jueves, 31 de diciembre de 2009

Un mundo raro

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Hoy debería recordar muchas cosas, pero no tengo ganas; y no las tengo precisamente porque las recuerdo. De pasar revista a los años ya se encargan quienes los “inventan”; porque los años se han convertido últimamente en una patética invención. Nunca como ahora ha habido tanta información al alcance de cualquiera; y nunca como ahora, tanta mentira, tanta falsedad, tanta desfachatez, tanta perversión, tanta estupidez coronando la monocefalia del mundo. Puro cuento, vamos, donde las únicas verdades vienen emparedadas entre el dolor y la muerte. No nos engañemos, lo demás es un sutil argumento de lindezas para enmascarar los verbos de la basura.

No tengo ganas de recordar nada porque el dolor de cabeza es mucho peor si además duele la memoria. Me crispan los exámenes de conciencia y los propósitos de intenciones cuando se ha perdido el valor de llamar pan al pan y vino al vino; es decir, bien al bien y verdad a lo que puede serlo. Me enerva la voluntad vicaria, la moral ancilar del poder, de la cobardía y del “estado de opinión” generados por cuatro mangantes que detentan lo que debería ostentarse. Digamos que soy… raro.

Probablemente, éste es un mundo maravilloso para quienes circulan por sus raíles; para los otros, para los que preferimos el horizonte del campo a través, de la pisada dueña de sí misma, del amanecer ineficaz pero radiante, no existe aquí ni lugar ni calendario. Siempre dije que el hombre va adonde quiere. Rectifico con tristeza, el hombre no va a ninguna parte: no es nada más que la gota evaporada de un entusiasmo que atravesó la Tierra antes de que algunos decidieran que su propiedad era del “viento”.

Ya sé, ya sé: no es esto lo que hoy es de rigor decir… Pero no se lamente nadie que se sienta “raro”: hogaño, la rareza es un privilegio. Más aún, es esperanza.

Ah, se me olvidaba: ¡feliz raro…, perdón, año!

Por cierto, esta ranchera dice bastante mejor que yo lo que aquí pretendía (si aparece “publicidad”, es cosa de Google; conste).
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jueves, 24 de diciembre de 2009

Gracias, don Diego

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Dicen que es un cuadro familiar, que él mismo se pintó de rodillas, en calidad de Gaspar, y que el niño en realidad era una niña, Francisca, su propia hija. Probablemente. De lo que estoy seguro es de que esa carita es la más tierna, más veraz, más divinamente humana que yo he visto en un cuadro sobre las rodillas de María. Es más, estoy convencido de que Dios la dejó pasar por el mundo –qué picarona y tenue sonrisa, qué mirada tan humanamente encendida– para que Velázquez advirtiera Su Misterio, para que no se nos olvidara a nosotros y –por qué no– para que este vulgar imaginaria hoy pudiera desearos una feliz Navidad.
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lunes, 21 de diciembre de 2009

El esclavo

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Me has hecho libre –y yo no lo quería–.
Me has dado una ciudad sin ti, unas calles
que no cruzo por ti, unos rincones
que no esperan de ti ningún prodigio.

Me has regalado un reino sin hazaña,
una tierra sembrada en el olvido,
un arado sin haza ni verano.

Y me has dicho: sé libre... Pero nunca
te pedí yo la propiedad del alma...

ni la empresa de ser cuando muriera
la sierva soledad de su esperanza.


21 diciembre 2009

sábado, 19 de diciembre de 2009

El bien, la verdad y los relativismos

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Dice Aristóteles que puede uno conducirse mal de mil maneras diferentes; porque el mal pertenece a lo infinito; de lo cual concluye que es más fácil hacer el mal que lo contrario. Es cosa que hoy todos sabemos aunque fácilmente olvidamos. Sobre todo por su correlato inevitable: lo más difícil exige mucho más esfuerzo. Y el bien, que según el mismo pertenece a lo finito, es alcanzable de una manera única, lo que convierte su empresa en algo bastante peliagudo.

Los tiempos modernos –los de Chaplin incluidos– padecen la enfermedad congénita de la facilidad; de la dificultad sólo nos ha quedado su exhibición lúdica, deportiva y, cómo no, millonaria. Lo plausible se ha reducido a lo accesorio, mientras que la pretensión de lo fundamental se ha convertido en mojigatería de gente sospechosamente tendenciosa. Para este fin se ha divinizado el depende; un depende que se justifica con inexplicables respaldos culturales, con masivos aplausos a la pluralidad y con progresistas proclamas de su bonanza. Aristóteles se quedaría un tanto perplejo porque para él, y no sólo para él, lo plural no es el bien, sino su contrario: el bien es singular y único, le pasa lo que a la verdad, que también es objeto hoy de semejante asedio por las hordas innúmeras de lo opinable. Cuando lo bueno y lo verdadero se hacen súbditos de cualquier particular, local, circunstancial o mediática opinión, la bondad y la verdad se manifiestan en vítor descerebrado. A esto llamo yo decadencia, cultura descreída, pobreza de convicción o arrepentimiento de la historia propia.

Estoy seguro de que Aristóteles y yo estamos de acuerdo en esto; y de que Platón sonríe acordándose de los sofistas. Claro que también Machado, Antonio en este caso, dice de la verdad verdades semejantes:

La verdad es lo que es,
y sigue siendo verdad
aunque se piense al revés.

Yo lo prescribiría como oración nocturna para entrenar en gallardía las flojas voluntades de la decadencia. Porque:

Al bien, como a la verdad,
le viene a pasar lo mismo:
es bien a nuestro pesar.

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lunes, 14 de diciembre de 2009

Fantasía al cabo

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Todo amor es fantasía;
él inventa el año, el día,
la hora y su melodía;
inventa el amante y, más,
la amada...

Antonio Machado



En Coslada, Madrid.
.................................Hoy hace frío.
Los lirios del jardín se han arruinado
–recuerda aquel error encaprichado
que bordaba noviembre en su atavío–.

Fuera se muere un sueño que era mío;
no tuyo ni de nadie. Un parque helado,
un parterre de escarchas rodeado,
un farol, un solar semivacío…

Sólo unas cuantas hojas tardimuertas
recitan sus monólogos finales.
Y otoño, que olvidó cerrar sus puertas.
Y el invierno estrenando sus portales.

Y tú y yo, que no estamos ni estuvimos,
ni estaremos jamás…. Ni nunca fuimos.




14 diciembre 2009, pidiendo perdón a San Juan –de la Cruz, claro–

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domingo, 13 de diciembre de 2009

La geometría y la historia

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Si uno examina la historia del hombre desde cierta distancia –desde Andrómeda, por ejemplo– tiene la triste impresión de un infantil desencanto, de un despropósito deslucido y desolador. Sobre todo si uno se atrevió a pensarla como cónica seductora, como hipérbola que anduvo, in illo tempore, infinitamente próxima a su desconcierto para después alzarse hasta frisar, infinitamente, la rectitud de su sentido. Pero la historia es una recta zigzagueante, una línea cabreada en el papel del tiempo, un trazo aleatorio entre los ejes cartesianos que ora se acerca, ora se distancia sin razón que dé razón de su errático discurso.

El cielo, sin embargo, está lleno de cónicas prodigiosas: las órbitas de Kepler, la horma de las galaxias, el curso enloquecido de los cometas que jamás regresan…

Por eso me gusta la noche, porque sabe dictar lecciones hermosas y teoremas creíbles. Frente a esto, la Historia sólo habla de geometrías absurdas, sólo concibe despropósitos, sólo argumenta embusteros silogismos.
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miércoles, 9 de diciembre de 2009

La hoja que se quiso eternidad y se cruzó en una foto

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Un azar detenido en una lente.
Una hoja en la cruz del objetivo
de una cámara oscura. Un adjetivo
cayendo de la vida, lentamente…

Son cosas del otoño. Un accidente
que sucede a un castaño disyuntivo
entre el ser y el no ser, Hamlet cautivo
deshojando un quehacer indiferente.

Si sólo fuera eso, si esa hoja
sólo fuera un caer de primavera
que ya no tiene mayo ni proclama,

si no fuera la muerte lo que arroja
al azar tanto olvido… ¡Si no fuera
la nada lo que prende un fotograma!



7 diciembre 2009
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lunes, 30 de noviembre de 2009

Poco más

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Sólo queda decir algunas cosas,
saldar alguna que otra servidumbre
que me quede pendiente –¡esa costumbre
de adquirir bajo crédito las rosas!–.

Y empaquetar las noches más lujosas
que decidió el amor, la certidumbre
del beso que se nace pesadumbre
al alba del olvido de sus diosas.

Y poco más. Dejarme de faenas,
de quehaceres, al yugo de mi noria
de año en año, tras unas y los otros.

Sólo queda embalar mis cuatro penas,
retenerme algo más en su memoria…
y soñar que he vivido entre vosotros.


"Al atardecer", 15 de octubre de 2007

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domingo, 29 de noviembre de 2009

Una mirada imposible

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Este sueño yo creo que lo hemos tenido todos desde 1659, que es cuando Huygens identificó como anillos esa cosa rara que acompañaba a Saturno y que tantos quebraderos de cabeza dio a Galileo. Un sueño infantil que, científicamente, no es viable pero que alumbra fantasías celestes prodigiosas. Algo así como un halo de santidad en la noche para mimar el descanso de los hombres. No somos depredadores, somos espectadores. La vida nos dotó de admiración y ternura para aplaudir cada día el espectáculo ordenado de la creación; más incluso, para inventarlo al otro lado de la realidad.

Me lo envió mi hija Leonor en un correo; y me pareció de amable compostura; más de ella es, por tanto, que mío. Una ventana para asomarse a un viejo sueño infantil… Un catalejo para la fantasía desnortada… Una palmada en el alma para que nunca deje de inventar lo no posible…

En esta imaginaria de hoy, una nana virtual para niños que ya han envejecido.




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jueves, 26 de noviembre de 2009

El gato de Schrödinger

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Me lo he encontrado por azar en un rincón del disco-duro. Sé que lo colgué de un “atardecer” hace dos años, pero he sentido la curiosidad de destapar nuevamente su “caja”. También sé que, más que un poema, podría considerarse un “entretenimiento” para físicos; y aunque no creo que los físicos se acerquen a estas páginas, me ha apetecido recordarlo, luego de retocar algunos silencios.


Tiene la culpa el gato aquel de Schrödinger.
Yo no estaría ahora muerto y vivo
de ti si ese maldito gato hubiera
no existido jamás. Recorrería
las calles decadentes de mis años
con la sabia paciencia de quien nada
más que el olvido y el silencio espera.
Vería amanecer algunas veces;
las más, atardecer –cuestión de lógica–,
sentado en algún parque bajo acacias
que no me arrancarían de esta crónica.

Yo no estaría ahora enajenado
en un estado cuántico, difuso,
entre Hamlet y Hyde, siendo y des-siendo,
suponiendo no ser el que se advierte
envejecer si mira los espejos.

Viviría entre cosas convincentes
y sucesos comunes, soñaría
recordarme en paisajes de otros nombres.

Pero este gato lo ha enredado todo.

Me robé de la vida hace algún tiempo.
No sé cómo ni dónde ni ante quiénes,
pero ocurrió. Tal vez en un jardín
de acacias en otoño o paseando
las calles de otro ayer bajo la lluvia.
¡Qué más da! Sólo sé que tú también
entonces eras otra, sólo sé
que entonces nos amamos y que existe
un lugar en que sigue sucediendo.
Sólo sé que ocurrió y yo lo quería…

Tiene la culpa este perverso gato.


febrero de 2007

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lunes, 23 de noviembre de 2009

A destiempo

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Ayer, domingo 22 de noviembre, parecía -o aparecía- otoño en El Retiro.


Ha perdido otoño el tiempo, vanidoso de ayeres soleados y negándose a sí mismo. Pasa mucho últimamente: casi nada acomoda su hacer a su momento. La tarde ya no es tarde, ya es temprana; la noche se convence de que es día; el niño de que es joven y el viejo de lo mismo; la idiotez de que siempre fue postergada inteligencia…

Y otoño, claro está, perdiendo el tiempo; mirando al infinito de su ausencia, bobalicón y necio, enajenado, clamando por salir en las portadas de la extravagancia. Porque de eso se trata a fin de cuentas, de ser extravagante, de ser lo no debido, de gozar de unos pocos renglones en los mentideros de esta villa que es el mundo. Lo impropio, lo inadecuado, lo impresentable, lo inicuo, lo irracional, lo increíble, lo indecente, lo injusto, lo indecoroso… ¡Qué más da!: todo lo “in-“ está de moda.

Otoño no iba ser menos. Y ahora, que empieza a ser lo que debía, ya casi no tiene tiempo.
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sábado, 21 de noviembre de 2009

Los paseos de Humphrey

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(Quede constancia de que estas debilidades métricas y profanas que se adjuntan son cosa del Caballero Inactual, que, por más severidades consejeras que se permita, no deja de ser humano, elementalmente humano, como supondría Nietzsche).


Volví de casa. Y a casa
volví a volver noche y día:
las manos, en los bolsillos;
la chaqueta en la arcadilla
del antebrazo y el brazo
cabeceando, mohína…

Igual que un espantapájaros,
volví en mangas de camisa.

…Como me fui, más o menos
–un Bogart sin gabardina,
con cigarro y sin sombrero–:
silabeando sin prisa
los adoquines amargos,
los besos que anochecían.

Volví de casa y a casa
volví a volver noche y día,
recitando las aceras
que rimaban tus esquinas…

Siempre sin mí, cuesta abajo.

Siempre por ti, rampa arriba.


17 noviembre 2009

jueves, 19 de noviembre de 2009

Carta de un idiota o La culpa fue de Orson Welles

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Soy poco inteligente. Lo digo con total sinceridad. Vaya esto por delante para aclarar que lo que aquí pido es ayuda. Desesperadamente; de verdad. Mi problema es que no entiendo. Creo que la culpa de mi “escasez” fue que elegí “Ciencias” en el Bachillerato y, azarosamente, me desvié hacia las “Letras” en la Universidad. En aquel momento debió de suceder algo en mi alma, un cortocircuito neuronal de penosas consecuencias que me dejó “tontito” sin darme cuenta. Así que soy víctima de la estupidez que parió una decisión.

Amables destinatarios, necesito, urgentemente, saber de matemáticas y humanidades. Ocurre que leo… ¡Y no me entero! Peor aún, concluyo mal. Por poner un ejemplo, llevo nueve meses preocupado por una amenaza mundial que empezó en cerdo y acabó en vocal abierta. Desde mi acomodada posición de occidental feliz, esto me parece un serio problema. Sobre todo cuando descubro por los santos medios que la amenaza en cuestión ya se ha cobrado en el mundo más de seis mil doscientas cincuenta víctimas (esto lo leí el 12 de noviembre; ahora, probablemente, estemos por encima de dicha cantidad).

Fue por abril, más o menos, cuando se desató el pánico. ¡Qué verano después, Dios mío! Todas las mañanas abría el periódico, con desazón comprensible, y buscaba los dígitos de esa muerte inexplicable. Porque los médicos titubeaban, la OMS advertía seriamente, las primeras planas se acompañaban con fotos de tristes ciudadanos que se besaban embozados tras hospitalarias mascarillas… El mundo sonaba a catástrofe. Otro “tontito”, que bien conozco, se permitió el lujo de ironizar, allá por el 6 de julio, hablando de niños que mueren por la malaria y no se saben por nadie. Un irresponsable, todo hay que decirlo. Sin embargo, me cabe una duda, probablemente idiota (es lo mío): según tengo leído, en la UE mueren al año unas nueve mil personas por sobredosis de diferentes drogas; creo que otras veinte mil sufren igual final por indirecta relación con las mismas…

No lo entiendo: la OMS, los primeros ministros, los gobiernos, la prensa, los laboratorios farmacéuticos, los productores de mascarillas, moqueros de papel, pastillas de jabón, etc. ¿pueden movilizar el mundo por seis mil doscientas cincuenta griposas tristezas en la totalidad planetaria y no saben qué hacer con lo que mafiosamente acaba con veintiocho mil jóvenes olvidos de una “provincia” suya?... Esto sin contar, claro está, con los estragos en sus demás "provincias" por tan pandémica miseria.

El “tontito” ese, que dije antes, añadiría su millón de niños muertos por la malaria. Y otros muchos anónimos “tontitos” (estoy seguro) serían capaces de incrementar los datos de estas desconcertantes estadísticas con interrogantes similares.

A veces pienso que la culpa de todo la tuvo Orson Welles, que fue el primero en demostrar, empíricamente, que si una palabra (tanto da lo que diga) se hace multitud, se convierte en eficacia multitudinaria. Desde entonces, las hienas y los buitres no hacen sino alimentarse del cadáver de su impremeditado experimento.

Pero esto lo piensa un tonto, como yo, que pide ayuda para dejar de pensar "tonterías " y poder “razonar” como es debido.
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lunes, 16 de noviembre de 2009

Diálogos

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…al sueño de la vida hablan despiertos.
F. de Quevedo



No sé por qué las cosas me hablan tanto últimamente;
qué manía le ha dado al reloj que hay en la mesa
de escribirme sonetos; o al sable –que parece
un flamenco de plata velando el paragüero–
de explicarme el graffiti de un lance en su abandono;
o al viejo Colt enfermo, artrítico de herrumbre,
de recitar dianas hexasílabas… No sé
por qué las cosas me hablan, últimamente, tanto,
por qué se han sublevado, de pronto, sus silencios;
ni por qué pasan lista, por si falto, o se sientan
frente a mí cada día para ponerme el alma
de cara a la pared, como a un niño que debe
repetir la lección de una deuda de verbos,
balbuceos que hicieron palabras de herramientas,
razones de locuras, verdades de extravíos...

No sé por qué me hablan un revólver y un sable,
y un reloj sonetista… No sé por qué lo hace
todo aquello que un día me acompañó en la luz
y rodeó la noche para inventar el tiempo...

No sé qué raro adiós creo oír en sus voces.


16 noviembre 2009

(Lo publiqué anoche y me arrepentí: lo borré esta mañana. Esta noche volvió. Lo corregí –no me gustaba; espero que no se leyera–; y regresé a la vanidad de colgarlo de nuevo. No es nada más que una “batallita” personal; así que no tiene importancia. ¡Veremos si no vuelvo a arrepentirme!).

sábado, 14 de noviembre de 2009

El orgullo de la anécdota

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Creo que es en Las cuatro plumas; un veterano de la batalla de Balaclava enuncia su gloria: Cañones, cañones, cañones… Y aquí estaba yo. Tal vez me equivoque y la cita proceda de La carga de la brigada ligera. A fin de cuentas, aquellas palabras rodean el mismo hecho; incluso puede que ni siquiera sean ésas, exactamente, las que dice el viejo soldado. Da lo mismo: la memoria a veces nos traiciona, quizá siempre. Y además, yo no pretendía hablar de cine, sino de otro espectáculo. Yo iba a hablar del hombre vulgar, ése que ejerce oficio de ausencia en el tiempo por no tener ni crónica ni hazaña, ése que sólo ocupa un rincón en los días. Yo iba a hablar de pequeñas vanidades y recoletos momentos; tal vez, de insignificantes grandezas. En realidad, yo iba a hablar del derecho a ser anécdota, como si se tratara de un destino de humana generosidad que aun sabiéndose intrascendente, se advierte imprescindible.

Cañones a su derecha,
cañones a su izquierda,
cañones ante sí…

No, esto no es de Las cuatro plumas; esto aparece en La carga de la brigada ligera. En la película y en el poema. Seiscientos jinetes entre húsares, dragones y lanceros. Sin ellos, sin éstos u otros insignificantes seiscientos, Tennyson no habría tenido sobre qué escribir. "Sucederían otras cosas –protestarán los más recalcitrantes– habría otras seiscientas anecdóticas circunstancias que justificaran los versos de Tennyson…" Sin duda, pero tendrían que haber “existido”. Sin la insignificancia no puede ser la grandeza. De vez en cuando, ésta tendría que darnos las gracias: somos su anécdota, pero sostenemos su posibilidad.

Cañones, cañones, cañones… ¡Y aquí estaba yo!

Me encanta esta afirmación de rebelde y pequeño orgullo: ¡Aquí estaba yo! Se me antoja enorme la anécdota que se contenta con acompañar (¿permitir?) la hazaña.
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martes, 10 de noviembre de 2009

El ridículo de Don Juan

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Me ha escrito el caballero. Últimamente le ha dado por la crítica monográfica. Lo de “monográfico” lo digo porque sólo se mete conmigo. Me propone, entre otras cosas, que este rincón debería cambiar de nombre, que, en vez de eso de "imaginaria del alma", le iría mejor “El rincón del plañidero”. Dice que siempre estoy con la pena a cuestas como un Sísifo llorón; y que la melancolía no debe ser un lugar de residencia habitual, sino un país turístico para descansar de los negocios de la vida. Incluso añade que a las derrotas y naufragios hay que buscarles un punto de ironía, que es el que nos permite vencerlos con una sonrisa amable. Y me adjunta un ejemplo que, por el título, no desentona con el mes que corre.

Me callo las contradicciones que podría reprocharle (¿por qué se ha ido entonces tan lejos...?). Es más, me callo que mi último soneto empieza neblinoso y acaba a la “altura del cielo”. Me limitaré, pues, a transcribir su “ejemplo”; más que nada porque a mí me ha hecho sonreír. Amablemente, según él dice.


Me gustaba mirarte y suponer
que tú estabas queriendo que lo hiciera;
que detrás de las cañas, los vermús, las aceitunas,
al fondo destronado de la barra,
me advertías a mí, anónimo, mirándote.

Me gustaba esa esgrima de invenciones
que cruza los silencios en los bares,
en los sitios con gente, mucha gente,
donde sólo hay dos almas y cien cuerpos,
donde el resto es paisaje o decorado,
tramoya prescindible, sonido que no importa…

Me gustaba… Y, de pronto, te bajaste
del alto taburete. Yo sentí
un heraldo de gloria en la garganta.
Te acercaste despacio, muy despacio,
engalanando el aire; te acercaste
destronando el imperio de la copas,
la voz del camarero, los verbos embriagados…

Y llegaste hasta mí… Y, sin mirarme,
seguiste caminando, lentamente,
por detrás de un ejército vencido.

Supongo que buscabas el lavabo.


10 noviembre 2009
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viernes, 6 de noviembre de 2009

Entre la voz y la niebla

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Vuelve la niebla lenta –aquí, en Coslada–,
como un anillo de humedad y ausencia,
a rodear los ojos de indigencia
y evanescer la luz, arrinconada.

Vuelve el borrón de Dios a la mirada.
Tacha el amanecer la transparencia…
Tú ya no estás. Me roba la paciencia
tu oscuridad… Me dueles… Dime nada

y nada será algo si lo dices:
tu voz lo será todo tras la niebla,
tras esta desazón de la raíces
que el tronco olvida y el desnudo puebla.

Dime nada… y el día alzará el vuelo.
Y tendrá pasto el sol. Y altura el cielo.


6 noviembre 2009
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martes, 3 de noviembre de 2009

La pared y el mendigo

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Hay una pared en casa que me preocupa. Cada vez más. Cada día más. Sobre todo ahora que se acerca el invierno. Con los años han ido apareciendo grietas. Al principio pensaba que era cosa de los pilares. Eso, al menos, me decían los expertos en grietas. Pero he dejado de creer en sus diagnósticos: no es que ceda la tierra que sostiene sus cimientos, sino que hay una inclemencia exterior, inevitable, que daña gravemente la salud de su estructura. Se desmorona por simple erosión del tiempo; porque así son el tiempo y su inconsistente materia. Ayer me salió otra cerca de la ventana, justo en la perpendicular de una escarpia que sostenía la foto de no sé cuántas memorias de otros sueños. Y hoy ha insistido el deterioro; y un relámpago oscuro ha crucificado la ventana. Una ventana a punto de caerse. Su marco ha perdido la apacible equidad de los paralelogramos y ya es apenas un trapecio irregular, disforme. Poco a poco, el invierno se vuelve más terrible –más frío, más traidor– con tanta grieta, con tanto decidirse a entrar por cualquier parte. Sobre todo por la más dañada, ésa por la que ya no creo en los diagnósticos expertos, ésa que los albañiles demoran; o regatean el coste y dan largas a su curso porque tienen quehaceres más rentables

Lo peor de esa pared es que tras ella, protegido por ella, estaba el mundo; el mío, mi rincón de certidumbres, mi pequeña provincia de heridas consistencias...

Supongo que al final tendré que regresar a la intemperie.


Para José Luis y para Francisco (ahora ya puedo tutearos), por la grandeza de haber vivido como lo hicisteis… Y por la “pared”, naturalmente, que impedía el frío.
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sábado, 31 de octubre de 2009

Lirio de otoño

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Está ahí, escasamente a veinte metros de mi ventana. No recuerdo haber visto nunca un lirio en puertas de noviembre. Será por este raro calor que hemos tenido. Será por un error de los jardines. No lo sé, pero está ahí; y esta mañana posó para mi cámara.


Sólo es un prodigio decepcionado,
un sueño subterráneo que pensó otro equinoccio
y se dijo en octubre cercado de silencios;
de flores en silencio, que son flores de memoria
que los parques añoran entre hojas caídas.

Tiene un aire de duende desolado,
de fracaso telúrico, de error inexplicable;
un aire de no estar donde debiera,
de belleza tardía que no ha llegado a tiempo
o que ha perdido el tiempo de tanto engalanarse.

Tiene un aire de empresa sin futuro
y el coraje de ser cuando no debe,
cuando el cerco del mundo está muriendo
y vivir se desnuda entre los árboles…

Es sólo un dios confuso
empecinado en ser y equivocarse.

Un afán distraído, un verbo inútil.

¡Un error que se atreve a ser belleza!


31 octubre 2009
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martes, 27 de octubre de 2009

Algo más que un paréntesis de sombras

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He cruzado últimamente algunas cartas con “el caballero”. Las últimas fueron motivo de un debate interestelar (sigue recluido en Andrómeda) que giraba sobre Antonio Machado. Aseguraba él que la intención del poeta era confusa cuando escribía aquello de…

El ojo que ves no es
ojo porque tú lo veas,
es ojo porque te ve

Con aire iconoclasta, se permitía corregir y discutir al clásico asegurando que el último verso hubiera sido más contundente, más líricamente generoso, si en lugar del aristotélico “es ojo porque te ve”, hubiera sido: “tú eres porque te ve”.

A mí, que me toquen los clásicos me pone de los nervios; razón por la cual la epistolar polémica ha pasado por momentos agrios. En su última carta, cabezón como es él, sólo me ha escrito un poemilla. Como sospecho que yo no podría ser enteramente imparcial, lo dejo aquí, por si a alguien le dice algo que ya no le hayan dicho (lo que me parece bastante improbable).

Por cierto, no sé a qué viene la cita de ese otro sevillano (¿qué pasará en Sevilla con los ojos?) que fue Gutierre de Cetina.


...................................…miradme al menos

Mírame una vez más… Y cuando dejes
de mirarme, no dejes de mirarme
sin mirarme.

No te debes a ti ni a mí te debes:
sólo yo adeudo ser por tu mirada.

No abandones

el oficio de hacerme y permitirme
ser uno entre los otros, ser un poco
más que un sueño…

¡Algo más que un paréntesis de sombras!


26 octubre 2009
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sábado, 24 de octubre de 2009

Por qué me pongo tan pesado con Platón...

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Roncar es una descortesía. Estoy convencido de que roncar ocurre porque el alma se va de uno y deja ahí la materia embrutecida y rezongante trastornando el silencio de la noche.

La materia siempre anda a bandazos con la tranquilidad propia y ajena. Por ejemplo las mutaciones; ese azar tan imprescindible para que haya evolución, según parece. La mutación es un signo de lo tonta que es la materia. De repente le da por ahí y se hace otra. Sin ton ni son, sin por qué sí ni por qué no. El medio, sin embargo, parece la sensatez, el orden, el equilibrio. Es como un tribunal de oposiciones que selecciona los mutantes idóneos. Pero no nos engañemos, el medio es igualmente necio: a fin de cuentas, se ha constituido a fuerza de previas e inexplicables trasformaciones paralelas. Es decir, el medio es la colección de los mutantes antañones. En el centro de este cacao de la sinrazón, aparece la razón, que pretende lo contrario: leyes, reglas, armonías, carantoñas de equilibrio, ecuaciones vertebradoras… Esa razón es el hombre; mejor dicho, lo era; y le gustó tanto serlo que en el siglo XVIII se divinizó a sí mismo. Lo malo de subir muy alto es que el batacazo posterior es terrible. Esta razón divinizada tardó unos trescientos años en caer. El morrón fue “de efectos especiales”.

La conclusión de todo esto resulta lamentable: el orden aparece como producto de la oligofrenia de la materia. Ese orden se contenta al principio –y vanagloria después– con su estatus: “Tranquilos, muchachos, todo está controlado”. Más adelante sufre una depresión endógena e irreversible al descubrir que no puede ser Dios ni por asomo. Y, a partir de ahí, ¡la debacle! Ya no sabe si es o no es, si tiene o no sentido, si lo bueno es bueno por su cualidad incuestionable o por la cantidad de aplausos que lo encumbran. Poco a poco, empieza a reproducir las pautas de mutaciones precedentes, animales quiero decir. Y lo justo pierde el vigor de la justicia; y lo bello, de la belleza; y lo adecuado, de su idoneidad; y lo imprescindible, de su necesidad… ¡Y la verdad se olvida de ser ella misma! Entonces la ley selvática, el dominio del más fuerte (fuerza es concepto polivalente, no siempre necesariamente físico) campa por sus respetos: la razón regresa a la sinrazón que fuera antaño, preocupada y arrepentida de haberse rebelado (¿por qué estaré pensando en Anaximandro ahora mismo?). Y todo esto porque la materia no sabe adónde va ni de qué viene, porque lo suyo es jugar a los dados en el garito del tiempo (cosa que Dios no hace, según Einstein) y apostar al despropósito para ganar… un delirio.

Roncar es una descortesía corporal mientras el alma se va adonde le corresponde, que son los sueños. Me importa un bledo que esto cuadre o no con la ortodoxia consensuada. Si me apunto a la materia, el resultado es la ordinariez; si a lo otro (esto es un eufemismo para evitar descalificaciones precipitadas), la consecuencia es la elegancia de un sueño. Yo por lo menos siempre elegiré las fábulas hermosas: la vulgaridad es aburridísima.

¡Me apunto a lo otro!
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domingo, 18 de octubre de 2009

Mundo feliz

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Yo creía que el tiempo era una crátera,
un doble de cerveza, dos de vino…

O tres copas, o diez, o siete dobles…

Yo creía que el tiempo era una tarde
en la barra del mundo, un intervalo
para negar la sed entre guitarras…

Que vivir era un sueño que cumplía
los años de una estúpida resaca…

Que el dolor de cabeza de la muerte
se quitaba sin más con no morirse…

Que ocurría el horror en cualquier parte,
y era asunto de ellos, culpa de otros…

Yo creía… No sé, tal vez mentía
o no supe creer jamás en nada:
el polen del hastío en la memoria,
el llanto en los demás… En mí su olvido.


18 octubre 2009
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jueves, 8 de octubre de 2009

La caverna, el caracol… y dos grandes poemarios

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Para Olga y Juan Antonio, con mi gratitud (aunque me habéis hecho romper el voto de silencio)


Estoy en estos días –de octubre empecinado en no acabar de serlo– con Platón en las aulas, repitiendo otra vez esa historia de unos milenarios prisioneros que se contentan con sombras y hablan entre sí de su pobre mundo espurio; allí abajo, en cavernosas oscuridades, ignorantes de luz y de verdad… Hasta que un día, les visita un antiguo fugitivo y les cuenta radiantes maravillas que existen del otro lado de su noche interminable. Y no le creen, claro; Platón piensa que no le pueden creer porque la costumbre de la penumbra siempre acaba siendo mineral certidumbre.

Yo llevo también más de un mes encerrado en mi particular caverna, como un viejo caracol metafísico que sólo examina la espiral logarítmica de su mundo portátil. Incluso parece que ando perdido. Pero no es así: mi paralelismo con los prisioneros platónicos es relativo, porque yo ya he visto maravillas de ese calado. Mi oscuridad no es irreversible, mi gozo en la belleza es recuperable. Y en estos días de apartamiento, me han venido, por gracia decidida de sus dioses, noticias de esa tierra que es real y es infrecuente, y existe más allá de las negras paredes de todas las cavernas. Porque en estos días –de octubre empecinado en no acabar de serlo– me han visitado las palabras de dos fugitivos de las sombras que, abandonando las precarias antorchas subterráneas, se han paseado bajo el sol auténtico, y con él me han regalado. No los conozco, doy fe. Y sin embargo, ¡los conozco tanto…!

Olga y Juan Antonio, dos nombres que han tenido la generosidad de acompañar estas imaginarias tantas veces, han publicado sendos libros de poesía: Caricias perplejas, Olga Bernad; Señales de vida, Juan Antonio González Romano (ambos en Siltolá Poesía; Fundación Ecoem). No soy quién para reseñarlos. Tampoco lo pretendo: uno es consciente de sus limitaciones. Pero nadie podría negarme la capacidad de sentirlos. Soy un lector de infantería que amontona palabras para traducir lo que siente. Y ¿qué quiere decir esto?, ¿qué es lo que puede sentir y pretender decir un viejo caracol metafísico?…

Caricias perplejas es un río de pasión vital, el estallido de un alma que no cabe en si misma, que se desborda, que arrasa, que lanza dentelladas al cauce que la constriñe, que se sabe destino de mar, de océano inmenso. Caricias perplejas es como las olas suaves que rozan con su mano las vencidas playas o las violentas olas que se estrellan y muerden la resistencia inútil de los acantilados. Tal vez de ahí, su bellísima perplejidad.

Señales de vida, sin embargo, es la mirada a una noche despejada; una de esas noches en que se descubre que las verdades grandes se escriben en palabras pequeñas, en puntitos de luz humildes que nos arrastran de la música celestial de los pitagóricos a las preguntas y soledades de la vida. Señales de vida está lleno de estrellas, de “púlsares” que palpitan en las noches oscuras del alma… con una guitarra de fondo.

Probablemente sea poco decir; pero, indudablemente, yo sé que ha sido mucho sentir. En particular, porque conozco a un platónico prisionero que ha vuelto a ser feliz al recordar la belleza.

(Gracias a ambos. Es la primera vez –que yo sepa al menos– que os he tratado de él y de ella, que os he objetivado. Creo que es innecesario decir que seguís siendo y , mejor dicho, y . Así que, un beso y un abrazo, con evidente reparto en los destinatarios).
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sábado, 5 de septiembre de 2009

Recordando a Nietzsche

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Hay períodos en los que el hombre racional y el hombre intuitivo caminan juntos; el uno angustiado ante la intuición, el otro mofándose de la abstracción; es tan irracional el último como poco artístico el primero.

F. Nietzsche. Sobre verdad y mentira en sentido extramoral


Uno destila el alma, otro se bebe
cuerpos de desazón, nieblas de olvido;
uno a la soledad del mar se atreve,
otro se aferra al puerto confundido.

Sin fe, sin luz, sin norte, sin marea,
sin viento favorable ni contrario
uno quiere bogar, otro pasea
por las calles de un verbo milenario.

Uno quiere romper, otro se arredra;
uno sueña y no sabe, otro consiente
la vanidad confusa de la piedra
por ser eternidad inútilmente.

Uno es mirar de lágrima enterrada;
otro, un llanto que quiere ser mirada.



4 septiembre 2009

Perdón por la foto, pero es que iba conduciendo y la hice con una mano y desde el móvil. Ya sé, ya sé: me merezco dos multas, una por la infracción y otra por la calidad. Mea culpa.

jueves, 20 de agosto de 2009

El niño y los vencejos

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A Jorge, casi hermano, con quien repartí la infancia (nunca dejé de jugar contigo)



Se iban siempre.

Cualquier día de agosto
o de antes de agosto.

De repente, la tarde se creía el silencio
y los ojos de un niño se encontraban la noche
tras la muda estatura de su azul desolado.

Volverán –te decían–
por abril o por mayo;
volverán como todo lo que un día nos deja.

Y siguieron faltando, de año en año, en agosto;
y volviendo a volver,
por abril o por mayo,
cuando el mundo estallaba en jardines
y escribían las rosas balcones al aire.

¡Volverán! –te decían–...

Y dejaron de irse
una tarde agosto,
galopando una moto a remolque de un ángel...

Y dejaron de irse porque ya no volvieron,
por abril o por mayo,
o por siempre o por nunca,
a los ojos de un niño que deshizo la noche.


19 de agosto de 2009, a treinta y seis años de tu ausencia.
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martes, 11 de agosto de 2009

Teoría de la evolución

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....................…tan callando.
......................J. Manrique


Para que el tiempo anclara fue preciso
que la palabra se quisiera hazaña,
llanura empecinada en ser montaña,
rebeldía de un páramo insumiso.

Para vivir, romper un paraíso
y amanecer en estatura extraña;
vertical, racional, verdad… ¡Patraña
mendigando a la muerte su permiso!

Para que el tiempo fuera; para eso.
Tan sólo para eso. ¡Para nada!;
para soñar la vida bajo un beso
y un beso por detrás de una mirada.

La eternidad pasó sin hacer ruido:
antes de Dios fue Dios; luego, el olvido.


7 de agosto de 2009
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jueves, 23 de julio de 2009

La isla de Calipso

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Estos días que vienen de otros días
enredados en noches engañosas…

Estos días que invaden sin permiso
la celda de mis ojos…

...................................Estos días
esteparios, monótonos, iguales;
sin posada de gestos que he perdido
ni rincones amables donde el alma
deposite una voz, arrope un sueño…

Estos días que pasan, sin que pases
al fondo de sus horas, no merecen
un número, un renglón, un calendario,
un giro de la tierra o de los mares,
una luz, un silencio, un simple mirlo
saltando en mi jardín…

......................................Nada merecen
estos días que no habrían de serlo.

Estos días que insisten en que faltas
después de amanecer y antes de ellos.

Estos días de amor que nada aman.

Estos días tan largos... ¡Estos días!



23 de julio de 2009
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domingo, 19 de julio de 2009

La sonrisa invisible

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La naturaleza gusta de ocultarse, escribió Heráclito. Oscar Wilde aseguró que lo que hacía la naturaleza era imitar al arte. Yo no voy a hablar de los “fragmentos” de aquél ni de "La decadencia de la mentira" de éste; yo sólo voy a escribir un tramposo silogismo. Tramposo, porque los silogismos Barbara no son viables en la tercera figura. Qué más da: siempre podré ampararme en la transitividad, tan matemática ella. Así que, haciendo uso como término medio de esa naturaleza a que los dos se refieren, voy a concluir que el arte gusta de ocultarse. Más incluso: no lo hace por timidez, ni mucho menos; lo hace por elegancia, por deber y finalidad, por imperativo de su sentido.

Porque el arte no es contar lo que hay ni inventarse lo que no hay. El arte es partir de lo que hay y velarlo, ocultarlo, para que aprenda a decirse debidamente. Por eso es un desafío siempre para la imaginación y para el sentimiento; porque, sin éste o aquélla, se convertiría en una tomadura de pelo. O en una moda que se haría precipitadamente prescindible. O en un fósil que acompañaría un instante perecedero de la historia. Pero no, porque el arte, el de verdad, es una permanente reinterpretación de lo oculto.

Ayer –qué suerte, El Prado– me prendé de una sonrisa invisible. Una sonrisa que estaba y no había forma de verla, que la dejó Sorolla en un cuadro sin la pincelada de ninguna curvatura amable. Una sonrisa de espaldas, que se siente sin darse uno cuenta, que se le pega a uno en el gesto y hasta la imita inconscientemente de sólo imaginarla. Está “escondida” en una obra menor (?) del pintor de la luz y el Mediterráneo: Después del baño (1902). Título y tema repetidos en su herencia; éste, para mí, de singular emoción.

Hay que fijarse en la joven que está en primer término, la de la camisa blanca. Hay que detenerse en esa parcela precaria de su rostro no visible… Y, entonces, uno ve la feliz sonrisa que no dibujó Sorolla, que sólo nos dejó a nosotros, elegantemente oculta, para que la sintiéramos, para que nos emocionara.

Pintar lo que no se pinta, decir lo que no se dice, alzar lo que no se alza… Soñar, al cabo, lo que no se encuentra.

¿Qué otra cosa es el arte?... ¿O la naturaleza?... ¡O la vida!
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miércoles, 15 de julio de 2009

Frente al espejo

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…en el rincón aquel de mi huerto florido y encalado…
J. R. Jiménez


Me han dejado de hablar las madreselvas.
Los vencejos, apenas si los oigo.
Quedamos, viejo amigo, como siempre,
indagando silencio y simetrías,
soledades de azogue que repiten
perfiles de derrotas, sombras vanas,
ecos de aquel rincón donde la vida
se quiso más que nunca vida, más
que nunca eternidad -prefacio
de sueños sin frontera o territorio,
alambique de aromas, primavera
sin agosto final, sin tanto olvido…-

Me han dejado de hablar las madreselvas.
Y la tarde y la noche. Y la mañana.
Y apenas puedo oír a los vencejos
que se baten de amor, a tanta altura.


15 de julio de 2009
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jueves, 9 de julio de 2009

El sueño de Endimión

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No quiero este montón de cosas:
esta mesa, esta silla,
esta hormiga que pasa con una carga enorme;
la gota que en el suelo se cree mar, de repente,
capaz de separarnos;
el aire y el sonido; la voz de gente extraña;
la luz de un faro halógeno
que te hace oscuridad del otro lado,
razón de oscuridad, indescifrable.

No quiero este montón de cosas
que están detrás de ti;
que se ponen en medio o me rodean,
o deciden que somos quienes somos,
quienes hemos de ser, quienes debemos.

No quiero distracciones de los ojos
ni oídos para el mundo que me han dicho que existe
–¿será cierto?–
tras de ti y ante mí, frente a nosotros…

No quiero esta legión de voluntades
que me niegan que puedas ser… un sueño.


9 de julio de 2009

lunes, 6 de julio de 2009

Nosotros y ellos

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La malaria se habrá llevado de la luz a un niño en el tiempo que tarde yo en escribir esta frase.

Sin duda soy lento escribiendo, pero la muerte, esa muerte, es rápida. Muy rápida. Treinta segundos son un intervalo de vergüenza para que muera un niño. En el siglo XXI, naturalmente, porque en el X o en el XI, por ejemplo, no disponían nada más que de su fe románica. Nosotros no; nosotros tenemos organizaciones mundiales de loables competencias y laboratorios farmacéuticos de indiscutibles eficacias. Mes y algo debe de cumplirse desde que un virus –que pasaba por un cerdo– se decidiera a prácticas olímpicas de mayor envergadura. Porque saltó al hombre. Un salto con pretensión de récord que a los pocos días llegó a Estados Unidos; y poco después… al resto de Estados Unidos. No tengo nada en contra de ese país ni se trata de una concesión al pensamiento “progre”. Quede claro. Sólo es una premisa más para un silogismo inexplicable que cruza por “Occidente”, este lugar de plenitudes, avances y grandezas que nos permite preocuparnos por penurias de las que en el fondo no hacemos caso alguno. Porque, si ordeno todos los principios del razonamiento, si leo rigurosamente el hilo de los hechos, si pienso en las morales pretensiones de sus derechos universales, veo, por ejemplo, emerger una pandemia contundente en un par de meses, veo una considerable dedicación mediática (se dice así, ¿no?) al número de consecuentes fallecimientos (unos trescientos ochenta en ese tiempo) , veo una laboriosidad industrial plausible en la producción de vacunas disuasorias para tan oscuras aspiraciones víricas, veo… ¡Veo un mar de interrogaciones! Porque en 1982 la malaria provocaba la muerte de un millón de niños; y en 2009, la de uno cada treinta segundos, es decir, más o menos lo mismo. Parece que en estos treinta años no hemos avanzado mucho en eficiencia frente al paludismo. ¿Eficiencia o dedicación?... Claro es que el paludismo pasa por allá y la otra, la puñetera y olímpica gripe, nos puede ocurrir acá

El caso es que preocupa la gripe esa. Normal, científicamente hablando; dieciocho millones de vacunas hemos negociado ya con no sé qué laboratorios. A mí, personal y egoístamente, me preocupan mis hijas, que están en la edad malditamente favorecida por el antojo del virus porcipelo. Pero…, humanamente hablando, que diría Blas de Otero, ¿a quién preocupa de verdad ese otro dolor que sucede cada treinta segundos en el mundo, toda esa inmolación que lleva ocurriendo igual desde hace treinta años…?

¿Somos quienes proclamamos ser o sólo una indecente caricatura de quienes presumimos proclamar que somos?
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jueves, 25 de junio de 2009

Mística Coslada

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En Coslada, Madrid. Otro verano
besando la costumbre del solsticio.
Tú, donde siempre: allá en el edificio
perfecto de un delirio transmundano.

Tú donde tú… Y yo, en el mano a mano
con la tierra, el olvido y ese oficio
de inventarle a la luz un artificio
que para nadie alumbra. Luce en vano

la palabra en las noches estrellada;
gravitación inversa del deseo
que se arroja a la altura para nada;
para sacar a un verso de paseo,

como a un perro, y caer donde no existe
nada más que una ausencia larga y triste.


25 de junio de 2009
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domingo, 21 de junio de 2009

Cuando el Sol se pone por el Este

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Desde hace algunos días, en esta habitación en donde escribo, el Sol se pone por el Este. A eso de las nueve menos cuarto, por su ventana, que da a Oriente, la certidumbre de un sol inexplicable rompe mi oscura austeridad. No se trata de ninguna revolucionaria distracción astronómica. No se ha decidido el mundo (por desgracia, supongo) a rotar en sentido diferente a su secular costumbre... Es una tontería momentánea, una ilusión especular que viene del sexto piso de un edificio frontero que está a unos doscientos metros de mi casa. Un balcón, los cristales de un balcón… Un solar y provisional rapto.

Cualquiera que me conozca un poco aventurará fácilmente cómo va a terminar este asunto.... Porque me estoy acordando de Platón y de su, por unos y por otros –por mí también, claro está–, manoseada caverna. Porque si yo estuviera encerrado siempre aquí; si sólo desde aquí pretendiera hacerme yo una idea de cómo van las cosas del cielo; sí únicamente pudiera ver ese sol estrafalario a esta hora en estos días del año, tendría que concluir, empíricamente y con toda la razón del mundo, que a mediados de junio, en las fronteras calurosas del verano, el día tiene el capricho de atardecer por el Este. Un universo errático y tarambana, un cosmos sin orden ni concierto… O, mejor aún, un universo bajo el antojo de una decisión incomprensible.

Y es que un platónico de bien siempre piensa que el empirismo sólo puede conducir al caos porque la sabiduría está de un lado diferente al que dicta la experiencia de las cosas. Hacer de ésta el testimonio de la verdad es arruinar la voluntad de aquélla. El sabio no puede conformarse con lo que ve, huele, toca o constata. El sabio tiene que ir más allá. Siempre más allá.

Pero los sabios de nuestros días andan demasiado ocupados en la inmediatez borrosa de sus aciertos empíricos. Lo que está muy bien para que no nos muramos… de gripe, por ejemplo. Pero no sirve de nada para que no nos muramos sin verdad...

O sin razón de haber vivido.
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jueves, 18 de junio de 2009

De lejos de hoy

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Sin duda, ha sufrido un ataque de envidia. Es evidente que ha leído esas tonterías mías sobre los ‘apocalipsis’ cósmico-humanos o bélico-eróticos y ha querido reivindicar horizontes más platónicos para el amor. Platónicos a la vieja usanza, que dicen el mundo por nombres y hablan de eternidades y sentidos.

No voy a hacerle el feo de callar su mensaje. Por el móvil, ése que hogaño celebramos con ‘Príncipes de Asturias’, me han llegado sus seguidillas. Se las perdono por la intención: yo creo que pretenden decirme que los géneros, o sexos, o lo que sea, son capaces de encontrarse y desencontrarse en el mundo de un modo más amable que el usual, egoísta y demoledor a que, últimamente, tan acostumbrados estamos…



Me llevé un equipaje
de resquemores,
de dolor y otras rosas
sin tierra o dónde.
Y ya se sabe:
los jardines del sueño
los piensa el aire.

Por tu nombre escribía,
para tu nombre;
de tu nombre tan sólo…
¡y no respondes!
Qué mal oficio
escribir para el nombre
de un artificio

Por tu nombre, en tu nombre...
¡Cómo dolía
ese nombre rondándome
día tras día…!
Quedó pendiente
de aprobar el silencio,
para septiembre

Los vencejos –me dicen–
volando se aman,
y descansan volando,
volando cantan.
Ay, los vencejos,
tan allá de nosotros;
tú y yo tan lejos.

La distancia no es cosa
de los paisajes,
sino asunto de almas
que andan de viaje.
Mira que es terca
la distancia, aunque estemos
los dos tan cerca.

Si los mapas supieran
caligrafía,
en tu piel y en tu cuerpo
me escribirían…
No son los mapas
los que ponen las lindes
que nos separan.

Porque el mundo es espacio…
y amar, el tiempo
que me queda de vida,
sin dividendo.
¡Qué más quisiera
que vivir por vivirte
se dividiera!

Me llevé un equipaje
de sinsabores
a rondar lejanías
y desamores.
Todo por nada;
por el nombre que un día
me rompió el alma.



17 de junio de 2009
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lunes, 15 de junio de 2009

De las miserias al paño... o el choque de los mundos

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Un joven de 22 años asesinó ayer a puñaladas a su pareja en un área de servicio…
EL PAÍS, 4 de junio de 2009 (… aunque, da lo mismo la fuente, el día y el lugar)


Está ahí. Unas veces lo vemos al atardecer; otras, poco antes de despuntar el día. Es rocoso y brillante; prometedor en el alba, evocador frente al crepúsculo. Lucero de la mañana y estrella de la tarde. Venus siempre: rocoso, brillante y con fases. Como la Luna, según los manuales de astronomía. Como el amor, según los cuadernos de la memoria. Cuarto creciente, si el Sol lo acaricia prometiendo plenitudes; cuarto menguante, si advierte inevitables melancolías… ¿Por qué se llama Venus a esa bola de luz que mengua, o crece? ¿Por qué tienen las cosas un nombre que coincide con su crucial sentido?

He leído, en esta centinela de la noche, que dentro de tres mil, de cuatro mil, de cinco mil millones de años, podría estar tan cerca de la Tierra que su roca reventaría nuestros mares –un destino que debe de estar escrito en los negros renglones de la noche para cumplir los párrafos del tiempo–… ¡Demasiados milenios soñando amaneceres y crepúsculos en los ojos de los hombres!... Todo el amor ahí, lejano, dando vueltas alrededor de la mirada, para chocar después de tanto vuelco; para que, al cabo, llegue Venus al mundo, rompa el cielo y la luz… ¡Todo un desastre!

Aunque dicen, también, que no es sólo capricho gravitatorio de Venus: las simulaciones estadísticas flirtean de igual modo con Marte y con Mercurio. Vamos, con el amor, con la guerra, con los informativos… Recuerdo una película remota de la infancia: “Cuando los mundos chocan”. Me impresionó, qué duda cabe: un planeta peregrino y malintencionado estampándose contra nosotros. Obtuvo un Oscar por unos efectos especiales que hoy no provocarían en nosotros ningún especial efecto. El delirio catastrofista acababa en una especie de Disney World, con el bueno, la chica y unos cuantos elegidos, sonrientes, desembarcando de una nave con aspecto de supositorio Rovi en su nueva tierra prometida.

Nos hemos pasado la Historia temiendo del cielo los males que estaban en nosotros. ¡Vaya con el hombre: siempre echando balones fuera! Al paso que vamos, no creo que tengamos que esperar mucho para que Venus, Mercurio o Marte nos pasen factura con sus cataclismos. Más que nada porque ya nos hemos encargado nosotros de convertir el amor en una guerra (no sé muy bien si los combatientes son géneros o sexos; o parejas o tríadas de hecho o de desecho); y las guerras de tanto desamor, en la rentable industria de unos cuantos mensajeros de la miseria.

Kant acabó su personal ajuste de cuentas con la razón práctica proclamando aquello de “el cielo estrellado sobre mí, y la ley moral en mí”. Habría que pensárselo, no sea que hayamos conseguido lo contrario: una suerte de nuevo “giro copernicano” con el cielo empapado en el rigor deontológico de su destino y el patético ser humano, sin norte de sentido, condenado a ser brutal Apocalipsis de la verdad, de la ética, del amor…

Condenado a ser barbarie tras haberse soñado libertad.
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lunes, 11 de mayo de 2009

Por si llueve mayo

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Ayer llovió, y el jardincillo que tengo delante de casa se puso a oler como sólo sabe hacerlo cuando llueve mayo.

No tenía ganas de escribir, sino de recordar. Y entre esos tejemanejes de la memoria, me vino con el olfato este soneto de hace más o menos un año; de allá por este mes, cuando 2008. Alguno lo recordaréis.

Cuelgo aquí su lectura como agradecimiento a la entrañable y espléndida parcela de amigos que tanto –y tan generosamente– me habéis acompañado.

Por si llueve mayo…

Por si podéis oler después en un jardín su amable invento...

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jueves, 30 de abril de 2009

El adiós del "caballero"

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Se va. Se ha vuelto insolente y se va. No entiendo bien por qué, pero se va. He recibido una carta suya que lo dice. Éstos son los últimos párrafos:


…Tu mundo lo vende todo: frigoríficos, coches, motos, ordenadores, móviles 3G, casas, libros, pueblos… Todo. También la salud, el dolor, la agonía, la tristeza, la desolación, la alegría, el entusiasmo, la pasión, el terror… Y la vida. ¡Y la muerte…! Nada queda fuera del mercado. Tu mundo es indecente porque piensa que el sufrimiento es cosa de los otros, y que estos otros son unas cosas bípedas que salen en los telediarios para morirse a chorros todos los días. Porque es lo normal, porque es “lo que siempre ha sido”. Hasta que, de pronto, un día descubre que él también es vulnerable. Y no se lo cree, y dice “esto no puede ser”. Pero vende su incredulidad. Y fabrica mascarillas a mansalva. Y se reúne. Y hace estadísticas y pronósticos desconcertados… Y vende… ¡Vende! Vacas en vez de cerdos, cerdos en vez de pollos, pollos en vez de vacas… Cualquier cosa en lugar de cualquier otra que se tercie. Y además de venderlo, vende su venta a un pensamiento –el pensamiento–, a una idea –la idea–. Entonces, “se” piensa, “se” habla, “se” preocupa el mundo. Un “se” demasiado heideggeriano para que yo lo soporte.

Me voy a Andrómeda que, como sabes, me gusta muchísimo porque uno se muere cuando le toca. Y los que quedan lloran de verdad su ausencia… Y admiran la grandeza sin suponer que lo son… Me voy a Andrómeda porque sé que no existe y me da lo mismo que vuestras utopías hayan dejado de funcionar: cuando la razón pierde la esperanza en lo que “no es”, se convierte en la caricatura de lo que “podría haber sido”.

Lo siento mucho, amigo mío, pero no tenéis ni idea de lo difícil que es merecer la pena de ser hombre.

P.S.: te dejo un poema “de recuerdo”. Es un fracaso personal, cuya razón me callo, pero se acerca demasiado a lo que os pasa. Lo demás es cosa vuestra.


Perdón por la verdad. Perdón porque soñara
la verdad ser verdad. Perdón por las heridas
que me llevan y arrastro –¡su huella y el dolor!-

Perdón por la batalla y el ruido del combate,
gozoso tras un roce de repente sublime
–una mano en la mano, un vencejo en el aire,
el instante de un tacto que pasó y no sabría
suceder otra vez, ocurrir otro nunca–.

Perdón por el empeño, la terca voluntad
del corazón vencido; por el lirio en la nieve,
la branquia ante el desierto, el día entre la noche,
el siervo del esclavo, el norte y el deseo,
la quilla en la mirada rompiendo lo imposible…

Perdón por el jardín que no hubo primavera.
Perdón porque he perdido la paz frente a unos ojos.
Perdón por tantas cosas… Perdón por la derrota. …

Perdón por no pedir clemencia al desengaño.


(24 de abril de 2009)

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domingo, 26 de abril de 2009

Los lugares y los sitios

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Me duelen los lugares que ya no tienen sitio,
que han perdido su sitio,
aquella propiedad de la memoria
que quedó pincelada en otro espacio.

Me duelen los lugares que ya nada sitúan,
geografías del tiempo sin testigo
que pueda confirmar alguna calle,
algún patio escolar,
algún parque con besos inventados
robado cualquier noche de los ángeles.

Me duele la ciudad que se levanta
sobre la resistencia del olvido.
Sus bloques de viviendas, sus ensanches,
sus altos rascacielos,
sus largas avenidas…
Ese mundo tan raro y tan ajeno
que está del otro lado de las almas.

Parménides ha muerto y los periódicos
no quieren recoger la necrológica.
Tan sólo hablan de Heráclito: predicen
más lugares aún sobre lugares
sin sitio que encontrar,
sin sitio a que volver,
sin sitio de vivir…

Sin ningún sitio.



(26 de abril de 2009)
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jueves, 23 de abril de 2009

Los libros... y nosotros

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Acerca de nosotros saben más los libros que hemos leído que todas las soledades que nos hemos contado.

Con el tiempo, los libros nos arruinan los ojos… Y se enteran, con el tiempo, de nuestras almas. Son pequeños cofres para guardar la vida y proteger nuestras humanas y modestas verdades, que no tienen que ver, exactamente, con lo que luego hacemos y después nos pasa. La alcancía de la memoria auténtica está llena de dioses que cosechamos en palabras ajenas. La grandeza de un libro está en la mirada suya, que nos conoce, que sabe de nosotros tanto, que sólo nos lo puede contar a nosotros. Abrir un libro nuevo es voluntad de alzarse; abrir un libro añejo, ya leído, es deseo de saberse. Por eso, con los años, uno tiende a releer con más frecuencia viejos libros; porque entonces, cuando todo está ya casi hecho, sólo queremos saber si estuvo bien el tiempo, si mereció la pena el tiempo. Si fue verdad la vida...

Si la verdad... fue un libro.

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martes, 21 de abril de 2009

La lección de Geometría

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Hoy, primera lección de Geometría.
Veamos si no sabes lo que sabes:
van navegando, en alta mar, dos naves
a la misma distancia, noche y día.

¿Cómo son las estelas que vería
la vertical mirada de las aves?...
Dos rectas enfadadas, serias, graves,
que sólo el timonel desmentiría.

De voluntad se muere un postulado,
sólo de voluntad: las paralelas
convergen siempre si querer decides.

Mañana, un teorema derivado:
el ángulo que cierra las estelas
es cosa del amor… ¡Qué sabrá Euclides!



(21 de abril de 2009)

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domingo, 19 de abril de 2009

El profeta

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Oír la lluvia es un acto religioso. Lo digo porque lo religioso siempre anda peleando con el tiempo; no el de las palpitaciones del clima, sino el de las demoliciones de los relojes. El taconeo insolente de la lluvia en un patio es una burla para todas las cronometrías. No es un tic seguido de un tac periódico y mensurable, sino un tic sorprendido por dos imprevisibles tacs; o media docena de tacs interrumpidos por dos inesperados tics. La lluvia es un ejercicio de rebeldía contra los cronómetros. Y nosotros, que no somos nada más que galeotes al remo de los segundos, deberíamos venerar su adorable impertinencia. No es exactamente metáfora de la eternidad, sino tiempo caprichoso que ocurre y no puede encarcelarse. Para criaturas como los hombres, que sin tiempo no somos nada y con el tiempo acabamos siendo lo mismo, es todo un ejemplo: no es cosa baladí suceder de modo tan desconcertante para los segunderos. A pesar de Machado y su “monotonía / de lluvia tras los cristales”, yo proclamo la acracia atemporal y liberadora de los días lluviosos.

Tanto adoro la lluvia, que me he convertido en su profeta. Por eso soy impopular. Porque un profeta amparado en la común aquiescencia… ni es profeta ni es nada.
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miércoles, 15 de abril de 2009

El caminante

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A veces, sólo a veces;
sin tangencia real de nada real;
sin posible memoria de que fuera
alguna vez posible;
sin cuerpo, sin verdad, sin cercanía…,
hace el alma equipajes con olvidos;
se levanta de sí, se pone en marcha.

Desde el valle, la cumbre de unos ojos
se convierte en empresa.

Y camina.

Allá arriba, tan lejos,
tan ausentes,
tan extraños,
están mi confusión y mi sentido.

A veces, sólo a veces,
si esos ojos me miran,
me pongo la mochila y la esperanza.


(15 abril 2009)
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jueves, 9 de abril de 2009

Jueves Santo

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En Coslada, Madrid. Tarde de un jueves
hecho de soledades y de olvido.
Tarde de atardecer enmudecido.
Allá lejos, aún se ven las nieves

últimas del invierno –tenues, leves
pinceladas que ya han palidecido–.
Aquí un jardín y un pájaro atrevido
inventan en la luz altorrelieves.

Aquí el muro, la acera, la calzada
vacíos… Y el balcón, su vano en vano.
Hoy, ni mirar se atreve a ser mirada,
ni la caricia al vuelo de una mano.

En Coslada, Madrid, hoy tiene nombre
de soledad la voz, de olvido el hombre.


(9 abril 2009)
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miércoles, 8 de abril de 2009

El aplauso

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A los dieciocho años la vida es algo que está ahí; a los cincuenta y nueve, algo que empieza a no estar donde se espera. A los dieciocho, uno está seguro de que el teléfono lo descolgará alguien. A los cincuenta y nueve, uno empieza a temer que no lo haga. De joven se piensa que la muerte sucede por orden de lista. De viejo, se descubre que ya se ha puesto falta a demasiada gente en el listado. Y uno sale al patio del recuerdo y se encuentra con muchos vacíos, y uno entra en el aula de la memoria y advierte demasiadas ausencias. “¿Qué habrá sido de…?” Los puntos suspensivos siempre traen un sobrecogimiento mudo… ¡Qué habrá sido…! ¿Seguirá siendo ese “sido”?

A los dieciocho años los detalles pasan desapercibidos porque la mirada es enorme y cree alcanzar el otro lado del horizonte. Luego empieza uno a reparar en los perfiles de la insignificancia. Y los vencejos de siempre, se vuelven únicos; y los jardines de toda la vida, rincones irreemplazables; y los atardeceres de todas las tardes, un milagro sin explicación posible. El mundo se llena de cosas que hay que mimar; no de grandes hazañas, sino de pequeñas tareas. A veces, basta con mirar un cielo encapotado con urgente intención de desbordarse, para que parezca hermoso lo que antes se consideraba un fastidio.

A los muchos años, uno se dice: si aún estoy aquí, será por algo Y ese algo, de pronto, se convierte en pregunta. Y la pregunta en apremiante decisión de responderse. Entonces le dan a uno ganas de hacer cosas rarísimas, como observar la propia sombra sobre el suelo y pensar que hay un fotón de luz para el que era necesario que uno estuviera en medio, o quedarse mirando una amapola para que no muera sin admiración su modesta y anónima belleza.

Con los muchos años, uno entiende, de verdad, por qué la vida tiene derecho a nuestro aplauso.
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lunes, 6 de abril de 2009

La mirada del plenilunio

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Mirada ancilar, la luna.
Aquí, la noche insistente.
Ojos en cuarto creciente,
menguante de negra duna.
Y su redonda tribuna,
alta y lejos… Nadie advierte
–sólo esos ojos, su inerte
mirar, de otra luz esclavos–
que en la sangre de unos clavos
morir se dejó la muerte.


(4 abril 2006)
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viernes, 3 de abril de 2009

Una lección de gallardía

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Siempre que ando en desavenencias conmigo, me escapo de estos lugares. De los de ahora y de aquí, no de ésos que son de los de uno de siempre. Y cuando yo digo “de siempre”, todo el mundo comprende que me he ido a la corte de los Austrias más tontos, ésos que pueden justificarse en la historia por haber sido comparsa de los tiempos que supieron de Lope, de Cervantes, de Velázquez, de Quevedo, de Góngora, de Villamediana, de Calderón, de… En fin, del increíble prodigio que fue nuestro XVII. Estos monarcas, súbditos en el fondo de tan alta compañía, deberían estar agradecidos de que la circunstancia así los regalara. Incluso del anónimo adorno popular, que los coronó de leyendas con más gracia que el desaguisado de sus desgobiernos.

Felipe IV se lleva la palma en aquéllas. Un rey que, según es fama, llevaba el cetro donde no correspondía: una cuarta más abajo del ombligo, lugar poco adecuado para ejercer un reino. Tentaban demasiado a Don Felipe los peligros del sexto. Buen susto se llevó con la novicia de San Plácido; aunque, gracias al regio desconcierto, debamos los demás que encargase a Velázquez un cristo que es “El Cristo” que tenemos en El Prado. Muchas más leyendas hay de semejante enjundia. Como ésta, también conocida:

Tuvo Su Majestad desahogo con una hermosa joven a la que entregó cuatro doblones en pago de su disfrute. Luego ocurrieron el tiempo y otras cosas, y en el transcurso de aquél se cruzó una cacería. Y allá que se fue con su espingarda de chispa nuestro real personaje (léase “real” como se quiera, y “chispa” y “espingarda” de igual modo). El caso es que había entre los lacayos uno de esbelta compostura. Al anochecer, llegóse éste al regio cuarto y, en tanto el de los Felipes se adormecía, desnudóse mujer y entró a su lecho. Lo que allí sucedió no es preciso contarlo. Sí la venganza final, sí el cumplido desagravio. Al alba, tras despedirse la que, siendo mujer bella, gentil lacayo se mostrara, arrojó a Su Real Majestad una bolsa con doscientos doblones al tiempo que le decía: así pago yo a mis cortesanas.

A esto llamo yo una lección real de gallardía.
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miércoles, 1 de abril de 2009

Cosas de Prometeo

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Respondiendo a Rafa


No son ganas al cabo: son desgana
las ganas de la noche. Sobra el día,
la promesa del sol en la alcancía
de un corazón cerrado; esa persiana

que no quiere tratar con la ventana
los negocios de la melancolía,
que llora de querer cuanto perdía
ahorrando amaneceres sin mañana…

Sólo eso: el fuego que se aguarda
desesperadamente, la vencida
convocatoria del amor, la guarda
vigilante de un día más de vida…

Sólo eso, ni ganas ni deseo:
¡cosas de acá y de allá de Prometeo!


(31 marzo 2009)
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Nota del viernes 3:

Era natural que Rafael Herrera, o el embozado, respondiera. Hoy lo ha hecho con la impecable elegancia que le caracteriza. Buscad abajo en los comentarios. Además, como él dice ...en estas estrofas las hay para ti, para Antonio Serrano, para Sunsi, para Olga, y creo que también alguna para mí. Gracias, amigo mío, desde el otro extremo del Mediterráneo y al norte de tu Córdoba, si no me confundo.

lunes, 30 de marzo de 2009

Niebla de nada

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… y atrapar vientos
Eclesiastés, 2, 17



Las ganas de la noche no se cuentan,
no se dicen a nadie, no se escriben,
no se ponen en boca de los otros
ni se adornan teoremas a su costa.

Las ganas de la noche se descubren
una tarde cualquiera –sin razones
aparentes de grávida importancia–
colgadas de los árboles o el cielo,
detrás de un contraluz imprevisible;
o en un fotomatón, agazapadas,
como una identidad de oscuridades.

Las ganas de la noche son remite
del sobre de un silencio: esa indigencia
de una carta que no nos llegó nunca,
que nunca se escribió ni fue pensada,
que no fue más que niebla… Nada y niebla;
niebla de nada en un buzón vacío.


(29 de marzo de 2009)
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jueves, 26 de marzo de 2009

Glosando a Don Juan de Tassis

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Siempre he sentido una especial debilidad por Villamediana. Este Conde, este Don Juan de Tassis, tan de su tiempo y leyenda, se me ha cruzado cientos de veces en la vida. Leía ayer una composición suya sobre el desengaño; y se me que quedó la última redondilla. Lo justo era glosarla.

Me gusta la lejana musicalidad que deja una glosa. No son frecuentes hoy, o yo no las conozco. Recuerdo a Gerardo Diego, otra debilidad mía, haciéndolo –también del “Conde”– sobre un soneto de milagrosos ojos que no se conoce lo suficiente (en mi opinión por lo menos).

Innecesario es decir que lo mío no es más que un ejercicio de temporal vecindad del alma. Y, ya se sabe, hay vecinos que viven en el “Bajo”, yo por ejemplo, y vecinos que miran desde el “Décimo”, Don Gerardo sin ir más lejos.



Las razones que no digo
no son las que menos siento,
mas por no darlas al viento
quiero que mueran conmigo.


Tantas cosas he callado
a lo largo de la vida;
tanta palabra vencida;
tanto yugo y tanto arado
de silencio ha roturado
el verso que va conmigo;
tantas veces fui mendigo
de su ausente circunstancia,
que no tienen importancia
las razones que no digo.

Qué más da si un verbo acierta
o es como un sueño de nieve
que a ser blanco no se atreve
por si de pronto despierta.
Qué más da si un alma abierta
de par en par cuenta un cuento
de soledades por ciento.
¡Un porcentaje indecible!
Lágrimas de lo imposible
no son las que menos siento.

Para no escribir escribo,
para el silencio morderme,
pero no por no saberme
la muerte de estar tan vivo.
Presente de imperativo
de no sentir lo que siento
me hace mentir si desmiento
y confundir confusiones,
no por negar sus razones,
mas por no darlas al viento.

No hay calor para esta hoguera
ni fuego para esta fragua;
ni para esta sed hay agua…
Nada aguarda, nada espera.
Nunca hallar haza quisiera
tanto sentir enemigo
que siembra en la roca el trigo…
Estas calladas semillas
que ruedan por mis orillas
quiero que mueran conmigo.


(26 de marzo de 2009)
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Nota del sábado 28: léase aquí la “Doble glosa del revés” con que un extraordinario “embozado inactual”, de nombre Rafa Herrera -aparece como "Anónimo"-, tiene la generosidad de responderme un poco más abajo, en los comentarios.

martes, 24 de marzo de 2009

Tiempo de liquidación

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En la agencia del tiempo que me queda
se regalan paisajes. No es preciso
haber sido cliente de sus días
ni inversor habitual en su memoria.
Podrán beneficiarse de la oferta
cuantos vengan de lejos de sí mismos
o acrediten al año nueve meses
al menos de derrotas esporádicas.

Son paisajes de días que no fueron,
radiantes alboradas... Cosas de ésas
que se cuelgan después de la mirada
y parece real lo no posible.

Se pueden recoger cuando anochece
a cualquier hora... de cualquier tristeza.


(24 de marzo de 2009)

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lunes, 23 de marzo de 2009

La mirada decadente

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He visto esta misma luz de tardo atardecer cientos de veces. Miles, tal vez. Aunque no es la misma. Ya se sabe: uno ve, o uno mira… He mirado esta luz, una única vez, hoy, ahora. Las otras, cientos, miles quizá, eran de otra mirada; eran, por tanto, otra luz. Me cuesta hablar con esas otras miradas que ya me han abandonado, que no reconocen esta tristeza o este estupor o esta melancolía o esta advertencia en los ojos de hoy. Me cuesta hablar conmigo en las lindes de la noche, que es cuando la fiebre sube en los enfermos, que es cuando la belleza –oro rojo, ámbar violáceo– se ha derrumbado ya en el horizonte. Porque entonces se pone el cielo de un azul opaco, grisáceo, indefinido. Todavía no hay estrellas para la fantasía ni oscuridad rotunda para la imaginación. Sólo paréntesis de sombras indecisas, pausa de irrealidad…

También así la edad del hombre, su vanidosa Historia. ¿Cuántas veces sobre el mismo suceso, diferente crónica? ¿Cuántas la luz secular, ya atardecida, sin oriente en los ojos ni Polar aún en la mirada? Tienen fiebre los tiempos. Es muy tarde. No suficientemente tarde aún sin duda. Vendrá la noche luego, volverá su rara fantasía…

He mirado esta luz, una única vez... Hoy. Ahora…


Con profunda tristeza, a Jade Goody, víctima y producto de una cultura acabada.
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viernes, 20 de marzo de 2009

Primavera

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Fue una excusa vivir. Yo apenas era
una piedra en la sombra desterrada
barruntando relojes, descontada
del tiempo y de la nada prisionera.

Una ecuación sin alma, pordiosera,
confesándose luz cristalizada,
que se puso a pensar una mirada
y se quiso vivir en primavera.

Yo era niebla de alientos indecisa,
aroma de montañas, voz de olvido,
silencio mineral, cristal de cuarzo.

Y me puse a pensar una sonrisa...
Se hizo empeño la piedra; su latido,
la excusa de un jardín para ser marzo.


(20 de marzo de 2009)
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