miércoles, 18 de noviembre de 2015

La lección repetida e ignorada



Podría empezar como si fuera un cuento:

...Hace muchos, muchos años, se crecía entre voces desnudas de imagen. Por entonces, sólo las palabras, escritas o habladas, abonaban las párvulas inteligencias de  los niños. Leían y escuchaban sólo libros, sólo enormes aparatos de radio. Y tenían de sobra porque nadie echa en falta lo que no tiene ni  piensa que pueda tenerse. Algunos supondrán que aquél era un tiempo oscuro. Nada más incierto: la claridad no es patrimonio de la luz en los ojos, ni mucho menos. Es más, la luz de verdad hay que buscarla en otra parte; tal vez en las bodegas del pensamiento. Y ahí, desgraciadamente, el hombre se parece al holandés errante y a su fantasmal navío: siempre navega en mares de repetida sombra.

Hace muchos, muchos años, cuando yo era niño, unos pocos minutos (la abundancia no estaba aún inventada) de las tardes de invierno se llenaban de cuentos y fábulas que uno escuchaba, casi religiosamente, por la radio. Voces amables sin paisaje ni rostro a las que había que poner rostro y paisaje. Recuerdo muchas de aquellas deliciosas narraciones donde se aprendía la pausa de la reflexión en el colofón brevísimo de una moraleja.

...Los que por cuestiones
de poco momento
dejan lo que importa,
llévense este ejemplo.

Así acababa uno de aquellos cuentos. Y los niños, todos los niños, entendíamos que los dos conejos de Iriarte eran demasiado tontos; tan tontos que acababan entre los dientes de los perros por discutir sobre lo que nada tenía que ver con el final que se les venía encima. Curiosa lección aquélla: aprender de las palabras que las palabras también pueden ser nuestra perdición;  descubrir que lo mismo que es capaz de construirnos, lo es también de envanecernos e idiotizarnos hasta el desastre.

Dice la Historia, o las historias de la Historia, que hace muchos, muchos más años, allá por donde Oriente le pone tierra al Mediterráneo, había un reino de cultura esplendorosa y ancestral sabiduría. Severas cuestiones teológicas ocupaban los trabajos y los días de sus sabios; asuntos de muy grande trascendencia, como determinar, de una vez por todas, qué sexo sería el sexo de los ángeles. Y dice también la Historia, o las historias de la Historia, que en esta inquietud se distraían las inteligencias y las voluntades mientras caían los muros de su luminoso imperio ante ejércitos anunciados.

Si uno mira alrededor y observa con la memoria de sus cuentos, siente un raro escalofrío. Porque uno ve galgos, podencos y dialécticos conejos. Y sabios retóricos. Y ejércitos infames... Y moralejas que parecen  inquietantes oráculos... El problema es que en medio estamos tú y yo, y otros muchos yos y muchos tús que hacen e hicieron posible nuestro histórico andamiaje. Todos provisionalmente reales, todos encerrados en la incertidumbre de una cíclica narración cuyo final ya sabemos...

Aunque saberlo no parece servirnos para nada.



16 noviembre 2015

jueves, 12 de noviembre de 2015

Palabras mientras noviembre



A mi padre, por todos los que le faltan, y a mí, por tantos que ya no tengo



Uno empieza a vivir ajeno a casi todo cuando se da cuenta de lo poco que tiene que ver con casi nada. En realidad, la vejez consiste en eso: en apartarse con estoica elegancia del mundo, indiferente ya al sueño por que alguna vez lo creímos sostenido. Un capitán honorable se hunde con su barco y llora el naufragio de su tripulación; un miserable salta por la borda y chapotea reclamando el auxilio de los equipos de salvamento.

Se muere de adentro hacia fuera cuando la vida nos traiciona, cuando se entrega a su negación antes de lo debido y, con tan infame alianza, nos expulsa de la luz y de los otros. Y se muere de afuera hacia dentro cuando la vida nos consiente, cuando nos autoriza a vivirla más tiempo del que pensamos mientras nos roba las almas con que la hicimos... Nos morimos entonces de todos los demás, de todos los que nos faltan; de cuantos, piedra a piedra, levantaron los muros de que arropamos las noches y, verbo a verbo, los balcones que abrimos a la esperanza... Nos morimos porque la vida se vuelve extranjera.

En el primer caso, la muerte encierra la crueldad de un destierro; en el segundo, la desolación de un abandono. Porque, cuando la vida te da tiempo, se muere de soledad; de la intratable soledad de los álbumes y la memoria.



Noviembre 2015

miércoles, 14 de octubre de 2015

El otoño y la Historia


Miré los muros de la patria mía...
Francisco de Quevedo

Me gustaría escribir sobre el otoño como hace algunos años escribía. Me gustaría reunir en la palabra los ocres y los oros de sus árboles, los rojos melancólicos de sus rosas decadentes, los atardeceres tempranos de sus ciudades y campos. Me gustaría, pero ya no puedo. Y no puedo porque los trabajos y los días se han embadurnado de tintes profundamente desagradables. Tanto que pretender adornarlos de estacionales exquisiteces se me antoja intención bastante inicua. No son tiempos de lindezas; son tiempos de inexplicables aberraciones y de explicaciones aberrantes. A veces tengo la sensación de que hoy se vive la fantasía de una mente enferma, de que somos (de que soy) los extras de una película (malísima, por cierto) en la que unos descubren el Mediterráneo en el bidé de su adosado y otros cruzan un Atlántico al que confunden con el charco estancado de sus ideas. Se leen tantas tonterías a diario en los periódicos, que el único alimento que al alma le queda es un sándwich mixto de ajena vergüenza y tristeza. De aquélla, por el ridículo de quien lo exhibe; de ésta, por la pesadumbre gástrica de quien lo ingiere.

La Historia, como la biografía de cada cual, tiene la mala costumbre de ser pasado. Existencialmente hablando, el pasado es un anciano incorregible; tal vez, no por su voluntad, sino como irrefutable condición de la libertad que tanto le pesa. Lo único que no podemos rectificar es lo ya que hemos sido. Si pudiéramos hacerlo, no seríamos los que somos. De encontrarnos en tal caso con nosotros, no nos reconoceríamos ni en broma. Sobra decir que si tal rectificación la extendiéramos a cualquier momento de la Historia, no sólo ésta sería irreconocible para sí misma, sino que cualquiera de nosotros, probablemente, no habría llegado a existir. Y si la particular fórmula genética que nos define se hubiera dado a pesar de todo, la inédita circunstancia en que nos encontraríamos habría configurado un yo tan irreconciliable con el nosotros de hoy como el de esa Historia consigo misma. No es necesario invocar el "efecto mariposa" o la "teoría del caos" para entenderlo, basta pensar que si  Julio César no hubiera sido asesinado cuando lo fue, o Colón descubierto América cuando lo hizo, nada de lo que hoy sucede tendría que ver con lo que en tal caso sucedería. ¿Sería mejor? ¿Sería peor?... ¡Qué más da! El pasado (la Historia, la biografía) es (debe ser) razón de aprendizaje para el hombre, no pretexto de oportunismos políticos ni ocasión de acomodaticias justificaciones axiológicas. A esto último, la psicología lo diagnostica como neurosis. A lo primero, los únicos diagnósticos que a mí se me ocurren son alienación y cobardía.


...¡Cuánta pena me da este otoño del hombre ante sí mismo!


viernes, 21 de agosto de 2015

Cuando ayer no es ayer





                                                 

Cuando ayer no es ayer, o cuando es cualquier día
que alguna vez lo fue, que completa sus horas
con risas y palabras en relojes sin tiempo
–o que ya no son tiempo, sino confuso abismo
donde esparce el invierno su memoria maltrecha
de vida arrinconada–. Cuando arrecia el pasado
un temporal de lágrimas y vuelven quienes eran
un rostro en el olvido, o trastornan la vida
sin permiso del alma extrañas muchedumbres...

­¿Qué tiempo es ese tiempo que anochece ciudad
y amanece suburbio, que anquilosa los miembros
y enfría las manos, que invierte en nostalgia
el pudor del silencio y su noche infinita?...

Cuando ayer no es la causa de que hoy sea un día
diferente a otros días, sino sombra estampada
en un mismo reloj de quietud intratable.

Cuando ayer se detiene porque es nada y fue todo.

Cuando no es voluntad de quererse mañana.

Cuando quiere ser siempre… y  no quiere ser más.

Un día que no tiene más días de reserva.
Una casa cerrada, una ciudad vacía…

¿Qué día es ese día que ya no quiere serlo?




Agosto 2015

miércoles, 15 de julio de 2015

Viejos días de julio




Se me ha llenado la vida de demasiados ayeres. Es cosa normal a mis años. Para un viejo, recordar es la definición del instinto de supervivencia. Y hoy, hundido en estos días tan térmicamente espesos, me ha saltado en la memoria una entrada de "Al atardecer" que hablaba del mismo sentimiento sobre julio que tengo enquistado en el alma desde hace muchísimo tiempo. Así que me plagio –¡tengo derecho a ser mi propio sinvergüenza!– porque quería escribir y tenía pereza de  hacerlo. Por eso no me limito a poner un vínculo que al hacer clic sobre él te lleve al rincón que pretendes. Eso sería citar, no plagiar. Mi pereza, entonces, no sería enteramente indecente...


Tengo malos recuerdos de estos días; mala memoria de un remoto entonces, cuando era joven y se me murió un amigo el día en que el hombre pisaba la Luna. Puede que por eso haya puesto a este mes de cara a la pared y siempre quiera que se pase muy deprisa. Se me hace antipático su rigor, se me hace insufrible su crueldad.

Pero no es sólo el alma la que en julio se queja, es todo lo demás. Es el ojo y es la piel, es la vista del cielo y el roce de la tarde: cálido, asfixiante, seco; amarilleando planicies que pesan en la mirada, decolorando azules que apesadumbran el horizonte. Nada más triste que esos días tórridos de grises diluidos, esos días en que la temperatura se hace casi grávida y el cielo uniformemente pálido y vulgar; esos días de calima y bochorno, de hipérbole de estío, de naturaleza petrificada; esos días en que las tres de la tarde suenan a chicharra enloquecida, oculta entre las ramas de todos los árboles. Tienen el fuego, el ardor, casi el fantasma de la Niña Chole, pero les falta el colorido. Son como una pasión que extralimita sus años, que revienta una edad que no le corresponde. Los amantes de Verona nos seducen por el color de su juventud; fuera de ésta, toda fogosidad es fatigosa, es agobiante, es antiestética.

Los días de julio arden. Los días de julio arrasan la belleza.



6 de julio de 2007

jueves, 2 de julio de 2015

La última palabra



La última palabra,
la hazaña sin después que ocupará mis labios.
El último acercarse
del alma a su intención de rara eternidad.
El último refugio
para acoger la vida que aún resista,
cercada y solitaria como nunca lo estuvo...

¡La vanidad de un signo que se creyó pensamiento!

Y aleccionar al día con su noche inminente:
su larga oscuridad sin alborada,
sus ojos sin estrellas ni misterio,
sus besos sin noticia de la carne...

Cuanto he sido, de pronto, entre mis labios
mendigando una argolla donde colgar su tiempo.

Y la ciudad, detrás de las ventanas...
Y el ruido de las cosas con sus nombres...
Y el trajín de la vida por las calles...

De pronto, cuanto he sido
no tendrá más hogar que una palabra.



Julio 2015

viernes, 19 de junio de 2015

¿Quién se para a pensar en la inocencia?



Tengo abierta la ventana. A esta hora atardecida, junio se vuelve amable. De fuera me llega el  aire tibio de algún jardín recién regado. Siento una deliciosa cenestesia: frescor, sosiego, paz... Huele a madreselvas y a tierra mojada. El zureo de una paloma, empeñada en hacer el amor que le toca, adorna el pretil  de la terraza. Se oyen voces suaves, amortiguadas por la distancia, enredadas en sonrisas y destinos perdidos (¿a qué destino podría ir cualquier sonrisa hoy sino a la nada?). Es buena gente, el mundo está lleno de buena gente (cuando le dejamos llenarse de ella, naturalmente). Pero el mundo es difícil y raro; hostil, sin duda, al esfuerzo de estos atardeceres de junio en las ciudades  apacibles. El mundo está repleto de otras cosas amargas Me siento ante el ordenador y me atrevo a su tragedia. Habla de asuntos turbios: de venganzas, de guerras, de corrupciones, de asedios,  de injusticias...  Difama, acierta, insulta, salva... Antojos de no sé cuántos, veredictos de no sé quiénes...

¿Quién tendrá tiempo de pensar en la inocencia? ¿Quién en el bien? ¿Quién en la bondad? Odio las palabras; cada espanto que ocurre, odio más las palabras. Hasta esas voces suaves, que amortigua la distancia, son una falsificación. Nadie piensa el horror de lo que dice porque a nadie le inquieta  la nada que lo avala. Aquello es un barullo de signos sin razones; esto, una sinrazón sin signos y sin esperanza. Hoy más que nunca los hombres  hablamos desde gargantas ajenas donde la destrucción se ha convertido en empecinada empresa. No se me entiende, claro; pero, si la inocencia se maldice, ¿qué hacemos sino empollar los huevos de su ruina?...

¿Y si es inocente la inocencia? ¿Y si no es real el barro que la embarra? ¿Quién da la menor ocasión a su posibilidad?...


¿Quién se para a pensar hoy en la inocencia?

jueves, 7 de mayo de 2015

La risa, la única risa




La risa del hombre, cuando alcanza la presunta estatura de su definición, se vuelve ácida, amarga; en ocasiones, con un lastre de crueldad, insulto o menosprecio. No deja de llamar la atención que la manifestación más espontánea de la alegría –en realidad, la única viable en la naturaleza– pueda acabar retorciéndose hasta extremos tales. Somos los únicos animales dotados de una musculatura especializada en su posibilidad: somos los únicos capaces de reír, de hacer el gesto de la gratitud y la felicidad, o la inocente comprensión de la inocencia pura. El niño, esa metáfora ontológica, esa luz que estrena el alma en unos ojos, es el más delicioso de los ejemplos. ¿Habéis visto reír alguna vez a un niño sin apenas edad ante cualquier simpleza? ¿Habéis oído el precioso estallido de su carcajada porque un objeto cayera de forma imprevisible, porque alguien de repente estornudara, porque cualquier insignificancia desvelara de pronto su condición de espectáculo y maravilla?... ¿No habéis sentido entonces la más amable de las infecciones, los síntomas de la enfermedad más añorada, la fiebre de la inocencia, la necesidad de reír al paso de esa risa...?


¿No habéis entendido aún que a nuestra contradictoria especie le sobra toda la acidez, toda la amargura, toda la crueldad, todo el menosprecio de que, por desgracia, somos capaces?


martes, 3 de marzo de 2015

De utopías



                          ...si existe ese país que ofende al hombre,
                                  asolaré en justicia sus dominios.
                                 J.M. Mesanza, Contra Utopía II



¿Cuánto dolor un sueño necesita
para volverse hastío, desencanto;
escombro, polvareda, sombra...; cuánto
amanecer en lágrima maldita?

¿Qué horizontes, qué tierras deshabita
un verbo pordiosero, sin encanto,
que va de nada en nada...; qué entretanto
de tiempo espurio, de señal proscrita?

Cerrad los libros viejos: todo es nada,
burbuja antojadiza, voz sin dueño,
quehacer de un dios sin Dios y sin empresa...

Y una pregunta aún, desesperada:
¿Cuánta tristeza necesita un sueño
para dejar de ser una promesa?



3 marzo 2015


miércoles, 11 de febrero de 2015

Constantes universales




La constante de gravitación universal es un dígito inquietante que al 90% de la población humana no le inquieta lo más mínimo. Probablemente por eso resulta tan fundamental. Su valor no es fácil de recordar, lo que, de entrada, hace comprensible que a la inmensa mayoría se le dé una higa su conocimiento. Su importancia, sin embargo, es capital, lo que pinta de estupor que a tantos desmerezca tanto. Porque si  6,67392×10-11 hubiera sido tímidamente superior o modestamente inferior a tan rara cuantía, ni el que pergeña estos renglones ni los poquitos que los leen –o los muchísimos que jamás lo harán– tendrían espacio donde haber vivido ni tiempo que dedicar a no apreciarlo. Pero, claro, esto es diletantismo puro y duro: después de todo, los días y las noches de nuestra escurridiza existencia están llenos de cosas más importantes.

La constante de estupidez universal es aún más ignorada. Sabemos que es una constante porque sistemáticamente emerge en la conjunción de millares de pensamientos históricos. Las tonterías más grandes del ser humano se repiten con una infinita coincidencia empírica. Los griegos –los antiguos, quiero decir– se aproximaron a su descubrimiento con aquello del "eterno retorno", pero les faltó el ánimo pitagórico para matematizarlo. Hasta la modesta sabiduría popular de nuestros proverbios se atrevió a una vaga interpretación: el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra... Y poco más. En consecuencia, no la conoce nadie: nos falta el Cavendish de su definición. De ella, apenas tenemos intuiciones imprecisas, datos no cuantificados, hechos que sin la definición de un dígito no van a ninguna parte.

Sólo queda una triste conclusión: si aquélla, que nos consiente vivir, importa poco; ésta, que nos amarga el ser, no importa nada. Y debería hacerlo porque sólo lo que se conoce se domina. Y el hombre, que ignora la gravitación estúpida de sus ideas, está condenado a reproducir la anónima imbecilidad de un mono en la infinitud de la noche.


miércoles, 21 de enero de 2015

Cenizas



Hace algunos años escribía... Pero todo es coherente. A fin de cuentas un fracasado crea puestos de trabajo: consultas, terapias psicológicas y fármacos variopintos. A un derrotado le basta el abrazo de un amigo.

Pero por entonces la derrota era aún un ejercicio de metafísica estatura, una tilde filosófica rodeada de grandeza. 

Han cambiado mucho las cosas en este tiempo. La heraclitiana hoguera de la realidad se ha transformado en brutal incendio. No sé dónde poner el alma que pueda respirar el aire fresco de la esperanza. Las verdades del hombre están podridas. Incluso cuando claman por su resurrección en los foros de la historia, se hacen irrespirables. No queda oxígeno para el mañana; ni cultivos hoy para el oxígeno. La preocupación por el clima que amenaza el futuro del planeta no debería ser meteorológica, sino histórica.

Rousseau (y otros muchos) fue un embaucador. La naturaleza del salvaje no es la bondad porque nada puede ser bueno antes de que exista su definición. Y ésta sólo es posible cuando el salvaje deja de serlo, es decir, cuando ya no es naturaleza sino cultura, sociedad, historia...


Pero hoy la Historia arde por doquier... Y se convierte en cenizas de su contrario.