sábado, 30 de agosto de 2008

Puerta de septiembre

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Cada día tiene el día menos ganas de serlo;
cada día es más breve su entusiasmo;
cada día, su luz más apagada,
más vencida su altura,
menos firme.

Cada día es más noche y menos día,
más estrella ilegible,
menos sol recitado…

Cada día que pasa.

Cada día.


(30 de agosto de 2008)

martes, 26 de agosto de 2008

Testigos nuestros


Hace dos meses, bajando por la calle “Camino de la Huerta” en San Fernando de Henares, se podía ver una casita derruida por la intransigencia voraz de las excavadoras. Durante algunos días distraje la vulgaridad de mi rutina circulatoria con los restos tenaces de su doméstica biografía, focos de resistencia en que las cosas se empeñan para que no se olvide que alguna vez fueron testimonio. Me llamaba la atención un friso alicatado y fragmentario, blanco y azul, de rancia estética, que había sobrevivido de tanto adherirse al edificio colindante. Puede que allí estuviera la cocina, ese rincón de las casas que fue hogar por excelencia, cuando el hogar era hoguera gracias a la cleptomanía prometeica. No podía evitar reconstruir el resto, disponer en el mosaico de cascotes las piezas fantasmales de un pasado del que nadie sabrá nada en poco tiempo. Me parecía escuchar risas o advertir lamentos, recuperar tristezas o fracasos, rescatar alegrías o grandezas. Días felices y días terribles, relojes con voluntad de que el tiempo se detuviera o, todo lo contrario, corriera y pasara cuanto antes. La vida, la humana más que ninguna, no sabe suceder sin proclamar en dónde ha sucedido.

Hace un mes que Roma anduvo bajo mis pasos salpicando eternidad sobre este pobre montaje de carbono que se volvió mirada y corazón hace más de medio siglo. Hace un mes me vi en rincones donde la belleza se vuelve santidad y la Historia armonía exultante de los muros. Hace un mes me ocurrió lo mismo que hace dos y que hace siempre, lo mismo que me ocurre en los museos, lo mismo que me pasa ante cualquier rastro del hombre: que no puedo evitar que me asalte una legión de biografías insignificantes, de gentes que sufrieron y gozaron sin firmar en anales de importancia; que lucharon, creyeron, padecieron, supieron, ignoraron; que dejaron allí su lágrima y sudor, su empeño y sacrificio, su gozo y esperanza, como un rescoldo de la vida que vivieron, del hogar que alguna vez lo fue sobre su piel, bajo su alma.

No lo puedo evitar: así es el manantial de esta vulgar memoria. Una pena que nos pase inadvertido, que no nos demos cuenta del grandioso papel de ser pequeños, que ignoremos que la identidad del tiempo nos tendría que estar agradecida… Si lo hiciéramos, creceríamos en rotundidad existencial, en certidumbre de sentido, en felicidad por disponer de este breve intervalo en que tan mal tratamos con la vida y su frontera indeseada.

lunes, 25 de agosto de 2008

Parábola para un agnóstico


…Si tenéis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: ‘Desplázate de aquí allá’; y se desplazará y nada os será imposible.

Mat. 17-20.


“Sólo sé que no es posible”, dijo un átomo de Hidrógeno (que, por cierto, nadie supo jamás que hablar pudiera). Y se hizo adolescente para ser Helio. Mucho después, envejeció en Carbono; y, decrépito al fin, murió afán inorgánico para nacerse vida.

Hubo un punto y aparte. De repente, las cosas ya no eran como siempre habían sido: mecánica de enlaces, ecuaciones previsibles. Las cosas se habían vuelto un proyecto capaz de ser un sueño, un sueño capaz de duplicar su proyecto inexplicable.

Después sucedió el mar y su promesa… Y la tierra más tarde. Y un efecto sin raza ni fronteras que aprendió a medir el tiempo y pergeñar su curso. Empezó por creer... Y creyó que sabía…

“Sólo sé que no es posible”, dijo el hombre. Y la memoria de un átomo de Hidrógeno (que, por cierto, nadie supo jamás que la tuviera) protestó en los rincones de la noche: “lo imposible no es más que voluntad amedrentada, pavor a su victoria”.