miércoles, 7 de septiembre de 2011

Yo invito

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Qué le vamos a hacer: no hay forma humana de que llegue alguna vez a “coincidir” con ningún “colectivo”. Tonto de mí, supuse que al final, que tengo ya muy cerca –profesionalmente, claro, porque el otro llegará cuando se le antoje–, estaba a punto. Pero no. Tampoco ahora. Al cabo, tendré que morirme “sin gente”. ¡Manda narices!

Según parece, todo lo interpreto mal. Yo no soporto que un indocumentado insulte mi oficio. Y alguien, menos indocumentado que intencional, lo hizo. Esto se me antojaba prometedor. Pero tampoco: detrás de los jinetes sólo había un racimo de cañones oxidados y antiquísimos.

Es otro error, o es otra clase de indecencia, insistir en el conflicto miserable de las malditas “dos horas lectivas”. El problema no es ése. Los tiempos que corren tendrían que apuntar a otro tipo de voluntades. La Administración debería ser valiente. Ni ofensiva ni engañosa ni seductora. Y nosotros, alardear de gallardía. No gemir para exigir que todo vuelva a ser lo que antes era, sino desarmar el insulto y exigir lo inesperado. Algo tan raro como esto: “¿Me pedís “dos” horas más para seguir civilizando el mundo que habéis podrido…? De acuerdo. No hay problema. A cambio exijo las mismas condiciones que tenía; mejor, algunas más. Ya sé que no tenéis con qué pagarlas. Tranquilos, yo invito. Así que haced las cuentas: me estrecharé la vida a otros cinco, o diez, o quince…, o a cualquier por ciento imprevisible que se os ocurra. Esta ronda es mía, os invito a beber el cáliz más amargo de mi tiempo. Y pago yo, tranquilos. Pero ¡ojito!, no olvidéis que estoy harto, auténticamente harto, que es un estado que ocurre más allá de las indignaciones y de los partidos y de los sindicatos. Algo que pasa en el alma cuando cualquier “después”, cualquier promesa, es prescindible… Quiero decir, cuando todo da lo mismo. ¡Y sabe Dios lo que pasa después de un da-lo-mismo!”

Eso es lo que yo haría. Pero, qué putada, no lo entendería nadie. Al cabo, me tendré que morir “sin gente”.
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8 comentarios:

sunsi dijo...

¿Qué pasa cuando los profesores están hartos, los que trabajan en la Sanidad pública están hartos, el personal de Justicia está harto, el jubilado está más que harto... y las farmacias y el sector de la construcción y los jóvenes (los que se han preparado a conciencia, claro) están hartos porque no encuentran ni migajas de empleo... ?

Peligroso, Antonio, cruzar el umbral del hartazgo. Después de traspasar este límite, se toca con los pies el "me-da-lo-mismo"... o el "perdidos al río". Y vete a saber en qué mar u océano desemboca. Puestos , también podemos pensar que acaba en un estanque de aguas que no fluyen. Yo hace un tiempo que percibo ese hedor...

Ya ves. No soy más optimista que tú.

Un saludo, profesor.

Anónimo dijo...

No hace falta, pienso yo, llegar al" me da lo mismo", eso es el derecho al pataleo que todos tenemos cuando llega una situación tan dramática como la que se está viviendo. Pero, bien es verdad que la paciencia de uno tiene un límite y a veces ser excesivamente paciente es tan o más peligroso que no serlo. Hay que hartarse, ¡caramba!Hay que cambiar lo que a uno no le gusta. Es nuestro deber y nuestra obligación.
Loa jóvenes tienen que hacerlo, no se consigue nada en este mundo sin pelear y no lo hacen. Y perdón, por si hiero sentimientos, pero solo con rezar no se hace nada de nada.
Un beso
Doña Anónima

Antonio Azuaga dijo...

Sin embargo, Sunsi, los platónicos –y yo lo quiero seguir siendo; y tú lo seguirás siendo, aunque “aristotélicamente”– tenemos la deliciosa obligación de no ser pesimistas. No soy yo, desde luego, ningún modelo en esta práctica: por lo general, peco más de lo debido en su contrario. Pero que uno no haga lo que debe, no altera en absoluto la excelencia de lo que debería hacer. Esto lo entienden poco, muy poco, todos los que denigran un deber por la pobre intención de cumplirlo en quienes lo defienden.

Muchas gracias siempre, y un saludo cordial.

Antonio Azuaga dijo...

No se puede hacer nada, mi querida Doña Anónima, cuando se cree en tan poco; cuando se cree en casi nada. Cuando lo poquito en que se cree creer sólo se atreve a darse cuenta de sí mismo si le toca la adversidad. Hay demasiado mundo con demasiada adversidad para que sólo estalle la indignación cuando aquélla le salpica a uno. No nos engañemos: algo parecido a esto es lo que nos está pasando

Gracias por tu compañía, y un beso.

Anónimo dijo...

Yo estoy esperando esa hartura, estoy deseando que aparezca un partido de hartura, pero que va...no se que es lo que necesita la gente para hartarse. ¡ Por Dios!Vaya umbral tan alto que tienen algunos! Despues de la hartura sería cuando se podría producir algún cambio de algún tipo. Pero no...la gente por lo que se ve tiene mucho estómago para ver todos los días lo que nos ponen en el telediario y seguir igual. Ya nos da igual todo. ¡QUE BIEN! ¡FANTÁSTICO! ¡ que ilusión!
A la porra con todo.
Hoy no hay beso
Doña Anónima

Antonio Azuaga dijo...

Lo grave de la “hartura”, Doña Anónima, es que simplemente “arrasa”. Luego, todo vuelve a empezar.
Hasta ahora, por lo menos, siempre ha sido así.

Anónimo dijo...

Puede ser, pero se empiezará más limpio y se podrá mantener hasta que no vuelva a servir, lo que es indecente es mantener toda esta basura, a no ser... que todos estemos enfermos del Síndrome de Diógenes.Si no cada cual deberá pensar cual es su manera de alzar la voz y romper el silencio por qué sino ella misma acabará devorándonos. Y lo hará de eso no me cabe la menor duda. Bueno, creo que de alguna forma ya ha empezado.

Hoy, recibe dos besos, el de ayer que se me quedó enganchado y el de hoy que ,quiero yo, más esperanzador.

Doña Anónima

Antonio Azuaga dijo...

Si la finalidad de lo que el hombre emprende es disfrutar de verlo cómo empieza, entonces tiene usted razón, Doña Anónima: nos será suficiente la “limpieza” de los principios. Pero si lo que pretendemos apunta un poco, sólo un poco, más allá, reconocerá conmigo que la empresa humana no es demasiado alentadora: nos conformamos con una ruta nueva que nos lleva adonde siempre.

Besos.