miércoles, 14 de octubre de 2015

El otoño y la Historia


Miré los muros de la patria mía...
Francisco de Quevedo

Me gustaría escribir sobre el otoño como hace algunos años escribía. Me gustaría reunir en la palabra los ocres y los oros de sus árboles, los rojos melancólicos de sus rosas decadentes, los atardeceres tempranos de sus ciudades y campos. Me gustaría, pero ya no puedo. Y no puedo porque los trabajos y los días se han embadurnado de tintes profundamente desagradables. Tanto que pretender adornarlos de estacionales exquisiteces se me antoja intención bastante inicua. No son tiempos de lindezas; son tiempos de inexplicables aberraciones y de explicaciones aberrantes. A veces tengo la sensación de que hoy se vive la fantasía de una mente enferma, de que somos (de que soy) los extras de una película (malísima, por cierto) en la que unos descubren el Mediterráneo en el bidé de su adosado y otros cruzan un Atlántico al que confunden con el charco estancado de sus ideas. Se leen tantas tonterías a diario en los periódicos, que el único alimento que al alma le queda es un sándwich mixto de ajena vergüenza y tristeza. De aquélla, por el ridículo de quien lo exhibe; de ésta, por la pesadumbre gástrica de quien lo ingiere.

La Historia, como la biografía de cada cual, tiene la mala costumbre de ser pasado. Existencialmente hablando, el pasado es un anciano incorregible; tal vez, no por su voluntad, sino como irrefutable condición de la libertad que tanto le pesa. Lo único que no podemos rectificar es lo ya que hemos sido. Si pudiéramos hacerlo, no seríamos los que somos. De encontrarnos en tal caso con nosotros, no nos reconoceríamos ni en broma. Sobra decir que si tal rectificación la extendiéramos a cualquier momento de la Historia, no sólo ésta sería irreconocible para sí misma, sino que cualquiera de nosotros, probablemente, no habría llegado a existir. Y si la particular fórmula genética que nos define se hubiera dado a pesar de todo, la inédita circunstancia en que nos encontraríamos habría configurado un yo tan irreconciliable con el nosotros de hoy como el de esa Historia consigo misma. No es necesario invocar el "efecto mariposa" o la "teoría del caos" para entenderlo, basta pensar que si  Julio César no hubiera sido asesinado cuando lo fue, o Colón descubierto América cuando lo hizo, nada de lo que hoy sucede tendría que ver con lo que en tal caso sucedería. ¿Sería mejor? ¿Sería peor?... ¡Qué más da! El pasado (la Historia, la biografía) es (debe ser) razón de aprendizaje para el hombre, no pretexto de oportunismos políticos ni ocasión de acomodaticias justificaciones axiológicas. A esto último, la psicología lo diagnostica como neurosis. A lo primero, los únicos diagnósticos que a mí se me ocurren son alienación y cobardía.


...¡Cuánta pena me da este otoño del hombre ante sí mismo!