jueves, 28 de abril de 2011

Desierto y sin arena

.

…adiós, amor, adiós, hasta la muerte.
M. Hernández


...Después de todo, los vigilantes de la noche somos interlocutores del silencio –que es la colcha que arropa la oscuridad del deseo–. Hablamos, para no dormirnos, con los sueños ajenos que nos tocan el alma; discutimos, a veces, con la amarga insistencia de su olvido. Pero al amanecer, el día no sabe de nosotros… Ni de ellos tampoco… Ni de nada…

Al fin y al cabo, una imaginaria no es más que la centinela de un deseo que no tiene que ver con el día que amanece.



.

martes, 19 de abril de 2011

El niño y el minotauro

.

A veces cierro los ojos
para que no me distraigan
de la verdad unos y otros.

Y me pasa de puntillas
un niño que está jugando
con Dios a las cuatro esquinas;

un niño que es el que nunca
anduvo en los calendarios
o se perdió en sus preguntas.

A veces me ocurre un niño…
Otras, una criatura
licenciada en laberintos.

En los pasillos del alma,
se cruzan en ocasiones
sus dos soledades blancas;

sus dos miradas sin norte,
sin luz, sin tierra, sin mundo,
sin renglón en los relojes…

Frente a frente en los pasillos
del alma, a veces se cruzan
un sueño y un sinsentido.

Entonces, el niño aprende
melancolías de un monstruo
en el aula de la muerte.

Y el niño se pone serio;
y ya no quiere jugar
a las esquinas del cielo.

A veces, rendido y solo,
un minotauro se muere
y un niño cierra sus ojos…

…para que no vea nadie
lo que él vio de sí y los otros.


11 febrero 2011

.

miércoles, 13 de abril de 2011

Ley de vida

.

No han regresado aún. Es muy pronto, lo sé; pero este abril recental, disfrazado de final de mayo, nos está malcriando, nos está engatusando con costumbres de verano casi, cuando acaba de empezar la primavera apenas. Por eso no están los vencejos donde siempre, porque son mucho más disciplinados en las aduanas de las estaciones que la veleidosa meteorología. Y por eso, cuando me pongo a buscarlos, no los encuentro, no los oigo.

Hay un silencio desolador por encima de los jardines, un vacío incómodo, un miedo irracional… ¿Y si no volvieran? ¿Y si ya no quisieran escribir las tildes de su alboroto en los atardeceres que me quedan? ¿Se atreverían mayo y junio a ser los que siempre fueron? Y la gente… ¿podría la gente pasear las tardes con la misma alegría, con igual entusiasmo?

¡Qué tontería! Ellos son disciplinados. Cumplirán su didáctica tarea con la exquisita dedicación de siempre. Respetuosamente seguirán impartiendo lecciones de alborotada altura; a veces, incluso, a pesar de la díscola indiferencia nuestra.

No, ellos no faltarán. No faltarán a clase nunca. Cada año, sin embargo, algunos de nosotros sí: no podremos ver el gesto trepidante de su vuelo ni ya sabremos tomar apuntes de su palabra…

Pero ellos seguirán galardonando otros ojos y adoctrinando otros sueños… Y algunos de nosotros, mientras tanto, no sabiendo si Dios nos justificará la falta.



.

jueves, 7 de abril de 2011

Cumpleaños

.

Lejos de todo ya. Lejos; muy lejos
de tanto ayer, de hoy, de tantas cosas…
De la lluvia inventándose las rosas
por ejemplo... De abril, de los vencejos;

de los pronombres del amor reflejos;
de las declinaciones de las diosas
reales, irreales, lujuriosas,
santificadas… En Coslada, lejos

de un niño que estudiaba ortología
del amor en un raro silogismo
sin figura ni término ni modo.

Hoy cumplo una vez más su lejanía.

Me dedico la nada de mi mismo
en Coslada, Madrid, lejos de todo.


7 abril 2011
.

sábado, 2 de abril de 2011

Tarde o temprano…

.

Ocurre de modo irremediable. Se abre paso entre las cosas y las gentes. Se parece a la niebla en su voluntad invasora. Yo lo he amado siempre, aunque a veces no se parezca a la paz y sea imitación de la tristeza. No importa: los silogismos del amor siempre son contradictorios. Es de tramposos lanzar monedas al aire con una sola cara. O manejar barajas de cuarenta ases. Pero el mundo está lleno de farsantes y trileros y traficantes en ruidos. Allá ellos: nunca entenderán por qué el hombre se hace de palabras ni por qué las palabras matan los días jugando solitarios… Nunca entenderán por qué ocurre –y se ama que ocurra– el silencio.