martes, 29 de junio de 2010

Formas de aire

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Son memoria del aire –porque el aire
es un raro fluido con memoria–;
formas incontinentes o caricias
sobre la piel de un cuerpo sin regreso.

Como una tinta dactilar sublime,
escriben impensables transparencias;
y se acuerdan de gestos, de ademanes,
de sonrisas y otros muchos olvidos.

A veces hablan –o creemos que hablan
cuando su voz acude a los prodigios–;
y nos cerca una inmensa enciclopedia
de cuerpos no presentes, de vacíos
que no vemos y están y se atavían
de un ropaje inviable. Se pasean
todos los días por las mismas calles.
Sonríen con nosotros o discuten,
a veces, y se van. Y vuelven luego
con un ramo de viento en la mirada.

Todos los días a la misma hora
y en el mismo rincón de cualquier parte:
un jardín con acacias, un camino
que suspendió horizontes en septiembre;
la noche de un bolero, la infinita
desolación de una alegría ausente…

Todo guardado aquí, junto a nosotros,
en estas formas donde habita nadie.



29 junio 2010
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sábado, 26 de junio de 2010

Do not forsake me...

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A un viejo sueño infantil, cuando yo quería ser Will Kane y soñaba desde el corazón



No dejes los jardines regados de tu ausencia,
ni los parques desnudos, ni la ciudad cerrada:
la tarde no tendría oficio de vencejos
y el sol tropezaría en oscuras ventanas.

Yo abriría una tienda para vender las sombras
y el farol de un soldado vigilante del alma.

Sería largo el día; y cuando anocheciera,
las estrellas tendrían extrañas coordenadas:
Rigel, las de Proción; las de Vega, Capella…
Y Marte las de Saturno; y las de Titán, Titania.

Un cielo con Alzheimer, destartalado y loco.

¡Después del largo día, la noche enajenada!

Yo sería un cobarde o un héroe sin empresa,
un Aquiles canoso mendigando una hazaña;
una calle vacía, sin mediodía o gloria,
con Will Kane, solo y vano, persiguiendo su nada.

Y las manos vacías… Y el polvo del desierto
asfixiando un revólver cargado de seis lágrimas.

No dejes los jardines regados de tu ausencia.
Ni a mis héroes solos. Ni tu ciudad cerrada…


25 junio 2010



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martes, 22 de junio de 2010

Hojas verdes

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Veintiuno de junio con voz de verano reciente, más adornado que nunca por el verdor rabioso de los árboles.

Es tiempo de arrogantes hojas, de su amable sombra sobre las calles que aún les consiente el hombre. Se pasan el día engalanando la casa que las acoge: ese tronco recio, arrugado, envejecido, que ha aguantado las heladas y soledades del invierno.

Vienen de lejos, de muy lejos: del hondo corazón de la tierra al que viajaron cuando octubre les hizo las maletas de otoño.

Volvieron luego, de verde-claro, en primavera. Y aprendieron a escribir de nuevo los párrafos que el sol iba dictando. Ahora, en esta primera madurez de haberse vuelto jóvenes, alegran la austera casa de sus ramas. Y alivian la asfixia de las calles en los mediodías de estío. Ellas vuelven a hacer del verano una estación de encuentros, no como esa locura de distancias en que nosotros solemos enfundarlo.

Porque éste debería ser el tiempo de pasear los atardeceres por las miradas amadas y celebrar las memorias vencidas del último invierno. El tiempo de recoger la felicidad, no de dispersar su empeño. El tiempo de no partir, sino de regresar; de volver a casa, que no es la casa de los días, sino la casa de siempre: la casa de la siembra y del arado; de la cosecha, del fruto, del árbol...

La casa de la tierra. La casa compartida con las hojas de los árboles. La explosión agradecida y rabiosamente verde de la vida.

La de verdad, naturalmente.


21 junio 2010
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viernes, 18 de junio de 2010

Los postulados de Dante

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Volgi, Beatrice, volgi li occhi santi,
era la sua canzone, al tuo fedele
che, per vederti, ha mossi passi tanti!

Dante. Purgatorio XXXI




Aquí no ocurre el mundo: sucedemos nosotros;
solamente nosotros. Aquí, donde no hay tierra
ni cielo ni horizonte; ni sol, ni mar, ni lluvia...

Entre los postulados de la ciencia de un loco.

Aquí, donde seguimos –sin ser y sin estar–
sucediendo en un día que no halló calendario.

Debajo de la noche; demasiado debajo.

Aquí, tú y yo tan sólo citándonos en nunca
al lado de un farol que no alumbrará nunca.

En esta calle extraña que no tiene ciudad
ni acera ni calzada ni mapas de refugio.

Aquí, tal vez mañana, seguiremos hablando
de un hoy sin arrogancia y un ayer distraído
que ocurrió sin que nadie le brindara un recuerdo.

Solamente tú y yo, sucesos sin registro.

...Y este tenaz empeño de inventar la memoria.



18 junio 2010
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miércoles, 16 de junio de 2010

La frágil fortaleza

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Es el cielo el que se adorna con antojos que nos superan. Nosotros inventamos el me-da-la-gana; y el cielo el pero-qué-tontos-sois. Nosotros invadimos la infinitud con teorías y maquinarias; y la infinitud nos desarmó siempre con sus raras voluntades y extraordinarios espectáculos. Detrás de una corbata, o del cuello abierto de una camisa a cuadros, no hay ni un dios ni su posibilidad, sólo su pretensión soberbia. Si no fuera tal, si se tratara de una pretensión humilde, no habría nada que objetar. Porque la humildad que pretende un sueño sólo quiere parecerse a la grandeza de su intento. La otra, la ensoberbecida, aspira a sustituirlo, sueña con suplantarlo.

Antes del homo sapiens, circuló por nuestro poco mundo el homo faber. Este hacedor de cosas, que le consentían vencer a las bestias que lo aterrorizaban, nos dejó un sello genético imborrable. La historia de la filosofía fue el loco intento de derrotar su dominación. Tuvo, claro está, sus luxaciones teóricas: la engreída vanidad de la palanca de Arquímedes; el conocer para dominar tan de Francis Bacon, tan de Galileo incluso; el presuntuoso demonio de Laplace, que no era nada más que un realquilado del mecanicismo… Y a partir de la revolución industrial, la luxación de la filosofía, de la curiosidad y la admiración generosamente teóricas de la filosofía, se volvió rotura irreparable de la columna vertebral del hombre. El homo faber triunfó, el hacedor de prodigios nos inundó con su tecnología y nos avasalló con sus certidumbres. Todo se puso a su servicio descaradamente. Hasta el bien, que compró su condición mendigando monedas a la eficacia. Hasta la ciencia, que, cuando pretendió ser otra cosa, se vendió como caricatura de sí misma y se convirtió en ciencia-ficción. Y el homo faber enarboló el milagro más allá de su divinizada posibilidad: construyó una perfección tecnológica sobre cimientos de nada. Nada moral, nada humano, nada cósmico; nada, ciertamente, divino.

Hoy ha atardecido un sol perezoso entre nubes. Débilmente luminoso; cansado aparentemente; acostumbradamente solo. Tan solar melancolía me ha llevado a buscar noticias suyas. De una en otra, he llegado a la rabiosa voluntad que escupió en el vacío nuestro pasado 19 de abril. Y de nuestro pasado abril, al lejano septiembre de 1859; y de tan lejano entonces, a Richard Carrington... Dicen en la NASA que antojos solares de tal envergadura nos dejarían a oscuras hasta la destrucción de las vanidades tecnológicas del homo faber. Nuestros cimientos de nada no son capaces de soportar una tormenta solar en condiciones. Lo peor es que algunos auguran su inevitable inminencia. Ni pandemias de cerdo, ni vertidos o amenazas nucleares, ni cambios climáticos, ni crisis económicas orquestadas en barrio de trileros: un periódico cabreo del sol y… ¡punto y aparte!

¡Tanto pragmatismo para descubrir que el hacedor de prodigios sólo sirve para destruir su doméstico paraíso o diagnosticar la enferma consistencia de su frágil fortaleza!


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sábado, 12 de junio de 2010

El enajenado

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En extraño lugar así yo puesto,
de nadie sino vos podré valerme.

Ausias March


Tuyos son los catálogos felices
que ordenaron mis sombras en sus días.

Tuyos son mi saber y mi ignorancia;
y concederme más, y no importarte
que en tan pequeño cuenco hubiese nada.

Tuyos son los telares con que Aracne
tejió mis vanidades y mis noches.

Tuyos, los ojos que jamás me vieron
y cruzaron conversos de una imagen extraña.

Tuyos, los labios que en mis labios
se dejaron el rastro de una empresa.

Tuyos, los días que me hicieron daño,
a veces sin querer, a veces nunca...

Tuyos, el precio del mundo y su importancia,
las letras impagadas de unos versos,
la deuda inexplicada de la vida…

Tuyos, el sol y el verbo regalado.

Tuya,
la cartografía de mi alma.



11 junio 2010
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lunes, 7 de junio de 2010

Amor analfabeto

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Desde 'allá' me lo envía. Como tal, lo transcribo:

Dicen que 'quien hace la ley hace la trampa'. No es exactamente así: a veces la trampa se hace antes que la ley. Concluya quien esto lea a qué enferma contradicción podría referirse este 'presunto' poema, que a no mucho más aspira.



Ya no sabes, amor, leer los días.

Discípulo del tiempo, has olvidado
que todo era un proyecto de la tierra
al que no le bastaba con ser tierra,
que su barro era un alma sin gramática
y tú la voluntad de su sentido.

Ya no sabes -qué tristemente estúpido
te has vuelto con los años- por qué mueren
los nombres y naufragan en la noche
las naves de un destino.

.................................................Ya no sabes
amar, amor extraño, nada grande.

Amor analfabeto... ¡Amor maldito!


El Caballero Inactual
7 de junio de 2010

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viernes, 4 de junio de 2010

Napoleón y el ruido

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Lo he oído de dos formas sutilmente diferentes: la música es el más bello de los ruidos, pero ruido al fin; y, la música es el menos molesto de los ruidos… Se parecen, desde luego, pero la primera afirmación suena más física y la segunda más militar, más napoleónicamente militar. Es probable, no obstante, que el tímpano de Napoleón, acostumbrado al eco grave y sordo de la pólvora negra, estableciera tan duro contraste entre el ruido y la música con intención que se nos escapa: tal vez pretendía dignificar a aquél, antes que menospreciar a ésta. Si así fuera, yo aplaudiría la frase porque la pólvora negra estalla con la cadencia subterránea y profunda de una tragedia griega. La otra, sin embargo, la que llaman sin humo –la de nuestros días– revienta los oídos como una telenovela hortera de media tarde. Naturalmente, esto es una apreciación muy personal.

Lo que es evidente es que hay vibraciones de las moléculas del aire que incomodan –ruidos– y otras que no –música–. Las primeras crispan y las segundas elevan. Es cierto que los ruidos, antes de ser música, se pueden organizar con cierta cadencia; algo así como pom-pompom-pom, pom-pompom-pom, pom-pompom-pom, etc. A esto se llama ritmo y su destinatario real es el paleoencéfalo. En etapas muy primitivas de la cultura, el hombre lo explota para desencadenar diferentes excitaciones primarias; por ejemplo, la agresividad del guerrero antes del combate o el miedo del sitiado en igual circunstancia. De ahí la importancia de los tambores en la guerra antigua, que era cuando la música se entendía de otra forma y se dedicaba al neocórtex.

Con la llegada del calor, y menospreciando incomprensiblemente las bonanzas del aire acondicionado, no es raro cruzarse en las calles con algún automóvil conducido por un mozalbete que lleva bajadas las ventanillas y de cuyo interior surge un atronador e inexplicable pom-pompom-pom, pom-pompom-pom, pom-pompom-pom, etc. Si uno fumase algo más espectacular que sus oscuros Ducados, con toda probabilidad vería emerger de la calzada todo un amenazante batallón napoleónico. Pero uno, que fuma lo que fuma –y hogaño es tan perseguido–, sólo se hace una pregunta: ¿qué rara mutación ha trastocado los lugares del neocórtex y el paleoencéfalo?

En tiempos tan estridentes como los nuestros, no cabe duda de que Napoleón no habría dicho lo que, según parece, dijo. Probablemente, no habría dicho nada; todo lo más que el silencio era el más bello de los ruidos. O, al estilo de Marinetti, algo más contundente y futurista, que el tableteo de una ametralladora era tan ‘bello’ como la desbordada compulsión musical de un hombre con el cerebro boca abajo. Eso sin haberse parado a considerar que los sonidos de la vida cotidiana del siglo XXI son infinitamente más aterradores que las baterías de cañones en Austerlitz.

Y, desde luego, si se hubiera cruzado con un mozalbete envuelto en automóvil que escupiera en la calle su insoportable pom-pompom-pom, se habría confundido en lo que dicen dijo… Sobre todo al recordar que él se refería a “ruidos” como éste:



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