lunes, 30 de agosto de 2010

El otro pensador

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En Figueira da Foz un 25 de agosto cercano
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No sé qué hace allí, ni quién lo puso allí para hacer lo que yo no sé. A su derecha queda el mar, el océano inmenso. A su derecha y cerca. No se ve, se intuye; se oye y huele. Pero él no mira tanta cercanía ni atiende a tanta posibilidad. Él parece pensar. Visto de frente, incluso parece enfadado. No me extraña, supongo que es por la verja, por esa cárcel de acero que le niega la inmensidad que permitimos –todavía– al océano. Porque el pensamiento es como el océano, cuyo límite es la tierra; pero si el océano quiere, ni la tierra lo limita: si se embravece, la costa tiembla; si ruge, el hombre calla…, y aguarda la mansedumbre de las olas para cobrar el fruto de su respeto. Con este pobre pensador no sucede lo mismo. Está encerrado, rodeado de un acero implacable que le impide el mar y le niega la inmensidad.

Cuando lo vi, no pude resistir la tentación de fotografiarlo. Ni de pensar que ese montón de materia triste tras una verja era un espléndido icono de la historia del hombre.

De la de ahora también… en cárceles de otros engaños.

O… ¿serán los mismos?
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lunes, 23 de agosto de 2010

Cuando llegue septiembre

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Septiembre es un mes de recortables. Quiero decir que hacemos su escenario recortando las figuras que nos quedaron en el alma perdida, en esa fantasía que, entre disgustos y entusiasmos, se nos fue haciendo tierra-firme en los ayeres que somos. Porque, ontológica y rigurosamente hablando, eso es –nos guste o nos disguste– lo único que ciertamente somos: un racimo de ayeres y un juego de recortables.

Cuando yo era niño –cosa que, pese a parecer sorprendente, hubo una vez que fue verdad– la realidad virtual se hacía con tijeras y Colinón. Ahora se hace de otra forma, que a mí, naturalmente, no me parece la debida. Pero la cuestión no es ésta. Yo hablo de septiembre. Con voluntad existencial, a qué negarlo... Porque el año real muda en septiembre. No en enero, como confusamente pensamos, sino en septiembre, que es cuando nos embarcamos en la nave de siempre hacia un puerto desconocido y, para evitar naufragios, nos recortamos el alma y pegamos sus humildes glorias en las cartas de navegación.

Desgraciadamente hay “niños” a los que no gustan los recortables. Por eso no juegan al tiempo ni a la vida y prefieren el quiosco de los psiquiatras. Porque allí las figuritas no saben distorsionar el paisaje impreso de sus irrecuperables “editores” y los ayeres quieren quedarse en siempre.

Y la voluntad, en nunca.


(No tiene la entrada mucho que ver con la película de la que esta melodía fue tema musical, pero siempre me ha gustado la optimista –¡esto lo digo yo!– mirada que dedicaba a septiembre, el mes de los, para mí inexplicables, síndromes de “vergonzoso” nombre).

martes, 17 de agosto de 2010

Entre chulos y estraperlistas

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La Razón es la patria natural del ser humano y el Estado que administra los bienes que corresponden a aquélla se llama racionalidad. La racionalidad exige una tasa para el comercio de tales bienes. Y esa tasa es la verdad. Cuando la racionalidad hace trampas, cuando compra y vende silogismos sin pagar a la verdad sus tributos; cuando embauca, seduce, corrompe o distorsiona los fundamentos a que se debe, aparece el estraperlo (ahora se llama mercado negro, lo que chirría, por cierto, con la siempre vigilante corrección política). Y las ciudades del hombre se llenan de estraperlistas.

Aunque pueda parecer lo contrario, no estoy hablando de economía, sino de filosofía de la verdad. O, lo que es lo mismo, del amor a la patria que por naturaleza nos corresponde y anda prostituida por las tertulias de sus mercaderes. Cada vez que abro un periódico, consulto una web o escucho un trocito de conversación en cualquier calle, me llega el tufo indecente del estraperlismo. Porque a los ciudadanos de la Razón de hoy ya no les importa la verdad; es más, la consideran un tributo innecesario: compran y venden argumentos a cualquier precio con tal que les reporte un beneficio. Aunque, tal vez, yo sea tonto –ojo de luz escasa, como en mi perfil se entiende, que mira con precario farol un desbarajuste inexistente–. Puede ser. No obstante, yo preguntaría a muchos una tontería –lo que sería normal en mi caso– como ésta: ¿a ti te importa la verdad? Y para joder al acomodado relativismo –porque uno es tonto, pero conserva el punto imprescindible de la mala leche–, añadiría una machadiana cita de imposible controversia:

¿Tu verdad? No, la Verdad,
y ven conmigo a buscarla.
La tuya, guárdatela.

…Aunque mientras tanto seguiría la Razón en los arrabales del tiempo, con falda corta y generoso escote, al amparo de un chulo llamado Lobby, padeciendo las noches de su soledad más triste.
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jueves, 12 de agosto de 2010

Bye, bye... Earth!

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We have made remarkable progress in the last hundred years. But if we want to continue beyond the next hundred years, our future is in space.

Stephen Hawking




Ya lo hizo el caballero. Por razones distintas (o no tanto), pero lo hizo. Claro que a él le ocurre lo que a mí, que hace equipajes para el alma y se larga con ella a cualquier otro tiempo. Por algo es inactual. No es lo común en estos días de tanto andén y tanto aeropuerto; con tanta mochila y tanta maleta; sobre tanta playa y ante tanto horizonte… Eso es irse a otro paisaje, eso es ser eventualmente inespacial. Tampoco es de lo que habla Hawking, ese gurú de las ciencias limpias (llamo limpias a las ciencias que se atreven con el tiempo, tanto que lo que nos dicen suena a ciencia-ficción; las otras, las de corto vuelo, no lo son porque se ensucian con la recalcitrante marranada de los hechos). Él propone un modelo de voluntad nuevo para planificar otro tipo de viaje. Como si dijera: muchachos, ya está bien de tonterías.

El hombre se tuvo que poner de pie porque a cuatro patas las hierbas altas le robaban la mirada, lo que le convertía en presa fácil de cualquier depredador malintencionado. Y al ponerse de pie, descubrió que su supervivencia era asunto de la lejanía. Por eso Colón se embarcó en una locura y Galileo se hizo un tubo para mirar y desvelar prodigios. En realidad esto venía de antiguo, porque el horizonte siempre había sido nuestro proyecto genético. Lo que con ese proyecto difuso hiciéramos era cosa nuestra. A partir de aquí, fuimos libres.

Con la libertad hemos hecho muchas cosas; barbaridades a veces; maravillas, otras. Pero a estas alturas del cuento es hora de que hagamos de la libertad inteligencia; o, mejor dicho, conciencia de su enormidad. Si la libertad es tonta, es nada; si es provinciana, es nada; si es egoísmo, es nada. Si la libertad es estafa de poder oligárquico es… nada. Así que la libertad sólo merece la pena si responde con seriedad al biológico azar por que la encontramos. La libertad fue una inversión de la supervivencia, no la cuenta corriente de nuestros humanos caprichos o aldeanas mezquindades.

En conclusión: que el hombre tiene que volver a quererse especie universal si sobrevivir pretende –así interpreto yo la advertencia de Hawking–; tiene que volver a mirar lejos y pensar que, tarde o temprano, habrá de abandonar la caverna azul de tanta vida...

Y empaquetar, de paso, su memoria para que no quede en la noche un punto de oscuridad lleno de olvido.
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domingo, 8 de agosto de 2010

El equipaje

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Y cuando llegue el día del último viaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.


Antonio Machado




No serán muchas cosas; tú bien sabes
que detesto llenar el maletero
de empeños prescindibles, que prefiero
las alforjas de viento de las aves.

Y sobre todo, no olvidar las llaves,
para volver –si puedo– adonde quiero
–mi billete de vuelta es un llavero,
un renglón de metal de amadas claves–.

No serán muchas cosas… Tres o cuatro
pinceladas del alma entre la gente.
Un aplauso que no tuvo teatro;
tal vez un verso, que quedó pendiente...

Y en mis ojos, de lejanía llenos,
los tuyos... donde echar a Dios de menos.



7 agosto 2010
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lunes, 2 de agosto de 2010

La isla y la rebeldía

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Dejémonos del tiempo... Dejémonos de todo:
la vieja mecedora del hastío,
la luz de la mesilla como un faro
sobre la mar rizada de las sábanas,
los cuerpos enredados
entre besos, tristezas y naufragios…

Dejémonos del tiempo que está casi cumplido,
que no quiso esparcir
ni glorias ni grandeza,
que fue humilde y vulgar,
que anduvo entre relojes cotidianos
señalando las horas obligadas, previstas...

Y volvamos los ojos
a la ciudad que nunca visitamos,
a esa ciudad que sólo fue proyecto
y horizonte de un día de entusiasmo,
puerto de promisión en las costas de un sueño
que inventaba su crónica y su hazaña…

Dejémonos del tiempo, que al cabo desembarca
en la isla final que no quisimos.


Septiembre 2002

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