jueves, 30 de septiembre de 2010

Siracusa o la caverna; o... la caverna y los sueños

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Tengo que reconocer que aquí, en la caverna, las ideas acaban oliendo a rancio. En Siracusa, Platón estuvo a punto de ser vendido como esclavo –o lo fue, según se vea– porque se empeñó en encender ideas en el cráneo de un tirano. Y el tirano, que se aburría muchísimo con el empeño, decidió embalar al filósofo como si fuera una eficaz herramienta. Menos mal que un tal Anniceris que pasaba por allí lo rescató, tras abonar las veinte minas (al cambio, unos 5000 €) en que, al parecer, lo habían tasado. Evidentemente, el cráneo del tirano era una de las muchas cuevas que han sido, son y seguirán siendo, por voluntad que un filósofo ponga en excavar tragaluces en ellas.

Dos veces más tropezó Platón con Siracusa y, con tanto tropiezo, superó la cuota de error que el adagio nos permite a los hombres comunes. Pero él no era “común”; tal vez, de ahí su exceso. Al final, se dio cuenta de que “invertir ideas en la caverna” era un oscuro negocio: más tarde o más pronto, olían mal y “no servían para nada”. Algunos consideran que este personal desengaño hizo nacer al Platón más totalitario. Sin embargo, yo creo que, por entonces, es cuando la filosofía comprendió que tenía escaso futuro si intentaba competir con los embaucadores o secuestradores de la voluntad ajena (una especie inextinguible de difícil taxonomía histórica dada la versatilidad de sus apariencias y su adaptabilidad a las circunstancias). Y la filosofía se dedicó al valor del sueño. Porque, como dijo Lin Yutang, si no puedes vivir una vida bella, debes soñarla.

Y aquí, en la caverna, seguimos los prisioneros platónicos; respirando el mal olor de las ideas podridas; condenados al silencio de contemplar sus sombras; y soñando, soñando, soñando…

¡Qué remedio!
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sábado, 25 de septiembre de 2010

Otoño

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Tras la lenta tristeza de los días,
tu mirada distante, enajenada,
presunta en cada gesto de la tarde;
ausente, inactual, medio inventada…

Todo el otoño hoy. Ocurre y vuelves,
disfraz de luz robado, a mi ventana.
Yo beso la advertencia de un reflejo
que ha colgado la tarde de las ramas;
de tus ojos, sin luego y sin ahora;
de los míos, sin antes ni mañana…

Sé de extraños paisajes que no tienen
un lugar en el mundo. Sé de mapas
que dibujan ciudades que no existen.
Sé de ti. Sé de mí. Sé de la nada.
Sé del romo horizonte del vencido;
sé del puñal que traicionó su audacia…

Y tú vuelves sin ti, a pesar de todo
–la mirada distante, enajenada–,
tras la lenta tristeza de estos días;
ausente, inactual, casi inventada…


24 septiembre 2010
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viernes, 17 de septiembre de 2010

La metafísica y la cobardía

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Comienza Heidegger su Introducción a la Metafísica con una pregunta de altos vuelos: “¿Por qué hay ser en vez de nada?” Y empieza así porque no puede hablarse de Filosofía Primera, que es como la llamaba Aristóteles, obviando tan incómodo interrogante. Precisamente por esta incomodidad es por lo que las acomodadas filosofías ilustradas y post-ilustradas acabaron borrándola de sus preocupaciones. Les bastó decir que tales preguntas eran un sin sentido (y, por lo tanto, un sin respuesta) para que la metafísica delegara sus inquietudes en la ciencia y se convirtiera a sí misma en un viejo museo de arqueología y palabras.

Ya no se habla de metafísica nada más que para hacer alguna que otra visita de turística indiferencia por los paisajes escolares. Ni se habla, ni importa. En su lugar tenemos las crípticas conclusiones de la ciencia. Y digo “crípticas”, no porque en sí lo sean, sino porque para el común de la gente, que repite sus letanías con religiosa entrega, lo son. Me digan lo que me digan, o me cuenten lo que me cuenten, yo no veo ninguna progresión en la sabiduría del mundo; sólo un cambio de fe. El listillo de turno cree en Hawking con la misma intensidad que el beato de ayer lo hacía en San Milagrones. Ni el beato entendió jamás la alteración del orden natural que suponía un milagro, ni el listillo el supuesto orden natural que consagra un puñado de ecuaciones por él desconocidas.

La metafísica –no obstante la enormidad de su proyecto– siempre fue una inquietud de universal coincidencia: quiso esclarecer lo probablemente inextricable. Quiso alcanzar lo que unos acomodaron, otros menospreciaron y ambos sustituyeron. Quiso, en fin, que el hombre fuera lo que antes de él correspondió al silencio: una indagación ambiciosa para interpretar un sueño.

La pregunta de Heidegger ya no importa. Menos aún la que este pobre idiota sigue haciéndose: ¿por qué ya no se atreve el "ser" a preguntar por sí mismo?
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sábado, 11 de septiembre de 2010

Evocando a Gutierre de Cetina

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Como yo no tengo tiempo, hoy escribe el caballero; absolutamente inactual, naturalmente.


…¿por qué si me miráis, miráis airados?



No se lleva, lo sé. Diría, incluso,
que sin querer disgustas, que molestas;
que te presumen tonto, necio, iluso;
un patán trasnochado, un aguafiestas.

Pero aún somos verdad. Somos y amamos
de una forma irreal que nadie entiende.
Estamos –por estar donde no estamos–
sin hoy, ayer, mañana; siempre aquende,

siempre aquí, sin ahora... No se lleva
este amor –ya lo sé–, sino otra cosa;
no este afán de agrandar el alma nueva
si te rozan los ojos de una diosa.

Porque a algunos nos basta una mirada.
Sólo eso, ya ves… Aunque sea airada.


9 septiembre 2010
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