martes, 19 de febrero de 2013

Desconcertada especie




Pensar es fácil. Cosa nuestra, vamos. Nacimos para eso. Pero engañar es más fácil todavía, aunque para eso no naciéramos. Parece, sin embargo, que el hombre camina últimamente más por lo segundo que por lo primero. Por el engaño, quiero decir. La culpa es de Mr. Hyde, de la contumacia de Mr. Hyde y de la dejadez de Jekyll. O de los caballos de Platón y de la pusilanimidad de su auriga. Y así no vamos a ninguna parte. Faltan cabezas al hombre y le sobran miembros; piensa con los cascos de sus bestias y cree en su galope con la fe del carbonero.

Tal vez estoy viejo (lo soy, sin duda, pero estarlo es cosa más grave), lo cierto es que si levanto los ojos y miro el tiempo que no me queda, no veo luz en el horizonte. Peor aún, no veo horizonte. Claro está que lo que yo vea o deje de ver importa un bledo al resto de las miradas. Pero yo no hablo del ‘resto’ ni pienso –ni jamás lo hice– por el ‘resto’. A lo peor es eso; a lo peor soy náufrago del solipsismo y me falta entrenamiento en la epidermis de las ideas. O creo en lo que no hay que creer y pienso en lo que no es debido pensar. A lo peor sucede que estoy equivocado y que la razón es cosa de los cascos. No sé. De todas formas me gustaría, antes de morir, levantar los ojos y ver jinetes nobles con nuevos corazones. Y adivinar cabezas ejercitadas en hacer lo que para ellas era habitual, fácil en consecuencia. Me gustaría descubrir a lo lejos señales de una verdad que mereciera la pena y no relámpagos espurios, prefacios de la misma oscuridad de siempre.

Me gustaría un paisaje de brillantes ideas, no de sombríos asuntos; un destino para tirar del carro… Tal vez, un espejismo más para dormir agradecido de haber nacido en esta desconcertada especie.