domingo, 20 de abril de 2014

La inmolación de la luz






La relación de la luz con las cosas es una relación amorosa: la luz se acerca a ellas, las acaricia, las corteja, las seduce, las invade... Claro está que las cosas se resisten; y esa resistencia, ese frívolo desdén de las cosas hacia la iluminación plena, es lo que nos llega a nosotros como su color, como el color de las cosas. Así que los colores que vemos no son nada más que lo que las cosas menosprecian de la luz que las galantea. Qué sorprendente, verdad, porque eso que no quieren, eso que rechazan es precisamente de lo que se visten ellas para enamorar nuestros ojos. Las amapolas son rojas porque se quedan con todo el arco iris de la luz, menos con el rojo que precisamente las define.

Tal vez todo esto habría quedado más claro si me hubiera limitado a decir lo que todos sabemos: que las propiedades de las sustancias absorben ciertas longitudes de onda del espectro electromagnético y nos devuelven otras que el sistema nervioso acaba interpretando como “colores”. Pero si hubiera escrito esto, no se habría entendido lo que en el fondo quería decir. La metáfora no es un adorno de la palabra, sino una necesidad de la verdad. La pulcra exactitud del conocimiento nos paraliza con su rigor; la imprecisa ambigüedad de la metáfora nos da las alas de la hermenéutica.

Pero… ¿qué quería decir yo realmente? Yo quería hablar de la luz; mejor dicho, del amor desmedido de la luz. Porque la luz quiere a las cosas a lo grande. Quiere entrar en ellas y acomodarse enteramente a ellas… Y que las cosas, esas cosas opacas y sombrías, devuelvan la luminosa fracción de un sacrificio. La luz quiere un imposible –qué común es esto en el amor–: quiere que su negación sea su contrario, que su muerte una vida distinta; que los colores del mundo, la consecuencia de su inmolación.


La luz es una lección, mal aprendida humanamente, que amanece todos los días.



4 comentarios:

Anónimo dijo...

¿Qué humildad la de la luz verdad?. Deja que las cosas y el humano ojo vean y sean vistas, a la medida de su capacidad. Pero a la vez deja la huella en la retina de la belleza que no somos capaces de ver, sólo de intuir.
"Mil gracias derramando
pasó por estos sotos con presura,
e, yéndolos mirando,
con sola su figura
vestidos los dejó de hermosura".Un beso, espero iluminado, más que luminoso. Cupi
P.D. "La metáfora es una necesidad de la verdad", ¡qué bueno!, y ¡qué verdad!.

Antonio Azuaga dijo...

Lo curioso, querida Cupi, es que las cosas realmente importantes (ya lo sabes tú) se reconocen por su humildad, por su carencia de artificio y parafernalia.
Muchas gracias por tu visita.
Un beso.
P.D. Oportunísima, por cierto, la evocación de San Juan de la Cruz.

Doña A. dijo...

Yo prefiero pensar que en ese amor tan profundo, las cosas que absorben ese precioso haz de luz que las inunda devuelven algo del regalo recibido y ofrecen su color como una ofrenda agradecida.
Y... Si estoy de acuerdo, querido Antonio, que la metáfora es quizás, la más hermosa manera de hablar de amor.

Un beso

Antonio Azuaga dijo...

Bueno, todo es cuestión de hermenéutica, querida Doña A; en eso consiste "la imprecisa ambigüedad de la metáfora".
Gracias por tu compañía.
Un beso.