jueves, 7 de mayo de 2015

La risa, la única risa




La risa del hombre, cuando alcanza la presunta estatura de su definición, se vuelve ácida, amarga; en ocasiones, con un lastre de crueldad, insulto o menosprecio. No deja de llamar la atención que la manifestación más espontánea de la alegría –en realidad, la única viable en la naturaleza– pueda acabar retorciéndose hasta extremos tales. Somos los únicos animales dotados de una musculatura especializada en su posibilidad: somos los únicos capaces de reír, de hacer el gesto de la gratitud y la felicidad, o la inocente comprensión de la inocencia pura. El niño, esa metáfora ontológica, esa luz que estrena el alma en unos ojos, es el más delicioso de los ejemplos. ¿Habéis visto reír alguna vez a un niño sin apenas edad ante cualquier simpleza? ¿Habéis oído el precioso estallido de su carcajada porque un objeto cayera de forma imprevisible, porque alguien de repente estornudara, porque cualquier insignificancia desvelara de pronto su condición de espectáculo y maravilla?... ¿No habéis sentido entonces la más amable de las infecciones, los síntomas de la enfermedad más añorada, la fiebre de la inocencia, la necesidad de reír al paso de esa risa...?


¿No habéis entendido aún que a nuestra contradictoria especie le sobra toda la acidez, toda la amargura, toda la crueldad, todo el menosprecio de que, por desgracia, somos capaces?