martes, 12 de marzo de 2013

El pistolero y el desierto






Amo la soledad de los revólveres,
sus redondos abdómenes hexástilos,
su inquietante advertencia, su amenaza;
amo el ojo avisado de la muerte
y el ácido perfume de la pólvora
en las seis rosas negras de su alma.

Debo cruzar el último desierto
sin norte ya, ni rumbo ni tarea.
Hacia viejos poblados que no existen
debo seguir queriendo seguir vivo.
Y cabalgar a lomos del silencio.
Y cabalgar y cabalgar… por nada.

La cobriza tangencia del crepúsculo
pone triste la sien de mi caballo.
Oigo el silbo de Dios en la llanura…
En la llanura inmensa, ilimitada.

El desierto es el tacto del olvido,
la caricia del vértigo, la fibra
terminal de la tierra donde ahora
el rostro reconozco de la muerte,
donde sólo es verdad esta brillante
soledad de un revólver en mis manos.



Marzo 2013


lunes, 4 de marzo de 2013

Historia de un soldado







Érase una vez un soldado que defendía una plaza rodeada por un desierto. Desde nunca hasta jamás fue cruzado tal desierto por ejército adversario que mereciera la pena de su vana ocupación –ni tampoco aliado, capaz de entretener tan aburrida centinela–. Y aquel turbio soldado, que contaba las horas en clepsidras de tedio, se murió sin hazaña ni nadie con quien cruzar espada o firmar armisticio.

Y érase otra vez –o tal vez la misma vez– un soldado defensor de una plaza harto distinta; una plaza en el centro de un rabioso conflicto; una plaza rodeada de ejércitos inconmensurables y enemigos. Tantos eran los frentes que el soldado no sabía por cuál de ellos empezar. Y embotado, confuso e indeciso murió de una granada que silbaba en el cielo camino de otra parte.

Lo peor de esta historia es el triste renglón que ocupa el hombre… Ese gris centinela que vigila la nada… Ese ambiguo soldado humillado ante el todo.

4 marzo 2013