jueves, 27 de junio de 2013

Matar el tiempo









Mi voluntad se ha muerto una noche de luna
en que era muy hermoso no pensar ni querer...

Manuel Machado

 

De cuando en cuando me gusta volver a los poetas invisibles, a los viejos poetas que apenas tienen lugar en la común memoria. Y es que, últimamente, la común memoria está tan llena de vulgaridad que aburre, si no desespera, la ocupación del alma. Odio el contacto con lo cotidiano, tan adornado de porquería, tan cutre, tan desolador. Lo que no es crimen es fraude; lo que ni aquello ni esto, meridiana estupidez. A veces tengo la impresión de haberme dormido hace mucho tiempo y ser víctima de una soez pesadilla. Pero, por más que me pellizco, no consigo despertar.

De cuando en cuando me distraigo con libros añosos. O veo películas antiguas y escribo sonetos para matar el tiempo. Y digo “matar el tiempo” porque eso es lo que quiero. No simplemente dejarlo pasar, sino impedir que ocurra. Tenderle una emboscada y apresarlo y juzgarlo ante todos los hombres de bien. Matar el tiempo negro de estos días para volver a inventarlo de nuevo, limpio ya de toda suciedad. Pero no hay forma humana de hacerlo. O yo no la encuentro. O un óxido maldito ha roído la hoja de mi espada y ha cubierto de herrumbre el brillo de su arrojo.

De cuando en cuando me gusta volver a los poetas sin apenas memoria, a los viejos poetas heridos de silencio. Y no creer en nada, y no pretender nada. Y aguardar solamente esas noches de luna que hacen tan hermoso no pensar ni querer.


Junio 2013

viernes, 14 de junio de 2013

El vano atardecer





Al atardecer, ese alto eucalipto que hay frente a mi ventana sigue empeñado en ser su sombra, en imitarse y creerse espectáculo de un enajenado artificio. El sol último le arranca el alma oscura y enciende un rojo aplauso alrededor de su imposible entusiasmo. Puro teatro de luces y penumbras éste de los atardeceres, como si todos los cuerpos, que están a punto de diluirse en la noche, desearan darse un homenaje de formas irreales. Formas que sólo son memorias abatidas sobre la tierra, fotogramas del inminente olvido de las cosas que se deja el día. Largas sombras de los caminantes sobre los caminos, de las farolas sobre las aceras, de los árboles sobre los jardines... Al atardecer, la realidad se arrastra por la oscuridad de sí misma para interpretarse consistencia no posible.

Quizá también la vida, esta ofuscada vida de la conciencia quiero decir, no es más que la hermenéutica trágica de un vano atardecer.


Junio 2013
 


miércoles, 5 de junio de 2013

El fin del mundo






Si el fin es algo, entonces es una causa; causa final decía Aristóteles, es decir, la que explica ‘para qué’ algo es ‘lo que’ es. Decía también el viejo filósofo que el tiempo es un accidente; una de las nueve categorías de la ‘segunda división’ porque la primera está monopolizada por la sustancia, que para eso es la fundamental, el modo más contundente de decirse el ser. Pero Aristóteles importa poquísimo a la gente y al tiempo de la gente hogaño; un tiempo que, además, se ha adueñado de la opción semántica más pobre de la palabra ‘fin’, esto es, la que acaba con todo y deja el mundo como los cines vacíos con sombras sin memoria en las butacas. Por eso, tal vez por eso, la industria cutre de la opulencia –hoy tan perjudicada– se permite el temor del fin del mundo. Aunque se trata de un temor metafísicamente capado: la inquietud por dicho fin es sólo por “su cuándo”, no por “su cuál”

A mí –y supongo que no sólo a mí–, sin embargo, me parece fundamental recuperar los aspectos menos adverbiales y sí más sustanciales de la palabra fin. Saber cuál es –si es que es– la causa pretendida de la tierra y la vida, del hombre y su esquizofrénica historia, me resulta mucho más inquietante que las mamarrachadas peliculeras alimentadas en remotas y apocalípticas profecías.

Inquietarse por ‘cuál’ es ‘el fin’, la causa final del mundo, no por ‘cuándo’; preocuparse por la finalidad de este reino de ideas encontradas, de encendidas pasiones, de saberes perseguidos y sólo a medias alcanzados; empeñarse en descubrir el sentido del hombre, es decir, el que explica y justifica su solitaria conciencia destinada a ser mundo, es asunto que aguarda una portada digna en los periódicos y un titular de esperanza.

Por desgracia, no lo tendrá nunca. Después de todo, las preguntas sin posible respuesta no sirven para nada: ni cotizan en bolsa, ni intervienen en certámenes de ningún tipo, ni se puedan rodar con efectos especiales.


Invierno 2013