lunes, 30 de noviembre de 2009

Poco más

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Sólo queda decir algunas cosas,
saldar alguna que otra servidumbre
que me quede pendiente –¡esa costumbre
de adquirir bajo crédito las rosas!–.

Y empaquetar las noches más lujosas
que decidió el amor, la certidumbre
del beso que se nace pesadumbre
al alba del olvido de sus diosas.

Y poco más. Dejarme de faenas,
de quehaceres, al yugo de mi noria
de año en año, tras unas y los otros.

Sólo queda embalar mis cuatro penas,
retenerme algo más en su memoria…
y soñar que he vivido entre vosotros.


"Al atardecer", 15 de octubre de 2007

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domingo, 29 de noviembre de 2009

Una mirada imposible

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Este sueño yo creo que lo hemos tenido todos desde 1659, que es cuando Huygens identificó como anillos esa cosa rara que acompañaba a Saturno y que tantos quebraderos de cabeza dio a Galileo. Un sueño infantil que, científicamente, no es viable pero que alumbra fantasías celestes prodigiosas. Algo así como un halo de santidad en la noche para mimar el descanso de los hombres. No somos depredadores, somos espectadores. La vida nos dotó de admiración y ternura para aplaudir cada día el espectáculo ordenado de la creación; más incluso, para inventarlo al otro lado de la realidad.

Me lo envió mi hija Leonor en un correo; y me pareció de amable compostura; más de ella es, por tanto, que mío. Una ventana para asomarse a un viejo sueño infantil… Un catalejo para la fantasía desnortada… Una palmada en el alma para que nunca deje de inventar lo no posible…

En esta imaginaria de hoy, una nana virtual para niños que ya han envejecido.




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jueves, 26 de noviembre de 2009

El gato de Schrödinger

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Me lo he encontrado por azar en un rincón del disco-duro. Sé que lo colgué de un “atardecer” hace dos años, pero he sentido la curiosidad de destapar nuevamente su “caja”. También sé que, más que un poema, podría considerarse un “entretenimiento” para físicos; y aunque no creo que los físicos se acerquen a estas páginas, me ha apetecido recordarlo, luego de retocar algunos silencios.


Tiene la culpa el gato aquel de Schrödinger.
Yo no estaría ahora muerto y vivo
de ti si ese maldito gato hubiera
no existido jamás. Recorrería
las calles decadentes de mis años
con la sabia paciencia de quien nada
más que el olvido y el silencio espera.
Vería amanecer algunas veces;
las más, atardecer –cuestión de lógica–,
sentado en algún parque bajo acacias
que no me arrancarían de esta crónica.

Yo no estaría ahora enajenado
en un estado cuántico, difuso,
entre Hamlet y Hyde, siendo y des-siendo,
suponiendo no ser el que se advierte
envejecer si mira los espejos.

Viviría entre cosas convincentes
y sucesos comunes, soñaría
recordarme en paisajes de otros nombres.

Pero este gato lo ha enredado todo.

Me robé de la vida hace algún tiempo.
No sé cómo ni dónde ni ante quiénes,
pero ocurrió. Tal vez en un jardín
de acacias en otoño o paseando
las calles de otro ayer bajo la lluvia.
¡Qué más da! Sólo sé que tú también
entonces eras otra, sólo sé
que entonces nos amamos y que existe
un lugar en que sigue sucediendo.
Sólo sé que ocurrió y yo lo quería…

Tiene la culpa este perverso gato.


febrero de 2007

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lunes, 23 de noviembre de 2009

A destiempo

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Ayer, domingo 22 de noviembre, parecía -o aparecía- otoño en El Retiro.


Ha perdido otoño el tiempo, vanidoso de ayeres soleados y negándose a sí mismo. Pasa mucho últimamente: casi nada acomoda su hacer a su momento. La tarde ya no es tarde, ya es temprana; la noche se convence de que es día; el niño de que es joven y el viejo de lo mismo; la idiotez de que siempre fue postergada inteligencia…

Y otoño, claro está, perdiendo el tiempo; mirando al infinito de su ausencia, bobalicón y necio, enajenado, clamando por salir en las portadas de la extravagancia. Porque de eso se trata a fin de cuentas, de ser extravagante, de ser lo no debido, de gozar de unos pocos renglones en los mentideros de esta villa que es el mundo. Lo impropio, lo inadecuado, lo impresentable, lo inicuo, lo irracional, lo increíble, lo indecente, lo injusto, lo indecoroso… ¡Qué más da!: todo lo “in-“ está de moda.

Otoño no iba ser menos. Y ahora, que empieza a ser lo que debía, ya casi no tiene tiempo.
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sábado, 21 de noviembre de 2009

Los paseos de Humphrey

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(Quede constancia de que estas debilidades métricas y profanas que se adjuntan son cosa del Caballero Inactual, que, por más severidades consejeras que se permita, no deja de ser humano, elementalmente humano, como supondría Nietzsche).


Volví de casa. Y a casa
volví a volver noche y día:
las manos, en los bolsillos;
la chaqueta en la arcadilla
del antebrazo y el brazo
cabeceando, mohína…

Igual que un espantapájaros,
volví en mangas de camisa.

…Como me fui, más o menos
–un Bogart sin gabardina,
con cigarro y sin sombrero–:
silabeando sin prisa
los adoquines amargos,
los besos que anochecían.

Volví de casa y a casa
volví a volver noche y día,
recitando las aceras
que rimaban tus esquinas…

Siempre sin mí, cuesta abajo.

Siempre por ti, rampa arriba.


17 noviembre 2009

jueves, 19 de noviembre de 2009

Carta de un idiota o La culpa fue de Orson Welles

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Soy poco inteligente. Lo digo con total sinceridad. Vaya esto por delante para aclarar que lo que aquí pido es ayuda. Desesperadamente; de verdad. Mi problema es que no entiendo. Creo que la culpa de mi “escasez” fue que elegí “Ciencias” en el Bachillerato y, azarosamente, me desvié hacia las “Letras” en la Universidad. En aquel momento debió de suceder algo en mi alma, un cortocircuito neuronal de penosas consecuencias que me dejó “tontito” sin darme cuenta. Así que soy víctima de la estupidez que parió una decisión.

Amables destinatarios, necesito, urgentemente, saber de matemáticas y humanidades. Ocurre que leo… ¡Y no me entero! Peor aún, concluyo mal. Por poner un ejemplo, llevo nueve meses preocupado por una amenaza mundial que empezó en cerdo y acabó en vocal abierta. Desde mi acomodada posición de occidental feliz, esto me parece un serio problema. Sobre todo cuando descubro por los santos medios que la amenaza en cuestión ya se ha cobrado en el mundo más de seis mil doscientas cincuenta víctimas (esto lo leí el 12 de noviembre; ahora, probablemente, estemos por encima de dicha cantidad).

Fue por abril, más o menos, cuando se desató el pánico. ¡Qué verano después, Dios mío! Todas las mañanas abría el periódico, con desazón comprensible, y buscaba los dígitos de esa muerte inexplicable. Porque los médicos titubeaban, la OMS advertía seriamente, las primeras planas se acompañaban con fotos de tristes ciudadanos que se besaban embozados tras hospitalarias mascarillas… El mundo sonaba a catástrofe. Otro “tontito”, que bien conozco, se permitió el lujo de ironizar, allá por el 6 de julio, hablando de niños que mueren por la malaria y no se saben por nadie. Un irresponsable, todo hay que decirlo. Sin embargo, me cabe una duda, probablemente idiota (es lo mío): según tengo leído, en la UE mueren al año unas nueve mil personas por sobredosis de diferentes drogas; creo que otras veinte mil sufren igual final por indirecta relación con las mismas…

No lo entiendo: la OMS, los primeros ministros, los gobiernos, la prensa, los laboratorios farmacéuticos, los productores de mascarillas, moqueros de papel, pastillas de jabón, etc. ¿pueden movilizar el mundo por seis mil doscientas cincuenta griposas tristezas en la totalidad planetaria y no saben qué hacer con lo que mafiosamente acaba con veintiocho mil jóvenes olvidos de una “provincia” suya?... Esto sin contar, claro está, con los estragos en sus demás "provincias" por tan pandémica miseria.

El “tontito” ese, que dije antes, añadiría su millón de niños muertos por la malaria. Y otros muchos anónimos “tontitos” (estoy seguro) serían capaces de incrementar los datos de estas desconcertantes estadísticas con interrogantes similares.

A veces pienso que la culpa de todo la tuvo Orson Welles, que fue el primero en demostrar, empíricamente, que si una palabra (tanto da lo que diga) se hace multitud, se convierte en eficacia multitudinaria. Desde entonces, las hienas y los buitres no hacen sino alimentarse del cadáver de su impremeditado experimento.

Pero esto lo piensa un tonto, como yo, que pide ayuda para dejar de pensar "tonterías " y poder “razonar” como es debido.
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lunes, 16 de noviembre de 2009

Diálogos

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…al sueño de la vida hablan despiertos.
F. de Quevedo



No sé por qué las cosas me hablan tanto últimamente;
qué manía le ha dado al reloj que hay en la mesa
de escribirme sonetos; o al sable –que parece
un flamenco de plata velando el paragüero–
de explicarme el graffiti de un lance en su abandono;
o al viejo Colt enfermo, artrítico de herrumbre,
de recitar dianas hexasílabas… No sé
por qué las cosas me hablan, últimamente, tanto,
por qué se han sublevado, de pronto, sus silencios;
ni por qué pasan lista, por si falto, o se sientan
frente a mí cada día para ponerme el alma
de cara a la pared, como a un niño que debe
repetir la lección de una deuda de verbos,
balbuceos que hicieron palabras de herramientas,
razones de locuras, verdades de extravíos...

No sé por qué me hablan un revólver y un sable,
y un reloj sonetista… No sé por qué lo hace
todo aquello que un día me acompañó en la luz
y rodeó la noche para inventar el tiempo...

No sé qué raro adiós creo oír en sus voces.


16 noviembre 2009

(Lo publiqué anoche y me arrepentí: lo borré esta mañana. Esta noche volvió. Lo corregí –no me gustaba; espero que no se leyera–; y regresé a la vanidad de colgarlo de nuevo. No es nada más que una “batallita” personal; así que no tiene importancia. ¡Veremos si no vuelvo a arrepentirme!).

sábado, 14 de noviembre de 2009

El orgullo de la anécdota

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Creo que es en Las cuatro plumas; un veterano de la batalla de Balaclava enuncia su gloria: Cañones, cañones, cañones… Y aquí estaba yo. Tal vez me equivoque y la cita proceda de La carga de la brigada ligera. A fin de cuentas, aquellas palabras rodean el mismo hecho; incluso puede que ni siquiera sean ésas, exactamente, las que dice el viejo soldado. Da lo mismo: la memoria a veces nos traiciona, quizá siempre. Y además, yo no pretendía hablar de cine, sino de otro espectáculo. Yo iba a hablar del hombre vulgar, ése que ejerce oficio de ausencia en el tiempo por no tener ni crónica ni hazaña, ése que sólo ocupa un rincón en los días. Yo iba a hablar de pequeñas vanidades y recoletos momentos; tal vez, de insignificantes grandezas. En realidad, yo iba a hablar del derecho a ser anécdota, como si se tratara de un destino de humana generosidad que aun sabiéndose intrascendente, se advierte imprescindible.

Cañones a su derecha,
cañones a su izquierda,
cañones ante sí…

No, esto no es de Las cuatro plumas; esto aparece en La carga de la brigada ligera. En la película y en el poema. Seiscientos jinetes entre húsares, dragones y lanceros. Sin ellos, sin éstos u otros insignificantes seiscientos, Tennyson no habría tenido sobre qué escribir. "Sucederían otras cosas –protestarán los más recalcitrantes– habría otras seiscientas anecdóticas circunstancias que justificaran los versos de Tennyson…" Sin duda, pero tendrían que haber “existido”. Sin la insignificancia no puede ser la grandeza. De vez en cuando, ésta tendría que darnos las gracias: somos su anécdota, pero sostenemos su posibilidad.

Cañones, cañones, cañones… ¡Y aquí estaba yo!

Me encanta esta afirmación de rebelde y pequeño orgullo: ¡Aquí estaba yo! Se me antoja enorme la anécdota que se contenta con acompañar (¿permitir?) la hazaña.
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martes, 10 de noviembre de 2009

El ridículo de Don Juan

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Me ha escrito el caballero. Últimamente le ha dado por la crítica monográfica. Lo de “monográfico” lo digo porque sólo se mete conmigo. Me propone, entre otras cosas, que este rincón debería cambiar de nombre, que, en vez de eso de "imaginaria del alma", le iría mejor “El rincón del plañidero”. Dice que siempre estoy con la pena a cuestas como un Sísifo llorón; y que la melancolía no debe ser un lugar de residencia habitual, sino un país turístico para descansar de los negocios de la vida. Incluso añade que a las derrotas y naufragios hay que buscarles un punto de ironía, que es el que nos permite vencerlos con una sonrisa amable. Y me adjunta un ejemplo que, por el título, no desentona con el mes que corre.

Me callo las contradicciones que podría reprocharle (¿por qué se ha ido entonces tan lejos...?). Es más, me callo que mi último soneto empieza neblinoso y acaba a la “altura del cielo”. Me limitaré, pues, a transcribir su “ejemplo”; más que nada porque a mí me ha hecho sonreír. Amablemente, según él dice.


Me gustaba mirarte y suponer
que tú estabas queriendo que lo hiciera;
que detrás de las cañas, los vermús, las aceitunas,
al fondo destronado de la barra,
me advertías a mí, anónimo, mirándote.

Me gustaba esa esgrima de invenciones
que cruza los silencios en los bares,
en los sitios con gente, mucha gente,
donde sólo hay dos almas y cien cuerpos,
donde el resto es paisaje o decorado,
tramoya prescindible, sonido que no importa…

Me gustaba… Y, de pronto, te bajaste
del alto taburete. Yo sentí
un heraldo de gloria en la garganta.
Te acercaste despacio, muy despacio,
engalanando el aire; te acercaste
destronando el imperio de la copas,
la voz del camarero, los verbos embriagados…

Y llegaste hasta mí… Y, sin mirarme,
seguiste caminando, lentamente,
por detrás de un ejército vencido.

Supongo que buscabas el lavabo.


10 noviembre 2009
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viernes, 6 de noviembre de 2009

Entre la voz y la niebla

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Vuelve la niebla lenta –aquí, en Coslada–,
como un anillo de humedad y ausencia,
a rodear los ojos de indigencia
y evanescer la luz, arrinconada.

Vuelve el borrón de Dios a la mirada.
Tacha el amanecer la transparencia…
Tú ya no estás. Me roba la paciencia
tu oscuridad… Me dueles… Dime nada

y nada será algo si lo dices:
tu voz lo será todo tras la niebla,
tras esta desazón de la raíces
que el tronco olvida y el desnudo puebla.

Dime nada… y el día alzará el vuelo.
Y tendrá pasto el sol. Y altura el cielo.


6 noviembre 2009
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martes, 3 de noviembre de 2009

La pared y el mendigo

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Hay una pared en casa que me preocupa. Cada vez más. Cada día más. Sobre todo ahora que se acerca el invierno. Con los años han ido apareciendo grietas. Al principio pensaba que era cosa de los pilares. Eso, al menos, me decían los expertos en grietas. Pero he dejado de creer en sus diagnósticos: no es que ceda la tierra que sostiene sus cimientos, sino que hay una inclemencia exterior, inevitable, que daña gravemente la salud de su estructura. Se desmorona por simple erosión del tiempo; porque así son el tiempo y su inconsistente materia. Ayer me salió otra cerca de la ventana, justo en la perpendicular de una escarpia que sostenía la foto de no sé cuántas memorias de otros sueños. Y hoy ha insistido el deterioro; y un relámpago oscuro ha crucificado la ventana. Una ventana a punto de caerse. Su marco ha perdido la apacible equidad de los paralelogramos y ya es apenas un trapecio irregular, disforme. Poco a poco, el invierno se vuelve más terrible –más frío, más traidor– con tanta grieta, con tanto decidirse a entrar por cualquier parte. Sobre todo por la más dañada, ésa por la que ya no creo en los diagnósticos expertos, ésa que los albañiles demoran; o regatean el coste y dan largas a su curso porque tienen quehaceres más rentables

Lo peor de esa pared es que tras ella, protegido por ella, estaba el mundo; el mío, mi rincón de certidumbres, mi pequeña provincia de heridas consistencias...

Supongo que al final tendré que regresar a la intemperie.


Para José Luis y para Francisco (ahora ya puedo tutearos), por la grandeza de haber vivido como lo hicisteis… Y por la “pared”, naturalmente, que impedía el frío.
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