sábado, 31 de octubre de 2009

Lirio de otoño

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Está ahí, escasamente a veinte metros de mi ventana. No recuerdo haber visto nunca un lirio en puertas de noviembre. Será por este raro calor que hemos tenido. Será por un error de los jardines. No lo sé, pero está ahí; y esta mañana posó para mi cámara.


Sólo es un prodigio decepcionado,
un sueño subterráneo que pensó otro equinoccio
y se dijo en octubre cercado de silencios;
de flores en silencio, que son flores de memoria
que los parques añoran entre hojas caídas.

Tiene un aire de duende desolado,
de fracaso telúrico, de error inexplicable;
un aire de no estar donde debiera,
de belleza tardía que no ha llegado a tiempo
o que ha perdido el tiempo de tanto engalanarse.

Tiene un aire de empresa sin futuro
y el coraje de ser cuando no debe,
cuando el cerco del mundo está muriendo
y vivir se desnuda entre los árboles…

Es sólo un dios confuso
empecinado en ser y equivocarse.

Un afán distraído, un verbo inútil.

¡Un error que se atreve a ser belleza!


31 octubre 2009
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martes, 27 de octubre de 2009

Algo más que un paréntesis de sombras

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He cruzado últimamente algunas cartas con “el caballero”. Las últimas fueron motivo de un debate interestelar (sigue recluido en Andrómeda) que giraba sobre Antonio Machado. Aseguraba él que la intención del poeta era confusa cuando escribía aquello de…

El ojo que ves no es
ojo porque tú lo veas,
es ojo porque te ve

Con aire iconoclasta, se permitía corregir y discutir al clásico asegurando que el último verso hubiera sido más contundente, más líricamente generoso, si en lugar del aristotélico “es ojo porque te ve”, hubiera sido: “tú eres porque te ve”.

A mí, que me toquen los clásicos me pone de los nervios; razón por la cual la epistolar polémica ha pasado por momentos agrios. En su última carta, cabezón como es él, sólo me ha escrito un poemilla. Como sospecho que yo no podría ser enteramente imparcial, lo dejo aquí, por si a alguien le dice algo que ya no le hayan dicho (lo que me parece bastante improbable).

Por cierto, no sé a qué viene la cita de ese otro sevillano (¿qué pasará en Sevilla con los ojos?) que fue Gutierre de Cetina.


...................................…miradme al menos

Mírame una vez más… Y cuando dejes
de mirarme, no dejes de mirarme
sin mirarme.

No te debes a ti ni a mí te debes:
sólo yo adeudo ser por tu mirada.

No abandones

el oficio de hacerme y permitirme
ser uno entre los otros, ser un poco
más que un sueño…

¡Algo más que un paréntesis de sombras!


26 octubre 2009
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sábado, 24 de octubre de 2009

Por qué me pongo tan pesado con Platón...

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Roncar es una descortesía. Estoy convencido de que roncar ocurre porque el alma se va de uno y deja ahí la materia embrutecida y rezongante trastornando el silencio de la noche.

La materia siempre anda a bandazos con la tranquilidad propia y ajena. Por ejemplo las mutaciones; ese azar tan imprescindible para que haya evolución, según parece. La mutación es un signo de lo tonta que es la materia. De repente le da por ahí y se hace otra. Sin ton ni son, sin por qué sí ni por qué no. El medio, sin embargo, parece la sensatez, el orden, el equilibrio. Es como un tribunal de oposiciones que selecciona los mutantes idóneos. Pero no nos engañemos, el medio es igualmente necio: a fin de cuentas, se ha constituido a fuerza de previas e inexplicables trasformaciones paralelas. Es decir, el medio es la colección de los mutantes antañones. En el centro de este cacao de la sinrazón, aparece la razón, que pretende lo contrario: leyes, reglas, armonías, carantoñas de equilibrio, ecuaciones vertebradoras… Esa razón es el hombre; mejor dicho, lo era; y le gustó tanto serlo que en el siglo XVIII se divinizó a sí mismo. Lo malo de subir muy alto es que el batacazo posterior es terrible. Esta razón divinizada tardó unos trescientos años en caer. El morrón fue “de efectos especiales”.

La conclusión de todo esto resulta lamentable: el orden aparece como producto de la oligofrenia de la materia. Ese orden se contenta al principio –y vanagloria después– con su estatus: “Tranquilos, muchachos, todo está controlado”. Más adelante sufre una depresión endógena e irreversible al descubrir que no puede ser Dios ni por asomo. Y, a partir de ahí, ¡la debacle! Ya no sabe si es o no es, si tiene o no sentido, si lo bueno es bueno por su cualidad incuestionable o por la cantidad de aplausos que lo encumbran. Poco a poco, empieza a reproducir las pautas de mutaciones precedentes, animales quiero decir. Y lo justo pierde el vigor de la justicia; y lo bello, de la belleza; y lo adecuado, de su idoneidad; y lo imprescindible, de su necesidad… ¡Y la verdad se olvida de ser ella misma! Entonces la ley selvática, el dominio del más fuerte (fuerza es concepto polivalente, no siempre necesariamente físico) campa por sus respetos: la razón regresa a la sinrazón que fuera antaño, preocupada y arrepentida de haberse rebelado (¿por qué estaré pensando en Anaximandro ahora mismo?). Y todo esto porque la materia no sabe adónde va ni de qué viene, porque lo suyo es jugar a los dados en el garito del tiempo (cosa que Dios no hace, según Einstein) y apostar al despropósito para ganar… un delirio.

Roncar es una descortesía corporal mientras el alma se va adonde le corresponde, que son los sueños. Me importa un bledo que esto cuadre o no con la ortodoxia consensuada. Si me apunto a la materia, el resultado es la ordinariez; si a lo otro (esto es un eufemismo para evitar descalificaciones precipitadas), la consecuencia es la elegancia de un sueño. Yo por lo menos siempre elegiré las fábulas hermosas: la vulgaridad es aburridísima.

¡Me apunto a lo otro!
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domingo, 18 de octubre de 2009

Mundo feliz

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Yo creía que el tiempo era una crátera,
un doble de cerveza, dos de vino…

O tres copas, o diez, o siete dobles…

Yo creía que el tiempo era una tarde
en la barra del mundo, un intervalo
para negar la sed entre guitarras…

Que vivir era un sueño que cumplía
los años de una estúpida resaca…

Que el dolor de cabeza de la muerte
se quitaba sin más con no morirse…

Que ocurría el horror en cualquier parte,
y era asunto de ellos, culpa de otros…

Yo creía… No sé, tal vez mentía
o no supe creer jamás en nada:
el polen del hastío en la memoria,
el llanto en los demás… En mí su olvido.


18 octubre 2009
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jueves, 8 de octubre de 2009

La caverna, el caracol… y dos grandes poemarios

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Para Olga y Juan Antonio, con mi gratitud (aunque me habéis hecho romper el voto de silencio)


Estoy en estos días –de octubre empecinado en no acabar de serlo– con Platón en las aulas, repitiendo otra vez esa historia de unos milenarios prisioneros que se contentan con sombras y hablan entre sí de su pobre mundo espurio; allí abajo, en cavernosas oscuridades, ignorantes de luz y de verdad… Hasta que un día, les visita un antiguo fugitivo y les cuenta radiantes maravillas que existen del otro lado de su noche interminable. Y no le creen, claro; Platón piensa que no le pueden creer porque la costumbre de la penumbra siempre acaba siendo mineral certidumbre.

Yo llevo también más de un mes encerrado en mi particular caverna, como un viejo caracol metafísico que sólo examina la espiral logarítmica de su mundo portátil. Incluso parece que ando perdido. Pero no es así: mi paralelismo con los prisioneros platónicos es relativo, porque yo ya he visto maravillas de ese calado. Mi oscuridad no es irreversible, mi gozo en la belleza es recuperable. Y en estos días de apartamiento, me han venido, por gracia decidida de sus dioses, noticias de esa tierra que es real y es infrecuente, y existe más allá de las negras paredes de todas las cavernas. Porque en estos días –de octubre empecinado en no acabar de serlo– me han visitado las palabras de dos fugitivos de las sombras que, abandonando las precarias antorchas subterráneas, se han paseado bajo el sol auténtico, y con él me han regalado. No los conozco, doy fe. Y sin embargo, ¡los conozco tanto…!

Olga y Juan Antonio, dos nombres que han tenido la generosidad de acompañar estas imaginarias tantas veces, han publicado sendos libros de poesía: Caricias perplejas, Olga Bernad; Señales de vida, Juan Antonio González Romano (ambos en Siltolá Poesía; Fundación Ecoem). No soy quién para reseñarlos. Tampoco lo pretendo: uno es consciente de sus limitaciones. Pero nadie podría negarme la capacidad de sentirlos. Soy un lector de infantería que amontona palabras para traducir lo que siente. Y ¿qué quiere decir esto?, ¿qué es lo que puede sentir y pretender decir un viejo caracol metafísico?…

Caricias perplejas es un río de pasión vital, el estallido de un alma que no cabe en si misma, que se desborda, que arrasa, que lanza dentelladas al cauce que la constriñe, que se sabe destino de mar, de océano inmenso. Caricias perplejas es como las olas suaves que rozan con su mano las vencidas playas o las violentas olas que se estrellan y muerden la resistencia inútil de los acantilados. Tal vez de ahí, su bellísima perplejidad.

Señales de vida, sin embargo, es la mirada a una noche despejada; una de esas noches en que se descubre que las verdades grandes se escriben en palabras pequeñas, en puntitos de luz humildes que nos arrastran de la música celestial de los pitagóricos a las preguntas y soledades de la vida. Señales de vida está lleno de estrellas, de “púlsares” que palpitan en las noches oscuras del alma… con una guitarra de fondo.

Probablemente sea poco decir; pero, indudablemente, yo sé que ha sido mucho sentir. En particular, porque conozco a un platónico prisionero que ha vuelto a ser feliz al recordar la belleza.

(Gracias a ambos. Es la primera vez –que yo sepa al menos– que os he tratado de él y de ella, que os he objetivado. Creo que es innecesario decir que seguís siendo y , mejor dicho, y . Así que, un beso y un abrazo, con evidente reparto en los destinatarios).
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