hablar,
de escoger un silencio y hacer que no lo sea,
de volver prodigioso
el momento común que el mundo olvida.

Las recojo y las guardo con ternura indecible
en este subterráneo rincón de la memoria.

Otros hay que se quedan con el tiempo
–su telar luminoso, su estricta indumentaria–.
Y lo cantan y viven y acarician,
y desprecian los restos de su tacto.

De ellos son la palabra y el paisaje infinitos.

De aquí abajo,
el jardín,
el pétalo caído,
el silencio…

(21 de julio de 2008)

jueves, 17 de julio de 2008

Ser hombre


Ser hombre es no tener por suficiente
la parcela de luz de la mirada,
es querer –sin tener ganas de nada–
ver el sol más allá de su occidente.

Es saberse cobarde, y ser valiente.
Es poner la verdad frente a la espada.
O morirse de pena arrinconada
una tarde de siempre entre la gente.

Ser hombre es ni pensar que se le ocurra
al amor denegarle su fianza,
al tiempo escatimarle su intermedio.

Ser hombre es desear que Dios discurra
por la espina dorsal de la esperanza.

Ser hombre es no tener otro remedio.


(17 de julio de 2008)

martes, 15 de julio de 2008

Para nadie


Tenía que venir
herida en un mensaje;
atravesar la noche
sin que yo lo supiera.
Decirme: “estoy aquí”;
o, “¿por qué me esperabas?”
Y hacer que nada fuera inexplicable.

Tenía que haber sido
alguna vez, sin lujo
ni noticia especial;
sólo haber esparcido
el perfume de un verbo,
sólo ser la señal
señalada en los mapas del silencio.

Tenía que venir, aunque yo no supiera…

Tenía que venir. Y nunca vino.

(15 de julio de 2008)

El dolor


Dime: ¿tan fuerte mal, cómo es tan largo?
Y mal tan largo, di: ¿cómo es tan fuerte?

Juan Boscán


Es un dolerme distraído, a un lado
de la respiración, pero constante;
justo aquí, donde dobla la inquietante
esquina vertebral de mi costado.

Una señal tal vez, quizá un recado
de impaciencia del alma; una apremiante
protesta, un declarar que ya es bastante
el tiempo en este pozo enajenado.

Es un dolor que advierte una locura,
que se quiere arrancar de donde duele
por sanar más allá de su frontera…

Y herir la latitud de la ternura
donde el dolor de serlo se rebele
y halle puerto el afán de su galera.

(15 de julio de 2008)

domingo, 13 de julio de 2008

Vocabulario aclaratorio


Como complemento a la entrada de ayer, y para ser plenamente riguroso, quisiera hacer algunas precisiones semánticas sobre algunos términos empleados, quiero decir, cómo allí fueron empleados. Esto es:

SERIEDAD: no es un estado de ánimo, sino una disposición del mismo que debe acompañar a la actuación del hombre en su trato con el mundo. La seriedad no está reñida con el humor ni con la alegría, pero es incompatible con la diversión.

DIVERSIÓN: en su raíz etimológica (‘divertere’) recoge el sentido de ‘separación de’. El hombre divertido es un hombre que se ‘separa’ del rigor. Este ‘apartamiento’ es necesario, ocasionalmente, como descanso del trato habitual con el mundo; pero es patológico cuando pretende suplantar a dicho trato. La cara de la diversión siempre es un poco idiota, y está muy bien tenerla de vez cuando, pero es preocupante si queremos que se nos quede.

CHISTE: Tontada puntual, a veces acompañada de cierto ingenio, que tiene la función momentánea de distraer, es decir, ‘divertir’; esto es, ‘apartar’ del ojo la gota de sudor consecuente al rigor y al esfuerzo. Parece evidente que, si no hay esfuerzo ni rigor, tampoco habrá gota que apartar y, por lo tanto, el ‘chiste’ se convertirá en un gesto vano y consecuentemente imbécil.

FILOSOFÍA: Lo mejor sería recurrir al compuesto semántico y quedarnos con lo del ‘amor a la sabiduría’. Pero el deterioro de ambos conceptos podría inducir a verdaderas aberraciones, algo así como: ‘tener trato sexual con unas cuantas ideas tontas de ciertos seres humanos’. Digamos, para evitar la confusión, que la filosofía es una necesidad humana amputada por una sociedad que vive de la invención de necesidades absurdas (léanse aquí todas las adicciones de que somos capaces; desde las drogas a las “marcas”, la lista es innumerable); una necesidad que lleva unos dos mil setecientos años esforzándose seriamente por saciarse; por saber qué es el mundo, qué es el conocimiento, qué es el bien, qué es y qué sentido tiene un ser que quiere, o quería, saber lo que es, o era, el ser. Claro que dos mil setecientos años sin resultados plenamente satisfactorios son un intervalo lo suficientemente largo como para considerarla económicamente ineficaz. De aquí el empeño en su amputación.

En tiempos tan divertidos, aunque la seriedad nada tiene que ver con la tristeza, es inevitable que, como la princesa de Rubén Darío, la seriedad esté triste.

sábado, 12 de julio de 2008

De paupere philosophia


Me he acordado hoy por culpa de un ornitorrinco que he visto en Google. Fue una estupidez por mi parte. O un pecado, de los mortales, de esos que te remuerden hasta el agotamiento por mucho que uno haga por distraerlos de la conciencia. Porque a veces es pecaminoso comprar un libro; mejor dicho, leerlo. Y si ese libro se anuncia como best seller, entonces son necesarios por lo menos quince días de ayuno en el desierto de Atacama.

Mea culpa: “Platón y un ornitorrinco entran en un bar…” (no digo los autores para no dañar su imagen y quebrantar un derecho humano) es una sandez deudora de esa idea que es el libro-consumo. Producto de una ocurrencia (las “ocurrencias” son moneda corriente en nuestros días), el libro plantea un recorrido “diver” (“tido”, naturalmente) a través de la filosofía. Encima, lo “diver” (“tido”, claro está) son chistes. Así que la conclusión es que la filosofía es un chiste. El razonamiento mercantil es de una simpleza palmaria: lo gracioso vende, luego hagamos “gracia”. Tanto da que la visión que al lector común le quede sobre la filosofía sea la de un colectivo de patanes con la cabeza llena de tonterías que resultarían mucho más digeribles en boca de “verdaderos intelectuales”, los de hogaño, quiero decir, los del “Club de la comedia”, por citar un ejemplo.

Hay actualmente una obsesión enfermiza porque todo sea “diver” (“tido”, por supuesto). No sé cuántas veces habré echado pestes de esta visión saltarina, sonriente y light frente a todo lo que es seriamente humano. Tampoco sé a qué inconfesables intenciones puede responder tan miserable empeño. O sí lo sé, y me callo para quitar argumentos a quienes usan la paranoia contra quienes olfatean las mentiras en que se amparan. Porque el dolor es el dolor, y existe por desgracia. Y la seriedad es la seriedad y debe existir para nuestro bien. Pero la verdad, según parece, es más infrecuente que la falacia; por eso, probablemente, tenga menos éxito. O ninguno, al paso que vamos.

jueves, 10 de julio de 2008

El mundo desocupado


Un día pasas por donde pasas siempre y, de pronto, “siempre” es un vacío, seco en sus soledades y abandonos, vano en el aire de nombres que no están en donde estaban. Un día sólo hay cosas: una mesa, una silla, un largo corredor, una ventana…, una colección de inútiles objetos que acata imperturbable la intromisión del sol cuando amanece.

Un día te dan ganas de hablar un rato con las cosas. Sólo con ellas, tan dispuestas a estar y recibirte en cualquier momento. Con ellas y las sombras adheridas, esa prolongación de la vida que sedimenta en todo cuanto toca. Porque un rincón vacío es mucho más que una porción de espacio, es el refugio de algo que ha ocurrido y fue sonrisa, o se creyó inquietud sin que luego alcanzase el rigor de ocupación siquiera. Y quien dice un rincón, dice un bolígrafo que escribe una palabra intrascendente y acaba convertida en un destino; o un libro que entretiene sus páginas en unos ojos y les roba después el norte a su mirada…

Están llenas de vida las cosas. Y tengo ganas hoy de hablar con ellas. No sé, quizá es que esta mañana no estaba el mundo donde ayer lo había dejado.

martes, 8 de julio de 2008

Rosa de naufragios


La he mirado una vez. Y dos. Y cientos
de veces la he mirado. La he tenido
al alcance del alma, de un latido
del alma, fugazmente… Y en momentos

de esos que no se cuentan, que son cuentos
de lágrimas en blanco del olvido,
la he creído verdad, me la he creído
norte vivo en la rosa de mis vientos.

La he mirado. Y a veces parecía
que era tierra real, que allí aguardaba
la fe de amanecer… Dulces presagios

que llenaron de mar la luz del día:
eran sueños de salva que inventaba
tu mirada en mi rosa de naufragios.

(8 de julio de 2008)

lunes, 7 de julio de 2008

El poder y la verdad


Puedo ahora cruzar aquel pasillo,
llegar a su final, abrir la puerta,
dar un susto de muerte a su silencio,
asignar a las cosas otro espacio,
otro tiempo a la vida… ¡Un disparate!

Puedo hacer que la nada de una esquina
rezume de miradas, se disponga
a ser cómplice amable del deseo;
o hacerme taumaturgo y situarte,
sombra siempre perdida, en su intervalo,
en la hora vacía que no habitas
porque el mundo es capricho de sí mismo.

Puedo darle la vuelta a cuanto existe
y que nada se altere, y todo siga
el cauce que es debido sin embargo.

Por poder, hasta puedo una sonrisa
robarte en una casa que no existe,
una casa que inventa en su fachada
este sol que ahora veo y no es mentira.


(6 de julio de 2008)

domingo, 6 de julio de 2008

Los bonobos y yo


Si yo fuese un bonobo, sería un individuo feliz y bienquisto que cosecharía aplausos y reconocimiento de los ejemplares humanos más progresistas y solidarios de nuestros días. Es más, si yo acudiese a ellos para denunciar alguna violación de mis derechos inalienables en condición de gran simio, merecería su comprensión y complicidad inmediatas. Probablemente, una manifestación con pancartas y pegatinas de colores chillones, que me gustarían muchísimo (de ser bonobo, se entiende); o, por lo menos, una concentración frente a algún parque zoológico ilustre, que provocaría considerables pérdidas económicas en la cárcel-animal de que se tratara.

Pero no soy un bonobo. Soy un mono desnudo, un bípedo implume con “inclinaciones sospechosas”. Por ejemplo, me gusta el silencio, el circadiano respeto a los intervalos sonoros del día, el sigilo con que la vida expande su esplendor sobre la naturaleza. ¿Hay algo más silencioso que un bosque?... Los sonidos allí son como relámpagos armónicos; un testimonio cuidadoso de advertencias o alertas, no una invasión del reposo del aire. Nosotros inventamos el estruendo, la técnica monstruosa de los altavoces, los bafles demoníacos capaces de convertir la serenidad en un atentado al equilibrio de las almas. Y por si fuera poco, simultáneamente inventamos el verano como un desbordamiento de las ciudades. Me he tirado toda la tarde-noche aguantando a una "corte de becerros" que competían en un parque cercano para hacerse con los laureles de un premio consistente en 1000 € y un curso gratuito en cierta “escuela de música”. Lo último no me extraña, desde luego; pero todavía no sé por qué tengo yo que cerrar las ventanas (inútilmente, por cierto) para intentar proteger mi derecho al silencio; ni por qué tengo que privarme de la amable algarabía de los vencejos al atardecer; ni por qué debo renunciar a la asfixiada protesta de las cigarras en los árboles… No sé a qué malformación genética pueda deberse esta obsesión por convertir los espacios públicos en desmesurada prolongación de espectáculos privados, en obligación común de asistir a ellos, quieras que no, te apetezca o te repela.

Estoy convencido de que cualquier bonobo me daría la razón. Así que, dado su mayor reconocimiento social, creo que lo mejor será hacerme un trasplante de pelo y fundar el partido GBS (Gran Bonobo Silente). Seguro que así el derecho al silencio se convierte en ideal de progreso y nos dejan en paz a los bonobos y a mí; a ellos para que puedan entenderse con Johnny Weissmuller y a mí para que las tardes de vencejos en verano no sean en sesión de cine mudo.

viernes, 4 de julio de 2008

Mejor de noche


Se llora mejor cuando es de noche. Cuando no es necesario definir las lágrimas, acomodar su costumbre a ningún hecho, redescubrir su causa o el jardín de su origen. Se llora mejor cuando uno se desprende de la giubba y se desempolva la cara. Cuando el bufón se convierte en su real deformidad y el payaso en un hombre que ha cenado salami, o croquetas, o no ha cenado nada... Y tiene un problema, o dos, o cinco, o ciento treinta y dos con veintisiete –aunque parezca absurdo, también hay decimales en las penas que solemos redondear al alza–.

Se llora mejor cuando la soledad es el sincero hallazgo de uno mismo, no la ególatra estrategia de apartarse de los otros. Cuando tenemos tiempo de ponerle mirada al infinito y nombre a ese silencio que llevamos a cuestas por la vida.

jueves, 3 de julio de 2008

Deficiente razón


No es magnanimidad. Ni camuflado egotismo. Ni modestia. Es resignación. Quienes no tenemos grandes hazañas o soberbios paisajes en las maletas del alma nos aferramos a lo breve, a lo sutil, a lo cotidiano, a lo que está al alcance de todos. Y literaturizamos el sentido de un mirlo que no nos hace ni caso; el valor de una mirada que se nos cruza en un azaroso instante; la trascendencia de un campo de amapolas que sorprende nuestra común vulgaridad; el mérito de una sonrisa amable, supuestamente dedicada a un gesto nuestro; la importancia de una palabra intrascendente, que rescatamos con el corazón de su astenia semántica…

Claro que, entonces, cuando lo contamos, sentimos que un mirlo indiferente, una mirada imprevista, un repentino campo de amapolas, una sonrisa medio inventada, una palabra completada por nosotros… son cuna de real grandeza. Ni magnanimidad, ni modestia, ni resignación: vida inmensa hecha con los mimbres de la verdad.

Así que, como silogismo, esto es un desastre porque concluye lo contrario de su premisa originaria. Aunque, si hay que invalidar la razón para llegar a la verdad, ¡bendita torpeza del razonamiento!

miércoles, 2 de julio de 2008

La supernova

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Parece un chal de sangre, un velo de muerte ondeando en algún refugio de la noche. De hecho lo es: rastro de la vida de una estrella, explosión lejanísima en el tiempo y la distancia. Tal vez, esté por ahí fuera circulando ahora la tristeza de Isadora Duncan.

Robo la foto del ojo artificial del Hubble, capaz de ver lo que es inconcebible. Como Prometeo (que no lo soy ni en broma) la robo de la noche de los dioses. Para vosotros si pasáis por aquí. Para vosotros, si disponéis de un instante para configurar su hermosura.

Fue un astro lejanísimo que invadió la oscuridad y el día de presagios terribles. Dicen que ocurrió por mayo. Dicen que en el 1006, poco después de que Macbeth, el de verdad, gateara por el mundo. Para nosotros es una tilde de belleza, una virgulilla casi irreal de algún lugar que insiste en su memoria.

Si el universo es bello, lo es gracias a nosotros que hacemos posible la conciencia de su posibilidad.


martes, 1 de julio de 2008

Didáctica natural


Nacen con la intensidad de la lentitud. O para demostrar que al tiempo le da lo mismo la insistencia en su prolongación. Son una burla socarrona de la eternidad. Socarrona y bella porque su razón es el amor. En realidad, nacen sólo para amar; no tienen tiempo que perder en otras cosas. Y para no perderlo, porque tienen poco, procuran paladear cada movimiento que hacen. Su aparente pereza no es más que fruición de la vida, esa vida suya que para nosotros, tan acelerados siempre, no pasa de ser el relámpago de un instinto. Porque así es como lo he leído, precisa y científicamente: la especie de camaleones ‘Furcifer labordi’ sale del huevo a principios de noviembre para, después de siete semanas de maduración, disfrutar de un breve período de ‘sexo violento’ y luego morir en abril.

Demasiado frío; para mí por lo menos que no sé leer las palabras de la naturaleza en los códigos ortodoxos. Probablemente sufra estrabismo intelectual –curiosa y camaleónica coincidencia ésta–. Porque, para mí, se trata de una criatura que nace con vocación didáctica. Su modesta lección es que la brújula de la vida tiene norte en el amor. Su humilde corolario, que el tiempo no añade ni quita nada a la plenitud.