viernes, 27 de febrero de 2009

Génesis

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… la luz con el tiempo dentro.
Juan Ramón Jiménez



Estuvo allí la nada antes de nada,
antes de ser tribulación del verbo,
antes de andar la oscuridad la luz,
la sombra el contraluz, el mar el cielo.
Estuvo rodeada de sí misma
hablando de no hablar con el silencio,
en un punto –ni siquiera era un punto–,
en un sueño –ni siquiera en un sueño–,
en el ciego algoritmo del vacío
y la extraña razón de lo inextenso;
sin ayer y sin hoy; sin duración,
sin nunca; sin ser que supiera serlo…

¿Qué hermosa fantasía no posible
pudo querer que despertara el sueño?

Acarició a la nada la palabra.

Y se creyó la eternidad el tiempo.


(27 febrero 2009)
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domingo, 22 de febrero de 2009

El pensador

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(Frente al Jardín Botánico, en Madrid se ha sentado un pensador)


¿Qué piensa el pensador tan tristemente? ¿Piensa acaso en la gente que le mira, ésa que está en el margen de la foto deformada por el reflejo de una ventana? ¿Piensa en las precarias existencias que él va a sobrevivir y ahora le observan?... ¿Qué piensa el pensador tan seriamente? ¿Será en el bronce propio? ¿No será el bronce quien reflexiona a fuerza de emular el gesto humano? ¡La idea, muda y remota del metal, de la materia, del ser, del lejanísimo ser que hemos olvidado, volviéndose volumen, seriedad, tristeza; indagándose a fondo ante la absorta mirada de los hombres…!

¿Pensó Rodin si pensaría el bronce después de disponerlo en ese estricto gesto de indagación anónima?

¿Qué piensa el pensador que hemos dejado de pensar nosotros, los demás de carne y hueso, los que ahora le miramos con curiosidad callada?...

Todo en el ser es esfuerzo… Por decirse, primero; por saberse, después; por pensarse, más tarde. Pero las cabezas del siglo están llenas de cosas de andar por casa, de inquietudes instrumentales, de eficacias experimentadas. No quedan grandes preguntas ni vigor humano ante ellas, sólo estúpido desprecio por todo cuanto las supera. La realidad se humilla con esas provincianas preocupaciones y se enloda lejos de su majestad ontológica.

Esto es lo que piensa el pensador, que ha cogido el testigo de nuestro abandono, que se ha quedado en su gesto con la empresa que nosotros hemos menospreciado, la única que tiene raíz en la verdad, aunque, probablemente, también imposibilidad de hallarla.

Heroica tarea de un volumen perfecto… Pero a nosotros nos falta el amor, la voluntad, la fe de Pigmalión… Nos falta todo lo que le sobra a ese montón de bronce.
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jueves, 19 de febrero de 2009

Destiempos del caballero inactual

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Lleva una lentitud amarga tras los ojos. Él dice que es normal, cosa del tiempo. 'Deuda de los años y de las vulgaridades de la vida –me asegura– que ganan peso en la mirada y gravedad en su paisaje'. Se me pone poético y tópico, esdrújulo de pensamiento: 'envejecer no es más que acercarse a la extrañeza de uno mismo; averiguar la lejanía de los árboles y descubrir la magnitud del arbolado'. Me mira, con cierta burla ahora, y me pregunta si llevo encima algún papel en blanco. Registro los bolsillos y encuentro una cuartilla, casi limpia: tiene escrito en un margen algunos números –un teléfono quizá– que alguna vez quisieron no ser olvido. Se la doy y él, luego de apurar el último renglón de una cerveza, empieza a garabatear –tiene una letra infame– palabras, palabras, palabras…


Sólo vengo a esta calle
por si sucede
que de pronto te cruzas
entre su gente;
¡mira si tengo
aún la ciega esperanza
de ver el cielo!

Sólo vengo por eso:
por si me ocurres,
por si el tiempo se apena
de lo que sufre
un reloj triste
que ha perdido las horas
que tú cumpliste.

Y convoco tus pasos
todas las noches:
sortilegios heridos
y extrañas voces.
Voces extrañas
que te acercas me dicen…
Pero me engañan.

Así, día tras día,
vengo a esta calle
a negar lo que sólo
mi reloj sabe.
¡Ay, quién tuviera
el poder de que el tiempo
se arrepintiera!


(19 febrero 2009)
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viernes, 13 de febrero de 2009

172 años antes... Y después

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El otro al otro lado; extraño, sostenido
por una fantasía vertical: una falacia
de muebles, cuadros, sombras; balcones a la calle,
paredes sin desnudo… Al otro lado, el otro;
mirándote a los ojos, rodeándose de cosas
que aún te pertenecen –ese aún tan volátil,
ese invento del pulso en la muñeca–. Y tú…
¿qué estás pensando tú que no pensaste nunca?,
¿qué palabra callada estás ahora diciéndote,
diciéndonos a nadie, los que estamos tan lejos,
–los demás, como siempre, somos la lejanía:
un paisaje de otros que apenas nada advierte,
un escenario amargo, un teatro de olvidos…–?

El último relámpago que quiso ser un nombre:
la daga de Salgari, el revólver de Pavese,
la lenta sed del mar bebiendo de Alfonsina…,
y el salto desde Dios, brutal, hasta la tierra
de un hombre sin rincón para el recuerdo.

El último arrancarse de uno mismo sin signos
para nadie: abandonar el sello de la vida
junto a la soledad, delante de un espejo.


(13 febrero 2009)
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martes, 10 de febrero de 2009

La ínsula interior

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Es asunto del putamen (que nada tiene que ver con lo primero que suena, sino con una cosa que hay en el cerebro) y de la ínsula (que tampoco se refiere a Barataria, sino a otro rincón cerebral de pretensión oscura). Su oficio es el odio, la mala uva contra alguien o algo; un apéndice de maldad que en unos es mayor y en otros ni se nota; o se tiene pequeño, pequeñito, y se consigue que apenas te delate. Bueno, esto no es exactamente así; no es cuestión de tamaño, sino de actividad: el putamen y la ínsula se confabulan en su excesivo ejercicio para que odiemos. ¡Y yo que creía que la ínsula tenía que ver con la tristeza y que me hacía arrendatario del tabaco…! Porque, de no sé cuándo, tenía yo leído que provincia tan honda del asiento material del alma se poblaba con tales desajustes.

Entendamos, pues, que el odio es un ladrido del sistema nervioso. Un ladrido con clarísima intención de dentellada que suena como la voz de un mastín en las noches del inconsciente. Lo malo es que confunde, que también el amor, el romántico y apasionado, encandila el putamen y la ínsula; que si uno se enamora, esas cositas se ponen como locas. Será por eso aquello que decía Ortega sobre “el enamoramiento” y el “estado de miseria mental”. Miseria mental, ¡qué duro fue aquí el maestro! Encima nos destierra del recto juicio. Vamos, que el amor nos vuelve un mucho tontos y un bastante agresivos. Queda claro, neurológicamente, por qué Orlando se puso como una moto de pura ira ante los coqueteos de Angélica, y por qué Otelo invocaba, enrabietado, aquella causa (“¡…la causa, la causa, alma mía!…") poco antes de “romper relaciones” con la pobre Desdémona.

Algunos debemos de ser tontos de otra manera, por eso hacemos sólo servicios de imaginaria. Y es que las almas dormidas son como los niños: sus odios y sus amores son verdades de mentira que ni atontan a uno, ni dañan al otro. Juegos de sombras siempre reversibles, donde la luz sólo está provisionalmente apagada. Combates de amor o de odio, con disparos de salva, en las insulares tierras de nuestros secretos silencios.
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domingo, 8 de febrero de 2009

Bandera blanca

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Desde la M-607, al Guadarrama esta mañana le bajaba la blancura hasta las rodillas. Más abajo incluso, diría yo. Como una rendición, el horizonte ondeaba banderas blancas ante el tozudo invierno. Quiere ya la tierra el sol, la luz, la flor temprana; la ladera encendida y el pulso renovado; las tardes prolongadas en tertulias y el día entre amoríos de una nueva adolescencia. Quiere recuperar la altanería sensual de los jardines inventando flores que se le han olvidado. De niño, recuerdo haber oído en labios de mi madre que si la Candelaria plora, el invierno fora; si non plora, ni dentro ni fora. Pues ploró la Candelaria… Y el invierno, como si con él no fuera.

Mea culpa, gélido amigo mío: tanto penar tus ausencias, tanto alabar tus melancólicas virtudes, tanto insistir en tu tibieza de los últimos años, tanto decir que ya no eras como antes…, te ha llegado a tocar el amor propio. Por eso has estallado. No das tregua por eso. De acuerdo, bandera blanca. Pero déjate ya herir por el presagio de otra primavera en los almendros, déjate confundir ya por la otra blancura de su resurrección.

Te lo pido yo que he sido el más recalcitrante de tus aliados. Y el Guadarrama, esa costura láctea sobre el horizonte que he visto esta mañana desde la M-607.
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jueves, 5 de febrero de 2009

Museo de cera

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El poema, de 1994, cerraba “La asamblea de las sombras”. El poema era un recorrido por todas esas sombras… Que sigo llevando, que no sé cuánto tiempo más llevaré aún. La grabación es de 2001 y, además, corre protegida por el esplendor de Bruckner (¡así cualquiera!) en su Sinfonía nº 7. La decisión, de hoy, de esta imaginaria fría y un tanto amarga del 5 de febrero de 2009. Y... algo de eso que me pasa a veces: un tener ganas de no tener ganas.

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martes, 3 de febrero de 2009

God, God...! Gödel

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Las ciencias más rigurosas son las formales; es decir, la lógica y las matemáticas. Uno es feliz en ellas porque el pan siempre es pan; y el vino, vino. Son saberes de impecable elegancia y exquisito respeto por la verdad que no consienten medias tintas ni “dependes” que valgan. Las envidiosas disciplinas empíricas siempre les han reprochado su platónico aislamiento, su atrincheramiento en las formas, su total indiferencia por lo que ocurre fuera de ellas. Es de entender: a fin de cuentas, las otras ciencias tienen que pegarse con el mundo, batallar con el antojo de los fenómenos (o si no que se lo digan a los meteorólogos) y su defectuosa interpretación de las perfecciones platónicas.

Pero las matemáticas se apoyan en axiomas de los que viven sus bellos teoremas. Y los axiomas son certidumbres incuestionables. Bueno, esto era así hasta que en el siglo pasado Gödel puso una zancadilla a tanta hermosura. Porque desde entonces ya no podemos establecer la verdad de todos y cada uno de esos pilares indiscutibles. El siglo XX fue un siglo perverso (una pena que yo naciera en él) que se empeñó en buscar inestabilidades en todo y nos llenó de preocupantes incertidumbres. Así en la historia, la política, la moral, el arte, la ciencia, la filosofía, el sentido de la vida… En fin, un siglo con mala leche, hijo de otros dos siglos que formaron un matrimonio de conveniencia. ¡Natural que fuera como fue su desdichada prole! Lo peor es imaginar lo que puede pasar con los nietos.

El hombre se ha vuelto un animal desconcertante, siempre dispuesto a conspiraciones de todo tipo. Yo, por lo menos, veo clarísima la secuencia: primero nos comimos una manzana y luego devoramos el producto de su digestión. Primero hicimos de la Razón la razón de nuestra rebeldía; luego, de nuestra rebeldía la razón de nuestra sinrazón. Yo creo que con la manzana era suficiente: lo otro es coprofagia.

Entre tanto, Dios, que asiste como convidado de piedra –gracias a nuestra acidosis– al espectáculo, debe de estar aburridísimo. O infinitamente triste... ¡Porque también es posible creer en su infinita tristeza!
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