sábado, 31 de diciembre de 2011

Un deseo para el nuevo año

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Escribe Kant en el Libro II de la Crítica de la Razón Práctica: “… no es propiamente la moral la doctrina de cómo nos hacemos felices, sino de cómo debemos llegar a ser dignos de la felicidad.”

No me parece mala sentencia para acabar un año de malestar alcanzado y empezar otro de adversidad prometida. Las ‘vacas gordas’ fueron a todas luces consecuencia de un montón de ‘burbujas’ falaces y nada honradas. Las migajas de Epulón cayeron con abundancia sobre Lázaro porque Epulón obtenía pingües beneficios de su quehacer indecente.

Esa felicidad perdida era inmoral; nadie debe añorarla, nadie pretenderla, nadie reclamar su apuntalamiento engañoso. La felicidad debe ser otra; y la revolución necesaria, también. Hay que empezar por dentro, bajar a los suburbios del alma y sublevar nuestra voluntad contra nuestro egoísmo. Hay que levantar barricadas frente a la complicidad consentida cuando la bonanza. Hay que apedrear los escaparates del silencio si exhiben nuestra callada indignidad...

Pero dentro; para que funcione de verdad una revolución como ésta, debe empezar por dentro, por mirarnos la ciudad del alma en los espejos y poner patas arriba nuestro íntimo orden no debido. La algarada exterior, el ruido ajeno, la propagando, el titular, la crónica… son espectáculo y negocio, reventa de las mismas entradas para el circo de siempre. Con espectadores así, sólo se hace el aburrimiento de la Historia. Mi deseo para el nuevo año es diferente: yo quiero que se alcen las almas contra sí mismas y pretendan no ya la felicidad, sino la dignidad de gozarla.

Y proclamar después, también con Kant, esa preciosa conclusión con que cierra la obra citada:

El cielo estrellado sobre mí y la ley moral en mí.
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miércoles, 21 de diciembre de 2011

La nostalgia o el vacío de la memoria

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Supongo que en cada uno de nosotros existe un raro mecanismo que activa el proyecto de la memoria. No la memoria simplemente, sino su indefinido proyecto. Lo califico así porque no soy capaz de delimitarlo, porque no sé qué es en realidad. Se parece a un deseo concebido por el alma para creer en el paisaje de sí misma; aunque no lo haya sido nunca, aunque jamás haya sabido dibujarse en el reloj por que pasaron sus días. Supongo que ese mecanismo extraño es un azar con que nos encontramos: una imagen que nos asalta, un perfume que nos embarga, una música que nos rodea... Qué más da; es algo que pasa en nuestras afueras y se cruza con nosotros. Lo vemos o lo acariciamos o lo oímos… y el microprocesador de la memoria, esa memoria tan kantianamente pura, tan huérfana de contenidos, se dispara aunque no lo pretendamos.

El nombre que le damos a este vacío rememorar es nostalgia. A su padecimiento lo solemos llamar melancolía.

A mí me pasa con esto, que he recogido otras veces. Merece la pena volver a oírlo.



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viernes, 9 de diciembre de 2011

Oscuridad encadenada

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Prometeo acabó encadenado a una roca por su osadía; Sísifo, a un quehacer inútil por su impertinencia; los subterráneos esclavos de Platón, a una caverna por la torpeza de su alado auriga…

Tal vez, el hombre sólo es libre entre paréntesis porque está condenado a encadenarse, porque está encadenado a un destino en que inevitablemente deja de ser libre. Tal vez, el hombre no es más que un paralogismo de la libertad.

Como yo, sin ir más lejos, aherrojado en mi interminable imaginaria que no acaba de ver amanecer, que no acabará nunca, porque el día anterior, el día en que me nombraron para el servicio, fue en realidad el último día; un día sin día al que lo único que habría de ocurrirle era la noche siguiente, la noche a la que seguiría la noche de después...

Incluso a mí me aburre tanta oscuridad.
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jueves, 1 de diciembre de 2011

Manual de emergencia para un náufrago

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Lo primero es mirar el horizonte, plano y azul del mar, y pensar que morir es lo de menos.

Lo segundo, alegrarse de ser tú –y no nadie a quien quieres– el que ha ido a parar en tal estado.

Lo tercero, buscar alrededor algo que flote por sí mismo; el trozo de un recuerdo, por ejemplo, que, de puro feliz, no sea sumergible.

Lo cuarto, respirar pausadamente; reconocer la vida en cada bocanada de aire aún permitido.

Lo quinto, conceder al frío la ignorancia; al cuerpo, en tanto mar, la indiferencia.

Lo sexto, disfrazar los brazos de heroísmo y nadar hacia islas que no existen.

Lo séptimo, leer la oscuridad, la noche, el código morse de los astros…

Lo octavo, inventar un sol naciente y la sombra de un barco en la distancia.

Lo noveno, gritar una palabra a la que no nos atrevimos nunca.

Y lo décimo… comprender que morir es lo de menos.
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miércoles, 16 de noviembre de 2011

Sesión continua

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Cuando uno se hace viejo, pero conserva aún cierta capacidad de abstracción, tiene la impresión de que vivir es pasear la mirada repetidamente por una película de sesión continua. Una película que, claro está, siempre tiene la misma trama envuelta por los mismos diálogos. Por eso ningún tiempo pasado fue mejor; ni tiene posibilidad de serlo ningún tiempo futuro. Si el animal y la planta son prisioneros de su genética, el hombre lo es de su fabulación: aquéllos siguen haciendo lo que inevitablemente no pueden dejar de hacer; éste, lo que ingenuamente cree que acaba de inventar.

Cuando uno se hace viejo, y no del todo tonto, se aburre con la película que habla de lo mismo para desarrollar la pretensión de siempre y acabar en igual nada. Y cuando ya no aguanta más, cuando hasta las palomitas al paladar disgustan, se levanta de la butaca, rompe la entrada y se vuelve a casa. En el fondo, morir no es más que eso.

Estoy seguro, una vez más, de que Platón y yo estamos de acuerdo.
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jueves, 10 de noviembre de 2011

Sin noticia de mí

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Esta mañana, mientras me afeitaba, me he preguntado si ocurría algo. No sé qué confusión del alma he visto en el espejo que me ha empujado a hacerlo. Para sorpresa mía, no me he hecho ningún caso.

Me he sentido incómodo; más aún, decepcionado. No hay derecho: uno pasa la vida sacrificándose para que nada le incomode y, de repente, un día aciago, deja de hablarse. Es injusto, con lo que yo he hecho por mí, con la cantidad de sueños que me he consentido, con todo lo que he empeñado en ser quien más me convenciera… Y ahora voy y no me hablo… Ahora, que me queda tan poco.

De momento no he roto relaciones; pero, si esto se repite, no tendré más remedio. La dignidad es la dignidad y no tengo por qué soportarme la insolencia. Si no quiero saber de mí, allá conmigo.

Al fin y al cabo, ser ‘yo’ es redactar un sofisma; y vivir, interrumpir un apacible silencio.
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miércoles, 2 de noviembre de 2011

Dos de noviembre

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Leo en alguna parte que el 60 % de los españoles olvida a sus difuntos después de diez años. Me alegro, una vez más, de quedar fuera de las estadísticas y sus enfermos porcentajes. Llevo cuarenta y dos años recordando a Paco, un amigo que se me rompió en un Seiscientos el mismo día que Armstrong pisaba la Luna; treinta y ocho hablando con Jorge, un casi hermano que se destrozó la vida sobre una moto camino de Soto del Real; treinta y uno paseando Madrid con Conrado, un antiquísimo alumno que se dejó el futuro en su promesa por culpa de una isquemia maldita en el cerebro… Y cinco, sólo cinco, aunque valdría cinco elevado a su infinita potencia, departiendo por teléfono con mi madre (que se marchó sin ruido y humildemente un dos de marzo) todos los días, a las once de la noche, sobre las cosas que me pasan y me alegran y acerca de los hechos que suceden y me duelen…

Podría centuplicar la lista. A mis años no es difícil.

Si la estadística esa es cierta, tenemos un problema; grave e indecente. Grave, porque la vida no es disimular la muerte ni hacer fiestas de disfraces entre calabazas y zombis. Indecente, porque vivir, humanamente, es heredar la circunstancia de los otros, los que no están, los que hicieron el paisaje por el que echamos a andar –¡hace tanto tiempo…!– la voluntad de ser…

Y la memoria.
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miércoles, 26 de octubre de 2011

Cosas de otoño y del alma

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Ocurre cuando otoño se olvida de tonterías y se acepta sin más, cuando deja de coquetear con lo que ya no puede ser y se decide a sí mismo, a la arrogancia melancólica de sí mismo, a los fríos improvisados, a las primeras lluvias.

Ocurre una tarde cualquiera de temprano octubre si es un otoño serio y como Dios manda, o de octubre tardío –de octubre casi noviembre– si es un otoño-viejo-verde y galanteador, un otoño de ésos que tanto pasan últimamente porque, como todo, quiere alargar su verano más allá de lo posible.

Ocurre de repente. Miramos a través de la ventana, y el día está en silencio. Llueve, y la luz no suena. Y el sol, el último sol del último verano, se hace nudo en la garganta del paisaje.

Ocurre sin querer –quiero decir, sin que nosotros queramos– a lo largo de siempre. Miramos a través del alma, y el mundo está en silencio; y nosotros estamos en silencio… Y el sol, el último sol de la última hazaña inviable, se hace nudo en la garganta de la vida.

Porque sabemos, como el otoño sabe, que la siguiente primavera es empresa que ya no nos concierne.
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lunes, 24 de octubre de 2011

Sueños

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Hay horas que jamás tuvieron días
para ser y contarse, horas rotas
que giran en el cielo por órbitas extrañas
soñando aterrizar en un reloj cualquiera.

Son horas con sucesos prodigiosos
que conservan un tiempo que no ocurre
ni nunca ocurrirá porque la historia
sólo es fragua de hazañas sin sorpresa.

Pero a ellas les da igual:
como el polvo de un astro reventado,
giran alrededor de días hostiles
por la pureza de no haber sucedido.

A veces cae alguna en la atmósfera de un sueño
y deja un arañazo en la razón del hombre,
un reguero de luz como una estrella
de ésas que no lo son y aran el cielo.

A veces pasan cosas en el alma
que no ocurrieron nunca,
que no tuvieron días para ser y contarse,
ni nunca tendrán horas donde escribir el tiempo.



23 octubre 2011
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miércoles, 19 de octubre de 2011

El pensamiento breve

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Ni la verdad ni la esperanza ni la justicia consisten en “gestos” o “frases”. Éstas, las sentencias sorprendentes –a que tan adicta fue mi generación–, son la consecuencia de una entrenada cultura, de un ser humano troquelado por los mensajes breves y acostumbrado a reaccionar ante los relámpagos, más o menos impactantes, de un anuncio. Porque si el pensamiento es más largo que un destello, ya no se soporta; sólo aburre y, por consecuencia, se ignora. La cultura que nos queda está hecha de flashes, configurada por unas lucecitas que destacan ocurrencias puntuales mientras dejan en sombras la causa real y ciegan la posibilidad de pensar su “y-luego-qué”...

Guste o disguste, nuestro tiempo es de titulares y efectos especiales; un tiempo leído en pancartas más que en libros, súbdito de la publicidad y el marketing, siervo no consciente de serlo, que es la más triste de las servidumbres humanas. La promisión de la justicia futura recurre a los mismos mecanismos que la comercial promoción de cualquier gilipollez innecesaria. Occidente está agotado si no tiene un proyecto. Y Occidente, se mire desde sus rascacielos o desde sus plazas, ya no sabe tenerlo.

Así que, guste o disguste, la esperanza se vende en las calles con la misma estrategia que un automóvil o un desodorante. Aunque, si no funciona, si se trata de un producto adulterado, carece de garantía: nunca nos devolverán el tiempo y la vida que invertimos en soñarla.

Son cosas que descubren, más temprano o más tarde, los consumidores habituales de esas lacónicas promesas.
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domingo, 16 de octubre de 2011

El escéptico

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A mis años es muy difícil reconvertir la fe. Si se tiene, naturalmente; si no se tiene, es imposible crearla, por mucho que digan. El hombre es un animal que siente libremente –alegría, tristeza, desesperación, confianza, indignación, beneplácito…– y que sabe que siente. Después, es un animal que piensa y cree saber lo que piensa. Pero ya no siente, ya ha convertido su sentimiento en una red de ideas; no platónicas, que son por sí mismas; sino cartesianas, que son por el pensamiento. A partir de entonces, el hombre cree verdad lo que aquél urde. Y lo adora y lo convierte en proyecto. Así nacieron todas las ideologías: de un sentimiento real que “se” pensaba libre. Pero también así murieron todas: de un “pensar adiestrado” ya incapaz de sentir nada. Por eso cometieron todo género de iniquidades, porque ya no sufrían con el dolor de nadie ni gozaban con la felicidad de ninguno, sólo aspiraban a atrapar en su red de ideas a todos los hombres.

Es ley de vida. O, mejor dicho, ley de historia; ley que acaba llamando libertad a la negación de su viejo sentimiento.
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martes, 11 de octubre de 2011

La tristeza de Teilhard

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…para un marciano capaz de analizar tanto psíquica como físicamente las radiaciones siderales, la primera característica de nuestro planeta sería ciertamente la de aparecerle no ya azulado por sus mares, o verdeante por sus bosques, sino fosforescente de Pensamiento.

Teilhard de Chardin. El fenómeno humano.




Demasiados iconos prescindibles.

Demasiado cartel de signo vacuo.

Demasiadas palabras sin palabra
que merezca la pena haberse dicho.

Demasiada señal por todas partes.

Por aquí, por allá… Por las moléculas
del aire tembloroso. Por la tinta
común de los bolígrafos… Por páginas
de blanco maltratado o autopistas
de apremiante vaivén y banda ancha.

Demasiado de todo… Demasiado
algoritmo sin cálculo y propósito
creyéndose ecuación innovadora.

Demasiado de nada que se quiera
lo bastante a sí mismo.

............................................Enajenada,
cruza la noche el alma como un astro
que supo amanecer... Y atardeció,
costra seca de sombra en el vacío.


11 octubre 2011
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viernes, 7 de octubre de 2011

Películas viejas

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Cuando yo era niño, es decir, cuando el tiempo no existía, se ponían muchas películas de submarinos. Había en ellas, naturalmente, buenos y malos; sin paliativos, porque mi Era es anterior a la Corrección Política: a. C.P. (un “aséptico” indicativo cronológico, por cierto, que desde aquí propongo a la “delicada” estupidez de los muchos “puros” que en Occidente habitan; la BBC, por ejemplo). Según cayeran unos u otros por encima o debajo de la superficie del mar, yo sufría más o menos. Pero siempre se repetía una escena “clásica”: el destructor descubría al submarino y empezaba a hacerle la vida imposible. Entonces, el submarino se iba al fondo. Y se detenía. Y se quedaba en vilo, a enorme profundidad, con su inmóvil tripulación sudorosa, escuchando el bip-bip creciente del sónar y temiendo la ocurrencia de lo peor bajo las cargas de profundidad de los buenos –o malos, según correspondiera–. Si las cosas iban bien, el bip-bip se diluía lentamente y acababa perdiéndose en un raro silencio. Entonces el capitán, que era la metáfora etérea de la virtud –o de la perversidad, según tocara–, pulsaba el interruptor de su micrófono y ordenaba con triunfante sonrisa: ¡A toda máquina!

Esta película la he vivido mil veces en días de melancolía y desaliento, que es cuando el alma se va al fondo. En ese fondo he detenido los motores mientras respiraba el poco oxígeno que los destructores me consentían. En ese fondo he aguardado el paso de los acorazados y los despropósitos… Pero ahora, que es tan tarde, el capitán se ha hecho viejo y el submarino herrumbroso…

Y no hay tripulación a que ordenarle nada, absolutamente nada, con una sonrisa triunfante.
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martes, 4 de octubre de 2011

Discurrió en ambiente festivo…

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Trabaja, y mientras trabaja
masculinamente serio,
se unge de lluvia y se alhaja
de carne de cementerio.

Miguel Hernández


No lo entenderé nunca, por más que lo lea con agobiante frecuencia: “la manifestación se caracterizó por el ambiente festivo…” Si uno fuera extraterrestre y estuviera recién caído en la Tierra, pensaría que la gente se sentía feliz, que celebraba algo extraordinario, tan extraordinario que lo festejaba en las calles con volatines, tambores y panderetas.

Lo que pasa en el mundo, lo que pasa en España, lo que entre nosotros ocurre (mejor dicho, lleva ocurriendo veinte años) en “educación”, es tan dramáticamente serio, que la escenificación jocosa de sus consecuencias resulta ofensivamente patética.

No hay que quemar contenedores ni romper escaparates, por supuesto; pero tampoco hay que deambular, estúpidamente sonriente y “disfrazado”, para denunciar la incompetencia de quienes nos gobiernan o la injusticia con que lo hacen… A no ser que la denuncia sea una estafa, un fraude sustitutorio –estratégicamente concebido por el “poder confuso” de la demagogia– para invertir la torpeza “del otro” en beneficio propio y blanquear su despropósito en la iniquidad de siempre.

A veces se echa de menos la seriedad del hombre. La seriedad aquella que se dolía de sí misma…

Y de sí misma seriamente hablaba.
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Imagen obtenida de
http://www.elmundo.es/index.html?a=GRU3a32267d29eed3055f33c86080d5c3e9&t=1317766487

domingo, 2 de octubre de 2011

La verdad, ese humano deber

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…Quid est veritas?


La verdad es una obligación. Para el ser humano, naturalmente; para las demás criaturas, no. Las demás criaturas son lo que les ha tocado ser. Y no encuentran problema en ello; por eso los geranios se limitan a ser geranios y los saltamontes, saltamontes. La verdad para la naturaleza es la herencia del tiempo acumulado. Las plantas y los animales sólo tienen que vivir de aquélla e invertirla en la prole que habrá de sucederles. Ellos sí que pueden decir que “el mundo está bien hecho”; o, simplemente, que ya está hecho. El hombre, sin embargo, nace sin riqueza y sin verdad. Su herencia es pobre; miserable, diría: apenas tres o cuatro muebles para adornar un edificio desnudo. Y a partir de ahí, tiene que hacerlo todo: descubrirse, ganarse, reinventarse, quererse... ¡Todo! El hombre es el único animal construido naturalmente para conocer el mundo a costa de no saber de sí mismo. Por eso estamos en las metafísicas antípodas de la vida: todos los seres menos nosotros saben la verdad de lo que son; y cumplen con ella rigurosamente. Jamás pastará el lobo ni cazará la oveja jamás. Nosotros, sin embargo, tan atentos y pendientes, tan inquisidores de la exterioridad, tan capaces de predecir la posición de los astros o la evolución de las tormentas, ante un niño, ante la humana pequeñez de un niño, nunca podremos aventurar la imprevista invención de sí mismo que acabará siendo. Nunca, por mucho que sepamos escribir en los laboratorios la ecuación ya resuelta de su modesta esencia.

Una pena, sin embargo, lo poco que la verdad ya nos importa.
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viernes, 9 de septiembre de 2011

La gota

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Una gota no es una nadería.

Una gota es una debilidad inexplicablemente poderosa; un ser precario y dulce que aún no quiere romper acantilados.

Una gota es una transparencia, esférica y humilde, capaz de desmontar la opacidad extraña de las cosas.

O una metáfora sucinta de la paciencia, de por qué la paciencia ya no puede seguir siéndolo.

Una gota es mucho más que la nonada que se queda colgando de las hojas después de una tormenta…

Es la sinécdoque de Dios bajo unos ojos cuando el mundo es inicuo…

Es el resumen del alma que empaña la mirada poco antes de arrancar al corazón lo imprevisible…

Una gota es el limes de la ira
que advierte la razón de una tristeza inmensa.


9 septiembre 2011
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miércoles, 7 de septiembre de 2011

Yo invito

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Qué le vamos a hacer: no hay forma humana de que llegue alguna vez a “coincidir” con ningún “colectivo”. Tonto de mí, supuse que al final, que tengo ya muy cerca –profesionalmente, claro, porque el otro llegará cuando se le antoje–, estaba a punto. Pero no. Tampoco ahora. Al cabo, tendré que morirme “sin gente”. ¡Manda narices!

Según parece, todo lo interpreto mal. Yo no soporto que un indocumentado insulte mi oficio. Y alguien, menos indocumentado que intencional, lo hizo. Esto se me antojaba prometedor. Pero tampoco: detrás de los jinetes sólo había un racimo de cañones oxidados y antiquísimos.

Es otro error, o es otra clase de indecencia, insistir en el conflicto miserable de las malditas “dos horas lectivas”. El problema no es ése. Los tiempos que corren tendrían que apuntar a otro tipo de voluntades. La Administración debería ser valiente. Ni ofensiva ni engañosa ni seductora. Y nosotros, alardear de gallardía. No gemir para exigir que todo vuelva a ser lo que antes era, sino desarmar el insulto y exigir lo inesperado. Algo tan raro como esto: “¿Me pedís “dos” horas más para seguir civilizando el mundo que habéis podrido…? De acuerdo. No hay problema. A cambio exijo las mismas condiciones que tenía; mejor, algunas más. Ya sé que no tenéis con qué pagarlas. Tranquilos, yo invito. Así que haced las cuentas: me estrecharé la vida a otros cinco, o diez, o quince…, o a cualquier por ciento imprevisible que se os ocurra. Esta ronda es mía, os invito a beber el cáliz más amargo de mi tiempo. Y pago yo, tranquilos. Pero ¡ojito!, no olvidéis que estoy harto, auténticamente harto, que es un estado que ocurre más allá de las indignaciones y de los partidos y de los sindicatos. Algo que pasa en el alma cuando cualquier “después”, cualquier promesa, es prescindible… Quiero decir, cuando todo da lo mismo. ¡Y sabe Dios lo que pasa después de un da-lo-mismo!”

Eso es lo que yo haría. Pero, qué putada, no lo entendería nadie. Al cabo, me tendré que morir “sin gente”.
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domingo, 4 de septiembre de 2011

Carta abierta de un profesor madrileño a su Presidenta

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Sra. Presidenta:

Hoy, domingo primerizo de recental septiembre, voy a robarme unos minutos de mi “acostumbrado descanso” para escribirle unas palabras a las que usted, naturalmente, no va a dedicar un solo segundo. Pero lo entiendo –yo soy así, afable y comprensivo–: usted tiene muchas cosas que hacer; yo, sin embargo, soy una especie de “okupa” en su Administración que sólo dedica unas pocas horillas de su vida a parlotear en las aulas.

El asunto que me preocupa tiene que ver con una impertinencia suya –dicho sea sin ánimo de ofender y según la primera acepción que la R.A.L.E acomoda a la palabra susodicha–. Al parecer, y como consecuencia de la inquietud del profesorado ante los ingenios con que su gobierno quiere poner freno a la “crisis”, nos ha dedicado usted algunas perlas verbales como ésta: "Sabemos que les estamos pidiendo un esfuerzo especial, pero 20 horas son, en general, menos de las que trabajan el resto de los madrileños." Insisto en la “impertinencia”, porque estoy convencido de que lo dijo usted “fuera de propósito”, es decir, sin ánimo o intención. Vamos, como “sin querer”. Y es mejor así, porque la intencionalidad equivocada, moralmente al menos, puede perdonársele a cualquiera. Peor sería, en mi opinión, que lo hubiese dicho usted “sin saber”, es decir, sin tener la más remota idea de las horas que “trabaja” un profesor. Si esto fuera así, desde luego sería muchísimo peor; porque la ignorancia de un gobernante sobre los asuntos que conduce, y corregir pretende, tendría que ser motivo de su inhabilitación inmediata. Usted lo haría conmigo, sin ninguna duda, con total justicia.

Me llama la atención que en un conflicto reciente –y de solución casi inmediata por cierto– sobre la Liga de Fútbol, a nadie se le pasara por la cabeza afirmar que los futbolistas trabajan 90 minutos a la semana (“en general, menos de lo que trabajan el resto de…” los mortales). Bueno, en realidad no me llama la atención, porque cualquier pardillo habría respondido inmediatamente que esos 90 minutos sólo son el relámpago del espectáculo, la punta de un iceberg que se sostiene en la enormidad sumergida de un trabajo tedioso, rutinario y constante día tras día. Por desgracia, esta diligente sabiduría del pardillo sobre el trabajo de un futbolista se convierte en perezosa ignorancia cuando se trata de un profesor. La lamentable, injusta y mezquina imagen de éste, provocada por algunos de ustedes y consentida por casi todos los demás, ha conseguido convertir mi oficio –que es lo que primero y siempre necesita el hombre para cumplir su naturaleza– en una especie de taberna de vagos. Declaraciones como la suya, Sra. Presidenta, ya sea por ignorancia o descuido de la voluntad, son un crédito gratuito y lamentable para ampliar esa taberna.

Hace un año, con la ley de Autoridad del Profesor, que usted conocerá, tuve un espejismo. Por desgracia ya se me ha pasado. Lamento profundamente el menosprecio sistemático con que se trata nuestro esfuerzo y nuestra dedicación, pero lamento aún más la enfermedad social que con ello se está propagando.

Brindo desde la barra de “mi ociosidad”…

A su salud, naturalmente.


P.D.: Una pregunta al margen: después de un jueves de doce horas y media en el instituto y dos horitas en casa corrigiendo unos exámenes, un viernes de otras doce horas de permanencia en aquél, y un sábado de cinco horas ajustando cálculos (actualmente soy Jefe de Estudios y el lunes tengo la reunión del “cupo”) he llegado a la conclusión de que en tres días (incluyendo uno no laboral) ya llevo treinta y una horas y media de las “veinte” que, sin yo saberlo, me corresponden. ¿Quiere esto decir que la próxima semana sólo debo trabajar ocho y media?
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miércoles, 31 de agosto de 2011

Septiembre de 2011

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No tengo ganas de septiembre. No tengo ganas de hacer recortables con el alma ni de mirar paisajes que no existen ni existieron, ni van a existir nunca. No tengo ganas de empezar otra colección de sueños en fascículos para no acabarla nunca.

No tengo ganas de septiembre –que ya está, como quien dice, a unas pocas zancadas, a un puñado de horas en el calendario–. Esta vez no; esta vez estoy septembrinamente desganado. ¡Sabe Dios por qué! Bueno, Dios y yo; porque, aunque me esté mal decirlo, de las cosas que tratan sobre mí, sólo Dios y yo tenemos conocimiento. Esto irrita a mucha gente, sobre todo a quienes encanta invadir el alma ajena. La mía es “territorio comanche”, que, como Pérez Reverte afirma, es “el lugar donde el instinto dice que pares el coche y des media vuelta”.

No tengo ganas de septiembre porque su tierra prometida es yerma: apunta a lo de siempre, que después se hace nunca, y se ampara en sepulcros blanqueados; pervierte mentirosamente el horizonte y seduce a la inocencia extenuada... Viene de polvos adiestrados en volverse lodos. Viene de mucho tiempo atrás. De siempre, casi. Promete titulares en la prensa y arranca los enardecidos aplausos de la ignorancia provocada y consentida. Reclama educación y lleva veinte años menospreciando su posibilidad. Exige indefinidas “realidades” sin que haya humana forma de traducir su exigencia.

Hay tristezas privadas y tristezas comunes. Cuando se comparan, las primeras siempre tienen un dígito; las segundas, sin embargo, son innumerables siempre. Se puede tener ganas de otro día, de otro mes, de otro año, cuando, orbitando en una de aquéllas, no reparamos en la otra. Pero cuando las dos nos ocurren simultáneas, cuando sucede la planetaria conjunción de las dos tristezas, se nos quitan las ganas de otro año, de otro mes, de otro día…

No sé; quizá sea por eso. En cualquier caso, esta vez no tengo ganas de septiembre. Pero da igual: después de todo, yo sólo soy un albañil cuya tarea es apuntalar un edificio en ruinas… ¡Qué más da que tenga o no ganas de hacerlo!
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lunes, 29 de agosto de 2011

Raptar una sonrisa

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No tiene la menor importancia. Es un recuerdo galante que apareció en mis viejos “atardeceres” un doce de marzo de hace casi un lustro. Se trata de un soneto vanidoso que naufraga en su desencanto y al final se refugia en la irrealidad de otros mundos paralelos. Es un racimo de palabras arrancado de la mecánica cuántica. O de Borges, tal vez, y sus extraños jardines con “senderos que se bifurcan” ilimitadamente.

Hoy me ha apetecido recordarme.

Perdón una vez más por ser innecesario.

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viernes, 26 de agosto de 2011

El sueño

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Anoche tuve un sueño extraño. Todos los sueños lo son, pero algunos más que otros. Era inocente, sencillo, sin ninguna advertencia inquietante. Sin embargo, lo sentí terrorífico. No sé por qué, probablemente porque el terror es tan inexplicable como todas las afecciones que padece el alma. Trabajaba yo en no sé qué rara ocupación que me exigía atravesar largos corredores. Siempre iba de un lugar indefinido a otro indefinible. Y lo hacía corriendo. Atlética y elegantemente por cierto, lo que no creo sea definición precisa de mi modo de correr. En una de esas idas y venidas empezaba a oír a mis espaldas, muy lejos, el ruido metálico, armónico y constante, de unas muletas; algo parecido a los inquietantes paseos del capitán Ahab sobre la cubierta del Pequod. Yo seguía corriendo a una velocidad deliciosamente olímpica. Sin embargo, las muletas, constantes y armónicas, sonaban cada vez más cerca. No lo entendía: la lógica de los sueños es, en el fondo, tan incontestable como la de la vigila. Por eso Descartes tuvo que refugiarse en el “genio maligno” para retorcer su duda; porque los sueños pueden engañarnos con casi todo, pero nunca nos muestran un triángulo con cuatro lados o intentan convencernos de que dos y dos suman cinco. Lo sueños son extravagantes, pero no idiotas.

No; no lo entendía: mi brillante y atlética carrera no podía verse alcanzada por un perseguidor con muletas. Era la aporía inversa de Zenón de Elea: la tortuga por detrás de Aquiles, pero acercándose más y más –sin duda, Parménides fracasa por las noches–. El absurdo era cada vez más evidente; incluso empecé a sentir esa impotencia muscular, tan frecuentemente soñada y malquerida, de pretender correr y no avanzar. Entonces miré hacia atrás…

Ése fue el momento del terror inexplicable. A mis espaldas corrían dos niños sonrientes; uno avanzaba apoyándose en una muleta con el brazo derecho, y el otro hacía lo propio con el izquierdo. Al verlos, grité; no sé por qué, pero grité hasta despertarme.

Y me desvelé con una inquietud ancestral.

¿Qué quería decirme a mí mismo?... ¿Que soy una vanidad estúpida que puede ser alcanzada por su propia insignificancia?... ¿Que tras de mí corre una invalidez mucho más valiosa que su tonto orgullo?...

¿Quién le da permiso al sueño para contarnos derrotas que no le hemos permitido?
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lunes, 22 de agosto de 2011

Cristo, Lope y Velázquez

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Amo el XVII –creo que es evidente en mi perfil–, no porque este siglo alcanzara ninguna perfección especial, sino porque tenía una grandiosa esperanza. Soy consciente de que había tristeza, dolor e injusticia –tánto de todo y más de cada cosa de lo que hoy pudiera imaginarse–. Sé que había tiranía y traición. Y crimen y pordiosería, una enormidad de pordiosería… Sé de todo eso –¡por favor, no me lo cuenten de nuevo!– Pero la verdad es como la hiedra: puede trepar y alzarse cuando encuentra el muro de un edificio consistente, o desmayar su esperanza si la pared no es más que una tienda de campaña.

Entienda quien entenderme quiera. Aunque me da lo mismo que lo haga o no. En todo caso, Lope habló de esta verdad con brillantez sublime y Velázquez bordó tanta trascendencia en la bendición irrepetible de sus pinceles.

Yo sólo puedo ponerles voz y admiración…

Y dedicarlo, de paso, a unos dos millones de jóvenes, más o menos, que esta última semana han avivado su recuerdo.



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viernes, 19 de agosto de 2011

"...y más educación"

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PROTESTA EN MADRID contra la visita papal
Varios miles de manifestantes reclaman "menos religión y más educación"
Jueves, 18 de agosto del 2011 (elPeriódico.com)

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Me parece normal que reclamen educación. A costa de lo que sea. Es verdad: sin educación el hombre no se convierte en un idiota, sino en un absurdo, en una realidad prescindible que ya no puede ser animal –porque genéticamente se le ha olvidado– ni en sí mismo –porque no recibe la posibilidad de serlo–. Cosas parecidas ya las pensó Aristóteles. Se refería él a la sociedad, que –como todos sabemos– es la arquitectura diseñada en los planos de la educación y sin la cual el ser humano se queda indefinido en un limbo donde no llega a ser dios, pero tampoco la bestia precedente. Aunque, a veces, ni sociedades ni tiempos saben gran cosa de Aristóteles. Lo que tampoco parece importar a éstos ni a aquéllas. Sobre todo si la indignación de las últimas se convierte en indignidad; o en otros “in” más patéticos que se creen incuestionables porque azarosamente coincidieron con lo indiscutible para acabar proclamando lo que menos querrían: su triste ignorancia, que arrastra un “in” diluido en la gnosis, es decir, en el conocimiento.

Por eso me parece plausible que demanden “educación”, de cuya escasez, sin embargo, no tiene culpa alguna el cristiano católico peregrino que ha venido hasta nosotros desde lejísimos con la inocente intención de coincidir en el signo de su esperanza.

Lo peor, lo más triste, lo más indigno de una idea es mostrarse inhóspita con cualquier otra que viaja para coincidir con su esperanza. Ahí, precisamente, es donde se entiende que, para paliar tan aberrante hostilidad, exijan justamente una educación mayor.

Sin duda, para no deambular en el metafísico limbo aristotélico...

Con toda seguridad, para no disolverse en el animal que fueron o esparcir la impotencia de pretenderse el dios que nunca serán.
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martes, 16 de agosto de 2011

Iconoclastas

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La iconoclasia es contraria a la razón –las matemáticas son tan icónicas como el Jesús de Medinaceli– y proclive a la engañifa –los no-iconos de los iconoclastas son tan iconos como los que más–.

Unas veces la iconoclasia propende a la soberbia individualizada, particularizada, pormenorizada en la breve importancia de cada uno; otras, no es más que adoración nirvánica de la cobardía humana al interpretar cuanto supera su presunta valentía.

Porque el hombre es un animal que irrumpe en la vida para llenarla de símbolos, para engrandecer aquélla a través de éstos.

Un iconoclasta puro, rigurosamente puro, acabaría demoliendo las palabras, destrozando los conceptos y regresando al árbol del primate más rudimentario que se negó a ser tan rudimentario.

Pero nuestros iconoclastas no son tan iconoclastas; en realidad, son iconoclastas a medias, espurios… ¡Simples traficantes de iconos!

Porque nada hay más icónico que el poder, la riqueza, la soberbia, la gloria…

O el mero aplauso con que se venera a cualquier imbécil que, por histórico azar, se encontró en la circunstancia de no parecerlo.
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lunes, 8 de agosto de 2011

Leyenda Negra

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Te hablaré de Van Gogh a mi regreso.
De Rembrandt, claro está; de los canales
y de algunas tristezas veniales
que se deja un adiós después de un beso.

Te hablaré –y es mentira, porque eso
de hablarte no es real– de flores tales
que aprenden a venderse en las postales
y negocian la luces de su exceso.

En Coslada, Madrid, después de ahora,
de este ahora difuso entre dos luces,
te hablaré de la historia y sus quehaceres.

Y de un grano de polen, de un espora
que el tiempo malsembró en sus contraluces
y regó con dolor y atardeceres.


7 agosto 2011

(Perdón por el silencio de estos días: estaré ausente una semana… Paseando por Ámsterdam).
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viernes, 5 de agosto de 2011

Oficio humano

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Para Lola R. M.


A veces, alguien cercano pasa un mal trago y tiene que cruzarse con un dolor que no se pudo evitar... Sin embargo, seguimos haciendo la vida de siempre… Y no entendemos que esto sea posible, que pueda uno abrir el mismo frigorífico y beber la cerveza acostumbrada, o consultar el mismo periódico y saber de las mismas cosas de todos los días mientras alguien, cercano, se cruza con un dolor que se empeñó en ser inevitable. Pero entonces, uno –que nunca ha sido gran cosa– se da cuenta, además, de que también sigue haciendo la vida de siempre mientras alguien, cualquiera, una enormidad cotidiana de la que todos los días habla el mismo periódico, sufre un dolor evitable, inevitable o trágicamente irreversible. Y es entonces –mientras alguien querido se cruza con el dolor– cuando uno se da cuenta de que ser hombre es una crueldad imperdonable… Porque uno sigue haciendo lo que siempre hace, y el sufrimiento, exactamente lo mismo que siempre hizo.

Supongo que esto es una tontería, pero si el hombre –que sobre la vida lleva la tilde incomprensiblemente divina de la conciencia– alterara un punto de su tedioso egoísmo porque alguien, cercano o no cercano, hubiera tenido que cruzarse con el dolor, entonces, de repente, sobraría todo: los políticos, los banqueros, los ideólogos, los salvadores del mundo, los “indignados”, los creyentes, los incrédulos, los ateos, los agnósticos, los fundamentalistas, los fachas, los “progres”… Todo lo que nos inventamos, toda la caterva submarina de nuestra soberbia que se vende por menos de lo que realmente es: un extraño animal que se encontró con un prodigio –saber de sí, saber de los otros– y no acierta el quehacer de su grandeza.

Perdóname, Lola: yo también estoy entre los que hacen espantosamente mal ese oficio.
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miércoles, 3 de agosto de 2011

Otra forma de entender agosto

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Todos sabemos que agosto es a febrero lo que al invierno el verano. No hay que ser experto en razones matemáticas para darse cuenta. Al día tres, que es hoy, le queda de estío casi lo mismo que a San Blas le falta hasta la primavera. Agosto tendría que ser tan loco como el amputado mes de las extravagancias. Y lo es de hecho: si en éste el perro busca la sombra, en aquél el frío sorprende al rostro. Lo proclama el refranero, que es sabiduría sin cátedra ni tarima, pero sabiduría de muchos quilates. Claro es que después de febrero viene otra cosa, más jovial, más multicolor, más gozosa… Algo que, en cada amanecer, ve aumentar la alegría en los solares de Deméter.

Agosto, sin embargo, es prometeico: su futuro es lo que queda después de una osadía, después del calor y el fuego, después de la hazaña que nos permite vivir, no vacar, sino vivir. Agosto sólo espera a las águilas de otoño hurgándole en el alma; al desgarro cruel de la memoria y la vida. Pero, a pesar de todo, agosto es bello y grande… Porque nada hay más grande, nada más bello, que aguardar la sentencia de una audacia.

Agosto es la advertencia de una condena inevitable… Pero inmensa.
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lunes, 1 de agosto de 2011

Coplas de ausencia del caballero

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No está. Sigue sin estar. Aunque en agosto lo normal es que nadie esté donde es costumbre, lo suyo me extraña. O me alarma. Es mayor; ya es mayor, un comparativo gramatical sin clara referencia que vuelve “normal” cualquier desaguisado. Si le sucede algo a alguien y de él se dice que “era mayor”, lo ocurrido es tristemente evidente… ¿Y si se me ha muerto? ¿Y si el “suceso” es su “natural” ausencia…? No lo quiero pensar porque no sé qué haría yo sin un amigo experto en menospreciar el tiempo.

Éstas son coplas de alguno de sus naufragios:

Aquella noche no tuvo
misericordia. Ya ves,
me dijiste adiós y el tiempo
se me quedó sin después.

Y el reloj sin manecillas.
Y la ciudad sin sus calles.
Y los días sin mañanas.
Y la multitud sin nadie…

Aquella noche embozada
tras la noche de tus ojos
que me dejó entre los labios
eclipses y verbos rotos.

Aquella noche que puso
la esperanza del revés
me dijiste adiós… Y todo
se me quedó sin después.



31 julio 2011
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jueves, 28 de julio de 2011

Contrición

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Para Charo
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Perdóname haber sido prescindible.

Perdóname al guerrero y sus batallas perdidas.

Perdóname los ángeles oscuros,
los relojes malditos y los días sin alba.

Perdóname no ser quien hubiera debido:
el arco bajo el cual ocurre lo imposible,
la espada que convence al sueño inalcanzable,
el alma que detiene el dolor y la ausencia…

Perdóname esta sombra de luz inmerecida.

Y tanta pequeñez…

¡Y mi ridícula grandeza!

Perdóname que el tiempo no me haya perdonado
y sólo hubiera noche después de mi palabra.
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28 julio 2011
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martes, 26 de julio de 2011

El sueño de Juan de Tassis

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Me pasó hace casi un lustro. Lo conté algo después: un domingo de mayo alejado poco más de cincuenta meses. Nada nuevo, por tanto… ¿Que, por qué lo recupero ahora, al cabo de tantos “atardeceres”...? ¡Sabe Dios! A lo mejor, porque no puedo conmigo; a lo peor, porque no sé qué hacer con lo demás; eso que yo no soy, pero no puedo distraer de quien fui sin dejar de ser el mismo.


Es el más bello siglo de los siglos,
el más bello: valor, honor, palabra;
la espada o el amor… ¡Es el más bello!

Te dije al detenerme en un semáforo.

Y de pronto, cruzó Villamediana.
“…a ser morir, morir por esos ojos”–,
murmuró mientras dos hojas caían
sobre el capó del coche.
..........................................No lo viste,
ni siquiera llegaste a darte cuenta,
y eran tuyos los ojos de que hablaba.
Ni siquiera le oíste, ni siquiera.

Juan de Tassis besó esos dos milagros–,
pensé cuando la luz se puso verde.

Por la noche soñé que recorría
callejones oscuros y desiertos
de un Madrid inviable entre latidos
metálicos de espadas y de espuelas;
soñé con soportales inquietantes
y citas misteriosas, y traiciones;
soñé que en San Ginés un mercenario
me arrancaba la vida a cuchilladas;
soñé que vi tus ojos… Vi tus ojos.

Te juro que los vi mientras moría.


Febrero 2007



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viernes, 22 de julio de 2011

Adverbio de tiempo

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…en la infinita primavera pura
de tu interior totalidad sin fin!

J. R. Jiménez


Todavía es de día. A mi derecha, la ventana de siempre y los árboles de siempre… Y lejos, la fracción del edificio de siempre… Y más lejos aún, lejísimos sin duda, una cinta modesta, irregular, crepuscularmente turquesa, del cielo de siempre. Todavía es de día, como siempre ocurre en julio a las veintiuna horas de cualquier veintiuno de julio. Pero …nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. ¡Valiente descubrimiento!: la eternidad, patrimonio de la circunstancia; y nosotros, dominio de su indiferencia. Se trata, naturalmente, de una eternidad a medias, de una eternidad promiscua con la temporalidad. Porque, si amontonamos años hacia atrás o hacia delante, todos los “siempres” se disuelven en el mismo desencanto.

A veces uno quiere que “siempre” se deje de truculencias, que no nos engañe más para tergiversar lo que nunca pasa de ser un rato, un amable rato, un mentiroso espejismo…

A veces uno piensa que el hombre es sólo la transcripción dramática de un adverbio de tiempo.
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miércoles, 20 de julio de 2011

El loco

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Puedo reproducir cuanto hice esta mañana:
levantarme temprano, abrir la ducha,
poner la cafetera al fuego inexistente
de la común y familiar vitrocerámica…

Puedo poner las cosas que recuerdo
en su lugar sensato… Y puedo hasta creerme
que he vivido entre ellas, como todos los días
que llego a imaginar y dicen que he vivido.

Sin embargo no sé qué son las cosas luego,
qué les pasa después ni quién avala
que una vez ocurriera su rota realidad.
No sé qué diferencia soñar de recordarlas;
inventar el amor o indagar su memoria;
crear lo que no ha sido, o creer si ya no es;
repasar el pasado en un hoy con mañana
o fingir su invención desde un hoy sin pasado.

No sé si esta mañana fui yo y fue mi recuerdo.

O fue mi creación… Y soy mi olvido.


19 julio 2011
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sábado, 16 de julio de 2011

El encerrado

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No tengo ganas del tiempo: hace tiempo que perdí esas ganas. En mi caso es comprensible; así que me refugio en lo que ya dejó de ocurrir. Supongo que es por lógica de vida. Pero yo hago lo posible para que no se note: estar en este o aquel día parece que nos hace suceso de uno u otro. Por eso sigo estando, por simple disimulo ontológico. Pero, si soy moralmente sincero, lo cierto es que hace tiempo me quedé en estas palabras…
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lunes, 4 de julio de 2011

La vejez del caballero

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Es el último soneto que he encontrado del Caballero Inactual. Estaba en una carpeta entre un montón de facturas. Lo recojo hoy porque hace mucho que no sé de él. ¡A ver si se decide a dar señales de vida!
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La mañana, otra vez, desdibujada;
malconcebida, extraña, displicente…
Mi mirada, sin ti tan indigente,
tan vana en su rincón, rota en la nada…

Me tengo que inventar otra mirada,
fabular otro sol para otro oriente.
Morir de ti ya ha sido suficiente;
mi vida de después será inventada.

Mi poca vida, claro. A estas alturas,
vivir sólo es gastar una pobreza,
una precariedad de amor y olvido;

pasear la soledad y andar a oscuras…
Y tropezar de nuevo en la extrañeza
de un día que aun sin ti ha amanecido.

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lunes, 27 de junio de 2011

Cada día que pasa

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…vencida de la edad sentí mi espada.
Francisco de Quevedo



Suceden otras cosas y pasan otros días…

Se adoran otras lluvias, arrecian otros dioses.

Ocurre entre los hombres un verbo diferente.

Y nada se parece –o nadie es quien debiera–.
Ni siquiera la danza prodigiosa del alma
ni el álbum de uno mismo,
el sepia distraído que empolva sus imágenes.

Sin embargo, sucede lo de siempre.

Pero ya es otro siempre;
no el siempre de verdad
–de la verdad aquella al menos–
sino un siempre enajenado, un siempre de los otros,
un siempre con extraños testigos de sus horas.

A vosotras, las mías, mis horas sin mañana,
¿qué miserable adverbio os rodeó de nunca?

Volved de la asamblea de las sombras.
Debo fundar un sueño… El último, os lo juro.
Un sueño más. Y luego, la memoria,
la línea fronteriza con la muerte.
Regresad un instante y yo os daré un asunto,
una crónica más
–la última, de veras–
sobre el raro silencio que se ha abierto de pronto.

No abandonéis el ágora del alma;
no me dejéis el voto del olvido
ahora que soy débil y reinan otras noches,
y vienen otras gentes y se van las que amaba…

O arrecian otros dioses
y pasan otras cosas…

Y un sueño es menos sueño cada día que pasa.


Junio 2011
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martes, 14 de junio de 2011

La esperanza, aunque el olvido

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Pensaba el mundo antiguo que el movimiento uniforme y circular era el movimiento perfecto. Y tal cosa pensaba el mundo antiguo porque un movimiento así es lo más parecido a un no-movimiento, a una quietud eterna en la que cada punto de una circunferencia puede soñarse el punto inmóvil y atemporal que es siempre el mismo punto, que siempre está en el mismo sitio, que espera siempre la misma plenitud a la que siempre acude la felicidad perdida. No encierra otro misterio el eterno retorno que entusiasmó a Nietzsche; aunque, con todos mis respetos por su eleática hostilidad, venga a confesar la misma ansiedad humana de perpetuar un bien para que no deje de ser el bien que fue, el gozo que una vez tuvimos y se diluyó en el implacable flujo de los ríos de Heráclito.

Somos el verbo de la naturaleza. Decimos y contamos lo que ella hace. La cíclica liturgia de su proceso (las primaveras, los veranos, las rosas, los vencejos…) es la historia que narran los modestos detalles de nuestra vida. Una vida que no quiere dejar de ser, que empecinadamente anhela no pasar, no fluir… Y, como no puede hacer cosa tan inevitable, sólo sueña regresar a sí misma, a las coordenadas gozosas en que se creyó ella misma.

La tarde luminosa de hoy 13 de junio es la tarde de siempre cuando es junio. La naturaleza ha vuelto a hacer de sí lo que es debido: cielos azul cobalto, adornos de vencejos en el aire, estallido de rosas en los parterres, murmullo de paseantes por los parques… Lo de cualquier casi verano, vamos; la parmenídea felicidad de lo mismo; la nietzscheana voluntad de lo igual reencontrado,

No lo podemos evitar porque somos el signo con que se dice el mundo. Por eso creemos que es posible eternizar la felicidad modesta y cotidiana de un paréntesis… O esperamos el uniforme y circular regreso que nos la regaló en el tiempo.

El hombre real, el hombre coherente con el verbo y el signo, cree o espera… O sabe y calla. Y lo seguirá haciendo aunque Dios o la verdad o el sueño olviden que la fe merece la esperanza. El otro, el irreal –la triunfante ilustración de su renuncia– vende puntos de extrañas geometrías que no dibujan círculos y no conciben rectas… O vagan, tontamente, por el vano unidimensional de la crueldad y la nada.



13 junio 2011
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jueves, 28 de abril de 2011

Desierto y sin arena

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…adiós, amor, adiós, hasta la muerte.
M. Hernández


...Después de todo, los vigilantes de la noche somos interlocutores del silencio –que es la colcha que arropa la oscuridad del deseo–. Hablamos, para no dormirnos, con los sueños ajenos que nos tocan el alma; discutimos, a veces, con la amarga insistencia de su olvido. Pero al amanecer, el día no sabe de nosotros… Ni de ellos tampoco… Ni de nada…

Al fin y al cabo, una imaginaria no es más que la centinela de un deseo que no tiene que ver con el día que amanece.



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martes, 19 de abril de 2011

El niño y el minotauro

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A veces cierro los ojos
para que no me distraigan
de la verdad unos y otros.

Y me pasa de puntillas
un niño que está jugando
con Dios a las cuatro esquinas;

un niño que es el que nunca
anduvo en los calendarios
o se perdió en sus preguntas.

A veces me ocurre un niño…
Otras, una criatura
licenciada en laberintos.

En los pasillos del alma,
se cruzan en ocasiones
sus dos soledades blancas;

sus dos miradas sin norte,
sin luz, sin tierra, sin mundo,
sin renglón en los relojes…

Frente a frente en los pasillos
del alma, a veces se cruzan
un sueño y un sinsentido.

Entonces, el niño aprende
melancolías de un monstruo
en el aula de la muerte.

Y el niño se pone serio;
y ya no quiere jugar
a las esquinas del cielo.

A veces, rendido y solo,
un minotauro se muere
y un niño cierra sus ojos…

…para que no vea nadie
lo que él vio de sí y los otros.


11 febrero 2011

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miércoles, 13 de abril de 2011

Ley de vida

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No han regresado aún. Es muy pronto, lo sé; pero este abril recental, disfrazado de final de mayo, nos está malcriando, nos está engatusando con costumbres de verano casi, cuando acaba de empezar la primavera apenas. Por eso no están los vencejos donde siempre, porque son mucho más disciplinados en las aduanas de las estaciones que la veleidosa meteorología. Y por eso, cuando me pongo a buscarlos, no los encuentro, no los oigo.

Hay un silencio desolador por encima de los jardines, un vacío incómodo, un miedo irracional… ¿Y si no volvieran? ¿Y si ya no quisieran escribir las tildes de su alboroto en los atardeceres que me quedan? ¿Se atreverían mayo y junio a ser los que siempre fueron? Y la gente… ¿podría la gente pasear las tardes con la misma alegría, con igual entusiasmo?

¡Qué tontería! Ellos son disciplinados. Cumplirán su didáctica tarea con la exquisita dedicación de siempre. Respetuosamente seguirán impartiendo lecciones de alborotada altura; a veces, incluso, a pesar de la díscola indiferencia nuestra.

No, ellos no faltarán. No faltarán a clase nunca. Cada año, sin embargo, algunos de nosotros sí: no podremos ver el gesto trepidante de su vuelo ni ya sabremos tomar apuntes de su palabra…

Pero ellos seguirán galardonando otros ojos y adoctrinando otros sueños… Y algunos de nosotros, mientras tanto, no sabiendo si Dios nos justificará la falta.



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jueves, 7 de abril de 2011

Cumpleaños

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Lejos de todo ya. Lejos; muy lejos
de tanto ayer, de hoy, de tantas cosas…
De la lluvia inventándose las rosas
por ejemplo... De abril, de los vencejos;

de los pronombres del amor reflejos;
de las declinaciones de las diosas
reales, irreales, lujuriosas,
santificadas… En Coslada, lejos

de un niño que estudiaba ortología
del amor en un raro silogismo
sin figura ni término ni modo.

Hoy cumplo una vez más su lejanía.

Me dedico la nada de mi mismo
en Coslada, Madrid, lejos de todo.


7 abril 2011
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sábado, 2 de abril de 2011

Tarde o temprano…

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Ocurre de modo irremediable. Se abre paso entre las cosas y las gentes. Se parece a la niebla en su voluntad invasora. Yo lo he amado siempre, aunque a veces no se parezca a la paz y sea imitación de la tristeza. No importa: los silogismos del amor siempre son contradictorios. Es de tramposos lanzar monedas al aire con una sola cara. O manejar barajas de cuarenta ases. Pero el mundo está lleno de farsantes y trileros y traficantes en ruidos. Allá ellos: nunca entenderán por qué el hombre se hace de palabras ni por qué las palabras matan los días jugando solitarios… Nunca entenderán por qué ocurre –y se ama que ocurra– el silencio.


miércoles, 30 de marzo de 2011

La sombra de la hierba

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La sombra de la hierba es imprecisa,
es sombra que no es sombra,
es hilo de penumbra
indeciso, borrón sobre la tierra.

La danza del silencio sobre un labio
no es silencio en el fondo,
es resto de palabra,
icono de intención sin desenlace.

Y el sueño que rodó por la memoria
de un recuerdo robado
no es memoria ni sueño,
sólo es sombra sin alma,
sólo hierba sin sol,
sólo sol sin paisaje…
Sólo tú sin tu nombre.


10 marzo 2008
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miércoles, 23 de marzo de 2011

Apocalypse... Now?

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Yo no soy apocalíptico; o no lo soy de momento. Los apocalípticos “son los otros” (esto lo decía Sartre del infierno). Ellos sabrán por qué. A mí me parece que en la “Historia” que estamos haciendo hay una mala conciencia que no encuentra donde redimirse y se condena a sí misma presumiendo finales capaces de borrar todo su remordimiento.

Un planeta vivo es un depredador. En mi opinión, un depredador masoquista porque devora cruelmente a las únicas criaturas que son posibilidad de su testimonio. ¿Qué sería de él sin ellas? ¿Un montón de partículas anónimas vagando de oscuridad en oscuridad? ¿Un racimo de luces y sombras incapaz de recibir un nombre, una mirada, un aplauso…? Nada hay más absurdo que un espectáculo sin espectador; nada más necio que un paisaje sin pupila y palabra.

Lo malo es que, según parece, el masoquismo depredador del todo lo han heredado sus cortesanas y humanas partes. Por eso los hombres nos devoramos con la misma crueldad, absurda y sin sentido.

Sin duda de ahí nos viene el remordimiento; porque la naturaleza no se entera de lo que hace, pero nosotros sí. Y no soportamos enterarnos. Preferimos fantasear sobre cataclismos antes que reflexionar sobre nuestra estupidez perversa. Debe de ser consolador pensar en la amenazante órbita de Apophis, en el cambio climático, en las lunas cercanas, en las conspiraciones secretas de poderosos países, en Nostradamus y sus polifacéticas advertencias, en cualquier imbecilidad filtrada interesadamente por cualquier “telediario”… Mucho más tranquilizador que detenernos ante nuestra pequeña maldad de cada día o la complaciente iniquidad que colectivamente provocamos. Tal parece que pensamos la destrucción como catarsis liberadora emulando al niño que cierra los ojos para no ver el miedo –o la mentira– que tiene en sí mismo.

Hay un enfermizo, inconsciente y generalizado deseo de que el mundo desaparezca. Y esto no pasa porque se sueñen esperanzas trascendentes, sino porque no sabemos qué hacer con tanto remordimiento, con tanto y tan miserable uso que hemos hecho de la libertad, ese raro don que, a pesar de su alabada historia, seguimos sin entender para qué lo recibimos.
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jueves, 17 de marzo de 2011

Teoría de la unificación

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A tanto dolor; en particular, a ése que en este triste marzo todos compartimos


Los físicos hablan de cuatro fuerzas fundamentales: la fuerte, la débil, la electromagnética y la gravitatoria. Sólo cuatro. Pero les parecen muchas. Su pretensión es reducirlas; explicar la pluralidad a partir de la singularidad, lo complejo a partir de lo simple, lo alambicado desde lo sencillo. Es una vieja aspiración que se remonta a Mileto, al remoto lugar de un parto prodigioso que el bachiller descubre en el primer capítulo de su libro de filosofía: la humana trinidad que todos recordamos preocupada por un arjé, por un solo y racional principio. Los físicos hogaño comparten inquietud con aquellas extraordinarias comadronas de la racionalidad naciente.

Pero también unos y otros, aquéllos y éstos, se dejan –se dejaron– la mirada y la ocupación en la naturaleza externa, en la physis. Hay, por tanto, un lamentable olvido en ambos: el hombre. Porque el hombre no es un extraño en la physis, en la naturaleza, sino su dolor enajenado. Enajenado, porque se vuelve otra cosa, porque rompe los determinismos de aquélla y se hace libre. Doloroso porque es consciente de ser su ruptura. Duele la libertad y duele darse cuenta del desamparo que supone. La acción del hombre, su arriesgada aventura, no es nada más que la intención de la vieja physis por saberse a sí misma a costa del dolor de ya no ser ella misma, de no ser algo que ocurre simplemente, sino algo que sucede y se sabe… E inevitablemente duele. Porque siempre duele. Las alegrías de esta physis aventurera siempre son provisionales: más antes, más después, acaba comprendiéndose voluntad indefensa ante el dolor.

La quinta fuerza, ésa de la que no hablan los físicos ni consideran las teorías unificadoras, es el dolor. En realidad, las otras cuatro – la fuerte, la débil, la electromagnética, la gravitatoria– sucedieron para que ocurriera el hombre. El dolor es la verdad que une el todo cuando cualquiera de sus partes sufre una tragedia que la naturaleza, enajenada y alzada a la reflexión sobre sí misma, reconoce inalienable. El dolor es la auténtica teoría de la unificación de todas las fuerzas reales que explican el mundo.

Para algunos de nosotros, incluso, la razón por la que su Dios eligió ser crucificado.
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sábado, 12 de marzo de 2011

¿Legalidad o moralidad?

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…no basta que una acción sea conforme y esté ajustada a la ley para que sea moral; no basta que una acción sea legal, para que sea moral.
M. García Morente, Lecciones preliminares de filosofía



Lo analizó perfectamente Kant –¡qué bien lo explica García Morente!–, una cosa es que nuestra acción se acomode al deber y otra muy distinta que lo que hacemos lo hagamos porque es nuestro deber. No es un juego de palabras. No es diletantismo filosófico. Es una definición de la distancia, la enorme distancia, que separa la mera legalidad de la moralidad convicta. Pensaba Kant que si cumplimos la norma para evitar la sanción o alcanzar el aplauso, nadie podrá objetarnos ilicitud ni incorrección en la conducta. Pero la moral es otra cosa; la moral nace de la convicción, no de la convención, amparo o consentimiento de las leyes. Coincida o no con éstas, nuestra acción debe regirse por sí misma, quererse a sí misma, aplaudirse a sí misma. Sólo eso, nada más –y nada menos– que eso, define la moral.

No pretendo comentar a Kant ni parafrasear a Morente; sólo buceo por algunas preguntas inquietantes. Para mí, por lo menos, lo son. Nuestro mundo, nuestro tiempo, nuestros días… ¿son morales o simplemente legales? Lo que hacemos, consentimos o evitamos ¿es efecto de la ley, que nos premia o persigue, o es genuina corroboración de nuestro convencimiento? ¿Somos libres porque elegimos lo que creemos deber o nos creemos libres por elegir lo que las leyes, de unos o de otros, dicen que debemos?

La moral es cosa de uno. Por supuesto. Por eso estas preguntas sólo pueden hacerse mirándose fijamente a los ojos.

…Ante un espejo, claro está, que es donde el alma se taladra a sí misma.
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martes, 8 de marzo de 2011

El destino de las supernovas

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Luz, ¡más luz!
J. W. Goethe

…somos polvo de estrellas
C. Sagan


La mayor parte de los átomos es vacío. Al cielo le ocurre algo parecido con la oscuridad. La luz es toda una excepción: un paseo puntual de diminutas y alejadas insolencias. Porque la luz es una insolencia, un atrevimiento, una osadía rodeada de sombras que, al cabo, revienta hastiada de tanta y tan constante hostilidad. Luego se esparce en la noche, como un raro prodigio, y siembra lugares y posibles miradas.

Del agotamiento de la luz ante su empresa nacen rincones en la oscuridad, surgen otras diminutas y alejadas insolencias que miran al cielo y admiran su vencida hazaña. Eso dicen al menos los sabios que de aquélla saben.

El hombre es la mies de una derrota, el pan de un desastre. Pero también el atleta que recoge el testigo de una rebeldía luminosa.

El hombre es un héroe trágico que se obstina en la luz, como la luz se obstina en no ser su contrario.

Supongo que es así porque si no, ser humano sería una indecencia… ¡Sólo al cobarde le importa la derrota!
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viernes, 4 de marzo de 2011

La costumbre de los esperpentos

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Un acto justo no hace a un hombre justo, ya lo sabía Aristóteles. Un acto, un día, un acierto azaroso, no son suficientes. La exigencia de lo debido es más rigurosa: el acto tiene que definirse en costumbre; el día, en biografía; el azar, en norma. Por eso la ética va más allá de un gesto virtuoso o de un momento de acierto. Por eso la ética es –o era– metafísica de las costumbres, teoría entusiasta de los hábitos del hombre. El asunto de la moral era ése precisamente.

¿Cuáles son los hábitos debidos? Un hábito necesita un acto y un acto necesita un norte. Pero ¿qué define hoy el norte? ¿Es el norte el poder? ¿Es un medio aplaudido? ¿Es un esperpento políticamente potenciado…? Y la costumbre ¿puede ser la reiterada idolatría de un acto esperpéntico…?

La melancolía de la moral es ésta precisamente: haberse soñado metafísica de las costumbres, haberse despertado costumbre de los esperpentos.
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miércoles, 2 de marzo de 2011

El diagnóstico

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No me lo diagnosticaron hasta hace relativamente poco. Yo conocía los síntomas desde hace mucho, pero siempre he sido reacio a las consultas médicas. Al principio, sólo sentía una incomodidad, más o menos tolerable, en las sienes. Poco a poco y con los años, fue convirtiéndose en intensa irritabilidad. Hasta el punto de que mi vida, de sí pobremente social, empezó a resentirse. Fue entonces cuando me decidí a lo que nunca suelo decidirme. Así empezó un largo peregrinaje: del médico de cabecera (yo no sé por qué aún soy súbdito voluntario de la Seguridad Social) a los especialistas, de los especialistas a los hiperespecialistas; de las consultas a los laboratorios, de los laboratorios al estupor de los resultados… Finalmente, dieron con el diagnóstico –que me decepcionó, por cierto, porque abundaba en lo que casi todos los diagnósticos de nuevo y respetable cuño abundan–. Se trata de una malformación genética estadísticamente padecida por una prescindible humanidad. Una rarísima anomalía que no tiene cura posible ni medicación que interese indagar a los laboratorios. Según parece, a esta pobre insignificancia mundial que somos sus perjudicados, se nos quedó en el alma un gen arcaico, una elemental naturaleza que interpreta el ruido intolerable como una amenaza inquietante.

– En quienes humanamente la padecen –me explicó el último doctor–, al principio sólo se da una reacción impropia ante algunos estímulos físicos: estruendos, voces improcedentes, gritos incontrolados… Pero, poco a poco, se metastatiza. A sus años, no hay arreglo posible.

Nunca soporté el ruido, los gritos, el estruendo. Tampoco, la metástasis que más tarde los define; llámese idiotez privada o pública, o privada y pública mendacidad. Porque un mentiroso o un imbécil retumban con escándalo enorme en el alma… Y no hay quien lo aguante; en mi enfermedad, quiero decir.

– ¿Qué puedo hacer, doctor?

– Morirse cuanto antes.

– En eso estamos, doctor; en eso estamos… Usted perdone si molesto.
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viernes, 25 de febrero de 2011

En algún lugar y algún momento

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A todos nos queda algo en alguna parte, en alguna señal extraviada por los mapas. A todos nos quedan una ciudad y un día –un allí y un entonces– a los que llegamos por azar y donde se atrincheró el alma para resistir frente a lo demás, frente a lo que luego ocurriría o antes obligadamente nos pasara. Como los arcos de las catedrales, como los arcos de cualquier edificio, la vida tiene –en algún lugar, en algún momento– una piedra clave que da razón de su ayer y escribe su inevitable mañana.

A todos nos queda un refugio, un rincón excepcional, sin el cual no sabríamos por qué, fuera de él, en su fría hostilidad externa, aún seguimos viviendo.

A cualquiera –quiero creer que a cualquiera– le quedan un ayer y un lugar, por lo menos un lugar y un ayer, en los que a la rara crueldad de la vida no le inquieta ser cruel ni ser rareza: simplemente, se quiere a sí misma.

La felicidad es eso… Lo demás, un necesario andamiaje, una servidumbre provisional que solemos llamar tiempo.



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jueves, 24 de febrero de 2011

Esa infantil ingenuidad...

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Esto no es un análisis político porque yo no soy un especialista en coprología. Esto es un ejercicio de nostalgia por la infantil ingenuidad de un viejo filósofo.

Dice Aristóteles en su Ética a Nicómaco: …el bien es idéntico para el individuo y para el Estado. Sin embargo, procurar y garantizar el bien del Estado, parece cosa más acabada y más grande; y si el bien es digno de ser amado, aunque se trate de un sólo ser, es, no obstante, más bello, más divino, cuando se aplica a toda una Nación, cuando se aplica a Estados enteros. Aristóteles creía –porque el hombre, a pesar de sus pretenciosas zancadillas ilustradas, no sabe nada, sólo tiene una fe absoluta en lo que imagina saber– que la política era una ética magnificada, que su objetivo era el mismo de la moral pero a lo grande, cuantitativa y cualitativamente. Si sería ingenuo que, como su maestro Platón, todavía hablaba del bien, no del poder, que es su degeneración semántica y acabó por desplazarlo. No nos engañemos, los náufragos del siglo XXI cuando oímos la palabra política, pensamos inmediatamente en los significados de poder. Un poder desnudo, a secas, sin correlatos de deber que valgan. Un poder que durante años se justificó con falsificaciones o ideologías. Un poder al que se le murieron éstas con la posmodernidad y se llenó de fantasmas verbales, que no eran nada más que coartadas para salvar su brutal impureza.

Mirar el mundo hoy es contemplar un paisaje de zombis descarnados y sucios. El bien ha perdido la consistencia ontológica que tenía en Platón y naturalizó Aristóteles. Ahora poseemos un barco cuyo norte es una pegatina aleatoria puesta sobre la brújula del poder. Y éste es una barbaridad moral que se alía con cualquier cosa con tal de mantenerse o conquistarse. Las fotos que la “diplomacia” de Occidente nos deja todos los días son una triste evidencia de este axioma.

Ayer el presidente del Congreso, José Bono, entonó un mea culpa, de personal arraigo y aplauso colectivo, sobre las “inmisericordes y absolutamente horribles” críticas que hace treinta años vertieron todos en Adolfo Suárez. Bien por el mea culpa, mal por el insuficiente análisis. Porque las causas, ésas a las que tanta importancia científica concedía también Aristóteles, se omitieron. Y es que esas causas fueron… el poder a toda costa, su “gloria” a costa de lo que fuera. Cuando uno confiesa, o reconoce, un mal lejano en el tiempo, es porque piensa que el bien no es relativo; que lo que se hizo mal, está, estuvo y estará mal, ayer, ahora y siempre; que el bien no cambia ni se acomoda al poder... Es una indignidad que sólo le permitamos la ovación de un recuerdo.

Qué paleto Aristóteles, qué tonto totalitario Platón… El bien no es para vivirlo, sino para morir con él, sin casi darse cuenta, y llevarse sólo la imagen borrosa de su infantil ingenuidad.
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martes, 22 de febrero de 2011

La mística profana del caballero

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…un no sé qué que quedan balbuciendo.
S. Juan de la Cruz




Lo dejé por todas partes;
y tú, pasando de largo,
sin intención de enterarte.

¿Y para qué, digo yo,
tendrá que empeñarse el hombre
en dejarse el corazón?

Zarcillos de la palabra,
sin ánimo de enredarse
a los muros de tu casa.

Soledades trepadoras…
Y una ventana cerrada
y una hiedra religiosa.

De más allá, todo el cielo;
de más acá, repartido,
un no sé qué por los suelos.

Mal sabedor de la tierra,
se me cayó sin querer
y se volvió enredadera.

Lo dejé por todas partes…
Pero ya me da lo mismo
que sigas sin enterarte.

Que para qué, digo yo,
tendrá que empeñarse un hombre
en dejarse el corazón.


El caballero inactual


21 febrero 2011
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sábado, 19 de febrero de 2011

Historia de...

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…y seréis como dioses
Gen. 3:5



No hay día. No hay después. Sólo hay un rastro
a través de la noche. Curva y nada;
órbita vieja que recorre un astro,
una vez y otra vez, equivocada.

La sombra de la vida es excesiva
si atardece un destino; si una empresa
se acobarda, se niega, la derriba
cualquier norte sin norte ni promesa.

Estamos donde al cabo hemos querido:
mercaderes del agua sin alberca;
sueño de tierra, viento distraído
que sopla lejos y que arrasa cerca.

Es muy tarde. El sol ya sólo bebe
oscuridad que al día no se atreve.


18 febrero 2011
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jueves, 17 de febrero de 2011

Lo que yo sé de la vida

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Para Inma


Probablemente sea poco. O cosas bastantes comunes; pequeñas filosofías que cualquiera descubre y han repetido otros muchos antes que yo.

El hombre es el único animal que, como diría Ortega, puede pre-ocuparse. De aquí viene nuestra consistencia “histórica” y la agotadora laboriosidad de la vida: nos ocupamos de ahoras, nos sentimos ocupados por ayeres y, encima, andamos pre-ocupados en mañanas. El animal lo tiene más fácil: una difusa y didáctica presencia del pasado y una evidencia refleja del presente. Los verbos de la vida animal son defectivos: carecen de futuro, perfecto o imperfecto, acabado o por acabar. A primera vista, esta conjugación incompleta parece más seductora. Tanto que, literariamente, el hombre la ha convertido en uno de sus tópicos más resultones: carpe diem. También la filosofía ha sido víctima del mismo encanto en todos los ensayos de los hedonistas. Una gacela firmaría el carpe diem mientras pasta gozosa. A una tortuga, no le enfadaría lo más mínimo aquel vive en lo oculto que santificó Epicuro. Por desgracia, no es suficiente; y si lo fuera, a mí me sonaría a claudicación, a castración masoquista de cuanto la naturaleza quiso ensayar en nosotros. Porque, por mucho que nos empeñemos, no podemos dar esquinazo a nuestra pre-ocupación, a nuestra anticipación generosa del tiempo que todavía no se ha ocupado de nosotros.

Lo que no debemos permitirnos es que este ante-vivir nos invada o nos hiera. Tenemos, es verdad, una razón que se pre-ocupa y entristece ante su impotencia. Pero también poseemos un lujo, del que el animal tampoco dispone, que se llama voluntad y al que concedemos últimamente poca importancia. Ella es la que sostiene y afirma nuestra grandeza; ella también, la que nos permite zafarnos de nuestra fragilidad. Porque nos preocupamos de lo que tememos sin haber aún sido, pero no de lo que queremos y sabe Dios si tendrá que ser. Temer es débito de la racionalidad; querer, arquitectura de las almas grandes. Lo que yo sé de la vida siempre tuvo que ver con éstas.

Probablemente no parezca mucho, pero para mí es la ortografía del hombre.
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domingo, 13 de febrero de 2011

El mundo está bien hecho

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....................… No pasa
nada. Los ojos no ven,
saben. El mundo está bien
hecho. El instante lo exalta
a marea, de tan alta,
de tan alta, sin vaivén
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Jorge Guillén



A mí, qué quieren ustedes, ver fotos así me tranquiliza, me pone… De buen humor, quiero decir. Esas sonrisas son sedativas. Indican que “el mundo está bien hecho”; aunque a veces no lo parezca. Pero ya sabemos que las apariencias engañan y no hay que fiarse de ellas. Así que, si no parece que está tan bien, es porque uno no se puede fiar de los sentidos, como ya aventuraba Descartes.

Es bonito, muy bonito. Hay algo en esa foto de merecida satisfacción. En realidad, es como una foto de las ideas platónicas, abrazadas y sonrientes, con un mensaje de tranquilidad para los que estamos en la caverna. No es Hollywood, pero lo parece; y, según lo dicho antes, a lo mejor hasta resulta que sí lo es.

Seguro que esta noche tengo sueños edificantes.

Segurísimo, vamos.
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sábado, 12 de febrero de 2011

Volver a las soledades

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Ha vuelto porque aquí se dejó no sé cuántas soledades. Lo he visto más viejo; supongo que él también a mí. Mantiene la fachada por un generoso descuido de los años, pero el gesto es distinto: más enteco, más resignado; también, más desabrido. Hemos cruzado cervezas y brindado cigarrillos (en la calle, por supuesto). Hemos estado de acuerdo sobre las muchas mentiras y pocas verdades con que hogaño aderezan los hombres sus costumbres. Y al hablar del amor y el desamor, se le ha puesto en los ojos la memoria y me ha dicho:

–Eso ya ni se entiende ni se lleva.

Luego, con voz de aguardiente viejo, me ha leído estas soleares:


He vuelto por un recibo
que una vez firmé en tus ojos
y tú has pagado al olvido.

Por eso –y por más– he vuelto
a pasear por tu calle
y recorrer mis desiertos.

Los días tuyos no están
donde debieron quedarse:
se fueron con los demás.

Por decirlo que no quede;
al cabo, todos sabemos
lo poco que dura siempre.

Son cosas del corazón:
si al amor todo le sobra,
también le sobra el amor.

Yo he vuelto para cobrar
ese recibo que a ti
te dio por no conservar.

Me basta una transferencia
a los fondos del olvido.
Tú sabes cuál es la cuenta.

Y así quedamos en paz:
tú sin saber que yo fui,
yo sin razón para amar.


El caballero inactual

12 febrero 2011

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miércoles, 9 de febrero de 2011

Del salto a la metáfora

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A mi alumno GCJ


Cuando allá por el mes de octubre contaba a mis alumnos el mito de la caverna, nunca supuse que uno de ellos pudiera hacer una interpretación tan literal y arriesgada. Es verdad que Platón habla de un prisionero que escapa y trepa por la escarpada dificultad de la dialéctica hasta llegar al sol real, hasta bañarse en su verdad. Es cierto que Platón, después, nos dice que el osado fugitivo decide regresar a estas terrenas oscuridades para contar las maravillosas alturas a que los encadenados no nos atrevemos. Pues bien, ni corto ni perezoso, mi alumno Guille se embarcó en la posibilidad del platónico mito: rompió las cadenas, montó un Rocinante alado (no un vulgar Clavileño, que es mofa burda de ociosos pijos) y se fue a comprobar si desde tan-allá merecía la pena dar el salto hasta tan-poco-aquí para contarnos la luz y cuestionar nuestras nubes.

Y lo hizo: regresó a la caverna con la misma alegría luminosa del esclavo platónico. Saltó, desde un poco más cerca del Sol, mientras sonreía. Probablemente pensaba que lo del hombre era subir para poder narrar; soñar primero y compartir después la altura que se merece un sueño…

Más o menos como Platón; aunque, en tan aventurado momento, él no fuera consciente de ser su metáfora.
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