miércoles, 29 de diciembre de 2010

Una cita recomendable

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No son éstos malos días para hablar con una vieja amistad, para citarse con ella en un café nostálgico y estrechar sinceridades en la esgrima de dos copas. Yo lo he hecho hoy.

La he llamado por teléfono esta tarde. Le he preguntado por su ayer y por su ahora después de tanto no saber de ella. Y hemos quedado para brindar por todo lo que nos debíamos y no habíamos hablado. Ha sido a las diez, en un bar de barrio antiguo y pobre donde solíamos vernos cuando apenas nos conocíamos. Yo he pedido un Four Roses, sin hielo, naturalmente; ella, una tónica sin firma –siempre tuvo un paladar puritano–. Y he vuelto a preguntarle por su hoy y por su antes.

Hemos pasado dos horas –cuatro vasos de bourbon y dos tónicas– despertando palabras y desordenando soledades; porque la verdad es una soledad ordenada que retiene innumerables silencios. Algo parecido flameaba ya en el templo de Delfos. Hasta que lo divulgó Sócrates y lo divinizó San Agustín. Ahora se ha vuelto impopular defender tales cosas porque el conocimiento sólo tiene crédito si lo avala la observación de otros. Así es como nació la psicología, como un indecente voyeurismo de intimidades enajenadas.

Hemos pasado dos horas desnudando las metáforas que nos disfrazan ante los demás y extrayendo el mineral y la ganga que nos define; la verdad y su farsa inevitable. Sólo nosotros porque, como ocurre con las incertidumbres cuánticas, cualquier observador ajeno a la veracidad de uno acaba distorsionándola.

A las diez, en un bar de barrio antiguo, hoy he quedado con el alma… Para saber de ella lo que en mí tan a menudo se hace extraño.
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jueves, 23 de diciembre de 2010

¿Navidad...?

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Por esa calle, húmeda y gris, andaba
un verbo tropezando con el mundo.

Por esa calle de diciembre, o siempre,
que tiene el nombre propio de cualquiera
distraído en las letras de la vida.

Por el ruido de fondo de los hombres
y la rara aventura del silencio
que el invierno recoge de la lluvia.

Por esa calle –frente a mí o los otros–,
húmeda y gris –ajenos, displicentes–,
un verbo regresaba...
.........................................Sólo había
una acera incapaz de conjugarlo.


23 diciembre 2010

lunes, 20 de diciembre de 2010

Hazañas sin memoria y memorias no posibles

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10/12/2010. Una madre mata a sus dos hijos de 9 y 11 años en Valladolid…
18/12/2010. Denia. Un padre mata a su hijo de 4 años y luego se suicida…

...¿Qué nos está pasando?



Ha sido un momento; breve como corresponde a la condición de “momento”, pero bellísimo, que es tilde circunstancial que sólo algunos momentos merecen.

Sábado gris de un diciembre como es debido. Sábado de sombra y niebla con enuresis diurna, que es afección habitual de este meteoro. Yo, en un Centro Comercial, camino del aparcamiento. Hay una escalera y, al final de ésta, un niño de entre uno y dos años. Detrás del niño va un hombre, su padre seguramente. Lo sigue de cerca, con los brazos abiertos como una estampita del Sagrado Corazón. El niño levanta una pierna, la izquierda si mal no recuerdo –es un zurdo prometedor–, y la apoya sobre el primer escalón. Se le ve concentradísimo, enteramente ajeno a todo cuanto no tiene que ver con su complicada empresa, a todo ese demás que los demás llamamos mundo. Titubea, se medio afianza. El que presumo padre cierra los brazos hasta casi rozar la diminuta espalda. Y entonces, el niño rodea de valor su breve alma y arrastra el cuerpo entero hasta coronar otra altura…

El momento fue después. No he visto satisfacción, plenitud, ni dicha semejantes a ese después. De pronto, al niño le interesó el mundo. Levantó la mirada –dos círculos de Dios en brillante azabache–, se encontró con la mía y exhibió la sonrisa de quien consuma una hazaña irrepetible. Era su primera gloria y exigía un espectador. Yo tuve la suerte de serlo.

Ese niño nunca recordará este momento. Y me parece injusto que así sea. Yo lo hago por él, que seguramente hoy sigue embarcándose en "prodigiosas gestas". Pero también por otros muchos niños a quienes la aberración moral, o social, o socio-moral, de una especie enferma les ha arrancado el tiempo que merecía su prometida memoria.
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martes, 14 de diciembre de 2010

My mum...

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La imagen es una captura de pantalla de un vídeo espeluznante. Es espeluznante, pero no es nada extraño por desgracia; más bien, algo común; aunque se camufle en pancartas, manifiestos o proclamas de variopinto signo. Para los que no conozcan la historia, les puede doler aquí. A mí, personalmente, lo que me hizo añicos el alma fue ese “Oh, my mum”, que entristece aún más, si cabe, el fotograma que subtitula.


My mum es una expresión de universal ternura, de última indefensión ante la crueldad que no se entiende. Cada rincón del planeta la escribe con distintos signos, la dice con sonidos diferentes. Pero esto da igual, porque en esa expresión está siempre la soledad humana ante el dolor y la tristeza inexplicables. Estoy seguro de que la última palabra que resuena en la bóveda corporal del alma ante la muerte es mamá; estoy convencido de que es la voz más sentida y evocada cuando un suceso insulta a un sueño. Probablemente la susurró Lorca; probablemente, Muñoz Seca. Es la misma que se medio-articula ante un castigo brutal e incomprensible, que degenera a quien lo inflige y desconcierta a quien lo padece. Porque al llanto real, al dolor, a la crueldad en estado puro, ya no le importa el resto de las palabras –las grandezas, las hazañas, los logros, los prodigios…– que enaltecen su enajenada especie. Al llanto real sólo le importa el modesto cobijo en que halló la primera caricia y el primer beso, la certidumbre primera, el roce de un amparo inigualable. Y en ese llanto real siempre está la memoria de un niño indefenso deseando la vida.

Si en nuestro raro siglo XXI un ser humano dice mamá o my mum –o como quiera que pueda decirse en el rincón de Babel que habite– porque alguien le está rompiendo la promesa de un sueño, el mundo tendría que detenerse para sufrir junto a él; no para apearse, que es muy cómodo y, además, se traduce en generaciones que siguen tan contentas el miserable viaje de la basura. Mejor aún, si es un mundo de verdad, que se cree de verdad los derechos que adornan la gala de su espectáculo, tendría que invadirse a sí mismo para borrar de lo posible la parcela de culpa que aún lo vuelve inicuo.

Ni suponer quiero que no sólo se trate de permisión moral, sino que además haya una subterránea complicidad económica, ideológica o como elija llamarse la mierda intemporal de cuantos hoy –no ayer, que es lavandería barata donde se limpian suciedades que incomodan– se vanaglorian y proclaman puros.

Claro que esto no es nada más que chochez de un viejo al que un lejano amigo le contagió la costumbre de mirar la vida con ojos inactuales. O, por mejor decir, con ojos de mirada desterrada.
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domingo, 12 de diciembre de 2010

Diciembre

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¿Dónde vas, soledad, con tantas cosas?

Te ha robado diciembre el sol de los jardines,
los parques y sus noches melancólicas;
los libros de poemas y la loca liturgia
de alzar el cáliz del amor a un sueño.
Te ha encerrado en un cuarto,
rodeada de metáforas
o cosas que no son como las llamas,
sino mundos vestidos de otros verbos.

Te ha dejado diciembre en una isla
entre signos extraños y parábolas,
historias de otros días y otras gentes
que ya no son tus gentes ni quieren ser tus días...

¡Tonta y triste soledad
que carece de arrojo para ser su palabra,
que empaqueta otras almas con sus cosas
para engañar los últimos paisajes
mientras roba diciembre a los jardines
el sol suyo, que ya no saldrá nunca!


11 diciembre 2010
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miércoles, 8 de diciembre de 2010

Vuelven los almirantes...

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…Oigo pasos nerviosos en los camarotes de arriba. Dicen que quieren ponerse de acuerdo los almirantes. Lo harán sin duda. Y no cambiará nada. Porque el problema no es airear las bodegas ni becar sus rincones; ni aumentar la tripulación o dedicar un vigilante a cada mercancía; ni poner banda ancha en los abandonados suburbios de las naves o engatusar sus vacíos con titulares y portadas... El problema no es acostumbrar el remordimiento a su olvido imposible, sino atreverse al norte; quiero decir, reconocer que esta flota no va a ninguna parte

Y sólo un gesto más de arrogancia desde los sótanos: el horizonte siempre da más de sí que la más aplaudida de sus miradas. La de los almirantes, ni es la mejor ni es la única.

La mirada de los almirantes (4 de mayo de 2010)


Puede que parezca narcisismo esto de citarse a uno mismo, aunque en realidad sólo es pereza. Me aburre y cansa hablar de lo que todos sabemos y, de una forma u otra, callamos todos. Hasta que, mediáticamente, toca, claro está. Por ejemplo, cuando se hace público un informe PISA cualquiera. Entonces sí, entonces se reúnen los almirantes, los capitanes, los contramaestres… Y discuten, critican, diseñan… ¡las mismas propuestas de siempre! Así que me cito porque es lo que ellos hacen. Con una diferencia: ellos repiten consignas y prácticas y se contentan cuando las estadísticas les permiten subir algún puesto en el ranking mundial; yo, sin embargo, lo que sé –y no simplemente especulo– sobre la educación, y sobre cualquier otra cosa que sea fundamental para el hombre, es algo de lo que no quieren oír hablar o les ha dejado sordos de tanto no intentarlo: los instrumentos no aportan nada si los fines a que se orientan mueren por deshidratación axiológica. Hasta que los almirantes no se decidan a “hidratar” las bodegas, la educación, y no sólo la educación, seguirá siendo un pudridero de inanes mercancías.

Lo terrible es que esas mercancías son personas que se descargan en puertos de posterior tristeza y se empaquetan en costumbres de singular vacío.


El vídeo fue una aportación de Francisco (Samsa777) en su comentario a la entrada del 4 de mayo. Boccherini es un luminoso adorno que acompaña en este caso el cambio de rumbo de una nave, que a mí tanto me gustaría ver antes de jubilarme.

lunes, 6 de diciembre de 2010

Polvos, vientos, lodos, tempestades…

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No se extrañe quien sufra tempestades si antes de ellas vio la mano que sembró sus vientos. No se confunda quien naufrague en lodos si antes supo qué polvos se esparcían. Porque el hombre siempre ha hecho la historia de la misma manera: el resentimiento individual de unos pocos, más o menos listos, se halla con la fisura de unas generaciones más o menos tontas, vierte en ellas su líquido y el frío de la decadencia hace el resto. El hielo es una cuña rompedora; ni el granito más firme resiste su quehacer mecánico: al cabo, la mole de una roca inmensa se hace pasto del viento… Y el viento es un Mercurio que lleva a los desiertos noticias de la demolición de las montañas.

En tiempos tan desenfadados y lúdicos como los que corren, lo justo es proponer un juego o una adivinanza: ¿qué vientos son los vientos de que hablo?, ¿qué tempestades a las que me refiero?, ¿qué lodos en los que naufragamos?, ¿qué diminuta convicción nos queda para impedir que en los desiertos se esparza el sueño que una vez tuvimos...?

Si alguien leyera esto y acertara la respuesta, merecería un trono. Por mí se lo daría. De lo que no estoy seguro es de que aún quedaran súbditos para defender su reino.
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