martes, 30 de diciembre de 2008

Examen de conciencia

.

Me dan lo mismo los análisis políticos, las disecciones ideológicas o la anatomía de las creencias. Me dan exactamente igual las culturas tras sus palabras o las civilizaciones bajo sus silogismos. Me importa un bledo el rigor erudito de las fortalezas en que quiere refugiarse la justicia, la cuota miserable de mentirosas ecuaciones que enarbola exponentes de equidades perdidas. Cuando veo la foto de un niño muerto en Gaza hace unas pocas horas, cuando leo que en el Congo se asesinó a 150 personas en un templo durante un concierto de Navidad, cuando repaso la delirante crónica “habitual” de esa bestialidad que con patético e incomprensible “eufemismo” han decidido llamar “violencia de género”, cuando un pretendido intelectual de mierda intenta poner zancadillas a la inteligencia para que el tiro en la nuca de un mafioso parezca la bandera de una idea… Cuando la vida humana no vale nada, los argumentos valen aún menos. Cuando la persona pasa a ser renglón intercambiable por razones, las razones se vuelven sentina de cualquier verdad.

Cuando estas cosas ocurren, uno siente vergüenza de pensar en otras cosas, de inquietarse por si habrá o no de aquietar los delirios de su economía; de si subirá, bajará o se mantendrá el zepelín antojadizo de la bolsa; de si brindará con champán o con cava… Cuando estas cosas están pasando, uno sufre de severo astigmatismo si se mira al espejo, o da un puñetazo a la pared a ver si su dolor pequeño le distrae de tanto remordimiento.

Incluso uno piensa que decir “feliz año”, aunque de corazón lo haga, es una inmoralidad. Porque el mundo sigue siendo el mundo que decimos que no debe ser. Y no pasa nada. Y no se detiene, con o sin estúpidas consignas para engalanarse el alma asegurando que quiere apearse. Lo cierto es que mi generación lo dijo. Lo evidente es que mi generación no lo hizo. Lo triste es que, en cuanto ha seguido sucediendo, yo no he visto ningún cambio.

Perdón por mi “confusa simpatía”.

.

domingo, 28 de diciembre de 2008

Segunda parte. Ahora que hablamos de la felicidad…

.

Para Francisco (y perdón por el retraso en el “combate”: he estado fuera de casa todo el sábado)


Cometí un error el otro día: antes de ponerse uno a hablar de algo, lo primero que debe hacer es acotar los términos que piensa emplear; sobre todo si esos términos se acompañan de una confusa polisemia. La felicidad es un concepto escurridizo que anda lastrado por otros en apariencia afines. Aristóteles lo sabía y empezó su Ética a Nicómaco desautorizando los sentidos espurios con que el vulgo se refiere a ella. Pero claro, él era un sabio y yo no.

La felicidad es un mecanismo de supervivencia humana como lo es la satisfacción para la supervivencia animal. Para salir adelante, para no regresar al laxo estado mineral, el ser vivo necesita enterarse de que está haciendo lo adecuado para seguir vivo. A esa noticia sobre la idoneidad de su conducta es a lo que llamo satisfacción o saciedad –o bienestar orgánico–. Cuando se da ésta, el animal sabe que puede poner a descansar la maquinaria de sus determinaciones. Aunque es una pausa eventual: en cuanto se descuida, torna a romperse el equilibrio alcanzado y tiene que volver a empezar. Esto es una de las teorías de la motivación que, sin duda, ya habréis reconocido. La tomo como ejemplo porque con la felicidad ocurre algo semejante. Pero, claro, aquí hablamos del hombre, y para mí el hombre da un salto cualitativo al arrancarse de la naturaleza. Ya no se trata únicamente de alcanzar órdenes y armonías en ésta, ahora hay que “hacerse la vida”; no sólo conservarla, sino “hacérsela”. Porque el hombre es libre; eso es le que le pasa al hombre, que es libre, mal que le pese. Sin embargo, igual que el resto de los animales, necesita un indicador que le informe sobre la adecuación entre su quehacer y su proyecto de hacerse. Yo llamo felicidad a ese indicador, por eso, insisto, considero a aquélla un mecanismo de supervivencia, porque si no funciona, la vida humana está haciendo agua.

Hablo entonces de la felicidad como plenitud, como coherencia, como aplauso que se dedica el hombre a sí mismo porque lo que quiere se acomoda con lo que hace, lo que defiende casa con lo que piensa, lo que ama se iguala con lo que le define. La confusión sobre estos principios arrastra a otras cotidianas confusiones. Nuestra sociedad (la de los pocos que podemos permitirnos el lujo de titubear cuándo y en qué medida somos felices) no es una sociedad de la felicidad, sino una sociedad del bienestar; es decir, del estado previo, del nivel orgánico en que se siguen buscando provisionales equilibrios entre necesidades (tanto da que éstas sean naturales o artificiales) y satisfacciones. Me parece muy bien el bienestar; tanto, que su territorio no debería ser un feudo minoritario en el mundo. Pero la felicidad de que hablo está más allá, bastante más allá: es una obligación de nuestra humana naturaleza, no sólo una continuación de nuestra naturaleza animal.

Que no se disparen las alarmas, por favor. Sí, he dicho “obligación”, de obligar, de ob-ligare; es decir, ligar, atar a algo. Porque, indudablemente y por esa condición de indicador sobre lo bien o mal que nos estamos haciendo la vida, está ligada, atada a nuestra naturaleza. Más aún: “obligación” porque somos “libres”, ya que únicamente estamos o nos sentimos obligados ante aquello que podemos elegir no hacer (el infortunado que por un resbalón se precipita al vacío desde un décimo piso no se siente en absoluto “obligado” a llegar al suelo, pero lo va a hacer, sin ninguna duda).

Desde luego que, por lo general, a la felicidad se le piden otras muchas cosas mientras que de nosotros exigimos muy pocas. De ahí que me atreviera el otro día a plantearlo al revés. Aunque, bien pensado, y ya que he hablado de plenitud, lo que debiéramos pedirle ya lo dijo con hermosísima humildad Amalia Bautista en ese maravilloso poema que es Al cabo y que acaba con tres perfecciones para el alma de los hombres:

…Al cabo, son poquísimas las cosas
que de verdad importan en la vida:
poder querer a alguien, que nos quieran
y no morir después que nuestros hijos.


La felicidad es eso. Quizá debí empezar por aquí y haber borrado todo lo demás.
.

viernes, 26 de diciembre de 2008

Ahora que hablamos de la felicidad...

.

La felicidad no es un anticiclón de días luminosos que nos viene a la vida merecidamente. La felicidad, como todo lo que al hombre se refiere, es un esfuerzo, un empeño tenaz porque madure. La felicidad es oficio de horticultores y campesinos del alma, de gente que toma la tierra que tiene y la limpia y la abona; y la siembra y la riega; y protesta por el pedrisco o la helada del suceso adverso, pero sigue mimando el haza que esforzadamente ha arado y la semilla que dejó en su entraña.

Cuando es posible el territorio (lo que no siempre ocurre: hay demasiada gente en el mundo que no tiene tiempo para pensar si es feliz porque lo único que se le permite desear es ver amanecer el día siguiente), cuando tenemos la suerte de disponer de su posibilidad, hay que cuidarla a pesar de la corte inevitable de sus variopintas infelicidades. Y esto es lo que no queremos; esto, lo que rechazamos de plano: deseamos una felicidad sin concesiones al disgusto o la contrariedad, pretendemos el día luminoso siempre; queremos su perfección. Es curioso el mercadeo que nos traemos los hombres con esto de la perfección. Cuando se trata de dar, no existe; cuando de recibir, negamos que no exista. Siempre estamos dispuestos a decir “no soy perfecto” para justificar una metedura de pata, para limar las asperezas de una negligencia o de una debilidad. Pero ante la felicidad, como ante la libertad, nunca. Aquí no hay irregularidades que valgan: la felicidad tiene que ser redonda porque la perfección lo es. La consecuencia es que muchos de los que disponen del territorio lo abandonan porque hubo tormenta y granizo inesperados o porque heló en primavera y se arruinaron algunos brotes tiernos. Luego van al psiquiatra.

Hay tragedias que rompen la vida de los hombres en todos los rincones del mundo con o sin territorio de viable felicidad. Ni por lo más remoto me refiero a ellos. Hablo de la acomodada intransigencia de los decadentes, de los egoístas, de los que piensan que tienen derecho a una felicidad perfecta sin conmover un solo pálpito de su corazón, de los que olvidan el inmerecido lujo que recibieron de poder hacerla posible. Hablo de no menospreciar la tierra que se halla ni de convertirla en un solar de escombros.

Hablo de exigir un poco más de nosotros y un poco menos a la felicidad.
.

lunes, 22 de diciembre de 2008

El viejecito (bis)

.

La esencia de las tradiciones está en la reiteración. La tradición se repite porque recupera algo que no sabemos muy bien qué es, pero nos invade de una necesidad. Por eso voy a repetirme. Lo colgué de un “atardecer” hará cosa de un año y he querido volver a hacerlo hoy porque el sábado, a la 1:45 P.M., subió de nuevo a su puente y se puso a no andar hacia donde sí quisiera.

Podéis pasar de largo si ya entonces lo leísteis. En cualquier caso, Feliz Navidad.
.



Creo que tiene 87 años. Ha sido testigo mudo de la Dictadura de Primo de Rivera, de la caída de la Monarquía, de la proclamación de la República, de la Guerra Civil, del franquismo, de la Democracia… Tiene nariz aguileña, ojos grandes y tristes, barba y pelo blancos. Viste un traje negro con chaquetilla corta, como de charro salmantino. Anda encorvado y despacio, con los brazos hacia delante para compensar una carga de leña que lleva a la espalda, una carga de piedad que lleva llevando todos esos años a un portal que sólo advierte de lejos, desde el pretil de un puente que cruza un río parmenídeo que ni se mueve ni cambia, que es una palinodia de la sentencia de Heráclito. Porque siempre le hemos puesto ahí, sobre ese puente, unos días antes de todos los inviernos que han caído sobre nuestras vidas.

Allá por 1920 mi abuelo lo situó ante los ojos, infantiles entonces, de mi padre. Tiempo después, hizo mi padre lo propio ante los míos. Años más tarde, yo ante los de mis hijas… Él insiste en salir aún cada invierno de ese envoltorio de papel de periódico en que pasa la mayor parte del año. Cuando lo miro, me viene un olor de corcho, serrín y musgo viejo, que es a lo que olía el comedor de Gómez Ortega en estas fechas. Y la memoria de mi madre, joven, desplumando el pollo de Nochebuena, que era el manjar estelar de entonces. Luego se me enreda la nostalgia en las tres risas infantiles que años después me ordenaron el alma.

Este viejecito parece un manual de nemotecnia del sentimiento. O un eslabón con todos los corazones que anduvieron por estos pagos. Por impopular que hoy sea, repetiré que la tradición es un bien humano, una liturgia de raíces en el tiempo que nos arranca de la mera depredación de la vida y nos hace sentir junto a quienes sintieron y ya no están con nosotros. Que no es química, genética, ordenación cromosómica ni selección natural que valga. Que es decisión del punto y aparte que, si no lo somos, si se empeñan en decir que no lo somos porque los bonobos tienen habilidades cognitivas similares a las nuestras, deberíamos querer serlo. Otra cosa es que nos conformemos con el determinismo del ADN, o que nos tire la selva más que el aula, o más la herencia animal que el templo humano.

No me gusta el mundo que veo. Los hombres de hoy, estos hombres de usar y tirar que se han vuelto "cosa" en su recíproco uso, no quieren tener nada que ver con el pasado; probablemente, con el futuro tampoco –si éste no es técnicamente explotable, por supuesto–. Y el presente, sin uno y sin otro, no es más que un miembro amputado, un muñón inútil que no agarra verdad por parte alguna. Uno debería poder morirse cuando cae en la cuenta de que el mundo que hay ya no le gusta. Sobre todo si está convencido de que no existe arreglo posible y lo único que entonces le apetece es descansar.

Por eso desearía que un día alguna de mis hijas sintiera la necesidad de volver a colocar a ese viejecito sobre su puente; no porque se acordaran de mí, que también, sino porque su mundo siguiera teniendo algún sentido bello para el hombre.
.

viernes, 19 de diciembre de 2008

Ropa tendida

.



.

Me queda este consuelo, este paisaje
de señales colgando en la ventana,
ropa limpia de verbos y tristeza
tendida al sol confuso de diciembre.
Sólo eso: palabras de impotencia
tantas veces lavadas en mis lágrimas.
Que el viento las arranque y las eleve,
y arrastre su rumor a alguna parte,
a algún rincón donde el silencio pueda
recuperar del aire tanto olvido.


(19 diciembre 2008)

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Animal de compañía

.

Después de todo, le tomé cariño. No responde a una raza definida, es cierto. Tiene algo de golfo –en el buen sentido de la golfería, que es el de vagabundear sin norte ni encomienda–. Pero quiere ser amable y próximo; tan próximo, que a veces se me pone ñoño, casi gatuno. Da vueltas a mi mesa, se detiene, no quiere distraerme y, sin embargo, lo consigue. Se aleja, se aproxima. Luego parece que se cansa de mi vano empeño de ignorarlo... Y se tumba a mis pies y no hace nada; recoge la mirada debajo de los párpados y se queda dormido.

Pero no siempre es tan fácil: también me ha hecho destrozos, también ha mordisqueado algunas de los rincones que más quiero. Me duelen esos gestos de intratable rebeldía, ese afán de romper los equilibrios agónicos de mis precarios paisajes.

Hace tiempo, lo sacaba a la calle después de que la tarde dejará de serlo. Hasta que empezaron a agobiarlo sus estrechas avenidas. Cada vez salíamos con menos ganas, como si hiciera frío aunque fuera primavera. Y decidimos no hacerlo. Fue un acuerdo común, casi inconsciente: yo me sabía viejo; él, se sentía. Y abrimos la noche para inventar vigilancias, prescindibles, sin duda, pero nuestras al cabo.

Ya sabéis de qué hablo: una parte de uno sin raza de renombre, un compañero golfo, en el buen sentido de la golfería. Para algunos, una parte del alma a que se toma cariño. Después de todo, un blog… para otras tantas soledades.
.

domingo, 14 de diciembre de 2008

Noche oscura

.

A Juan de Yepes (en el mundo, se entiende), con mi devota admiración


En una noche oscura,
con ansias en amores inflamada…


S. Juan de la Cruz




Ha dejado la noche la estatura
de su alta oscuridad, de su distancia,
de ese herir la paciente vigilancia
del alma a que enamora su locura.

Ha dejado de ser la noche oscura
la escasez que soñaba su abundancia:
un racimo de amor, una fragancia
de jardines, de rosas, de blancura.

Hiede el centro del hombre envanecido
a barrios luminosos, a basura…
Tras la noche no hay Dios, sino su olvido.

¡Y yo sigo creyendo en quien saliera,
inflamada de amor en noche oscura,
de esa casa del alma prisionera!
.

14 diciembre 2008

viernes, 12 de diciembre de 2008

...las hierbas que él arrojó

.

Para mis alumnos que, por supuesto, no saben que estoy por aquí
.
.

Estaba convencido de que había filosofías de todas las cosas; de las insignificantes quiero decir. No es de extrañar en tiempos en que la filosofía se ha vuelto comodín de ideas; una carta en la manga de los tahúres mediáticos que avala la dignidad de todas sus jugadas. Así, hay filosofías de entrenadores deportivos, de cadenas de hipermercados, de industrias de zapatillas, de ONGs pro-marsopa, de AMPAs (no hampas, que también), de asociaciones vecinales… Vamos, de todo. Así que yo me consideré con derecho a pensar las mías, las de poca monta, las de casi nada. Me hacía sentir bien eso de dar importancia a lo que no era importante. Eso que estaba ahí, rodeado de vulgaridad por ser común: un jardín, un día de lluvia, una mirada traicionada por los ojos responsables, un periódico viejo con noticias que archivó su intrascendencia, la soledad de una hoja a punto de ser danza cualquier tarde de octubre… Me acordaba de Azorín –del que nadie se acuerda–, de su “pequeño filósofo”: a mí me gustaba un lirio mucho más que los delirios del mundo; el renglón de cualquier día, mucho más que los párrafos de sus provisionales dioses.

Me equivoqué, lo confieso. Pero ella tuvo algo de culpa. Ella que se vendió a los mercaderes para no abandonar los titulares; ella que se hizo espanto para tener lugar en las palabras; ella que se prostituyó en los lupanares a cambio de unas pocas monedas. La filosofía siempre fue de lo próximo, de lo inmediato; de lo que está ahí, al alcance de todos… O de nadie. Empezó su andadura por el agua y se extendió bajo el aire de Mileto, se disfrazó de números en Samos, se conmovió por el fuego en Éfeso, se creció hasta los cielos en Atenas y a la tierra regresó en Estagira. Y más tarde, en Hipona, quiso a la caza dar alcance… Algunos siglos después, rodó por los burdeles: ¡gozo de muchos y verdad de nada!

Agua y aire. Fuego y cielo. Llano con decisión de altura… ¿Hay algo más cercano, más simple, más común para los hombres?

.

lunes, 8 de diciembre de 2008

"Solaya..." o un baño de vanidad

.



.

De vez en cuando es bueno. Por ejemplo, cuando uno está frisando edad de “batallitas”, ese punto del tiempo en que se mira atrás, ingenuamente, soñando encontrar paisajes portentosos. Por lo general, no los hay. Por lo común, lo único que se divisa es el deshielo de unas cuantas ilusiones montañosas. La insistencia nos permite descubrir algunos prados. Y eso es suficiente; lo demás se convierte en distracción neblinosa; como debe ser, ¡más faltaría! Entonces uno empieza a hablar, y a hablar, y a hablar… de su hermosa pradera memorable. Como ésta, sin ir más lejos:

1982. Madrid de invierno en decadencia galopando sobre un mes capón en días. Calle del Duque de Medinaceli, entre “el Palace” y la iglesia del Cristo de igual nombre. Calle que, si uno sigue, se cruza con Cervantes y más allá con Lope. Calle para quedarse a morir, porque entre Lope y Cervantes sólo se puede morir y después hablar con Dios. Salón de Actos del Centro de Humanidades del CSIC. Unas cuantas palabras de Cadalso se le están diciendo en alto y por primera vez al mundo. Fuimos nosotros, un grupo de teatro aficionado que llevaba por nombre Conrado Ojalvo, aquel amigo que se nos volvió memoria demasiado pronto. Solaya o los circasianos, un dramón prerromántico, no vamos a engañarnos a pesar de otros pesares, cuyo verdadero valor residía más en el trabajo de investigación de Francisco Aguilar Piñal que en los méritos dramáticos del apasionado capitán de caballería. El propio Aguilar nos brindó la ocasión, por mediación de Luis Alberto (que fue además “actor invitado”), de representar en teatro leído la inédita tragedia cadalsiana al hilo de su edición príncipe.

Ahora miro la foto y veo la impecable estampa de la gente que me ha regalado el tiempo. En los extremos, dos alumnos remotos, Consuelo y Juan Pablo –Casalia y Kaulin–, de quienes, hace mucho, sólo poseo los días de entonces. A mi izquierda (no podía ser de otro modo), Félix Sánchez Montesinos –Hadrio–, un alma de teatro en carne y hueso, un amigo antes que nada –y un familiar después de todo–, que más tarde embrazó adarga y enarboló lanza y se arrojó a las tierras de Castilla, las de San Juan y Machado, para desfacer agravios y recuperar los reinos que voceros malandrines han robado a la esperanza. Y el “malvado” Casiro, que soy yo, claro está. Y una tríada después de la que pocos podrán presumir de haber tenido en tal vecindad. A mi derecha, Amalia Bautista –Solaya, naturalmente–, alumna también y amiga luego (¡qué demonio!: si de presumir se trata, no me voy a callar esto). Junto a Hadrio, Julio Martínez Mesanza –que es Heraclio–, con quien la amistad ya entonces se había definido irreversible trayectoria. Y, casi en primer término, Luis Alberto de Cuenca –aquí, Selin–, al que conocí gracias a Julio…

Nunca fuera caballero
de vates tan bien servido…

Estoy seguro de que Lanzarote habría dicho lo mismo. Es evidente que estoy presumiendo, ¡quién no lo haría!; pero además estoy dejando en el aire, para panegiristas, antólogos, biógrafos o simples curiosos, esta anecdótica circunstancia de tres grandes poetas. La parte de vanidad inevitable es que yo estaba al lado de ellos, en el local de esa calle que, si uno sigue, se cruza con Cervantes y más allá con Lope. Esa calle en la que cualquiera se puede quedar a morir…; en mi caso, y por lo dicho, por doble razón y en doble residencia.

Sabe Dios en qué pasaje de la obra se dejó la luz esa memoria, ésa que hoy me ha robado la tristeza mientras me salpicaba el orgullo. Ésa que hoy me ha empapado de nostalgia.
.

jueves, 4 de diciembre de 2008

La mirada y el alma agonizante

.


.

No permitas que Andrómeda diluya
ese velo de nieblas tan lejanas.
No consientas que el éter se interponga
y confunda mi sueño en sus relámpagos.
No distraigas los astros ni emborrones
el lento acontecer de su belleza.
No convoques los cirros de la tarde
a la oscura asamblea de su olvido
ni trastornes el cielo, el espectáculo
callado y portentoso de la última esfera.

Deja estar al deseo en su delirio.

No niegues residencia a la esperanza,
a ese polen de estrellas esparcido
que atraviesa tus ojos cuando miras
mi niña vigilancia.

No dejes que la luz se desmorone.

No dejes de mirarme.
.

4 diciembre 2008

martes, 2 de diciembre de 2008

Noche fría

.

A los otros fríos y soledades, que son verdad, aunque no siempre salgan en los telediarios
.

¿A quién habla la noche cuando es fría,
cuando el viento es un sable en la mirada,
cuando duele la piel del mundo helada,
cuando hiela hasta Dios? ¿A quién diría

la noche que no quiere no ser día?
¿A quién le contará su madrugada
que se teme vencida, derrotada,
sol dudoso, incapaz tras su agonía?

Qué soledad tan grande, tan perfecta,
la de la noche al cabo, qué locura
gemir sin voz ni pena que la nombre.

Cuánto olvido en su lágrima incorrecta
que no sabe llorar, que se tortura
porque hiela las lágrimas del hombre.
.

2 diciembre 2008
.