miércoles, 29 de diciembre de 2010

Una cita recomendable

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No son éstos malos días para hablar con una vieja amistad, para citarse con ella en un café nostálgico y estrechar sinceridades en la esgrima de dos copas. Yo lo he hecho hoy.

La he llamado por teléfono esta tarde. Le he preguntado por su ayer y por su ahora después de tanto no saber de ella. Y hemos quedado para brindar por todo lo que nos debíamos y no habíamos hablado. Ha sido a las diez, en un bar de barrio antiguo y pobre donde solíamos vernos cuando apenas nos conocíamos. Yo he pedido un Four Roses, sin hielo, naturalmente; ella, una tónica sin firma –siempre tuvo un paladar puritano–. Y he vuelto a preguntarle por su hoy y por su antes.

Hemos pasado dos horas –cuatro vasos de bourbon y dos tónicas– despertando palabras y desordenando soledades; porque la verdad es una soledad ordenada que retiene innumerables silencios. Algo parecido flameaba ya en el templo de Delfos. Hasta que lo divulgó Sócrates y lo divinizó San Agustín. Ahora se ha vuelto impopular defender tales cosas porque el conocimiento sólo tiene crédito si lo avala la observación de otros. Así es como nació la psicología, como un indecente voyeurismo de intimidades enajenadas.

Hemos pasado dos horas desnudando las metáforas que nos disfrazan ante los demás y extrayendo el mineral y la ganga que nos define; la verdad y su farsa inevitable. Sólo nosotros porque, como ocurre con las incertidumbres cuánticas, cualquier observador ajeno a la veracidad de uno acaba distorsionándola.

A las diez, en un bar de barrio antiguo, hoy he quedado con el alma… Para saber de ella lo que en mí tan a menudo se hace extraño.
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jueves, 23 de diciembre de 2010

¿Navidad...?

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Por esa calle, húmeda y gris, andaba
un verbo tropezando con el mundo.

Por esa calle de diciembre, o siempre,
que tiene el nombre propio de cualquiera
distraído en las letras de la vida.

Por el ruido de fondo de los hombres
y la rara aventura del silencio
que el invierno recoge de la lluvia.

Por esa calle –frente a mí o los otros–,
húmeda y gris –ajenos, displicentes–,
un verbo regresaba...
.........................................Sólo había
una acera incapaz de conjugarlo.


23 diciembre 2010

lunes, 20 de diciembre de 2010

Hazañas sin memoria y memorias no posibles

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10/12/2010. Una madre mata a sus dos hijos de 9 y 11 años en Valladolid…
18/12/2010. Denia. Un padre mata a su hijo de 4 años y luego se suicida…

...¿Qué nos está pasando?



Ha sido un momento; breve como corresponde a la condición de “momento”, pero bellísimo, que es tilde circunstancial que sólo algunos momentos merecen.

Sábado gris de un diciembre como es debido. Sábado de sombra y niebla con enuresis diurna, que es afección habitual de este meteoro. Yo, en un Centro Comercial, camino del aparcamiento. Hay una escalera y, al final de ésta, un niño de entre uno y dos años. Detrás del niño va un hombre, su padre seguramente. Lo sigue de cerca, con los brazos abiertos como una estampita del Sagrado Corazón. El niño levanta una pierna, la izquierda si mal no recuerdo –es un zurdo prometedor–, y la apoya sobre el primer escalón. Se le ve concentradísimo, enteramente ajeno a todo cuanto no tiene que ver con su complicada empresa, a todo ese demás que los demás llamamos mundo. Titubea, se medio afianza. El que presumo padre cierra los brazos hasta casi rozar la diminuta espalda. Y entonces, el niño rodea de valor su breve alma y arrastra el cuerpo entero hasta coronar otra altura…

El momento fue después. No he visto satisfacción, plenitud, ni dicha semejantes a ese después. De pronto, al niño le interesó el mundo. Levantó la mirada –dos círculos de Dios en brillante azabache–, se encontró con la mía y exhibió la sonrisa de quien consuma una hazaña irrepetible. Era su primera gloria y exigía un espectador. Yo tuve la suerte de serlo.

Ese niño nunca recordará este momento. Y me parece injusto que así sea. Yo lo hago por él, que seguramente hoy sigue embarcándose en "prodigiosas gestas". Pero también por otros muchos niños a quienes la aberración moral, o social, o socio-moral, de una especie enferma les ha arrancado el tiempo que merecía su prometida memoria.
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martes, 14 de diciembre de 2010

My mum...

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La imagen es una captura de pantalla de un vídeo espeluznante. Es espeluznante, pero no es nada extraño por desgracia; más bien, algo común; aunque se camufle en pancartas, manifiestos o proclamas de variopinto signo. Para los que no conozcan la historia, les puede doler aquí. A mí, personalmente, lo que me hizo añicos el alma fue ese “Oh, my mum”, que entristece aún más, si cabe, el fotograma que subtitula.


My mum es una expresión de universal ternura, de última indefensión ante la crueldad que no se entiende. Cada rincón del planeta la escribe con distintos signos, la dice con sonidos diferentes. Pero esto da igual, porque en esa expresión está siempre la soledad humana ante el dolor y la tristeza inexplicables. Estoy seguro de que la última palabra que resuena en la bóveda corporal del alma ante la muerte es mamá; estoy convencido de que es la voz más sentida y evocada cuando un suceso insulta a un sueño. Probablemente la susurró Lorca; probablemente, Muñoz Seca. Es la misma que se medio-articula ante un castigo brutal e incomprensible, que degenera a quien lo inflige y desconcierta a quien lo padece. Porque al llanto real, al dolor, a la crueldad en estado puro, ya no le importa el resto de las palabras –las grandezas, las hazañas, los logros, los prodigios…– que enaltecen su enajenada especie. Al llanto real sólo le importa el modesto cobijo en que halló la primera caricia y el primer beso, la certidumbre primera, el roce de un amparo inigualable. Y en ese llanto real siempre está la memoria de un niño indefenso deseando la vida.

Si en nuestro raro siglo XXI un ser humano dice mamá o my mum –o como quiera que pueda decirse en el rincón de Babel que habite– porque alguien le está rompiendo la promesa de un sueño, el mundo tendría que detenerse para sufrir junto a él; no para apearse, que es muy cómodo y, además, se traduce en generaciones que siguen tan contentas el miserable viaje de la basura. Mejor aún, si es un mundo de verdad, que se cree de verdad los derechos que adornan la gala de su espectáculo, tendría que invadirse a sí mismo para borrar de lo posible la parcela de culpa que aún lo vuelve inicuo.

Ni suponer quiero que no sólo se trate de permisión moral, sino que además haya una subterránea complicidad económica, ideológica o como elija llamarse la mierda intemporal de cuantos hoy –no ayer, que es lavandería barata donde se limpian suciedades que incomodan– se vanaglorian y proclaman puros.

Claro que esto no es nada más que chochez de un viejo al que un lejano amigo le contagió la costumbre de mirar la vida con ojos inactuales. O, por mejor decir, con ojos de mirada desterrada.
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domingo, 12 de diciembre de 2010

Diciembre

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¿Dónde vas, soledad, con tantas cosas?

Te ha robado diciembre el sol de los jardines,
los parques y sus noches melancólicas;
los libros de poemas y la loca liturgia
de alzar el cáliz del amor a un sueño.
Te ha encerrado en un cuarto,
rodeada de metáforas
o cosas que no son como las llamas,
sino mundos vestidos de otros verbos.

Te ha dejado diciembre en una isla
entre signos extraños y parábolas,
historias de otros días y otras gentes
que ya no son tus gentes ni quieren ser tus días...

¡Tonta y triste soledad
que carece de arrojo para ser su palabra,
que empaqueta otras almas con sus cosas
para engañar los últimos paisajes
mientras roba diciembre a los jardines
el sol suyo, que ya no saldrá nunca!


11 diciembre 2010
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miércoles, 8 de diciembre de 2010

Vuelven los almirantes...

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…Oigo pasos nerviosos en los camarotes de arriba. Dicen que quieren ponerse de acuerdo los almirantes. Lo harán sin duda. Y no cambiará nada. Porque el problema no es airear las bodegas ni becar sus rincones; ni aumentar la tripulación o dedicar un vigilante a cada mercancía; ni poner banda ancha en los abandonados suburbios de las naves o engatusar sus vacíos con titulares y portadas... El problema no es acostumbrar el remordimiento a su olvido imposible, sino atreverse al norte; quiero decir, reconocer que esta flota no va a ninguna parte

Y sólo un gesto más de arrogancia desde los sótanos: el horizonte siempre da más de sí que la más aplaudida de sus miradas. La de los almirantes, ni es la mejor ni es la única.

La mirada de los almirantes (4 de mayo de 2010)


Puede que parezca narcisismo esto de citarse a uno mismo, aunque en realidad sólo es pereza. Me aburre y cansa hablar de lo que todos sabemos y, de una forma u otra, callamos todos. Hasta que, mediáticamente, toca, claro está. Por ejemplo, cuando se hace público un informe PISA cualquiera. Entonces sí, entonces se reúnen los almirantes, los capitanes, los contramaestres… Y discuten, critican, diseñan… ¡las mismas propuestas de siempre! Así que me cito porque es lo que ellos hacen. Con una diferencia: ellos repiten consignas y prácticas y se contentan cuando las estadísticas les permiten subir algún puesto en el ranking mundial; yo, sin embargo, lo que sé –y no simplemente especulo– sobre la educación, y sobre cualquier otra cosa que sea fundamental para el hombre, es algo de lo que no quieren oír hablar o les ha dejado sordos de tanto no intentarlo: los instrumentos no aportan nada si los fines a que se orientan mueren por deshidratación axiológica. Hasta que los almirantes no se decidan a “hidratar” las bodegas, la educación, y no sólo la educación, seguirá siendo un pudridero de inanes mercancías.

Lo terrible es que esas mercancías son personas que se descargan en puertos de posterior tristeza y se empaquetan en costumbres de singular vacío.


El vídeo fue una aportación de Francisco (Samsa777) en su comentario a la entrada del 4 de mayo. Boccherini es un luminoso adorno que acompaña en este caso el cambio de rumbo de una nave, que a mí tanto me gustaría ver antes de jubilarme.

lunes, 6 de diciembre de 2010

Polvos, vientos, lodos, tempestades…

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No se extrañe quien sufra tempestades si antes de ellas vio la mano que sembró sus vientos. No se confunda quien naufrague en lodos si antes supo qué polvos se esparcían. Porque el hombre siempre ha hecho la historia de la misma manera: el resentimiento individual de unos pocos, más o menos listos, se halla con la fisura de unas generaciones más o menos tontas, vierte en ellas su líquido y el frío de la decadencia hace el resto. El hielo es una cuña rompedora; ni el granito más firme resiste su quehacer mecánico: al cabo, la mole de una roca inmensa se hace pasto del viento… Y el viento es un Mercurio que lleva a los desiertos noticias de la demolición de las montañas.

En tiempos tan desenfadados y lúdicos como los que corren, lo justo es proponer un juego o una adivinanza: ¿qué vientos son los vientos de que hablo?, ¿qué tempestades a las que me refiero?, ¿qué lodos en los que naufragamos?, ¿qué diminuta convicción nos queda para impedir que en los desiertos se esparza el sueño que una vez tuvimos...?

Si alguien leyera esto y acertara la respuesta, merecería un trono. Por mí se lo daría. De lo que no estoy seguro es de que aún quedaran súbditos para defender su reino.
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domingo, 28 de noviembre de 2010

Los otros agujeros negros

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Nadie sabe lo que pasa allí dentro, en esa oscura soledad en que el espacio se engulle a sí mismo. Tan lejos se hallan de la espectacularidad del universo, que sólo las matemáticas intentan hablar con ellos. Porque las matemáticas, cuando dejan de ser aritmética cotidiana o proporción canónica, se dedican a telefonear oscuridades y a indagar silencios. Si los fenómenos responden, los científicos proclaman leyes; o incluso teorías cuando lo que escuchan es una conversación más o menos sensata. Galileo dijo algo sobre esto, y Platón –¡no iba a olvidarme de él!– intuyó preludios semejantes de esta ciencia.

Pero los agujeros negros son la última vejez de las estrellas y es muy difícil hablar con ellos. De alguna forma, se parecen a la oscura soledad de los ancianos: con la edad, se retira tanto el alma del brillante espectáculo de la vida que ésta parece engullirse a sí misma. Ya no escapan luz de ella ni palabras; los signos que llegan de fuera se hunden, probablemente distorsionados por la gravedad inmensa de los años, en el mismo silencio que las señales propias.

Es muy difícil hablar con los ancianos porque en ellos la curvatura de la vida se hace infinita, como la del espacio en los agujeros negros. No sabemos lo que pasa allí dentro, en esa retirada incontrolable de su modesta historia. No disponemos de ecuaciones que con ellos hablen o lo intenten al menos. Sólo tenemos palabras comunes que les dan lo mismo, que son sólo materia y ruido gravitatorio del olvido, restos en que se descompone el estallido final de la memoria.

Nadie sabe lo que pasa allí dentro… Aunque, ¿alguna vez hemos sabido algo de las almas de los otros?
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miércoles, 24 de noviembre de 2010

La recompensa

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Hay momentos que no tienen historia
ni crónica para creerse un sueño.
Pasan sin voluntad, ocurren
entre almas y cuerpos. Hay momentos
de dicha y brevedad inexplicables.

Se descartan y pasan. No sabemos
que prodigio los hizo, o les consiente
ser para parecer que nunca fueron.

Sin embargo, son robos a la nada.
El botín de haber sido sólo es de ellos,
de esa pobre emboscada sin historia
ni crónica donde esparcir un sueño.

Hay momentos bandidos que secuestran
la eternidad a cambio del silencio.


23 noviembre 2010
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lunes, 22 de noviembre de 2010

Las soledades de solo

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A la Académica 'crueldad'


Sólo se ha rendido a solo:
ya no es sólo, sólo es solo.

¡Y solo sigue tan solo
como antes de no ser sólo!

Porque al sumar sólo y solo,
dos solos son sólo un solo.

¡Qué solo solo se queda!
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22 noviembre 2010

sábado, 20 de noviembre de 2010

Puedo esperar la noche sin tristeza...

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Puedo esperar la noche sin tristeza,
acostumbrar los ojos a las sombras,
a la vieja asamblea de las sombras
que convoca los sueños al olvido;
puedo hacerlo, tranquilo y con orgullo
de haberla derrotado tantas veces.

No me asusta la oscura fortaleza
que la noche promete a la mirada;
ni el azar que condujo hasta estos días
el silencio en que empieza su promesa.

No me asusta el sol rubio de las tardes
que diluye el color en desaliento.

De más allá de ahora, de este ahora
al que no seguirá otro luego nunca,
sé que vendrán la niebla y el invierno.

La tundra que me advierten no me importa.

Después de todo, he sido.

Puedo esperar la muerte sin tristeza.


19 noviembre 2010
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martes, 2 de noviembre de 2010

Dos de noviembre

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Hay demasiadas respuestas. Demasiadas. Para las cosas, para su gente, para los hombres, para sus nortes… Hay inflación de respuestas –desmesuradas, excesivas–. Por aquí, por allá, por doquier… Por donde sea siempre hay alguien amartillando una astucia para matar una pregunta. Y enterrarla después… O incinerarla y esparcir sus cenizas entre el silencio y la noche.

Tengo que visitar el cementerio de las preguntas y dejar una rosa a los pies de su memoria; una rosa de ésas que confunde la tierra y cree nacer en mayo mientras ocurre noviembre. Tengo que murmurar una oración sin nadie para que no se me mueran del todo las preguntas, o se me diluyan en precarias respuestas que no son las que ellas merecían.

Porque una pregunta siempre cree en un sueño, como el mayo que no es y confunde a la rosa.

La respuesta, sin embargo, no es más que la niebla fría que sucede en noviembre.
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miércoles, 27 de octubre de 2010

El día inactual

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Más allá de los días que hemos sido,
quedará siempre un día sin renglones,
un día abierto por ninguna página,
un verbo sin lugar, otro paisaje…

Más allá de estos días, otro día
de un amor indecible, en el olvido,
y una raya de luz sobre su sombra
larga de atardeceres sin mirada.

Hagamos lo que hagamos, más allá
del viejo siempre quedará otro día
sin hora vertebral ni calendario,
sin provincia en el tiempo ni memoria.

Más allá…
.......................Y así hasta que se cumpla
la eternidad de haber no amanecido.


27 octubre 2010
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martes, 26 de octubre de 2010

Semántica parda o... De noche todos los gatos lo son

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Dice el diccionario que "gente bien" es la de posición social y económica elevada.

El mundo, la historia, se hace con “buena gente”, donde buena es epíteto inseparable del nombre a que acompaña, no con “gente bien”, donde aquélla insulta gramatical y semánticamente a éste. Porque –siempre que no hablemos de poesía, en que la palabra sueña lo inefable– los adverbios no tienen ocupación con los sustantivos. Lo suyo son los adjetivos, los verbos y ellos mismos. Es decir: las cualidades, las acciones y las circunstancias. Por eso los sustantivos son unos intrusos cuando se pegan a los adverbios, y lo único que hacen es confundir los diccionarios del alma.

El mundo tiene clarísimo lo que es la “buena gente”, pero titubea mediáticamente ante lo que es la “gente bien”. Porque la gente bien –que no es siempre la misma– es la que impera en determinados momentos; “la que se lleva”, como diría cualquier idiota al uso. Es decir, la gente bien es moda, anécdota, pasajero estrellato del poder y su podrida gloria.

Así que hay que dejar de mirar a la gente bien y empezar a fijarse en la buena gente. Hay que dejar de seguir a los proxenetas de los adverbios, que mercadean con atributos que no merecen las acciones de que hablan, o, lo que es peor, prostituyen los que se elevaron a platónicas sustancias. Como pasó con el Bien, que, de ser el referente de los actos cuya sombra humana eran la bondad y su sabiduría, se convirtió en adminículo enfermo que pretendía dignificar a quienes detentan lo que ostentar no podrían nunca.

Menos mal que la historia y el mundo siguen siendo el quehacer cotidiano de la anónima, innumerable y bendita buena gente.
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jueves, 21 de octubre de 2010

La idea

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¿No habéis tenido nunca una idea que está sin estar, que a veces parece un relámpago, que surge y se borra, que no nos da tiempo a pensarla cuando lo intentamos, que ocupa lugar en la vida y no lo parece; y no la pensamos; y vuelve una vez y otra vez; y se echa a la espalda todo cuanto hacemos sin verla, sin tenerla, sin pensarla…? ¿Una idea que sólo está ahí y de la que jamás hablamos; una idea sin hoy pero con siempre…?

¿No habéis tenido nunca una idea que no descubren nunca los psiquiatras ni sabe cómo tratar ninguno de los profanadores de nuestras precarias grandezas…?

No es una idea enferma ni una idea importante. No es una obsesión ni es un proyecto. No se afana jamás en roturarnos la vida. Sólo es; sólo está siempre –como un código secreto y propio, como un relámpago sin momento–, tensa y prometedora.

¿No habéis tenido nunca una idea así de rara, así de poca, así de nada, sin hora ni lugar en vuestros días, pero sin la cual sólo queda la sospecha de un vacío inefable?

¿No habéis tenido nunca una idea, innecesaria pero imprescindible, que os permita pensar que ser hombre no es al cabo una absurda tortura…?
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viernes, 15 de octubre de 2010

La palabra

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La palabra era andar desde la tierra,
poner en ruta el alma, hallar un sueño;
llegar a no sé dónde. La palabra,
andariega y exhausta… Y el desierto;
el último o el penúltimo, qué importa.
El deber era andar y andar… Sin luego,
sin porqué ni trasunto, sin paisaje,
sin oriente ni norte. Signo y viento.

La palabra que aún pisa estos renglones…

La palabra eras tú.
........................................Yo fui su intento.


14 octubre 2010
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martes, 12 de octubre de 2010

Love story

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Fue a finales de agosto, del último agosto, en algún lugar de Portugal. Lo encontramos al volver al hotel. Tendido, serio, melancólico; con esa mirada que se intuye en la foto y ponen los perros cuando están tristes. En el hotel había dos huéspedes que tenían una hermosa y canina dulcinea. Y el pobre, un chucho andante, un cuadrúpedo caballero de incontables y jamás sabidas hazañas, había caído en las redes de su natural encantamiento. Lo acaricié mientras pensaba en las crueldades de la química. Porque lo decimos así, seriamente, con arreglo al canon de los laboratorios: alteraciones hormonales, complicados procesos químicos a los que el circunstancial azar en que se produjeron les permitió mantener esta o aquella especie. Científicamente hablando, así es “el amor.”

Pero la pregunta es por qué la química no se limita a ser química, por qué tiene que empeñarse en otra cosa. Para la funcionalidad y la eficacia no se necesita nada más que la acción y la reacción. Si un programa antivirus detecta un huésped malintencionado en mi ordenador, lo elimina si puede, o sucumbe si no. Le sobra sentirlo, le es perfectamente prescindible cualquier género de malestar, o su contrario, para hacer lo que debe. ¿Para qué necesitan entonces las eficacias físico-químicas que su soporte biológico sufra o disfrute con lo que le pasa? ¿Qué aporta al correcto funcionamiento de la maquinaria de la vida la conciencia rudimentaria y triste de ese pobre perro?

Al principio del libro III de sus Principia Mathematica, enuncia Newton las Reglas para filosofar, que en realidad son el andamiaje que lleva poniendo la ciencia desde 1687 para levantar su incontestable edificio. En la primera de aquéllas, escribe el genio de Woolsthorpe: …la naturaleza nada hace en vano, y vano sería hacer mediante mucho lo que se puede hacer con poco. ¿No es “hacer mediante mucho” meter la conciencia y el sentimiento en las calibradas reacciones que la química desarrolla? ¿Para qué añade la naturaleza tan innecesario adorno de gozos y sufrimientos al racimo azaroso de sus procesos selectivos? ¿No funcionaría con igual precisión si, como mi ordenador, no tuviera la más remota ni emocional idea de por qué hace o le pasa lo que tiene que hacer o pasarle?

Esta rara voluntad por saber de uno mismo, que no parece existir en los líquenes, que presumimos en las moscas aleteantes caídas en la tela de araña, que sentimos en la mirada metafísica de un perro físicamente en celo, que estalla de modo espectacular en la palabra, en la música, en todo el Arte, dolor y alegría que lleva esparcido el hombre desde que mordió la luz; este exótico afán ¿no es señal de otra cosa?, ¿no es un renglón oculto de la vida que hemos desechado por no encajar en la hybris de nuestra precaria y triunfante sabiduría?

Porque, o es como digo, o la primera regla de Newton se engaña y no es cierto eso de que “la naturaleza nada hace en vano.” Y si algo es "en vano", puede serlo cualquier otra cosa… Hasta lo que pensamos que no lo es.

Aunque, tal vez, lo único vano sea la vanidad de la conciencia humana, que siempre se ha creído mucho más de lo que el robo prometeico le permitía.

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miércoles, 6 de octubre de 2010

Las regularidades del tiempo

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Mañana volverá a ser tarde.

Siempre llego después, que es cuando
ocurre lo de ayer o siempre.

Tiempo que ya no es tiempo al cabo.

Siempre mañana; siempre nunca.
Nunca siempre… Mañana tardo
todo cuanto tardé en perderte.
O algo más… que después de tanto
dejarme los jirones tristes
de la palabra entre los labios,
más antes, más después, más ahora
son naves para igual naufragio.

Mañana otra vez será ayer.

Y ayer… sólo un hoy destrozado.


6 octubre 2010
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jueves, 30 de septiembre de 2010

Siracusa o la caverna; o... la caverna y los sueños

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Tengo que reconocer que aquí, en la caverna, las ideas acaban oliendo a rancio. En Siracusa, Platón estuvo a punto de ser vendido como esclavo –o lo fue, según se vea– porque se empeñó en encender ideas en el cráneo de un tirano. Y el tirano, que se aburría muchísimo con el empeño, decidió embalar al filósofo como si fuera una eficaz herramienta. Menos mal que un tal Anniceris que pasaba por allí lo rescató, tras abonar las veinte minas (al cambio, unos 5000 €) en que, al parecer, lo habían tasado. Evidentemente, el cráneo del tirano era una de las muchas cuevas que han sido, son y seguirán siendo, por voluntad que un filósofo ponga en excavar tragaluces en ellas.

Dos veces más tropezó Platón con Siracusa y, con tanto tropiezo, superó la cuota de error que el adagio nos permite a los hombres comunes. Pero él no era “común”; tal vez, de ahí su exceso. Al final, se dio cuenta de que “invertir ideas en la caverna” era un oscuro negocio: más tarde o más pronto, olían mal y “no servían para nada”. Algunos consideran que este personal desengaño hizo nacer al Platón más totalitario. Sin embargo, yo creo que, por entonces, es cuando la filosofía comprendió que tenía escaso futuro si intentaba competir con los embaucadores o secuestradores de la voluntad ajena (una especie inextinguible de difícil taxonomía histórica dada la versatilidad de sus apariencias y su adaptabilidad a las circunstancias). Y la filosofía se dedicó al valor del sueño. Porque, como dijo Lin Yutang, si no puedes vivir una vida bella, debes soñarla.

Y aquí, en la caverna, seguimos los prisioneros platónicos; respirando el mal olor de las ideas podridas; condenados al silencio de contemplar sus sombras; y soñando, soñando, soñando…

¡Qué remedio!
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sábado, 25 de septiembre de 2010

Otoño

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Tras la lenta tristeza de los días,
tu mirada distante, enajenada,
presunta en cada gesto de la tarde;
ausente, inactual, medio inventada…

Todo el otoño hoy. Ocurre y vuelves,
disfraz de luz robado, a mi ventana.
Yo beso la advertencia de un reflejo
que ha colgado la tarde de las ramas;
de tus ojos, sin luego y sin ahora;
de los míos, sin antes ni mañana…

Sé de extraños paisajes que no tienen
un lugar en el mundo. Sé de mapas
que dibujan ciudades que no existen.
Sé de ti. Sé de mí. Sé de la nada.
Sé del romo horizonte del vencido;
sé del puñal que traicionó su audacia…

Y tú vuelves sin ti, a pesar de todo
–la mirada distante, enajenada–,
tras la lenta tristeza de estos días;
ausente, inactual, casi inventada…


24 septiembre 2010
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viernes, 17 de septiembre de 2010

La metafísica y la cobardía

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Comienza Heidegger su Introducción a la Metafísica con una pregunta de altos vuelos: “¿Por qué hay ser en vez de nada?” Y empieza así porque no puede hablarse de Filosofía Primera, que es como la llamaba Aristóteles, obviando tan incómodo interrogante. Precisamente por esta incomodidad es por lo que las acomodadas filosofías ilustradas y post-ilustradas acabaron borrándola de sus preocupaciones. Les bastó decir que tales preguntas eran un sin sentido (y, por lo tanto, un sin respuesta) para que la metafísica delegara sus inquietudes en la ciencia y se convirtiera a sí misma en un viejo museo de arqueología y palabras.

Ya no se habla de metafísica nada más que para hacer alguna que otra visita de turística indiferencia por los paisajes escolares. Ni se habla, ni importa. En su lugar tenemos las crípticas conclusiones de la ciencia. Y digo “crípticas”, no porque en sí lo sean, sino porque para el común de la gente, que repite sus letanías con religiosa entrega, lo son. Me digan lo que me digan, o me cuenten lo que me cuenten, yo no veo ninguna progresión en la sabiduría del mundo; sólo un cambio de fe. El listillo de turno cree en Hawking con la misma intensidad que el beato de ayer lo hacía en San Milagrones. Ni el beato entendió jamás la alteración del orden natural que suponía un milagro, ni el listillo el supuesto orden natural que consagra un puñado de ecuaciones por él desconocidas.

La metafísica –no obstante la enormidad de su proyecto– siempre fue una inquietud de universal coincidencia: quiso esclarecer lo probablemente inextricable. Quiso alcanzar lo que unos acomodaron, otros menospreciaron y ambos sustituyeron. Quiso, en fin, que el hombre fuera lo que antes de él correspondió al silencio: una indagación ambiciosa para interpretar un sueño.

La pregunta de Heidegger ya no importa. Menos aún la que este pobre idiota sigue haciéndose: ¿por qué ya no se atreve el "ser" a preguntar por sí mismo?
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sábado, 11 de septiembre de 2010

Evocando a Gutierre de Cetina

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Como yo no tengo tiempo, hoy escribe el caballero; absolutamente inactual, naturalmente.


…¿por qué si me miráis, miráis airados?



No se lleva, lo sé. Diría, incluso,
que sin querer disgustas, que molestas;
que te presumen tonto, necio, iluso;
un patán trasnochado, un aguafiestas.

Pero aún somos verdad. Somos y amamos
de una forma irreal que nadie entiende.
Estamos –por estar donde no estamos–
sin hoy, ayer, mañana; siempre aquende,

siempre aquí, sin ahora... No se lleva
este amor –ya lo sé–, sino otra cosa;
no este afán de agrandar el alma nueva
si te rozan los ojos de una diosa.

Porque a algunos nos basta una mirada.
Sólo eso, ya ves… Aunque sea airada.


9 septiembre 2010
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lunes, 30 de agosto de 2010

El otro pensador

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En Figueira da Foz un 25 de agosto cercano
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No sé qué hace allí, ni quién lo puso allí para hacer lo que yo no sé. A su derecha queda el mar, el océano inmenso. A su derecha y cerca. No se ve, se intuye; se oye y huele. Pero él no mira tanta cercanía ni atiende a tanta posibilidad. Él parece pensar. Visto de frente, incluso parece enfadado. No me extraña, supongo que es por la verja, por esa cárcel de acero que le niega la inmensidad que permitimos –todavía– al océano. Porque el pensamiento es como el océano, cuyo límite es la tierra; pero si el océano quiere, ni la tierra lo limita: si se embravece, la costa tiembla; si ruge, el hombre calla…, y aguarda la mansedumbre de las olas para cobrar el fruto de su respeto. Con este pobre pensador no sucede lo mismo. Está encerrado, rodeado de un acero implacable que le impide el mar y le niega la inmensidad.

Cuando lo vi, no pude resistir la tentación de fotografiarlo. Ni de pensar que ese montón de materia triste tras una verja era un espléndido icono de la historia del hombre.

De la de ahora también… en cárceles de otros engaños.

O… ¿serán los mismos?
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lunes, 23 de agosto de 2010

Cuando llegue septiembre

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Septiembre es un mes de recortables. Quiero decir que hacemos su escenario recortando las figuras que nos quedaron en el alma perdida, en esa fantasía que, entre disgustos y entusiasmos, se nos fue haciendo tierra-firme en los ayeres que somos. Porque, ontológica y rigurosamente hablando, eso es –nos guste o nos disguste– lo único que ciertamente somos: un racimo de ayeres y un juego de recortables.

Cuando yo era niño –cosa que, pese a parecer sorprendente, hubo una vez que fue verdad– la realidad virtual se hacía con tijeras y Colinón. Ahora se hace de otra forma, que a mí, naturalmente, no me parece la debida. Pero la cuestión no es ésta. Yo hablo de septiembre. Con voluntad existencial, a qué negarlo... Porque el año real muda en septiembre. No en enero, como confusamente pensamos, sino en septiembre, que es cuando nos embarcamos en la nave de siempre hacia un puerto desconocido y, para evitar naufragios, nos recortamos el alma y pegamos sus humildes glorias en las cartas de navegación.

Desgraciadamente hay “niños” a los que no gustan los recortables. Por eso no juegan al tiempo ni a la vida y prefieren el quiosco de los psiquiatras. Porque allí las figuritas no saben distorsionar el paisaje impreso de sus irrecuperables “editores” y los ayeres quieren quedarse en siempre.

Y la voluntad, en nunca.


(No tiene la entrada mucho que ver con la película de la que esta melodía fue tema musical, pero siempre me ha gustado la optimista –¡esto lo digo yo!– mirada que dedicaba a septiembre, el mes de los, para mí inexplicables, síndromes de “vergonzoso” nombre).

martes, 17 de agosto de 2010

Entre chulos y estraperlistas

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La Razón es la patria natural del ser humano y el Estado que administra los bienes que corresponden a aquélla se llama racionalidad. La racionalidad exige una tasa para el comercio de tales bienes. Y esa tasa es la verdad. Cuando la racionalidad hace trampas, cuando compra y vende silogismos sin pagar a la verdad sus tributos; cuando embauca, seduce, corrompe o distorsiona los fundamentos a que se debe, aparece el estraperlo (ahora se llama mercado negro, lo que chirría, por cierto, con la siempre vigilante corrección política). Y las ciudades del hombre se llenan de estraperlistas.

Aunque pueda parecer lo contrario, no estoy hablando de economía, sino de filosofía de la verdad. O, lo que es lo mismo, del amor a la patria que por naturaleza nos corresponde y anda prostituida por las tertulias de sus mercaderes. Cada vez que abro un periódico, consulto una web o escucho un trocito de conversación en cualquier calle, me llega el tufo indecente del estraperlismo. Porque a los ciudadanos de la Razón de hoy ya no les importa la verdad; es más, la consideran un tributo innecesario: compran y venden argumentos a cualquier precio con tal que les reporte un beneficio. Aunque, tal vez, yo sea tonto –ojo de luz escasa, como en mi perfil se entiende, que mira con precario farol un desbarajuste inexistente–. Puede ser. No obstante, yo preguntaría a muchos una tontería –lo que sería normal en mi caso– como ésta: ¿a ti te importa la verdad? Y para joder al acomodado relativismo –porque uno es tonto, pero conserva el punto imprescindible de la mala leche–, añadiría una machadiana cita de imposible controversia:

¿Tu verdad? No, la Verdad,
y ven conmigo a buscarla.
La tuya, guárdatela.

…Aunque mientras tanto seguiría la Razón en los arrabales del tiempo, con falda corta y generoso escote, al amparo de un chulo llamado Lobby, padeciendo las noches de su soledad más triste.
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jueves, 12 de agosto de 2010

Bye, bye... Earth!

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We have made remarkable progress in the last hundred years. But if we want to continue beyond the next hundred years, our future is in space.

Stephen Hawking




Ya lo hizo el caballero. Por razones distintas (o no tanto), pero lo hizo. Claro que a él le ocurre lo que a mí, que hace equipajes para el alma y se larga con ella a cualquier otro tiempo. Por algo es inactual. No es lo común en estos días de tanto andén y tanto aeropuerto; con tanta mochila y tanta maleta; sobre tanta playa y ante tanto horizonte… Eso es irse a otro paisaje, eso es ser eventualmente inespacial. Tampoco es de lo que habla Hawking, ese gurú de las ciencias limpias (llamo limpias a las ciencias que se atreven con el tiempo, tanto que lo que nos dicen suena a ciencia-ficción; las otras, las de corto vuelo, no lo son porque se ensucian con la recalcitrante marranada de los hechos). Él propone un modelo de voluntad nuevo para planificar otro tipo de viaje. Como si dijera: muchachos, ya está bien de tonterías.

El hombre se tuvo que poner de pie porque a cuatro patas las hierbas altas le robaban la mirada, lo que le convertía en presa fácil de cualquier depredador malintencionado. Y al ponerse de pie, descubrió que su supervivencia era asunto de la lejanía. Por eso Colón se embarcó en una locura y Galileo se hizo un tubo para mirar y desvelar prodigios. En realidad esto venía de antiguo, porque el horizonte siempre había sido nuestro proyecto genético. Lo que con ese proyecto difuso hiciéramos era cosa nuestra. A partir de aquí, fuimos libres.

Con la libertad hemos hecho muchas cosas; barbaridades a veces; maravillas, otras. Pero a estas alturas del cuento es hora de que hagamos de la libertad inteligencia; o, mejor dicho, conciencia de su enormidad. Si la libertad es tonta, es nada; si es provinciana, es nada; si es egoísmo, es nada. Si la libertad es estafa de poder oligárquico es… nada. Así que la libertad sólo merece la pena si responde con seriedad al biológico azar por que la encontramos. La libertad fue una inversión de la supervivencia, no la cuenta corriente de nuestros humanos caprichos o aldeanas mezquindades.

En conclusión: que el hombre tiene que volver a quererse especie universal si sobrevivir pretende –así interpreto yo la advertencia de Hawking–; tiene que volver a mirar lejos y pensar que, tarde o temprano, habrá de abandonar la caverna azul de tanta vida...

Y empaquetar, de paso, su memoria para que no quede en la noche un punto de oscuridad lleno de olvido.
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domingo, 8 de agosto de 2010

El equipaje

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Y cuando llegue el día del último viaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.


Antonio Machado




No serán muchas cosas; tú bien sabes
que detesto llenar el maletero
de empeños prescindibles, que prefiero
las alforjas de viento de las aves.

Y sobre todo, no olvidar las llaves,
para volver –si puedo– adonde quiero
–mi billete de vuelta es un llavero,
un renglón de metal de amadas claves–.

No serán muchas cosas… Tres o cuatro
pinceladas del alma entre la gente.
Un aplauso que no tuvo teatro;
tal vez un verso, que quedó pendiente...

Y en mis ojos, de lejanía llenos,
los tuyos... donde echar a Dios de menos.



7 agosto 2010
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lunes, 2 de agosto de 2010

La isla y la rebeldía

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Dejémonos del tiempo... Dejémonos de todo:
la vieja mecedora del hastío,
la luz de la mesilla como un faro
sobre la mar rizada de las sábanas,
los cuerpos enredados
entre besos, tristezas y naufragios…

Dejémonos del tiempo que está casi cumplido,
que no quiso esparcir
ni glorias ni grandeza,
que fue humilde y vulgar,
que anduvo entre relojes cotidianos
señalando las horas obligadas, previstas...

Y volvamos los ojos
a la ciudad que nunca visitamos,
a esa ciudad que sólo fue proyecto
y horizonte de un día de entusiasmo,
puerto de promisión en las costas de un sueño
que inventaba su crónica y su hazaña…

Dejémonos del tiempo, que al cabo desembarca
en la isla final que no quisimos.


Septiembre 2002

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viernes, 30 de julio de 2010

Esparciendo silencios

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Antzar Eguna
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Pelea de gallos
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Correbous
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Tauromaquia
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Aborto
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Sembrar imágenes no es más que esparcir silencios. Pero los silencios se esparcen porque se está convencido de que el cambio climático de la razón no es irreversible; de que, tarde o temprano, tendrá que llover a cántaros… Y los silencios volverán a germinar en sensatez; y la sensatez, a florecer en coherencia. Y la coherencia a dar frutos de racionalidad.

Porque la esperanza es grandiosamente resistente ante el monóxido de carbono que exhalan los oligarcas y los sinvergüenzas.
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domingo, 25 de julio de 2010

El cromosoma “y” o la verdad extrañada

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Esto no es un poema, es una carta
de dolor y de rabia que me escribo a mí mismo.

Reclamo la ternura para aquéllos
que son como yo soy, que se enamoran
de una mujer un día luminoso,
inesperado, y después,
si las cosas no son como debieran,
sólo saben soñar la propia muerte.

O romper elegías y destrozar sonetos…

O de bourbon ponerse hasta las cejas.

No tengo más remedio que decirlo
porque soy el que soy y no me importa:
un yo con una i griega inevitable,
un alma irregular para los tiempos
que corren y desbordan la palabra
–un heterogamético sin duda–,
capaz de la ternura y la inocencia,
celoso hasta el nivel que la verdad permite
como tantos que aman y no matan,
pero mueren si ocurre la mentira,
si pasa la traición, si un día el cielo
amanece sin luz, o tampoco amanece.

Yo soy –como otros muchos–
una fórmula viva y orgullosa
de llevar una equis amputada
en el carné de identidad del alma.


24 julio 2010
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domingo, 18 de julio de 2010

La espada de Héctor

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La voz con que me hablabas;
los gestos, las miradas, las sonrisas…
La lluvia de una tarde sin memoria
y la cinta que no ciñó tu pelo
empapada en mis manos sin las tuyas .

La mañana de un sol en ningún día,
o en el día de siempre sin tus horas,
encendiendo la tierra no presente
de unos ojos espurios, irreales.

El vuelo de las aves sin augurio.
Las calles sin rincón ni profecía.
El encuentro inviable, la evidencia
de un viejo soliloquio de silencios…

Y en mis manos la cinta de tu pelo;
y la espada de Héctor en las manos de Áyax
–¿qué otro loco luchó contra un rebaño
reclutado en su heroica locura?–

La voz con que me hablabas o el regalo de Héctor…

Y al final, como Áyax,
el filo de un delirio desangrándome el alma.



18 julio 2010
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martes, 13 de julio de 2010

Los héroes y los demás

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A la Selección de Fútbol de España y a su ‘hombre tranquilo’. Todo el mundo entiende por qué


El entusiasmo es nuestra necesidad más importante. Lo descubrieron los griegos y lo sembraron en el tiempo. Y ha llegado a nosotros por las torrenteras de la Historia.

Vuelvo a los héroes. A la referencia de los pueblos. Históricamente, quiero decir. Humanamente siempre. Los héroes son hombres con dos o tres cucharaditas de un dios que a la grandeza le suman la posibilidad. De los hombres es aquélla; de los héroes, ésta.

Pero no siempre ocurre la grandeza. Aunque lo sea; aunque con ella se pueda definir a cualesquiera hombres y mujeres de cuantos son, serán o han sido. Se necesita el tacto divino con que -los griegos decían- son tocados los héroes. Y cuando esto ocurre, cuando pasa lo que habitualmente no pasa, estalla en los demás el generoso entusiasmo de la admiración, del arquetipo, del modelo... Y todos se saben grandes porque alguna grandeza ha sido posible.

Siempre habrá recalcitrantes que protesten. Pero los recalcitrantes no pueden nada contra los postulados de la verdad. Y esto es verdad. Los héroes son gente común que hace algo extraordinario. Cualquier cosa. Y dibujan, sin darse cuenta, el diseño de un entusiasmo plural en quienes no lo hicieron.

Por eso digo que los necesitamos. En ellos sucede lo que en los demás es posible. Y en los demás, la convicción entusiasta de que no existen sueños irreales.

martes, 6 de julio de 2010

La voluntad inútil de los grillos

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Los grillos son manuales de nostalgia,
voz alta del verano en la memoria.

Los grillos no consienten ausencias a la noche
y por eso nos duelen sus guitarras al aire.

Los grillos cantan coplas a un celo inacabado,
a una pasión sin norte ni trasunto.

Los grillos son palabras que están de imaginaria
y velan el insomnio del silencio.

Los grillos que buscábamos de niños con jaulas y linternas
para encerrar su lira en nuestras manos.

Esos grillos de ayer, que no son éstos,
son lo igual, son lo mismo, son aquello que deben:
la voz no derrotada de un cansancio incansable;
la misma eternidad, la misma empresa inútil,
la hazaña atemporal de militar en siempre…

La soledad de siempre… La guerra contra nunca.


5 julio 2010
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martes, 29 de junio de 2010

Formas de aire

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Son memoria del aire –porque el aire
es un raro fluido con memoria–;
formas incontinentes o caricias
sobre la piel de un cuerpo sin regreso.

Como una tinta dactilar sublime,
escriben impensables transparencias;
y se acuerdan de gestos, de ademanes,
de sonrisas y otros muchos olvidos.

A veces hablan –o creemos que hablan
cuando su voz acude a los prodigios–;
y nos cerca una inmensa enciclopedia
de cuerpos no presentes, de vacíos
que no vemos y están y se atavían
de un ropaje inviable. Se pasean
todos los días por las mismas calles.
Sonríen con nosotros o discuten,
a veces, y se van. Y vuelven luego
con un ramo de viento en la mirada.

Todos los días a la misma hora
y en el mismo rincón de cualquier parte:
un jardín con acacias, un camino
que suspendió horizontes en septiembre;
la noche de un bolero, la infinita
desolación de una alegría ausente…

Todo guardado aquí, junto a nosotros,
en estas formas donde habita nadie.



29 junio 2010
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sábado, 26 de junio de 2010

Do not forsake me...

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A un viejo sueño infantil, cuando yo quería ser Will Kane y soñaba desde el corazón



No dejes los jardines regados de tu ausencia,
ni los parques desnudos, ni la ciudad cerrada:
la tarde no tendría oficio de vencejos
y el sol tropezaría en oscuras ventanas.

Yo abriría una tienda para vender las sombras
y el farol de un soldado vigilante del alma.

Sería largo el día; y cuando anocheciera,
las estrellas tendrían extrañas coordenadas:
Rigel, las de Proción; las de Vega, Capella…
Y Marte las de Saturno; y las de Titán, Titania.

Un cielo con Alzheimer, destartalado y loco.

¡Después del largo día, la noche enajenada!

Yo sería un cobarde o un héroe sin empresa,
un Aquiles canoso mendigando una hazaña;
una calle vacía, sin mediodía o gloria,
con Will Kane, solo y vano, persiguiendo su nada.

Y las manos vacías… Y el polvo del desierto
asfixiando un revólver cargado de seis lágrimas.

No dejes los jardines regados de tu ausencia.
Ni a mis héroes solos. Ni tu ciudad cerrada…


25 junio 2010



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martes, 22 de junio de 2010

Hojas verdes

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Veintiuno de junio con voz de verano reciente, más adornado que nunca por el verdor rabioso de los árboles.

Es tiempo de arrogantes hojas, de su amable sombra sobre las calles que aún les consiente el hombre. Se pasan el día engalanando la casa que las acoge: ese tronco recio, arrugado, envejecido, que ha aguantado las heladas y soledades del invierno.

Vienen de lejos, de muy lejos: del hondo corazón de la tierra al que viajaron cuando octubre les hizo las maletas de otoño.

Volvieron luego, de verde-claro, en primavera. Y aprendieron a escribir de nuevo los párrafos que el sol iba dictando. Ahora, en esta primera madurez de haberse vuelto jóvenes, alegran la austera casa de sus ramas. Y alivian la asfixia de las calles en los mediodías de estío. Ellas vuelven a hacer del verano una estación de encuentros, no como esa locura de distancias en que nosotros solemos enfundarlo.

Porque éste debería ser el tiempo de pasear los atardeceres por las miradas amadas y celebrar las memorias vencidas del último invierno. El tiempo de recoger la felicidad, no de dispersar su empeño. El tiempo de no partir, sino de regresar; de volver a casa, que no es la casa de los días, sino la casa de siempre: la casa de la siembra y del arado; de la cosecha, del fruto, del árbol...

La casa de la tierra. La casa compartida con las hojas de los árboles. La explosión agradecida y rabiosamente verde de la vida.

La de verdad, naturalmente.


21 junio 2010
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viernes, 18 de junio de 2010

Los postulados de Dante

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Volgi, Beatrice, volgi li occhi santi,
era la sua canzone, al tuo fedele
che, per vederti, ha mossi passi tanti!

Dante. Purgatorio XXXI




Aquí no ocurre el mundo: sucedemos nosotros;
solamente nosotros. Aquí, donde no hay tierra
ni cielo ni horizonte; ni sol, ni mar, ni lluvia...

Entre los postulados de la ciencia de un loco.

Aquí, donde seguimos –sin ser y sin estar–
sucediendo en un día que no halló calendario.

Debajo de la noche; demasiado debajo.

Aquí, tú y yo tan sólo citándonos en nunca
al lado de un farol que no alumbrará nunca.

En esta calle extraña que no tiene ciudad
ni acera ni calzada ni mapas de refugio.

Aquí, tal vez mañana, seguiremos hablando
de un hoy sin arrogancia y un ayer distraído
que ocurrió sin que nadie le brindara un recuerdo.

Solamente tú y yo, sucesos sin registro.

...Y este tenaz empeño de inventar la memoria.



18 junio 2010
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miércoles, 16 de junio de 2010

La frágil fortaleza

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Es el cielo el que se adorna con antojos que nos superan. Nosotros inventamos el me-da-la-gana; y el cielo el pero-qué-tontos-sois. Nosotros invadimos la infinitud con teorías y maquinarias; y la infinitud nos desarmó siempre con sus raras voluntades y extraordinarios espectáculos. Detrás de una corbata, o del cuello abierto de una camisa a cuadros, no hay ni un dios ni su posibilidad, sólo su pretensión soberbia. Si no fuera tal, si se tratara de una pretensión humilde, no habría nada que objetar. Porque la humildad que pretende un sueño sólo quiere parecerse a la grandeza de su intento. La otra, la ensoberbecida, aspira a sustituirlo, sueña con suplantarlo.

Antes del homo sapiens, circuló por nuestro poco mundo el homo faber. Este hacedor de cosas, que le consentían vencer a las bestias que lo aterrorizaban, nos dejó un sello genético imborrable. La historia de la filosofía fue el loco intento de derrotar su dominación. Tuvo, claro está, sus luxaciones teóricas: la engreída vanidad de la palanca de Arquímedes; el conocer para dominar tan de Francis Bacon, tan de Galileo incluso; el presuntuoso demonio de Laplace, que no era nada más que un realquilado del mecanicismo… Y a partir de la revolución industrial, la luxación de la filosofía, de la curiosidad y la admiración generosamente teóricas de la filosofía, se volvió rotura irreparable de la columna vertebral del hombre. El homo faber triunfó, el hacedor de prodigios nos inundó con su tecnología y nos avasalló con sus certidumbres. Todo se puso a su servicio descaradamente. Hasta el bien, que compró su condición mendigando monedas a la eficacia. Hasta la ciencia, que, cuando pretendió ser otra cosa, se vendió como caricatura de sí misma y se convirtió en ciencia-ficción. Y el homo faber enarboló el milagro más allá de su divinizada posibilidad: construyó una perfección tecnológica sobre cimientos de nada. Nada moral, nada humano, nada cósmico; nada, ciertamente, divino.

Hoy ha atardecido un sol perezoso entre nubes. Débilmente luminoso; cansado aparentemente; acostumbradamente solo. Tan solar melancolía me ha llevado a buscar noticias suyas. De una en otra, he llegado a la rabiosa voluntad que escupió en el vacío nuestro pasado 19 de abril. Y de nuestro pasado abril, al lejano septiembre de 1859; y de tan lejano entonces, a Richard Carrington... Dicen en la NASA que antojos solares de tal envergadura nos dejarían a oscuras hasta la destrucción de las vanidades tecnológicas del homo faber. Nuestros cimientos de nada no son capaces de soportar una tormenta solar en condiciones. Lo peor es que algunos auguran su inevitable inminencia. Ni pandemias de cerdo, ni vertidos o amenazas nucleares, ni cambios climáticos, ni crisis económicas orquestadas en barrio de trileros: un periódico cabreo del sol y… ¡punto y aparte!

¡Tanto pragmatismo para descubrir que el hacedor de prodigios sólo sirve para destruir su doméstico paraíso o diagnosticar la enferma consistencia de su frágil fortaleza!


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sábado, 12 de junio de 2010

El enajenado

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En extraño lugar así yo puesto,
de nadie sino vos podré valerme.

Ausias March


Tuyos son los catálogos felices
que ordenaron mis sombras en sus días.

Tuyos son mi saber y mi ignorancia;
y concederme más, y no importarte
que en tan pequeño cuenco hubiese nada.

Tuyos son los telares con que Aracne
tejió mis vanidades y mis noches.

Tuyos, los ojos que jamás me vieron
y cruzaron conversos de una imagen extraña.

Tuyos, los labios que en mis labios
se dejaron el rastro de una empresa.

Tuyos, los días que me hicieron daño,
a veces sin querer, a veces nunca...

Tuyos, el precio del mundo y su importancia,
las letras impagadas de unos versos,
la deuda inexplicada de la vida…

Tuyos, el sol y el verbo regalado.

Tuya,
la cartografía de mi alma.



11 junio 2010
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lunes, 7 de junio de 2010

Amor analfabeto

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Desde 'allá' me lo envía. Como tal, lo transcribo:

Dicen que 'quien hace la ley hace la trampa'. No es exactamente así: a veces la trampa se hace antes que la ley. Concluya quien esto lea a qué enferma contradicción podría referirse este 'presunto' poema, que a no mucho más aspira.



Ya no sabes, amor, leer los días.

Discípulo del tiempo, has olvidado
que todo era un proyecto de la tierra
al que no le bastaba con ser tierra,
que su barro era un alma sin gramática
y tú la voluntad de su sentido.

Ya no sabes -qué tristemente estúpido
te has vuelto con los años- por qué mueren
los nombres y naufragan en la noche
las naves de un destino.

.................................................Ya no sabes
amar, amor extraño, nada grande.

Amor analfabeto... ¡Amor maldito!


El Caballero Inactual
7 de junio de 2010

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viernes, 4 de junio de 2010

Napoleón y el ruido

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Lo he oído de dos formas sutilmente diferentes: la música es el más bello de los ruidos, pero ruido al fin; y, la música es el menos molesto de los ruidos… Se parecen, desde luego, pero la primera afirmación suena más física y la segunda más militar, más napoleónicamente militar. Es probable, no obstante, que el tímpano de Napoleón, acostumbrado al eco grave y sordo de la pólvora negra, estableciera tan duro contraste entre el ruido y la música con intención que se nos escapa: tal vez pretendía dignificar a aquél, antes que menospreciar a ésta. Si así fuera, yo aplaudiría la frase porque la pólvora negra estalla con la cadencia subterránea y profunda de una tragedia griega. La otra, sin embargo, la que llaman sin humo –la de nuestros días– revienta los oídos como una telenovela hortera de media tarde. Naturalmente, esto es una apreciación muy personal.

Lo que es evidente es que hay vibraciones de las moléculas del aire que incomodan –ruidos– y otras que no –música–. Las primeras crispan y las segundas elevan. Es cierto que los ruidos, antes de ser música, se pueden organizar con cierta cadencia; algo así como pom-pompom-pom, pom-pompom-pom, pom-pompom-pom, etc. A esto se llama ritmo y su destinatario real es el paleoencéfalo. En etapas muy primitivas de la cultura, el hombre lo explota para desencadenar diferentes excitaciones primarias; por ejemplo, la agresividad del guerrero antes del combate o el miedo del sitiado en igual circunstancia. De ahí la importancia de los tambores en la guerra antigua, que era cuando la música se entendía de otra forma y se dedicaba al neocórtex.

Con la llegada del calor, y menospreciando incomprensiblemente las bonanzas del aire acondicionado, no es raro cruzarse en las calles con algún automóvil conducido por un mozalbete que lleva bajadas las ventanillas y de cuyo interior surge un atronador e inexplicable pom-pompom-pom, pom-pompom-pom, pom-pompom-pom, etc. Si uno fumase algo más espectacular que sus oscuros Ducados, con toda probabilidad vería emerger de la calzada todo un amenazante batallón napoleónico. Pero uno, que fuma lo que fuma –y hogaño es tan perseguido–, sólo se hace una pregunta: ¿qué rara mutación ha trastocado los lugares del neocórtex y el paleoencéfalo?

En tiempos tan estridentes como los nuestros, no cabe duda de que Napoleón no habría dicho lo que, según parece, dijo. Probablemente, no habría dicho nada; todo lo más que el silencio era el más bello de los ruidos. O, al estilo de Marinetti, algo más contundente y futurista, que el tableteo de una ametralladora era tan ‘bello’ como la desbordada compulsión musical de un hombre con el cerebro boca abajo. Eso sin haberse parado a considerar que los sonidos de la vida cotidiana del siglo XXI son infinitamente más aterradores que las baterías de cañones en Austerlitz.

Y, desde luego, si se hubiera cruzado con un mozalbete envuelto en automóvil que escupiera en la calle su insoportable pom-pompom-pom, se habría confundido en lo que dicen dijo… Sobre todo al recordar que él se refería a “ruidos” como éste:



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sábado, 29 de mayo de 2010

El renglón confuso

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En Coslada, Madrid, a dos manzanas
de un viejo amanecer, que ni se atreve
a ser amanecer, que ocurre y bebe
la soledad de Dios en sus ventanas.

En Coslada, trucando las mañanas,
falsificando el día que aún me debe
la esperanza de luego; y el sol, breve,
tan vulgar y tan breve, tan sin ganas…

Ya lo ves, aquí sigo, ajeno y raro,
arañazo en la tierra de una sombra
y confuso renglón de un verbo vivo;

crédula ingenuidad de un día claro
que lleva el nombre con que el sueño nombra
la llaga de un después definitivo.


28 mayo 2010
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lunes, 24 de mayo de 2010

El futuro de la mentira

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La mentira en el niño es una inversión de prometedora inteligencia en su desarrollo. Lo dice el doctor Kang Lee, un señor que, sin duda, no conocemos muchos, aunque dirija el Institute of Child Study (escrito así impresiona mucho más) de la Universidad de Toronto. Y no lo dice porque sí, lo dice como consecuencia de un laborioso estudio realizado sobre incautas criaturas veraces y prometedores trileros de la verdad.

La Psicología es una ciencia enferma vendida a la eficacia. Que un sinvergüenza tenga más futuro que un hombre honrado no es ningún descubrimiento. En la clase de mundo que hemos hecho, naturalmente. Sin embargo, casi es maldad ampararlo en una supuesta ley científica. Porque, “a pie de calle”, las leyes de la ciencia son nuestros mandamientos. Aunque se confundan, aunque luego digan digo donde antes dijeran diego. Y si pensamos en la Psicología, la alternancia digo-diego se aproxima a las alteraciones estéticas de la "Pasarela Cibeles", que hoy dicta blanco donde ayer dictara negro, y ahora corto frente a lo que largo antes aplaudiera. Un cachondeo, vamos. Las únicas ciencias serias son la Física y la Química, que andan siempre con pies de plomo; las demás, o van a rebufo de éstas, o son de traca. La Psicología, especialmente.

Lo peor es el mal que causan tantas veleidades. Porque estos nubarrones precipitan sobre la Pedagogía; y los árboles que crecen de ésta dejan sus frutos en los políticos; y los frutos de los políticos se almibaran en las leyes; y las leyes se sirven en la sociedad… ¡Y la sociedad se degusta en las escuelas! Hay ejemplos; muchos... Doctrinas que han negado valor a la memoria y postergado el contenido del aprendizaje; teorías que han asegurado la importancia del aprender a razonar y secuestrado con qué podría razonarse… Cosas así calaron socialmente en aquello de “yo soy amigo de mis hijos”, “no les exijo nada, les explico”, “razono con ellos la inconveniencia de comer chuches a todas horas”… Qué estupidez: un niño nunca entenderá la inconveniencia de un placer inmediato (muchos hay actualmente que tampoco lo entienden, consecuencia indudable de aquel raro silogismo)

Miedo me da, naturalmente, en lo que puede traducirse la “científica ley” del doctor Lee. Probablemente en el entrenamiento de la mentira para potenciar las habilidades “intelectuales” del niño. O en la preocupación familiar de que sea presumiblemente idiota un hijo veraz.

Por desgracia, esta historia no es del todo imposible:

Año 2014: Mi hijo es muy inteligente: se ha comido una caja de bombones que me regalaron, y ha dicho que lo hizo su hermano.

Año 2028: Mi hijo es un jeta: se ha gastado el dinero de la matrícula en “Ingeniería de Montes Lunares” en un botellón con los amigos. ¡Y me aseguró que estaba estudiando!

Año 2064: Mi hijo es un cabrón: ha falsificado un informe médico mío y se ha quedado con mi casa de Madrid, mi apartamento de Valencia, mi parcela en la Luna… Y a mí me han encerrado aquí por ser un viejo trastornado... Vamos, por ser gilipollas.

¡Pobre hombre!

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martes, 18 de mayo de 2010

El octavo pasajero

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Dice Tertuliano en su “De patientia”: el que tiene paciencia en el perder, se ejercita en saber dar; porque la paciencia en las pérdidas es la enseñanza de la liberalidad.

Si los políticos e “intelectuales” hogaño hubieran hecho algo por mantener una pátina de rigor en las ideas de muchos de sus súbditos, los titulares de sus vergonzosas –o vergonzantes– prácticas podrían justificarse a menudo con citas como ésta. Pero, claro, eso exige una didáctica y una pericia en la decente paciencia de la que carecen y a la que ya nadie –casi nadie, mejor– aprecia.

Los hombres siempre se han querido creer dioses, aunque antes tenían la decencia de no intentarlo. Roma hizo algunas tonterías al respecto. Y así le fue. Pero lo de los últimos tiempos no tiene parangón. Han sido –y este “sido” goza de subliminal inercia por “seguir siendo”– tiempos ansiosos que lo querían todo “ya”, antes incluso de que ya pudiera pronunciarse. Uno se acuerda de los yuppies, aquellos young urban professionals de los años ochenta, que hoy calzan canas como cualquier otro, aunque las suyas sigan siendo de “marca”. Y uno los recuerda porque fueron como el Alien cinematográfico que ponía los huevos en el estómago de sus víctimas tras un largo beso agobiante. Luego pasaba lo que pasaba, que las víctimas reventaban para que naciera una nueva monstruosidad. Alien y los yuppies compartieron década. Ahora nos repartimos monstruos.

Aquellos jóvenes de “ejecutiva agresividad” confesa, que no eran sino las recentales y raras esporas de una generación a que por desgracia pertenezco (afortunadamente, me queda poco), perfilaron el mundo de las ideas de la impaciencia. El proyecto, a partir de entonces, fue hacerse dios inmediatamente. Aunque hubiera que decir tonterías en la televisión o mentiras en los Parlamentos. O distraer el remordimiento con dolorosas memorias y barnizar de paso otras maldades más cercanas. O llenarse la boca de progresos que no avanzaban hacia ningún norte porque, en realidad, nunca tuvieron norte alguno.

La paciencia es la virtud de la felicidad. Los atajos están llenos de trampas e incertidumbres. Casi siempre, de un octavo pasajero que fecunda la verdad que deberíamos ser con la mentira que acabamos siendo. Naturalmente, la mentira es más fácil, más eficaz incluso. Pero provisional y, al cabo, vencida prisionera de su contrario, contra el que nada puede.

A la constatación del naufragio de los hipócritas arrastrando a sus desiertas islas a la buena gente -a la que tan impune y constantemente engañan, insultan, desprecian o, lo que es peor, corrompen- es a lo que yo suelo llamar tristeza.
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martes, 11 de mayo de 2010

Eterno retorno

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Un día no está el mundo donde debe;
ni las rosas, perdidas, en su tallo.
Llueve aún… Y parece, cuando llueve,
que mayo no se atreve a hablar en mayo.

Un día, nada es… O es la sorpresa
repentina de haber un día sido
este trozo de Dios que se confiesa
y habla con Él de un sueño inmerecido.

Un día como éste... Cualquier día
de los que ya no cuentan con vosotros
–sombras borradas de la calle mía–,
rompe el tiempo y, de pronto, cruzan otros.

Y pasean su ajena incertidumbre.

Y ocurre el mundo aún… Es su costumbre.


10 mayo 2010
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martes, 4 de mayo de 2010

La mirada de los almirantes

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Mi oficio es bregar con el “problema”. Esto lo puede decir cualquiera, ya lo sé; pero el mío, mi problema, aun siendo común y humano, se dice entrecomillado en nuestros días. Porque la educación es un problema; mejor dicho, es “el problema”; y quien no lo piense así tiene la misma capacidad de diagnóstico que una sardina acerca de la peligrosidad de un petrolero reventado: simplemente se muere en su vertido.

En mi oficio tratamos con gente por hacer a la que hacer debemos. Lo que no siempre se nos permite; o se nos permite muy poco. Hay grandiosas miradas oteando el horizonte que fijan rutas y derrotas para llevar a buen puerto su preciada mercancía. Lo nuestro es conservarla en buen estado para que el mercado funcione. En mi opinión de vulgar vigilante de las bodegas, el problema es ése precisamente: la mercancía. Primero, porque no lo es humanamente; y segundo, porque acaba creyéndose que lo es. No acierta uno a entender, desde aquí abajo, las complejas coordenadas que fijan los almirantes (lo que a ellos poco importa, naturalmente). Uno simplemente brega con el problema que tiene nombre y apellidos, que está triste o alegre, que acosa al más débil o es por el más fuerte acosado, que no sabe qué hacer o no acierta a saber qué hace… O ni aquello ni esto: que sólo está almacenado ahí, en la bodega de un barco, aguardando la descarga de su poca vida en la dársena de los 16 años.

Oigo pasos nerviosos en los camarotes de arriba. Dicen que quieren ponerse de acuerdo los almirantes. Lo harán sin duda. Y no cambiará nada. Porque el problema no es airear las bodegas ni becar sus rincones; ni aumentar la tripulación o dedicar un vigilante a cada mercancía; ni poner banda ancha en los abandonados suburbios de las naves o engatusar sus vacíos con titulares y portadas... El problema no es acostumbrar el remordimiento a su olvido imposible, sino atreverse al norte; quiero decir, reconocer que esta flota no va a ninguna parte.

Y sólo un gesto más de arrogancia desde los sótanos: el horizonte siempre da más de sí que la más aplaudida de sus miradas. La de los almirantes, ni es la mejor ni es la única.
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miércoles, 28 de abril de 2010

La aburrida maldad de la idiotez

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Las palabras y los conceptos han sido siempre objetos preciados y delicados para el hombre. Digo “han sido”, que es un pretérito perfecto, porque ya no lo son –que es un imperfecto presente– o lo son cada vez menos –que es un planto tristísimo ante su inminente inhumación–. Hoy por hoy, las primeras y los segundos se tratan sin respeto; se manosean, se ensucian y se rompen en bocas, plumas y cabezas que no son merecedoras de su dilatado esfuerzo.

Cultura y filosofía, sin ir más lejos. Hay aspectos comunes entre ambas. Una y otra remiten a totalidades: de usos, costumbres, creencias y destinos, la primera; de ideas, interrelaciones, sentidos y cosmovisiones, la segunda. También hay diferencias, naturalmente: aquélla se hace con el tiempo y su trabajado curso; ésta, desde la enorme mirada de una lechuza que es préstamo de Minerva. Pero la mayor semejanza entre las dos, la que les daba razón de ser, ha sido la peor parada. Esa similitud era también una palabra. Y otro concepto. “Articulación”; vertebración, diría Ortega. Los usos, las costumbres, los destinos, las ideas, las cosmovisiones… tienen (tenían, por desgracia para hogaño) columna vertebral. Ésta es la que se ha roto, incinerado y esparcido sus cenizas al viento de los noticieros. Cultura y filosofía han dejado de ser totalidades para convertirse en conjuntos, en montones, en un suma y sigue o resta y da lo mismo. Por eso –ya lo dije– hay filosofías de cualquier cosa: la filosofía de este restaurante, de ese entrenador, del cocido madrileño –que me encanta, aunque no sea filosofia–… Y culturas de otro tanto: la cultura del ocio –¿qué querrá decir esta tontería si una cultura sólo nace de un largo trabajo histórico?–, de los fines de semana, de los pintamonas… Ni la filosofía es un conjunto de ideas adornando ocurrencias, ni la cultura un amontonamiento de circunstancias abrevando anécdotas. Y, sobre todo, ni una ni otra se engendran (debería decir engendraban) en media hora de pasión ideológica.

Por eso ya no significan las palabras sus conceptos ni los conceptos señalan nada. Son sólo cantidades, porciones acumuladas que no pueden hablarse entre sí porque las han metido en una campana de vacío. Les falta el aire, la atmósfera de su historia. Y no es ocioso lo que digo: muchos voceadores hay que babean la cultura como si fuera el salón de su casa, una pared del salón de su casa a la que añaden y quitan los cuadros que se les antoja. De la filosofía… Mejor me callo. Sólo subrayar el perverso diagnóstico de Antonio Machado, aquél que hablaba del ave divina, trocada en pobre gallina…

Se debe amar al ave divina; y la gallina degustarse en pepitoria. La gilipollez consiste en lo contrario: cocinar pepitorias con aves divinas y enamorarse de las gallinas del corral inventado por la aburrida maldad de la idiotez.

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viernes, 23 de abril de 2010

Los otros mirlos

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…vámonos poco a poco, pues ya en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño.
Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha





Quieren ser quienes nunca podrían.

Ponen la misma tilde oscura entre los árboles
en cada atardecer, disimulando
su tarea imposible, su no culpable farsa.

Cantan igual que cantaban aquéllos
que no volveré a oír ninguna tarde.

Quieren ser los de siempre.

Pero su voz no viene con mis nombres,
que andan huérfanos ya, rodando el mundo,
preguntándome a quién se referían,
qué alegría anunciaban o en qué beso
podían refugiarse cuando amaban.

¡Nombres sin qué nombrar, cobijo del silencio
que me ha crecido tanto y tan de pronto!

No son ellos... No son los que podrían
recitar la gramática del alma,
recuperar los signos que escribieron
la página que no los reconoce.

Los oigo. Sé que tienen
la razón de la vida... Mis razones
son cosa que cantaron otros mirlos.


23 abril 2010

domingo, 18 de abril de 2010

Carta de mañana

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Mi querido amigo,

Ni siquiera sé si estás, si aún estás, pero esta pequeña ignorancia no importa mucho. Que sea o no posible que una carta llegue a reventar el tiempo es algo intrascendente. Lo que importa es que sepas que me acuerdo. De vosotros, de ti, de tantas horas heridas al amor de tanta vida. De tanta fantasía inventándonos el mundo. De tanta seriedad para juzgarlo; para meternos con él y con los hombres, con ese “gran demás” que son todos los hombres… Lo que importa es que sepas –estando o sin estar– que te sigo suponiendo en otro ahora. Y estas cosas llegan siempre; de una forma o de otra; a pesar de las ecuaciones y en contra de los axiomas de la ciencia que manda. Porque tú y yo sabemos que la velocidad de la luz no es límite de nada cuando se viaja en la nave del corazón. Así que, no te extrañe que hoy te llegue una carta de mañana.

3 de mayo de 2023. Me he detenido aquí, en Mimas, tan próximo a los brazos de Saturno que sobrecoge verlo invadir la noche con su exuberante cercanía. Si tú ladras al silencio, yo puedo esculpirlo con los ojos. Lo veo y me conmueve. Lo escucho y me ilumina. A la derecha del Sol, que está distorsionado por la irrupción de Venus –¡siempre Venus haciendo de las suyas!–, en línea recta hay un punto minúsculo de luz azul (amplía la foto que te envío y podrás encontrarlo). Sois vosotros. Desde aquí, un vosotros muy pequeño, que se cree grandioso y hace bien porque tiene la obligación de serlo. Una pena que a veces se le olvide, un horror que se muerda las entrañas con tanta crueldad y tanta ira. Pero no hay grandeza sin insignificancia, ni luz sin oscuridad.

Sé que mi hoy todavía no es tu hoy, ni tu nunca mi nunca. Sólo me queda un siempre que es rebeldía de la condición humana. Sólo un adverbio sin frontera ni límite en el tiempo. Un día, un mes, un año… No, un siempre para pensar la luz desde cualquier parte y la esperanza de no anochecernos –por más que nos derrote la entropía de los sabios y amanezca ese otro silencio que no oiríamos–. La belleza está en la distancia. Y la sabiduría en la proximidad. Para saber hay que acercarse; para venerar, alejarse. Por eso me fui a andar la noche, para que se me agrandara el alma hasta la veneración de lo que nunca sabremos. Reconozco que desde aquí es más fácil decir esto. Porque aquí el silencio no responde hostilidad y la lejanía agranda la pequeña enormidad del hombre.

Un fuerte abrazo,

El caballero inactual


jueves, 8 de abril de 2010

...It's wonderful!

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Something is rotten in Denmark
W. Shakespeare. Hamlet


La desazón es un sentimiento más o menos elegante; el asco, una reacción más o menos visceral. Escribir sobre la decadencia parece intelectual; hablar de la basura que nos envuelve tiene un aire ineducado. Si uno intenta ser decoroso, el resultado se juzga melifluo; si lo que se pretende es ser auténtico, el producto es un basurero donde la verdad se descompone. El que suscribe, que es mastín envejecido otrora acostumbrado a babear frente a la paz innumerable de las estrellas, ya sólo tiene ganas de ladrar al silencio. Porque detrás de los ladridos sólo queda el silencio, las ondas que la nada devuelve a sus orejas cuando el rumor del día se ha olvidado.

Hace tiempo que huele mal la Historia. La nuestra, la de nuestro brillante mundo. Hace tiempo que los entresijos de su valía enfermaron de cáncer -esas células enloquecidas que devoran al propio organismo-. El cáncer no es sólo un padecimiento letal del individuo, es una explosión de muerte que revienta la totalidad. El fumador empecinado -como yo, por ejemplo- relativiza el perjuicio de que le hablan. Las sociedades podridas hacen lo mismo cuando se trata del mal. Y existe el perjuicio, aunque uno lo menosprecie; y el mal, por mucho que lo niegue uno. No vale todo. La opinión no es lo mismo que el conocimiento; ni el bien, un relativo punto de vista. Si una adolescente puede matar a otra por una discusión de aula; si un hombre puede degollar a su “pareja” (decirlo así es lo correcto) por una razón que no se sabe; si una mujer puede denunciar impunemente a un hombre por otra razón, que igualmente se ignora; si un niño puede insultar a su padre porque le obliga a lavarse los dientes; si un púber, que ha llamado hijoputa a su maestro, puede acusarlo de maltrato porque le ha dado un capón por tal motivo; si un sinvergüenza puede ser democráticamente elegido para poder ejercer con autoridad su sinvergonzonería; si un gilipollas, o una (haberlas haylas, ministradas incluso), puede definir iconos de masculinidad, feminidad o santa idiotez que se le antoje por estar donde está, sin saberse muy bien por qué está donde se encuentra; si dos tercios del mundo revientan y el tercio restante se lava la mala conciencia con gestos, con lazos, con anuncios, con cuentas solidariamente bancarias; si un cabrón es sólo un enfermo; si la educación no forma sino que deforma; si no se pide cuentas a quienes legislaron su desastre; si los cines se embarran de sangre demoníaca y confusa; si las televisiones hacen de la estupidez un negocio; si el bien es un depende; si el mal, un negocio de pingües beneficios...

Si todo esto ocurre, la Historia huele mal; el tiempo -¡nuestro tiempo!- está podrido; la vida -¡nuestra vida!- sólo resiste gracias a la morfina de su agonizante indiferencia...

Lo siento mucho, pero este viejo mastín está ladrando la razón.
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