martes, 22 de junio de 2010

Hojas verdes

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Veintiuno de junio con voz de verano reciente, más adornado que nunca por el verdor rabioso de los árboles.

Es tiempo de arrogantes hojas, de su amable sombra sobre las calles que aún les consiente el hombre. Se pasan el día engalanando la casa que las acoge: ese tronco recio, arrugado, envejecido, que ha aguantado las heladas y soledades del invierno.

Vienen de lejos, de muy lejos: del hondo corazón de la tierra al que viajaron cuando octubre les hizo las maletas de otoño.

Volvieron luego, de verde-claro, en primavera. Y aprendieron a escribir de nuevo los párrafos que el sol iba dictando. Ahora, en esta primera madurez de haberse vuelto jóvenes, alegran la austera casa de sus ramas. Y alivian la asfixia de las calles en los mediodías de estío. Ellas vuelven a hacer del verano una estación de encuentros, no como esa locura de distancias en que nosotros solemos enfundarlo.

Porque éste debería ser el tiempo de pasear los atardeceres por las miradas amadas y celebrar las memorias vencidas del último invierno. El tiempo de recoger la felicidad, no de dispersar su empeño. El tiempo de no partir, sino de regresar; de volver a casa, que no es la casa de los días, sino la casa de siempre: la casa de la siembra y del arado; de la cosecha, del fruto, del árbol...

La casa de la tierra. La casa compartida con las hojas de los árboles. La explosión agradecida y rabiosamente verde de la vida.

La de verdad, naturalmente.


21 junio 2010
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6 comentarios:

veridiana dijo...

Garcilaso de la Vega,incluía nuevos temas,el protagonismo de la naturaleza el bucolismo y la mitología.

Por tí la verde hierba,el fresco viento,
el blanco lirio y colorada rosa
y dulce primavera deseada.

Imágenes apocalípticas en el Diario de Juan Ramón Jimenez,ya nos muestra la renovación de la naturaleza." morir y renacer de nuevo".

Un beso veraniego.

Antonio Azuaga dijo...

La naturaleza es un prospecto con instrucciones elementales para vivir como merece la pena. Y esto no es una afirmación ecologista, sino tomista. Lo malo es que los hombres somos a veces unos desastrosos hermeneutas; cuando no, unos absolutos analfabetos (como el amor ese de que hablaba el otro día el caballero). A mi gusta la naturaleza simple (tal vez porque yo lo sea), inmediata, cercana; de hojas caídas (“La hoja que se quiso eternidad y se cruzó en una foto”) o de hojas triunfantes (la entrada de hoy); de mirlos que me ignoran (“El mirlo y el Poverello”) y lirios que me sorprenden (“Lirio de otoño”); de Sol que juguetea con los cristales de los edificios al escondite de su poniente (“Cuando el Sol de pone por el Este”) y noches que suenan al silencio que se merecen (“La noche más hermosa”)… Me gusta el pequeño prospecto que me permite leer una gran historia…

Y me gustan, muchísimo, tus cariñosos comentarios.

Gracias, Veridiana.

Un beso arborizado.

ana dijo...

Así es aquí el verano, un regreso, el tiempo de la felicidad, volver a la casa del arado y la siembra...

... el olor del verano es agostino, olor a trigo y a paja.

Ya queda menos para agosto, y por fin es verano ya...

Un abrazo.

Antonio Azuaga dijo...

Gracias, Ana, por éste y por los otros comentarios.
Aunque el verano -¡ley de vida!- se ha hecho más lugar de desencuentros que de encuentros. No me quejo, pero es así.

Un saludo

Mª Angélica de Diego Dawson dijo...

Adoro tu trabajo Antonio,
gracias

Antonio Azuaga dijo...

Muchas gracias a ti, Mª Angélica, por tu visita y tus palabras.

Un placer conocerte.