lunes, 30 de marzo de 2009

Niebla de nada

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… y atrapar vientos
Eclesiastés, 2, 17



Las ganas de la noche no se cuentan,
no se dicen a nadie, no se escriben,
no se ponen en boca de los otros
ni se adornan teoremas a su costa.

Las ganas de la noche se descubren
una tarde cualquiera –sin razones
aparentes de grávida importancia–
colgadas de los árboles o el cielo,
detrás de un contraluz imprevisible;
o en un fotomatón, agazapadas,
como una identidad de oscuridades.

Las ganas de la noche son remite
del sobre de un silencio: esa indigencia
de una carta que no nos llegó nunca,
que nunca se escribió ni fue pensada,
que no fue más que niebla… Nada y niebla;
niebla de nada en un buzón vacío.


(29 de marzo de 2009)
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jueves, 26 de marzo de 2009

Glosando a Don Juan de Tassis

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Siempre he sentido una especial debilidad por Villamediana. Este Conde, este Don Juan de Tassis, tan de su tiempo y leyenda, se me ha cruzado cientos de veces en la vida. Leía ayer una composición suya sobre el desengaño; y se me que quedó la última redondilla. Lo justo era glosarla.

Me gusta la lejana musicalidad que deja una glosa. No son frecuentes hoy, o yo no las conozco. Recuerdo a Gerardo Diego, otra debilidad mía, haciéndolo –también del “Conde”– sobre un soneto de milagrosos ojos que no se conoce lo suficiente (en mi opinión por lo menos).

Innecesario es decir que lo mío no es más que un ejercicio de temporal vecindad del alma. Y, ya se sabe, hay vecinos que viven en el “Bajo”, yo por ejemplo, y vecinos que miran desde el “Décimo”, Don Gerardo sin ir más lejos.



Las razones que no digo
no son las que menos siento,
mas por no darlas al viento
quiero que mueran conmigo.


Tantas cosas he callado
a lo largo de la vida;
tanta palabra vencida;
tanto yugo y tanto arado
de silencio ha roturado
el verso que va conmigo;
tantas veces fui mendigo
de su ausente circunstancia,
que no tienen importancia
las razones que no digo.

Qué más da si un verbo acierta
o es como un sueño de nieve
que a ser blanco no se atreve
por si de pronto despierta.
Qué más da si un alma abierta
de par en par cuenta un cuento
de soledades por ciento.
¡Un porcentaje indecible!
Lágrimas de lo imposible
no son las que menos siento.

Para no escribir escribo,
para el silencio morderme,
pero no por no saberme
la muerte de estar tan vivo.
Presente de imperativo
de no sentir lo que siento
me hace mentir si desmiento
y confundir confusiones,
no por negar sus razones,
mas por no darlas al viento.

No hay calor para esta hoguera
ni fuego para esta fragua;
ni para esta sed hay agua…
Nada aguarda, nada espera.
Nunca hallar haza quisiera
tanto sentir enemigo
que siembra en la roca el trigo…
Estas calladas semillas
que ruedan por mis orillas
quiero que mueran conmigo.


(26 de marzo de 2009)
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Nota del sábado 28: léase aquí la “Doble glosa del revés” con que un extraordinario “embozado inactual”, de nombre Rafa Herrera -aparece como "Anónimo"-, tiene la generosidad de responderme un poco más abajo, en los comentarios.

martes, 24 de marzo de 2009

Tiempo de liquidación

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En la agencia del tiempo que me queda
se regalan paisajes. No es preciso
haber sido cliente de sus días
ni inversor habitual en su memoria.
Podrán beneficiarse de la oferta
cuantos vengan de lejos de sí mismos
o acrediten al año nueve meses
al menos de derrotas esporádicas.

Son paisajes de días que no fueron,
radiantes alboradas... Cosas de ésas
que se cuelgan después de la mirada
y parece real lo no posible.

Se pueden recoger cuando anochece
a cualquier hora... de cualquier tristeza.


(24 de marzo de 2009)

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lunes, 23 de marzo de 2009

La mirada decadente

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He visto esta misma luz de tardo atardecer cientos de veces. Miles, tal vez. Aunque no es la misma. Ya se sabe: uno ve, o uno mira… He mirado esta luz, una única vez, hoy, ahora. Las otras, cientos, miles quizá, eran de otra mirada; eran, por tanto, otra luz. Me cuesta hablar con esas otras miradas que ya me han abandonado, que no reconocen esta tristeza o este estupor o esta melancolía o esta advertencia en los ojos de hoy. Me cuesta hablar conmigo en las lindes de la noche, que es cuando la fiebre sube en los enfermos, que es cuando la belleza –oro rojo, ámbar violáceo– se ha derrumbado ya en el horizonte. Porque entonces se pone el cielo de un azul opaco, grisáceo, indefinido. Todavía no hay estrellas para la fantasía ni oscuridad rotunda para la imaginación. Sólo paréntesis de sombras indecisas, pausa de irrealidad…

También así la edad del hombre, su vanidosa Historia. ¿Cuántas veces sobre el mismo suceso, diferente crónica? ¿Cuántas la luz secular, ya atardecida, sin oriente en los ojos ni Polar aún en la mirada? Tienen fiebre los tiempos. Es muy tarde. No suficientemente tarde aún sin duda. Vendrá la noche luego, volverá su rara fantasía…

He mirado esta luz, una única vez... Hoy. Ahora…


Con profunda tristeza, a Jade Goody, víctima y producto de una cultura acabada.
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viernes, 20 de marzo de 2009

Primavera

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Fue una excusa vivir. Yo apenas era
una piedra en la sombra desterrada
barruntando relojes, descontada
del tiempo y de la nada prisionera.

Una ecuación sin alma, pordiosera,
confesándose luz cristalizada,
que se puso a pensar una mirada
y se quiso vivir en primavera.

Yo era niebla de alientos indecisa,
aroma de montañas, voz de olvido,
silencio mineral, cristal de cuarzo.

Y me puse a pensar una sonrisa...
Se hizo empeño la piedra; su latido,
la excusa de un jardín para ser marzo.


(20 de marzo de 2009)
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martes, 17 de marzo de 2009

Las acelgas, el mono y la virtud

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Hay un mono de muy mala baba en el zoo de Furuvik, que está en Suecia al norte de Estocolmo. De entrada, ya hay que tener ganas para llevarse un mono hasta allí, con lo largas que son ciertas noches y lo fríos que son los inviernos. Pero esto no debe de ser problema para los suecos. Para el mono, probablemente sí; lo que podría explicar su mala baba. El caso es que el mono en cuestión, un chimpancé mal encarado, recoge piedras, las pule con esmero y, cuando llegan las visitas, hace lo que cualquier ser humano más o menos cabreado haría: se las tira.

La psicología animal es de lo más aleccionador. Que un mono haga tales cosas sitúa las primeras ideas del sistema nervioso en el nivel de la precaución y de las malas intenciones. Nada de hacer amigos –¡ingenuo Rousseau!–, sólo alejar molestias –aquí, Hobbes se arrellana satisfecho en los libros de filosofía–. Porque la secuencia es clarísima: primero la mala uva y el egoísmo, luego la respuesta. Cuando ésta se vuelve más elaborada, se hace sofisticadamente previsora: hay que preparar la agresión y luego ejecutarla. He aquí un nuevo logos, un inesperado pensamiento príncipe: apedrear la contrariedad. ¡Para que luego venga un tal Azuaga beatificando lindezas del pensar!

La verdad es que, leída al pie de la letra, la fundamentación axiológica de la evolución y el pensamiento tiene muy mala cara. A uno le cuesta Dios y ayuda encontrar un lugar racional al bien, a la virtud, a la justicia, a la solidaridad, al amor fraterno, a todos los amores escritos con mayúsculas… Las empatías, al estilo de Hume, saben a poco; realmente, a nada. Un nombre para designar lo que no se sabe ni se cree; puro nominalismo, semejante a ese otro demoledor de la vieja metafísica. Ni que decir tiene lo “reforzados” que salen los valores cuando se presentan consecuentes a convencionalismos interestatales. Una risa lamentable, a juzgar por lo “en serio” que se lo toman quienes firman tales armonías de la civilidad.

Así que el mono de mala baba y sus retorcidas ideas sólo me permiten concluir dos cosas:

1. Que la evolutiva aparición de los valores de la humanidad son un bien objetivo, consecuencia de algo grandioso e inexplicable.

2. Que si no es así, que si tales valores son mera circunstancia (lo que, a pesar de otras mentiras, no es más que simple provisionalidad) de un baremo histórico inexplicado, es preferible ser acelga, tan estúpida e insípida, pero tan inocente al cabo.

Entre las acelgas y los místicos, yo, desde luego, me quedo con los místicos. Algunos, incluso, escribieron divinamente.
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viernes, 13 de marzo de 2009

Si lo pensaras...

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Si pensaras que todo este cansancio,
este hacerme fantasma de mis días
y verme el alma del revés del alma…

Si pensaras que tanto desacierto
y tanta confusión, tanta extrañeza,
tanto ir y venir por las espadas…

Si pensaras que no durmió un quejido
sin llamarte de noche cuando todo,
queriendo descansar, no descansaba…

Si pensaras que he muerto en no vivirte,
en no saber qué cosas distraían
ceñidas por la vida tu mirada…

Si pensaras que todo era tu nombre;
por tu nombre, en tu nombre, de tu nombre...
Sólo eso, ya ves... ¡Si lo pensaras!


(12 marzo 2009)
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domingo, 8 de marzo de 2009

Coplas de ya sabemos quién

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Mañana empiezo una semana horrible: tengo exámenes. Para mí, es lo más ingrato de este mester que desempeño. Los exámenes son más o menos incómodos en todas las asignaturas; en filosofía, son un horror; algo parecido a la ingesta de unos cuantos bocadillos de polvorones, por lo general, poco dulces: después de cuatro o cinco, uno se descubre mucho más tonto de lo que habitualmente es. Voy a estar para pocas palabras estos días. Por eso quería dejar hoy algo medianamente lúcido; algún poemilla de enjundia que entretuviera el posible intervalo… Nada: he malparido unos alejandrinos de corte de digestión. Así que he llamado al “caballero” por si tenía algo a mano.

– ¡Hombre, Azuaga…! Qué te cuentas.

Le he puesto al tanto de mi sequedad literaria y se ha ofrecido a sacarme del atolladero. A los quince minutos tenía en el Outlook estas coplas de un sueño que, sin duda, no quiso tener.

De todas formas, a mí me sirven para el apaño.


No quería yo soñar
con esos tejemanejes
que el alma se trae entre manos
y el silencio en sus pinceles.

No quería sus engaños,
sus mentiras cardinales,
sus luces de medianoche
distrayendo oscuridades.

No quería, no, soñar,
sino olvidar y dormir;
descansar y amanecer
menos allá y más en mí.

¡Hilo de luz que ilumina
rincones de la memoria
a traición, sin que queramos
que un cuerpo sea una sombra,

para tener que volver
a mirar y no encontrar…!
Las sombras después del sueño
son sólo su oscuridad.

Por eso yo no quería
soñar los tejemanejes
del alma con sus olvidos,
del amor con sus vaivenes.

Y he tenido que rendir
mis torres ante la dama…
Ya nunca más dormiré,
por los sueños que me pasan.


(8 marzo 2008)
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miércoles, 4 de marzo de 2009

La negación, la lluvia y el paraguas

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Para Rafa, que con tan amable interés acompaña estas entradas
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El peligro de hablar sobre la negación es que uno parezca de pensamiento negativo. No, desde luego que no. Es decir, que no es negativo; por tanto… es positivo. Me estoy haciendo un lío. O sólo trampas: la lógica es formal. No quiere esto decir, naturalmente, que sea una señora seria y respetable, de buena familia, sino, lo que todos sabemos, que sólo trata de formas, postulados y coherencias deductivas sobre su intimidad. Una elegante indiferencia hacia los hechos adorna todas sus exactitudes.

La desgracia de nuestra animal racionalidad es que somos fronterizos, que vivimos entre dos territorios. En tanto animales, sufrimos el chaparrón inevitable de los hechos. En tanto racionales, nos pasamos la vida abriendo los paraguas de las formas y de las ecuaciones para protegernos. A estos paraguas los llamaría genéricamente razón, palabra, logos... Tanto monta: es la manera que tenemos de hacernos un hueco apacible y confortable, no excesivamente húmedo, ante la inclemencia climática de eso que llamamos realidad. Cuando este protector es opaco, lo llamamos creencia; cuando es transparente, ciencia empírica. Con aquélla nos sentimos resguardados, aunque no sabemos lo que pasa por encima de nosotros; con ésta, disfrutamos de similar protección, pero además creemos ver (saber, en nuestra jerga) la lluvia que nos está cayendo. Una ilusión que ya destapó Kant con el abrelatas de sus categorías: no podemos ver la lluvia, sino su choque, las gotas que resbalan sobre el paraguas de la razón. Heisenberg, por cierto, en La imagen de la naturaleza en la física actual, dijo algo parecido: “…las leyes naturales que se formulan matemáticamente en la teoría cuántica no se refieren ya a las partículas elementales en sí, sino a nuestro conocimiento de dichas partículas.” Vamos: a la gota estallada, no a la lluvia.

Vuelvo al principio, a la negación de la negación, no parezca que estoy divagando sobre el cambio climático. La tragedia del hombre es su desamparo. Lo sabemos desde la filosofía existencial, pero lo intuíamos desde siempre. La historia de la humanidad no es más que la búsqueda infatigable de un apacible cobijo. Podemos negarnos a hacerlo, pero entonces renunciaremos a nuestra peculiaridad, que es el “paraguas”. Podemos negar que el paraguas opaco sea el bueno porque lo consideremos mera creencia. O asegurar que el correcto es el otro, el de la transparencia ilusa, porque nos hace creer que sabemos. En el fondo, es negar que negamos (que es igual que afirmar) lo más importante: que no somos capaces de ser sin ese paraguas abierto de la palabra. Mito, logos, filosofía, ciencia, hasta poesía... Una fe irrenunciable para poder vivir sin reúma en la esperanza. Nada más, y nada menos, que intentar evitar la hidropesía del alma.

…Y consultar la prensa cada día, a ver si de una vez nos habla del anticiclón de Dios.
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lunes, 2 de marzo de 2009

Dos años

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Hoy no he tenido ganas de casi nada en todo el día. Unas pocas, las normales, ésas que son prolongación de la costumbre, escama que se deja caer desde la piel del alma. Ya sabes tú por qué me pasaba eso; qué no querido recuerdo tenía hoy que ocuparme las rendijas capitales de las horas.

Por aquí… Qué te voy a contar que tú no sepas. He ido a trabajar, naturalmente. He visto un mirlo correteando por el jardín. Me he fijado en los brotes, ya casi entusiastas, de los árboles. He leído algo, casi nada: tres o cuatro tontadas sobre Kant. Pero he sentido mucho. Frío también; tal vez porque los días de memoria malintencionada hacen todo lo que pueden por ser desapacibles.

Ayer comimos en casa. Lo ves: sigo diciendo “en casa”, aunque hace ya más de treinta años que ese lugar, ese “en”, no es refugio de mis malos días ni cobijo de mis muchas noches. Tú seguías sin estar. Qué manía, qué empeño de no hacer lo que fue siempre. Y es que sólo me dejas hablar contigo por teléfono. A las once, ya muy tarde, mientras cenan tus nietas y me espera Charo… Mientras yo preparo las cosas para ese mañana que aún sigue siendo otro después. Sólo entonces…, aunque los dos sepamos que la línea está cortada y que nos sobran, hace mucho –dos años hoy–, los cables y las centralitas.

No quería escribir, sino escribirte. Cuando los nombres se van, sólo nos quedan los pronombres. Con el tiempo, uno acaba por verlos como la fuga musical que nos deja la gramática en el alma, esa morfología de tristeza irreversible.

Un fortísimo beso, mamá.
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