jueves, 25 de junio de 2009

Mística Coslada

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En Coslada, Madrid. Otro verano
besando la costumbre del solsticio.
Tú, donde siempre: allá en el edificio
perfecto de un delirio transmundano.

Tú donde tú… Y yo, en el mano a mano
con la tierra, el olvido y ese oficio
de inventarle a la luz un artificio
que para nadie alumbra. Luce en vano

la palabra en las noches estrellada;
gravitación inversa del deseo
que se arroja a la altura para nada;
para sacar a un verso de paseo,

como a un perro, y caer donde no existe
nada más que una ausencia larga y triste.


25 de junio de 2009
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domingo, 21 de junio de 2009

Cuando el Sol se pone por el Este

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Desde hace algunos días, en esta habitación en donde escribo, el Sol se pone por el Este. A eso de las nueve menos cuarto, por su ventana, que da a Oriente, la certidumbre de un sol inexplicable rompe mi oscura austeridad. No se trata de ninguna revolucionaria distracción astronómica. No se ha decidido el mundo (por desgracia, supongo) a rotar en sentido diferente a su secular costumbre... Es una tontería momentánea, una ilusión especular que viene del sexto piso de un edificio frontero que está a unos doscientos metros de mi casa. Un balcón, los cristales de un balcón… Un solar y provisional rapto.

Cualquiera que me conozca un poco aventurará fácilmente cómo va a terminar este asunto.... Porque me estoy acordando de Platón y de su, por unos y por otros –por mí también, claro está–, manoseada caverna. Porque si yo estuviera encerrado siempre aquí; si sólo desde aquí pretendiera hacerme yo una idea de cómo van las cosas del cielo; sí únicamente pudiera ver ese sol estrafalario a esta hora en estos días del año, tendría que concluir, empíricamente y con toda la razón del mundo, que a mediados de junio, en las fronteras calurosas del verano, el día tiene el capricho de atardecer por el Este. Un universo errático y tarambana, un cosmos sin orden ni concierto… O, mejor aún, un universo bajo el antojo de una decisión incomprensible.

Y es que un platónico de bien siempre piensa que el empirismo sólo puede conducir al caos porque la sabiduría está de un lado diferente al que dicta la experiencia de las cosas. Hacer de ésta el testimonio de la verdad es arruinar la voluntad de aquélla. El sabio no puede conformarse con lo que ve, huele, toca o constata. El sabio tiene que ir más allá. Siempre más allá.

Pero los sabios de nuestros días andan demasiado ocupados en la inmediatez borrosa de sus aciertos empíricos. Lo que está muy bien para que no nos muramos… de gripe, por ejemplo. Pero no sirve de nada para que no nos muramos sin verdad...

O sin razón de haber vivido.
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jueves, 18 de junio de 2009

De lejos de hoy

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Sin duda, ha sufrido un ataque de envidia. Es evidente que ha leído esas tonterías mías sobre los ‘apocalipsis’ cósmico-humanos o bélico-eróticos y ha querido reivindicar horizontes más platónicos para el amor. Platónicos a la vieja usanza, que dicen el mundo por nombres y hablan de eternidades y sentidos.

No voy a hacerle el feo de callar su mensaje. Por el móvil, ése que hogaño celebramos con ‘Príncipes de Asturias’, me han llegado sus seguidillas. Se las perdono por la intención: yo creo que pretenden decirme que los géneros, o sexos, o lo que sea, son capaces de encontrarse y desencontrarse en el mundo de un modo más amable que el usual, egoísta y demoledor a que, últimamente, tan acostumbrados estamos…



Me llevé un equipaje
de resquemores,
de dolor y otras rosas
sin tierra o dónde.
Y ya se sabe:
los jardines del sueño
los piensa el aire.

Por tu nombre escribía,
para tu nombre;
de tu nombre tan sólo…
¡y no respondes!
Qué mal oficio
escribir para el nombre
de un artificio

Por tu nombre, en tu nombre...
¡Cómo dolía
ese nombre rondándome
día tras día…!
Quedó pendiente
de aprobar el silencio,
para septiembre

Los vencejos –me dicen–
volando se aman,
y descansan volando,
volando cantan.
Ay, los vencejos,
tan allá de nosotros;
tú y yo tan lejos.

La distancia no es cosa
de los paisajes,
sino asunto de almas
que andan de viaje.
Mira que es terca
la distancia, aunque estemos
los dos tan cerca.

Si los mapas supieran
caligrafía,
en tu piel y en tu cuerpo
me escribirían…
No son los mapas
los que ponen las lindes
que nos separan.

Porque el mundo es espacio…
y amar, el tiempo
que me queda de vida,
sin dividendo.
¡Qué más quisiera
que vivir por vivirte
se dividiera!

Me llevé un equipaje
de sinsabores
a rondar lejanías
y desamores.
Todo por nada;
por el nombre que un día
me rompió el alma.



17 de junio de 2009
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lunes, 15 de junio de 2009

De las miserias al paño... o el choque de los mundos

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Un joven de 22 años asesinó ayer a puñaladas a su pareja en un área de servicio…
EL PAÍS, 4 de junio de 2009 (… aunque, da lo mismo la fuente, el día y el lugar)


Está ahí. Unas veces lo vemos al atardecer; otras, poco antes de despuntar el día. Es rocoso y brillante; prometedor en el alba, evocador frente al crepúsculo. Lucero de la mañana y estrella de la tarde. Venus siempre: rocoso, brillante y con fases. Como la Luna, según los manuales de astronomía. Como el amor, según los cuadernos de la memoria. Cuarto creciente, si el Sol lo acaricia prometiendo plenitudes; cuarto menguante, si advierte inevitables melancolías… ¿Por qué se llama Venus a esa bola de luz que mengua, o crece? ¿Por qué tienen las cosas un nombre que coincide con su crucial sentido?

He leído, en esta centinela de la noche, que dentro de tres mil, de cuatro mil, de cinco mil millones de años, podría estar tan cerca de la Tierra que su roca reventaría nuestros mares –un destino que debe de estar escrito en los negros renglones de la noche para cumplir los párrafos del tiempo–… ¡Demasiados milenios soñando amaneceres y crepúsculos en los ojos de los hombres!... Todo el amor ahí, lejano, dando vueltas alrededor de la mirada, para chocar después de tanto vuelco; para que, al cabo, llegue Venus al mundo, rompa el cielo y la luz… ¡Todo un desastre!

Aunque dicen, también, que no es sólo capricho gravitatorio de Venus: las simulaciones estadísticas flirtean de igual modo con Marte y con Mercurio. Vamos, con el amor, con la guerra, con los informativos… Recuerdo una película remota de la infancia: “Cuando los mundos chocan”. Me impresionó, qué duda cabe: un planeta peregrino y malintencionado estampándose contra nosotros. Obtuvo un Oscar por unos efectos especiales que hoy no provocarían en nosotros ningún especial efecto. El delirio catastrofista acababa en una especie de Disney World, con el bueno, la chica y unos cuantos elegidos, sonrientes, desembarcando de una nave con aspecto de supositorio Rovi en su nueva tierra prometida.

Nos hemos pasado la Historia temiendo del cielo los males que estaban en nosotros. ¡Vaya con el hombre: siempre echando balones fuera! Al paso que vamos, no creo que tengamos que esperar mucho para que Venus, Mercurio o Marte nos pasen factura con sus cataclismos. Más que nada porque ya nos hemos encargado nosotros de convertir el amor en una guerra (no sé muy bien si los combatientes son géneros o sexos; o parejas o tríadas de hecho o de desecho); y las guerras de tanto desamor, en la rentable industria de unos cuantos mensajeros de la miseria.

Kant acabó su personal ajuste de cuentas con la razón práctica proclamando aquello de “el cielo estrellado sobre mí, y la ley moral en mí”. Habría que pensárselo, no sea que hayamos conseguido lo contrario: una suerte de nuevo “giro copernicano” con el cielo empapado en el rigor deontológico de su destino y el patético ser humano, sin norte de sentido, condenado a ser brutal Apocalipsis de la verdad, de la ética, del amor…

Condenado a ser barbarie tras haberse soñado libertad.
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