viernes, 14 de noviembre de 2014

Jardineros, mirlos y lombrices



...los pueblos degeneran por defectos íntimos.
 J. Ortega y Gasset, España invertebrada


Al sistema nervioso le ha costado muchísimo tiempo llegar a la complicada arquitectura del hombre. Su larga biografía está jalonada de tanteos rudimentarios; simples ensayos que, amontonando azarosas estructuras, se han apañado más o menos con los engorros de la supervivencia. Las lombrices, por ejemplo, rastreros y eficaces ventiladores del suelo, se manejan con bastante soltura. En su caso, en lugar de cerebro tienen un par de ganglios gordos y otro montón de ganglios –menos gordos– escalonados, gracias a los cuales al organismo no le va mal del todo. Claro que, a veces, la bota distraída de un jardinero o la depredadora ansiedad de cualquier mirlo dan fácilmente al traste con el futuro de tan precaria arquitectura nerviosa. Pero, mientras tanto, la lombriz puede felizmente seguir comiendo y cagando tierra, que es la tarea que por naturaleza tiene encomendada.

No sé yo si el anélido ejemplo es exportable a los quehaceres de la historia humana ni si lo del hombre es pretenderse emblemático ciudadano del mundo o vanidoso oligarca de terruño precario. No sé exactamente si algunos rincones de este planeta no estarán sufriendo una enfermiza regresión genética, un confuso padecimiento de tiempos virtuales no pasados, aunque, inexplicablemente por tanto,  sufridos. No sé si a la biografía del sistema nervioso de la historia le ha dado un golpe de nostalgia por su pubertad neurológica y, creyéndose avanzada, se ha vuelto regresiva. Lo que sé es que el sistema nervioso de las lombrices, con su pluralidad de rústicos ganglios, es menos eficaz que el cerebrillo del mirlo más tonto y claramente más vulnerable ante la azarosa bota de los jardineros… Lo que sé es que el gusano que come y caga tierra sucede biológicamente antes; y el mirlo y el jardinero, evolutivamente después

Lo que sé es que yo estaba hojeando la “España invertebrada” de Ortega y, sabe Dios por qué, me ha dado por pensar en la inquietante descerebración de los tiempos que corren.