miércoles, 16 de julio de 2014

Una vez escribí un cuento para tu madre…





Para Gonzalo, por si un día llega a leerlo

El cuento era ingenuo como todos los cuentos, y como todos los cuentos acababa dando la razón a los sueños. Lo escribí para tu madre cuando ella aún no podía leerlo, ni escucharlo siquiera; cuando sólo podía oírlo, de fondo, como el rumor ronco de un viento aún por descifrar. Lo escribí cuando ella tenía ese mismo tamaño que hoy tiene tu ternura. Y lo escribí para que nadie pudiera romperle nunca los sueños, para que ella se hiciera más fuerte que los días de la vulgaridad demostrada. Porque todo lo que se demuestra acaba siendo vulgar, tediosamente vulgar. Y así no hay forma humana de vivir. Tu madre se hizo científica; y tu padre, navegante de igual barco. Pero yo sé que, en el fondo, una y otro llevan cartas de navegar con coordenadas de un no sé qué inalcanzable.

El cuento era ingenuo y acababa en una no verdad como todos los cuentos. Y digo no verdad porque los años me empañaron la vida de vulgaridades, es decir, de demostraciones. Pero ahora, que estás tú entre mis brazos, otra vez con el tamaño estricto de la ternura, otra vez recogiendo lo que no puedes leer ni escuchar siquiera, lo que sólo me oyes, como el rumor ronco de un viento aún por descifrar, quiero que un día me cumplas también esta esperanza: intenta con todas tus fuerzas desvelarlo todo; y desea, con toda tu alma, no conseguirlo nunca.


La felicidad, te digan lo que te digan, consiste en descubrir que un cuento es un sueño inalcanzado; y un sueño, la verdad que hace al hombre.