miércoles, 30 de marzo de 2011

La sombra de la hierba

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La sombra de la hierba es imprecisa,
es sombra que no es sombra,
es hilo de penumbra
indeciso, borrón sobre la tierra.

La danza del silencio sobre un labio
no es silencio en el fondo,
es resto de palabra,
icono de intención sin desenlace.

Y el sueño que rodó por la memoria
de un recuerdo robado
no es memoria ni sueño,
sólo es sombra sin alma,
sólo hierba sin sol,
sólo sol sin paisaje…
Sólo tú sin tu nombre.


10 marzo 2008
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miércoles, 23 de marzo de 2011

Apocalypse... Now?

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Yo no soy apocalíptico; o no lo soy de momento. Los apocalípticos “son los otros” (esto lo decía Sartre del infierno). Ellos sabrán por qué. A mí me parece que en la “Historia” que estamos haciendo hay una mala conciencia que no encuentra donde redimirse y se condena a sí misma presumiendo finales capaces de borrar todo su remordimiento.

Un planeta vivo es un depredador. En mi opinión, un depredador masoquista porque devora cruelmente a las únicas criaturas que son posibilidad de su testimonio. ¿Qué sería de él sin ellas? ¿Un montón de partículas anónimas vagando de oscuridad en oscuridad? ¿Un racimo de luces y sombras incapaz de recibir un nombre, una mirada, un aplauso…? Nada hay más absurdo que un espectáculo sin espectador; nada más necio que un paisaje sin pupila y palabra.

Lo malo es que, según parece, el masoquismo depredador del todo lo han heredado sus cortesanas y humanas partes. Por eso los hombres nos devoramos con la misma crueldad, absurda y sin sentido.

Sin duda de ahí nos viene el remordimiento; porque la naturaleza no se entera de lo que hace, pero nosotros sí. Y no soportamos enterarnos. Preferimos fantasear sobre cataclismos antes que reflexionar sobre nuestra estupidez perversa. Debe de ser consolador pensar en la amenazante órbita de Apophis, en el cambio climático, en las lunas cercanas, en las conspiraciones secretas de poderosos países, en Nostradamus y sus polifacéticas advertencias, en cualquier imbecilidad filtrada interesadamente por cualquier “telediario”… Mucho más tranquilizador que detenernos ante nuestra pequeña maldad de cada día o la complaciente iniquidad que colectivamente provocamos. Tal parece que pensamos la destrucción como catarsis liberadora emulando al niño que cierra los ojos para no ver el miedo –o la mentira– que tiene en sí mismo.

Hay un enfermizo, inconsciente y generalizado deseo de que el mundo desaparezca. Y esto no pasa porque se sueñen esperanzas trascendentes, sino porque no sabemos qué hacer con tanto remordimiento, con tanto y tan miserable uso que hemos hecho de la libertad, ese raro don que, a pesar de su alabada historia, seguimos sin entender para qué lo recibimos.
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jueves, 17 de marzo de 2011

Teoría de la unificación

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A tanto dolor; en particular, a ése que en este triste marzo todos compartimos


Los físicos hablan de cuatro fuerzas fundamentales: la fuerte, la débil, la electromagnética y la gravitatoria. Sólo cuatro. Pero les parecen muchas. Su pretensión es reducirlas; explicar la pluralidad a partir de la singularidad, lo complejo a partir de lo simple, lo alambicado desde lo sencillo. Es una vieja aspiración que se remonta a Mileto, al remoto lugar de un parto prodigioso que el bachiller descubre en el primer capítulo de su libro de filosofía: la humana trinidad que todos recordamos preocupada por un arjé, por un solo y racional principio. Los físicos hogaño comparten inquietud con aquellas extraordinarias comadronas de la racionalidad naciente.

Pero también unos y otros, aquéllos y éstos, se dejan –se dejaron– la mirada y la ocupación en la naturaleza externa, en la physis. Hay, por tanto, un lamentable olvido en ambos: el hombre. Porque el hombre no es un extraño en la physis, en la naturaleza, sino su dolor enajenado. Enajenado, porque se vuelve otra cosa, porque rompe los determinismos de aquélla y se hace libre. Doloroso porque es consciente de ser su ruptura. Duele la libertad y duele darse cuenta del desamparo que supone. La acción del hombre, su arriesgada aventura, no es nada más que la intención de la vieja physis por saberse a sí misma a costa del dolor de ya no ser ella misma, de no ser algo que ocurre simplemente, sino algo que sucede y se sabe… E inevitablemente duele. Porque siempre duele. Las alegrías de esta physis aventurera siempre son provisionales: más antes, más después, acaba comprendiéndose voluntad indefensa ante el dolor.

La quinta fuerza, ésa de la que no hablan los físicos ni consideran las teorías unificadoras, es el dolor. En realidad, las otras cuatro – la fuerte, la débil, la electromagnética, la gravitatoria– sucedieron para que ocurriera el hombre. El dolor es la verdad que une el todo cuando cualquiera de sus partes sufre una tragedia que la naturaleza, enajenada y alzada a la reflexión sobre sí misma, reconoce inalienable. El dolor es la auténtica teoría de la unificación de todas las fuerzas reales que explican el mundo.

Para algunos de nosotros, incluso, la razón por la que su Dios eligió ser crucificado.
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sábado, 12 de marzo de 2011

¿Legalidad o moralidad?

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…no basta que una acción sea conforme y esté ajustada a la ley para que sea moral; no basta que una acción sea legal, para que sea moral.
M. García Morente, Lecciones preliminares de filosofía



Lo analizó perfectamente Kant –¡qué bien lo explica García Morente!–, una cosa es que nuestra acción se acomode al deber y otra muy distinta que lo que hacemos lo hagamos porque es nuestro deber. No es un juego de palabras. No es diletantismo filosófico. Es una definición de la distancia, la enorme distancia, que separa la mera legalidad de la moralidad convicta. Pensaba Kant que si cumplimos la norma para evitar la sanción o alcanzar el aplauso, nadie podrá objetarnos ilicitud ni incorrección en la conducta. Pero la moral es otra cosa; la moral nace de la convicción, no de la convención, amparo o consentimiento de las leyes. Coincida o no con éstas, nuestra acción debe regirse por sí misma, quererse a sí misma, aplaudirse a sí misma. Sólo eso, nada más –y nada menos– que eso, define la moral.

No pretendo comentar a Kant ni parafrasear a Morente; sólo buceo por algunas preguntas inquietantes. Para mí, por lo menos, lo son. Nuestro mundo, nuestro tiempo, nuestros días… ¿son morales o simplemente legales? Lo que hacemos, consentimos o evitamos ¿es efecto de la ley, que nos premia o persigue, o es genuina corroboración de nuestro convencimiento? ¿Somos libres porque elegimos lo que creemos deber o nos creemos libres por elegir lo que las leyes, de unos o de otros, dicen que debemos?

La moral es cosa de uno. Por supuesto. Por eso estas preguntas sólo pueden hacerse mirándose fijamente a los ojos.

…Ante un espejo, claro está, que es donde el alma se taladra a sí misma.
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martes, 8 de marzo de 2011

El destino de las supernovas

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Luz, ¡más luz!
J. W. Goethe

…somos polvo de estrellas
C. Sagan


La mayor parte de los átomos es vacío. Al cielo le ocurre algo parecido con la oscuridad. La luz es toda una excepción: un paseo puntual de diminutas y alejadas insolencias. Porque la luz es una insolencia, un atrevimiento, una osadía rodeada de sombras que, al cabo, revienta hastiada de tanta y tan constante hostilidad. Luego se esparce en la noche, como un raro prodigio, y siembra lugares y posibles miradas.

Del agotamiento de la luz ante su empresa nacen rincones en la oscuridad, surgen otras diminutas y alejadas insolencias que miran al cielo y admiran su vencida hazaña. Eso dicen al menos los sabios que de aquélla saben.

El hombre es la mies de una derrota, el pan de un desastre. Pero también el atleta que recoge el testigo de una rebeldía luminosa.

El hombre es un héroe trágico que se obstina en la luz, como la luz se obstina en no ser su contrario.

Supongo que es así porque si no, ser humano sería una indecencia… ¡Sólo al cobarde le importa la derrota!
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viernes, 4 de marzo de 2011

La costumbre de los esperpentos

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Un acto justo no hace a un hombre justo, ya lo sabía Aristóteles. Un acto, un día, un acierto azaroso, no son suficientes. La exigencia de lo debido es más rigurosa: el acto tiene que definirse en costumbre; el día, en biografía; el azar, en norma. Por eso la ética va más allá de un gesto virtuoso o de un momento de acierto. Por eso la ética es –o era– metafísica de las costumbres, teoría entusiasta de los hábitos del hombre. El asunto de la moral era ése precisamente.

¿Cuáles son los hábitos debidos? Un hábito necesita un acto y un acto necesita un norte. Pero ¿qué define hoy el norte? ¿Es el norte el poder? ¿Es un medio aplaudido? ¿Es un esperpento políticamente potenciado…? Y la costumbre ¿puede ser la reiterada idolatría de un acto esperpéntico…?

La melancolía de la moral es ésta precisamente: haberse soñado metafísica de las costumbres, haberse despertado costumbre de los esperpentos.
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miércoles, 2 de marzo de 2011

El diagnóstico

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No me lo diagnosticaron hasta hace relativamente poco. Yo conocía los síntomas desde hace mucho, pero siempre he sido reacio a las consultas médicas. Al principio, sólo sentía una incomodidad, más o menos tolerable, en las sienes. Poco a poco y con los años, fue convirtiéndose en intensa irritabilidad. Hasta el punto de que mi vida, de sí pobremente social, empezó a resentirse. Fue entonces cuando me decidí a lo que nunca suelo decidirme. Así empezó un largo peregrinaje: del médico de cabecera (yo no sé por qué aún soy súbdito voluntario de la Seguridad Social) a los especialistas, de los especialistas a los hiperespecialistas; de las consultas a los laboratorios, de los laboratorios al estupor de los resultados… Finalmente, dieron con el diagnóstico –que me decepcionó, por cierto, porque abundaba en lo que casi todos los diagnósticos de nuevo y respetable cuño abundan–. Se trata de una malformación genética estadísticamente padecida por una prescindible humanidad. Una rarísima anomalía que no tiene cura posible ni medicación que interese indagar a los laboratorios. Según parece, a esta pobre insignificancia mundial que somos sus perjudicados, se nos quedó en el alma un gen arcaico, una elemental naturaleza que interpreta el ruido intolerable como una amenaza inquietante.

– En quienes humanamente la padecen –me explicó el último doctor–, al principio sólo se da una reacción impropia ante algunos estímulos físicos: estruendos, voces improcedentes, gritos incontrolados… Pero, poco a poco, se metastatiza. A sus años, no hay arreglo posible.

Nunca soporté el ruido, los gritos, el estruendo. Tampoco, la metástasis que más tarde los define; llámese idiotez privada o pública, o privada y pública mendacidad. Porque un mentiroso o un imbécil retumban con escándalo enorme en el alma… Y no hay quien lo aguante; en mi enfermedad, quiero decir.

– ¿Qué puedo hacer, doctor?

– Morirse cuanto antes.

– En eso estamos, doctor; en eso estamos… Usted perdone si molesto.
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