sábado, 29 de septiembre de 2012

La borrasca airada



 

Esta mañana olían las calles a cielo gris y roto sobre la tierra. Llovía sin la mansedumbre melancólica con que solemos pensar la lluvia; llovía con rabia, como si el amanecer fuera un quijote enloquecido prodigando cuchilladas a los pellejos tintos del día encapotado. No sé qué pasa con el tiempo que últimamente anda tan irascible, tan dispuesto a enfadarse con el mundo y comportarse tan groseramente. Si hace calor, incendia y arrasa; si llueve, arrasa y desborda; si es primavera, cierra pulmones y reparte asmas; si invierno, estrena virus letales de enfermedades viejas…

No sé qué pasa con el tiempo. Tampoco con el hombre ni con el mundo, este mundo y este hombre tan extraños. Después de diez mil siglos paseando una exótica verticalidad sobre el planeta, la única constante que uno advierte en él es la nostalgia de sus cuatro patas. Exagero, probablemente exagero; sin duda, porque ‘no sé’, porque soy un ignorante incapaz de advertir norte y sentido a su voluntad, o al disfraz de su voluntad. Siempre creí que el hombre ‘se levantó’ para hacer ‘algo’, pero cada vez me cuesta más trabajo creerlo.

No sé qué pasa con el tiempo, sea el de los telediarios y las borrascas o el de las crónicas y los relojes. Ni con el hombre ni con el mundo. Tampoco sé lo que pasa con España; ni qué es España ni si mereció la pena alguna vez creer saberlo. Aunque lo que me preocupa no es la certidumbre de que yo no lo sepa, sino la sospecha de que no la sabe nadie. Nación, patria, estado son conceptos de difícil asentamiento entre nosotros. Aquí lo que hay son ‘cortijos’ ­–en realidad los hubo siempre–, pequeñas oligarquías secularmente ejercitadas en la didáctica del “amén” de sus ‘súbditos’, disciplinados hasta el hastío histórico en tal aprendizaje.

No sé qué pasa con el tiempo, ni con el hombre ni con el mundo ni con España. En realidad, lo único que sé es que hoy ha llovido rabiosamente como si el cielo se rompiera y no “callada y mansamente”, a lo Rosalía, que es lo que ocurre cuando el dolor de lo inevitable. La rabia, sin embargo, es consecuencia de lo que pudimos evitar y no supimos –o no quisimos– hacerlo.

Tal vez el tiempo –el de los telediarios y las borrascas o el de las crónicas y  los relojes­– pueda también tener mala conciencia.


28 septiembre 2012

miércoles, 19 de septiembre de 2012

La metáfora amable






El mundo está tenso, enrarecido. Casi todo lo que uno oye o lee es desagradable; y si no lo es, parece contener un inquietante presagio. A los felices veinte del pasado siglo les sucedieron los amargos treinta y los trágicos cuarenta. Latía extraño el hombre, y cuando el hombre late de ese modo, algo podrido cocina la historia. Cientos, miles de veces ha ocurrido así. Para Sísifo –siempre Sísifo–, al final del esfuerzo sólo está la derrota. Su modesto placer de coronar la cumbre es efímero y repetidamente inútil. No hay paz ni paraíso al cabo de la escalada; sólo desolación, tristeza, crueldad, destino… ¿Existe el destino? ¿Debe ocurrir siempre lo que siempre ha ocurrido? ¿Es de verdad la historia la brillante sustitución de la fatalidad natural por la libertad humana o es simplemente la metáfora amable de la ‘ordenada’ crueldad de aquélla? Las especies combaten, y se destruyen y sustituyen. ¿Y las culturas? ¿Y los pueblos del hombre?... ¿Qué de especial creímos ver en los hombres para confiar su destino a sus manos?... ¿Algo etéreo, sutil; algo liberado de la naturaleza que llamábamos alma? Y sin alma, o convertida el alma en desierto de ecuaciones y parábola de laboratorios, ¿qué fe –y en qué depositarla– nos ha quedado? La ruina de las culturas es hija de la incertidumbre de sus convicciones, es producto claudicante de la historia frente a la naturaleza.

Preparaos para ‘la naturaleza’ cuando veáis que vuestros pueblos ya no se atreven a creer en sí mismos.


Septiembre 2012