viernes, 5 de agosto de 2016

La tristeza de la inocencia



Por Julia y a su hijo Julio


Me han llegado noticias tristes por ese golpe tan temido de los teléfonos, repentinos y traidores como es su costumbre. Un familiar lejano, una mujer, mayor desde luego, aunque eso... ¿qué importa?

…Y  he pensado en uno de sus hijos; un niño detenido por la vida, varado en una luz de infantil inteligencia que oscureció la caprichosa divagación de un cromosoma y nació bendecido de inocencia interminable. He pensado en ese niño, que ha cumplido ya los años de los hombres, aunque no sus soberbias ni vanidades...

Y he pensado en la tristeza y el abandono, un abandono en su caso más cruel por la distancia inmensa de los otros.

He pensado en el desconcierto de su ternura mirándose al espejo; y en el estupor de su niña memoria ante el beso sin labios de su madre. Un río de pequeños recuerdos; tal vez, algunas lágrimas; un no saber, un  sí sufrir la soledad repentina, inexplicable...Y el dolor de su alma en carne viva golpeándose desconcertada contra las paredes del silencio, de tanto silencio como nunca pensó que pudiera llenar una casa.

 He pensado en su tristeza pura, sin las alas livianas con que, a veces, los otros somos capaces de sortearla...

He pensado en la tristeza perfecta, sin fisuras ni vanos, sin puentes para los argumentos ni brechas para las razones...

La tristeza de las almas de los niños, la tristeza de la inocencia.





miércoles, 3 de agosto de 2016

El hombre como inecuación


Las inecuaciones son una fantasía matemática en la que, por ejemplo, tres veces un sueño más cinco veces la voluntad no puede ser igual a nada –o sí, y lo es entonces en modo disyuntivo–, sino algo menor o mayor que una constante indefinida. Por eso, si despejamos el sueño, resulta algo menor o mayor –o raramente igual– que un tercio de la diferencia entre la indeterminada constante y el quíntuplo de la voluntad. Dicho en modo más claro:

3s + 5v < = > k

De donde resulta,

s < = > 1/3 (k - 5v)


Las inecuaciones son algunas de las abundantes tangencias de la razón con la irracionalidad. Las inecuaciones nos asfixian con su incertidumbre incluso cuando se resuelven. Tal vez por eso a mí me parecen tan humanas. Tan dramáticamente humanas. Después de todo, nuestros actos, nuestras esperanzas, nuestros sentimientos siempre andan oceánicamente indefinidos entre lo mayor y lo menor –o lo raramente igual– a lo que alguna vez soñamos.



viernes, 15 de julio de 2016

"Palabras, palabras, palabras..."



A Gonzalo, mi nieto, que, como todos los niños, es inventor de signos y creador de espectáculos


Lo mejor es el silencio. No hablar de nada, ni con nadie. Lo primero por la insuficiencia de las palabras; lo segundo, por la pobreza de nuestra voluntad. Los diálogos del hombre son monólogos adulterados: no dicen nada ni a nadie alcanzan. Los monólogos de un niño, sin embargo, son diálogos de un dios pequeño con su sorprendente creación. Los niños hablan solos para inventar y para inventarse. Se inventan los signos antes de entrar en la ortodoxia semántica de los adultos; y son capaces de decirlo todo, de abarcarlo todo. A fin de cuentas, para ellos todo es cualquier cosa: ese tiovivo que les entusiasma, aquel estanque que les fascina, este beso que les tiene pendientes de una atemporal ternura... Los niños escogen la realidad más insignificante y la transforman en espectáculo. Para nosotros los signos son un instrumento de la razón; para ellos, una creación del asombro. Y cuando el entusiasmo se constriñe en racionalidad, la verdad se diluye en argumentos... ¡Y los argumentos empañan el alma! Nada es claro entonces; sólo nos queda la obstinación de los silogismos, el esfuerzo fatuo por convencer y convencernos con los pocos mimbres de nuestras mal pergeñadas certidumbres. Los niños no necesitan certidumbres ni se inquietan por su contrario. Les sobra con el juego cósmico de su vocal heterodoxia porque el mundo tiene el nombre que ellos le ponen. Su palabra lo crea, pletórico y admirable; la nuestra, sólo aspira, raquíticamente, a interpretarlo.

Por eso precisamente, porque ya nunca seremos niños, lo mejor es nuestro silencio.


martes, 14 de junio de 2016

La palinodia


En realidad, este soneto tiene sentido leído , si alguien hay que quiera hacerlo, a continuación del publicado ayer. Una retractación de la desesperanza sólo puede entenderse después de su experiencia.


Quiero las horas nuevas, que han perdido
su norte en los relojes de los hombres,
las horas del amor, no de su olvido,
los nombres nuevos de sus viejos nombres.

Quiero creer que el sol sigue en sus trece
de encender horizontes a  la vida,
que el tiempo no es del tiempo, que obedece
la esperanza en los días encendida.

Quiero la eternidad a que se atreve
la voluntad de ser una grandeza,
no  su cobarde pequeñez  aleve,
no la claudicación, no la tristeza.

Quiero la luz, el pájaro insumiso,
la rota libertad del paraíso!



14 de junio de 2016


lunes, 13 de junio de 2016

La obstinada costumbre del tiempo



No quiero ya las horas diferentes,
los crédulos relojes, sus promesas
de rotos paraísos. Odio esas
malditas dilaciones de las gentes

que cultivan palabras; las valientes
cobardías de inventar sorpresas
en hogueras extintas; las pavesas
de sus podridos verbos decadentes.

El tiempo es la costumbre del retorno,
la tristeza del hombre que no alcanza
más allá del poco ser que da al abismo.

No quiero ya las horas de su adorno;
no el disfraz con que miente su venganza:
el tiempo sólo se hace de sí mismo.



13 de junio de 2016


martes, 24 de mayo de 2016

Irreal mayo



Se me ha ido mayo sin darme tiempo de pensar en mayo;
a traición de sí mismo, distraído, distante.

Se me ha ido mayo sin tiempo de saber de mayo;
sin el olor del cielo en los jardines o el beso enamorado de sus signos;
sin inventar las rosas tras la lluvia ni prender de amapolas los solares.

Se me ha ido mayo sin haberme asomado a los balcones de mayo;
sin oír los vencejos,
la bendita algazara que establece la linde entre Dios y los hombres;
encerrado en mis torres de tiempo y ausencia
entre cuatro relojes implacables, extraños
al empeño venial de la tierra por dejar de ser polvo,
al humilde destino de nacer, de morir...;
ignorando el prodigio del día de volver a ser día
­–sin luego, sin antes; sin aquí ni más lejos–
con el limpio milagro del sol en los ojos y el rocío reinando en el alma...

Se me ha roto mayo donde nunca fue mayo;
en las manos del hombre, en los ojos del hombre,
en los verbos del hombre...
Ha pasado de incógnito entre tanto barullo de gentes y cosas
igual que una pasión sin aliento, sin signos...

Y de pronto,
no ha quedado de mayo nada más que la nada...

¡Nada más que una rosa recitando su olvido!


25 mayo 2016




jueves, 5 de mayo de 2016

¿Campaña electoral...?


En una de esas encuestas que tanto gustan a la prensa "online", leía hace un par de horas esta prescindible pregunta "¿debería suprimirse la campaña electoral para el 26 J?"... Y me ha salido, casi sin querer, aquella copla del más oficial de los Machado:

En preguntar lo que sabes
el tiempo no has de perder...
Y a preguntas sin respuesta,
¿quién te podrá responder?

Porque, me digo yo, ¿todavía resta alguien en este país de intención tan masoquista?, ¿es posible que exista algún sistema nervioso capaz de resistir tan patético espectáculo?, ¿quién hay que pueda esgrimir una sola palabra ilusionante que en las noches y días de los últimos meses ­–o años– no hayan puesto del revés los sofismas de su bocaza?

La única campaña admisible que, según yo, deberían hacer los miembros y "miembras" de todos los partidos, se resumiría en un escueto mensaje: "Ciudadanos (y ciudadanas, naturalmente), el 26 de junio tenéis que votar ("votarnos" ya sería excesivo). Perdón por las molestias". Luego se retirarían compungidos a un convento religioso o laico, ­que haberlos deber los hay pues comuniones y bautizos con tal condición se han dado.

Sería más honrado... Y más barato.

jueves, 3 de marzo de 2016

El amor de la filosofía



Cualquier escolar que haya tenido algún contacto con esta agónica y hoy –por decreto ministerial– agonizante disciplina habrá oído eso de que la filosofía consiste, etimológicamente al menos, en el amor a la sabiduría. Cualquier ciudadano que recuerde haber sido escolar, también. Pero la sabiduría hace ya mucho tiempo que se convirtió en cosa diferente de lo que suponía Pitágoras, el semilegendario personaje que, según dicen, fue el primero en adoptar el nombre de filósofo. En realidad, ni Pitágoras ni ninguno de cuantos después se empeñaron en tan  erótico oficio amaban esa praxis ancilar que hoy por saber entendemos, ésa que predice los fenómenos y controla sus eficacias o  los demuestra y trastorna la naturaleza. No amaban el saber de los oráculos –hoy laboratorios– ni el de sus ritos –hoy tecnológicas liturgias–. Tampoco la sofística perversión de los políticos ni su rentable inversión en urnas o demagogias. El amor, que cualquier escolar habrá oído o recordará cualquier ciudadano, era bastante más humilde que todo eso.

La filosofía nunca amó la sabiduría que aspira a ejecutar respuestas. Eso es cosa de otros saberes. La filosofía era algo mucho menos eficiente y mucho más radical; mucho más necesario ("inevitable" dice Ortega) y benditamente inútil. Una pasión salvajemente racional; una razón apasionadamente amada. Así fue en los orígenes, cuando incendió las raíces mágicas del pensamiento humano (los mitos son bosques arbolados de respuestas); así después, cuando se empeñó durante dos mil años en mantener vivos los rescoldos de sus preguntas. La filosofía siempre creyó que lo único digno de ser amado no era lo que podíamos dominar, sino lo que no podíamos evitar que nos dominara.

Así pues, el nombre de esta pasión es... una bendita ignorancia. Un saber que "no sabe nada", como de sí dijera Sócrates; un saber masoquista  que no menosprecia su desamparo, que vive de desvivirse y se enriquece de su inevitable pobreza. Por eso –qué pena que sea por eso– ya no le importa a nadie; ni a los científicos ni a los políticos ni a los empresarios... A nadie importa porque en nada "productivo" se traduce. Las preguntas sin respuesta no son rentables: no se pueden invertir ni consumir ni anunciar en los paneles luminosos de los rascacielos. No sirven de aval en los préstamos bancarios, ni proporcionan alternativas viables a los viajes espaciales. Las preguntas sin respuesta no tienen cabida ya en las alforjas de nuestro tiempo... tan estúpidamente feliz, tan presuntamente sabio, tan sumamente cobarde que no se atreve a leer los renglones en blanco de su irreal realidad.

La filosofía no es más que el desazonado amor por lo que ya nadie ama.


jueves, 25 de febrero de 2016

La lección de geometría (II)


Apareció publicado en este mismo blog hace siete años, en abril de 2009. Trasteando hoy por los archivos, me he encontrado una grabación de no sé cuándo de aquel soneto. He tenido un golpe de nostalgia –últimamente, padecimiento mío de molesta frecuencia– y he decidido subirlo. Presenta algunas modificaciones, no significativas, sobre el original; anteriores, según creo, al que entonces publiqué. En cualquier caso, me sigue trayendo buenos recuerdos; como la amable memoria de cuando creía, con firmeza mayor que la actual, que la razón estaba al servicio de la voluntad y que las "razones del corazón" amparaban la frágil verdad de la arquitectura humana.

...Por si alguien hay a quien interese oírlo





jueves, 4 de febrero de 2016

El último paraíso


A mi padre

Fue allá por 2006, con poca primavera y abril a medio hacer, en una de esas tardes en que Madrid concede al cielo el privilegio azul de su mirada. Entre tus nietas y yo te habíamos arrancado del dolor aún cercano del último día de mamá. La música siempre fue el paraíso terrenal de tu consuelo, el rincón en que el alma reconoce la alta estatura de su esperanza. Por eso, aquella luminosa tarde te subimos con nosotros a lo más alto del Teatro Real, a ese otro paraíso donde la música y la palabra de los escenarios sueñan la vecindad de los ángeles.

La Bohème... Siempre te gustó La Bohème. Tal vez porque en el fondo siempre fuiste un artista, una voz prodigiosa que ahogó la dramática circunstancia del país más estúpido que ha conocido la Historia. Recuerdo ahora aquella tarde con dolorosa alegría. Y te recuerdo a ti, sentado a mi lado, moviendo los labios en callado acompañamiento de los acordes de Puccini. Al final del Acto I, cuando la hermosísima aria Che gelida manina conmovía todos los silencios que en el mundo caben, no pude evitar mirarte. Tenías los ojos convencidos de lágrimas. Sólo tú y yo sabemos che gelida manina estabas acariciando con el alma en aquel momento.

Han pasado diez años. Para ti diez años de paulatino alejamiento de todo, diez años de vida sin la vida de quienes la hicieron, diez años de ti casi sin ti. Tu distancia de la palabra convirtió las miradas en diccionarios. ¡No sabes todo lo que he podido leer en tus ojos!... Como entonces, como en aquel abril a medio hacer...

Ya sólo podré leer en tu recuerdo.

La semana pasada, un día gris y lentamente lluvioso, cogí tu mano... Tú estabas ya en el último paraíso.

3 febrero 2016






sábado, 2 de enero de 2016

Una vez más, la noche más hermosa


Para ti, Gonzalo, y para todos los niños, que ­quiera Dios les permitamos llegar a ser la gente de paz que nosotros, después de todo, no fuimos.


...Porque es la noche después de los escándalos, la noche respetada, la noche sin detalle en titulares ni señales extrañas en el cielo... Noche pura, noche forjada de sí misma; de silencio, de descanso en las ciudades del exceso; ajena a las hipérboles del hombre. Noche en que sólo cabe la armonía de un piano y un nocturno; más en concreto, de este nocturno de Chopin evocado en tantas imaginarias de mi alma ( *). Esta vez con un guiño de complicidad hacia mi nieto porque, desde la breve historia de su año y medio, gusta de sentarse en mis rodillas y atender con deliciosa seriedad a la espléndida ejecución de Yundi Li que una vez más reproduzco. Sea pues para él, para su hoy y su mañana, para el día aún no escrito en que pueda descubrir qué tenía esa noche que su abuelo llamaba la noche más hermosa.