domingo, 13 de enero de 2013

De solares, moscas y mierdas




A veces uno siente la apetencia de escribir raro. No por nada en particular, sino... en realidad, por todo. Decir para no decir; y vomitar de paso la mala bilis que soporta el alma por la digestión del mundo. Algunas, víctimas de precocidad literaria, lo hacen demasiado pronto. Otras, como la mía sin ir más lejos, demasiado tarde. En ambos casos el resultado es el mismo: la nada exquisita del silencio. Porque hablar de la verdad, de la justicia, de la honradez, no es sino visitar un estercolero; un solar al aire libre donde cualquier mierda se siente importante. Pero ¿cómo se le dice a una mierda que tiene equivocado el sentimiento?; ¿que no es ni más ni menos que el nombre en que se ocupa, o el olor que despide –esa sombra que deja en el olfato su triste desecho–…? Las mierdas tienen una extraña inclinación a valorarse en función del número de moscas por que son elegidas. Craso error. La mosca, como todos sabemos, es caprichosa y de impredecible vuelo: viene y va por el aire sin claras coordenadas. Para su fortuna –o su desgracia– la mosca nunca sabe por qué va adonde va ni qué tiene que hacer después donde ha llegado. Así que la importancia de las mierdas es azarosa: depende de un aleteo inconsciente y desnortado. Pero ellas lo ignoran, desgraciadamente.

Como no es previsible que esta historia cambie, lo único que nos queda es pasear por los solares sin mirar al suelo. Alegremente y para nada. O mejor dicho, para el distraído silencio de nuestra caminata. Y si pisamos una mierda, mejor que mejor: así se dará cuenta de que está muy por debajo del gayo horizonte en que aún creemos.

Aunque después tengamos que limpiarnos los zapatos… ¡Qué le vamos a  hacer!

jueves, 10 de enero de 2013

El relevo







Era otra ciudad. Era otro invierno.


Otra página abierta de otro libro.
Otro poema escrito para nadie.

Era otro mundo.

Al día le quedaban hora y ganas
de perderse por nada: una aventura
sin hazaña ni gloria por ejemplo.

La esperanza era gratis por entonces;
la soledad, amable; atemporal, el tiempo.

Era otra ciudad con otras calles
y otros parques de otros besos prohibidos
por entonces, cuando ‘siempre’ tenía
un no sé qué de inactual ‘ahora’
–porque siempre era siempre de verdad
y nunca el nunca que jamás sería–.

Los nuevos calendarios tienen meses ajenos,
fríos que son los fríos de inviernos diferentes,
días que inventan besos en ciudades extrañas…

Es hora de ceder las horas a otras horas
que marcan los relojes de otras almas.



9 enero 2013