sábado, 30 de junio de 2012

El verbo defectivo




Cuando partió, yo tenía veintisiete años. Hace unos días leí que ya estaba a dieciocho mil millones de kilómetros; lo que en la noche es parva distancia: aproximadamente, diecisiete horas de viaje en un tren de Einstein. Un paseíto por la infinitud al fin y al cabo. Claro que a él le ha costado algo más: treinta y cinco años para ser exacto; después de todo, un parpadeo de la eternidad

Cuando partió, nadie tenía Internet en casa ni móvil en el bolsillo, hacíamos fotos con sofisticadas cámaras oscuras y grabábamos canciones en cintas magnetofónicas. Los códigos y las gentes estábamos hechos de otra materia, menos sutil, aunque sin duda igual de ineficaz… Hace unos días leí que abandonaba el Sistema Solar con el racimo de palabras y demás señales que el hombre empaquetó en la técnica rudimentaria de su vieja arquitectura. Curioso proceder éste: arrojar signos amables y buscar anónimos interlocutores que, tal vez, no se encuentren nunca. Curioso y desolador, porque, en estos treinta y cinco años, hemos seguido hablando entre nosotros para nada, intercambiando códigos para nada, entrecruzando símbolos para nada, construyendo prodigios… para nada; mientras él, un trasto viejo, seguía atravesando la noche con su disco de oro y sus saludos a cualquiera; con Beethoven y Mozart; con Bach y Stravinsky…

Curiosa esperanza la de esta criatura humana tan experta en no entenderse a sí misma, tan incapaz de darse la respuesta adecuada: buscar un otro improbable en la noche que le sepa entender y responderle pueda. Aunque siempre ha sido así: después de todo, el hombre sólo es un verbo defectivo que indaga las desinencias de una conjugación inacabada.