miércoles, 28 de abril de 2010

La aburrida maldad de la idiotez

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Las palabras y los conceptos han sido siempre objetos preciados y delicados para el hombre. Digo “han sido”, que es un pretérito perfecto, porque ya no lo son –que es un imperfecto presente– o lo son cada vez menos –que es un planto tristísimo ante su inminente inhumación–. Hoy por hoy, las primeras y los segundos se tratan sin respeto; se manosean, se ensucian y se rompen en bocas, plumas y cabezas que no son merecedoras de su dilatado esfuerzo.

Cultura y filosofía, sin ir más lejos. Hay aspectos comunes entre ambas. Una y otra remiten a totalidades: de usos, costumbres, creencias y destinos, la primera; de ideas, interrelaciones, sentidos y cosmovisiones, la segunda. También hay diferencias, naturalmente: aquélla se hace con el tiempo y su trabajado curso; ésta, desde la enorme mirada de una lechuza que es préstamo de Minerva. Pero la mayor semejanza entre las dos, la que les daba razón de ser, ha sido la peor parada. Esa similitud era también una palabra. Y otro concepto. “Articulación”; vertebración, diría Ortega. Los usos, las costumbres, los destinos, las ideas, las cosmovisiones… tienen (tenían, por desgracia para hogaño) columna vertebral. Ésta es la que se ha roto, incinerado y esparcido sus cenizas al viento de los noticieros. Cultura y filosofía han dejado de ser totalidades para convertirse en conjuntos, en montones, en un suma y sigue o resta y da lo mismo. Por eso –ya lo dije– hay filosofías de cualquier cosa: la filosofía de este restaurante, de ese entrenador, del cocido madrileño –que me encanta, aunque no sea filosofia–… Y culturas de otro tanto: la cultura del ocio –¿qué querrá decir esta tontería si una cultura sólo nace de un largo trabajo histórico?–, de los fines de semana, de los pintamonas… Ni la filosofía es un conjunto de ideas adornando ocurrencias, ni la cultura un amontonamiento de circunstancias abrevando anécdotas. Y, sobre todo, ni una ni otra se engendran (debería decir engendraban) en media hora de pasión ideológica.

Por eso ya no significan las palabras sus conceptos ni los conceptos señalan nada. Son sólo cantidades, porciones acumuladas que no pueden hablarse entre sí porque las han metido en una campana de vacío. Les falta el aire, la atmósfera de su historia. Y no es ocioso lo que digo: muchos voceadores hay que babean la cultura como si fuera el salón de su casa, una pared del salón de su casa a la que añaden y quitan los cuadros que se les antoja. De la filosofía… Mejor me callo. Sólo subrayar el perverso diagnóstico de Antonio Machado, aquél que hablaba del ave divina, trocada en pobre gallina…

Se debe amar al ave divina; y la gallina degustarse en pepitoria. La gilipollez consiste en lo contrario: cocinar pepitorias con aves divinas y enamorarse de las gallinas del corral inventado por la aburrida maldad de la idiotez.

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viernes, 23 de abril de 2010

Los otros mirlos

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…vámonos poco a poco, pues ya en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño.
Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha





Quieren ser quienes nunca podrían.

Ponen la misma tilde oscura entre los árboles
en cada atardecer, disimulando
su tarea imposible, su no culpable farsa.

Cantan igual que cantaban aquéllos
que no volveré a oír ninguna tarde.

Quieren ser los de siempre.

Pero su voz no viene con mis nombres,
que andan huérfanos ya, rodando el mundo,
preguntándome a quién se referían,
qué alegría anunciaban o en qué beso
podían refugiarse cuando amaban.

¡Nombres sin qué nombrar, cobijo del silencio
que me ha crecido tanto y tan de pronto!

No son ellos... No son los que podrían
recitar la gramática del alma,
recuperar los signos que escribieron
la página que no los reconoce.

Los oigo. Sé que tienen
la razón de la vida... Mis razones
son cosa que cantaron otros mirlos.


23 abril 2010

domingo, 18 de abril de 2010

Carta de mañana

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Mi querido amigo,

Ni siquiera sé si estás, si aún estás, pero esta pequeña ignorancia no importa mucho. Que sea o no posible que una carta llegue a reventar el tiempo es algo intrascendente. Lo que importa es que sepas que me acuerdo. De vosotros, de ti, de tantas horas heridas al amor de tanta vida. De tanta fantasía inventándonos el mundo. De tanta seriedad para juzgarlo; para meternos con él y con los hombres, con ese “gran demás” que son todos los hombres… Lo que importa es que sepas –estando o sin estar– que te sigo suponiendo en otro ahora. Y estas cosas llegan siempre; de una forma o de otra; a pesar de las ecuaciones y en contra de los axiomas de la ciencia que manda. Porque tú y yo sabemos que la velocidad de la luz no es límite de nada cuando se viaja en la nave del corazón. Así que, no te extrañe que hoy te llegue una carta de mañana.

3 de mayo de 2023. Me he detenido aquí, en Mimas, tan próximo a los brazos de Saturno que sobrecoge verlo invadir la noche con su exuberante cercanía. Si tú ladras al silencio, yo puedo esculpirlo con los ojos. Lo veo y me conmueve. Lo escucho y me ilumina. A la derecha del Sol, que está distorsionado por la irrupción de Venus –¡siempre Venus haciendo de las suyas!–, en línea recta hay un punto minúsculo de luz azul (amplía la foto que te envío y podrás encontrarlo). Sois vosotros. Desde aquí, un vosotros muy pequeño, que se cree grandioso y hace bien porque tiene la obligación de serlo. Una pena que a veces se le olvide, un horror que se muerda las entrañas con tanta crueldad y tanta ira. Pero no hay grandeza sin insignificancia, ni luz sin oscuridad.

Sé que mi hoy todavía no es tu hoy, ni tu nunca mi nunca. Sólo me queda un siempre que es rebeldía de la condición humana. Sólo un adverbio sin frontera ni límite en el tiempo. Un día, un mes, un año… No, un siempre para pensar la luz desde cualquier parte y la esperanza de no anochecernos –por más que nos derrote la entropía de los sabios y amanezca ese otro silencio que no oiríamos–. La belleza está en la distancia. Y la sabiduría en la proximidad. Para saber hay que acercarse; para venerar, alejarse. Por eso me fui a andar la noche, para que se me agrandara el alma hasta la veneración de lo que nunca sabremos. Reconozco que desde aquí es más fácil decir esto. Porque aquí el silencio no responde hostilidad y la lejanía agranda la pequeña enormidad del hombre.

Un fuerte abrazo,

El caballero inactual


jueves, 8 de abril de 2010

...It's wonderful!

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Something is rotten in Denmark
W. Shakespeare. Hamlet


La desazón es un sentimiento más o menos elegante; el asco, una reacción más o menos visceral. Escribir sobre la decadencia parece intelectual; hablar de la basura que nos envuelve tiene un aire ineducado. Si uno intenta ser decoroso, el resultado se juzga melifluo; si lo que se pretende es ser auténtico, el producto es un basurero donde la verdad se descompone. El que suscribe, que es mastín envejecido otrora acostumbrado a babear frente a la paz innumerable de las estrellas, ya sólo tiene ganas de ladrar al silencio. Porque detrás de los ladridos sólo queda el silencio, las ondas que la nada devuelve a sus orejas cuando el rumor del día se ha olvidado.

Hace tiempo que huele mal la Historia. La nuestra, la de nuestro brillante mundo. Hace tiempo que los entresijos de su valía enfermaron de cáncer -esas células enloquecidas que devoran al propio organismo-. El cáncer no es sólo un padecimiento letal del individuo, es una explosión de muerte que revienta la totalidad. El fumador empecinado -como yo, por ejemplo- relativiza el perjuicio de que le hablan. Las sociedades podridas hacen lo mismo cuando se trata del mal. Y existe el perjuicio, aunque uno lo menosprecie; y el mal, por mucho que lo niegue uno. No vale todo. La opinión no es lo mismo que el conocimiento; ni el bien, un relativo punto de vista. Si una adolescente puede matar a otra por una discusión de aula; si un hombre puede degollar a su “pareja” (decirlo así es lo correcto) por una razón que no se sabe; si una mujer puede denunciar impunemente a un hombre por otra razón, que igualmente se ignora; si un niño puede insultar a su padre porque le obliga a lavarse los dientes; si un púber, que ha llamado hijoputa a su maestro, puede acusarlo de maltrato porque le ha dado un capón por tal motivo; si un sinvergüenza puede ser democráticamente elegido para poder ejercer con autoridad su sinvergonzonería; si un gilipollas, o una (haberlas haylas, ministradas incluso), puede definir iconos de masculinidad, feminidad o santa idiotez que se le antoje por estar donde está, sin saberse muy bien por qué está donde se encuentra; si dos tercios del mundo revientan y el tercio restante se lava la mala conciencia con gestos, con lazos, con anuncios, con cuentas solidariamente bancarias; si un cabrón es sólo un enfermo; si la educación no forma sino que deforma; si no se pide cuentas a quienes legislaron su desastre; si los cines se embarran de sangre demoníaca y confusa; si las televisiones hacen de la estupidez un negocio; si el bien es un depende; si el mal, un negocio de pingües beneficios...

Si todo esto ocurre, la Historia huele mal; el tiempo -¡nuestro tiempo!- está podrido; la vida -¡nuestra vida!- sólo resiste gracias a la morfina de su agonizante indiferencia...

Lo siento mucho, pero este viejo mastín está ladrando la razón.
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