sábado, 13 de julio de 2013

El tamaño de la noche





De cerca somos impresentables; de lejos, muy de lejos, insignificantes. La verdad es perspectiva, decía Ortega, lo que me inclina a preferir la mirada de la distancia. Carl Sagan, ese poeta del cosmos –ya desaparecido–, definió nuestro mundo como “un punto azul pálido”. Nada más que eso. Se refería a una fotografía que nos hizo el Voyager 2 desde Saturno, casi en la esquina de nuestro sistema, a unos seis mil millones de kilómetros. Desde allí, desde más allá de allí, nos envuelve la perfecta humildad de la insignificancia.

La gente “normal” pasa mucho del tamaño de la noche. Si cubriéramos las ciudades con grandes cúpulas oscuras salpicadas de lucecitas, nadie echaría en falta las estrellas; menos aún los planetas, vagabundos a sus anchas sobre la indiferencia de millones de ojos que no los miran y que, si alguna equivocada vez lo hacen, no los reconocen.

En realidad, lo que de la noche importa a la inmensa mayoría son los artificios subcelestes que el hombre ha inventado para su confuso empeño. Para distraerse o para engañarse; para destruirse, para envanecerse, para desolarse... La maquinaria de la ficción, la argucia de la emboscada, el embrutecimiento de la voluntad, los suburbios de la inteligencia… La noche, así falsificada, sólo es la caricatura de un punto que vaga por la infinitud.

Qué pena prescindir del tamaño de la noche. Qué horror esta mirada provinciana tan feliz de analizar su ombligo intrascendente. Qué soberbia estupidez querer vivir al margen de nuestra insignificancia…

Qué vanidad…Un punto azul, tan sólo.



Julio 2013