jueves, 3 de marzo de 2016

El amor de la filosofía



Cualquier escolar que haya tenido algún contacto con esta agónica y hoy –por decreto ministerial– agonizante disciplina habrá oído eso de que la filosofía consiste, etimológicamente al menos, en el amor a la sabiduría. Cualquier ciudadano que recuerde haber sido escolar, también. Pero la sabiduría hace ya mucho tiempo que se convirtió en cosa diferente de lo que suponía Pitágoras, el semilegendario personaje que, según dicen, fue el primero en adoptar el nombre de filósofo. En realidad, ni Pitágoras ni ninguno de cuantos después se empeñaron en tan  erótico oficio amaban esa praxis ancilar que hoy por saber entendemos, ésa que predice los fenómenos y controla sus eficacias o  los demuestra y trastorna la naturaleza. No amaban el saber de los oráculos –hoy laboratorios– ni el de sus ritos –hoy tecnológicas liturgias–. Tampoco la sofística perversión de los políticos ni su rentable inversión en urnas o demagogias. El amor, que cualquier escolar habrá oído o recordará cualquier ciudadano, era bastante más humilde que todo eso.

La filosofía nunca amó la sabiduría que aspira a ejecutar respuestas. Eso es cosa de otros saberes. La filosofía era algo mucho menos eficiente y mucho más radical; mucho más necesario ("inevitable" dice Ortega) y benditamente inútil. Una pasión salvajemente racional; una razón apasionadamente amada. Así fue en los orígenes, cuando incendió las raíces mágicas del pensamiento humano (los mitos son bosques arbolados de respuestas); así después, cuando se empeñó durante dos mil años en mantener vivos los rescoldos de sus preguntas. La filosofía siempre creyó que lo único digno de ser amado no era lo que podíamos dominar, sino lo que no podíamos evitar que nos dominara.

Así pues, el nombre de esta pasión es... una bendita ignorancia. Un saber que "no sabe nada", como de sí dijera Sócrates; un saber masoquista  que no menosprecia su desamparo, que vive de desvivirse y se enriquece de su inevitable pobreza. Por eso –qué pena que sea por eso– ya no le importa a nadie; ni a los científicos ni a los políticos ni a los empresarios... A nadie importa porque en nada "productivo" se traduce. Las preguntas sin respuesta no son rentables: no se pueden invertir ni consumir ni anunciar en los paneles luminosos de los rascacielos. No sirven de aval en los préstamos bancarios, ni proporcionan alternativas viables a los viajes espaciales. Las preguntas sin respuesta no tienen cabida ya en las alforjas de nuestro tiempo... tan estúpidamente feliz, tan presuntamente sabio, tan sumamente cobarde que no se atreve a leer los renglones en blanco de su irreal realidad.

La filosofía no es más que el desazonado amor por lo que ya nadie ama.


9 comentarios:

Susi Eguia dijo...

"La filosofía no es más que el desazonado amor por lo que ya nadie ama"
La verdad, Antonio, es que actualmente se AMA poco.
Nada de lo que no tiene un resultado, tu lo dices, interesa. Al hombre le hace falta aprender a AMAR porque en nuestro mundo nos hace mucha falta. Ese que nos haga vencer el miedo a dar lo mejor que tenemos, porque seguimos teniéndolo, eso creo o quiero creer. Ese que nos limpie del barro del materialismo. AMAR las esperanzas, las nuestras y las de los demás: los versos que nunca hemos escrito, pero escribiríamos, los besos que no hemos dado pero daríamos.
Nuestro mundo está lleno de cosas sin sentido, superfluas, inútiles. Somos como payasos representando, a veces, un espectáculo lamentable.
Ojalá que a ese desazonado amor de la filosofía no se le deje abandonado en el mayor de los desconsuelos.

Un beso

Antonio Azuaga dijo...

Pues en mi opinión, Susi, de lo que verdaderamente está lleno el mundo es de cosas útiles, de demasiadas cosas útiles. Aunque entiendo lo que quieres decir. En realidad de lo que estamos sobrados es de "utilidades" y de lo que andamos indigentes es de "valores". Por eso, quienes piensan que la filosofía es un "amor" inútil la hacen un gran favor: después de todo, las cosas "valiosas" suelen ser perfectamente "inútiles".

Gracias por tu compañía.

Un beso.

Antonio Azuaga dijo...

¡Perdón por ese laísmo tan brutal!

Anónimo dijo...

Excelente elogio del quehacer filosófico. Lástima que en los tiempos que corren no haya tiempo ni para el amor ni para lo inútil. Así nos pinta.

Antonio Azuaga dijo...

Muchas gracias por tu visita, amigo Anónimo. Tienes toda la razón: nuestro tiempo ya no tiene tiempo para las pocas eternidades con que el hombre se atrevía a plantarle cara.
Un saludo.

samsa777 dijo...

Hola, querido Antonio.

Antonio Azuaga dijo...

Muchas gracias, mi querido y aparentemente olvidado amigo Samsa. Tu cariñoso saludo es como esas preguntas sin respuesta a que me refiero en esta ya envejecida entrada: sólo las apreciamos quienes tanto agradecemos que aún nos acompañen.
Un fuerte abrazo.

Angelica dijo...

Buenas noches Antonio.
El otro dia me acorde de ti, y como no me costo nada recordar tu nombre te encontre de nuevo. Me quede con esa alegria, y con la pena de descubrir que pocos meses antes lo habías abandonado. Y aquí me tienes esta noche, leyendo tus entradas, buscando algo de luz en ellas ya que en otros sitios no la encuentro.
Siento mucho que hayas dejado de publicar, y yo, el haberte dejado de leer por algún tiempo. Espero que estes bien de todo corazon.

Antonio Azuaga dijo...

Es muy de agradecer eso de que le recuerden a uno, o las palabras de uno, que para el caso es lo mismo; y más de agradecer aún, porque uno y sus palabras no tienen mucho de memorables. Así que lo primero, Angélica, es mi muy sincero agradecimiento.

La verdad es que no sé por qué dejé esta Imaginaria; o sí lo sé y no me atrevo a confesarlo. Quizá fue cansancio. Cada día me costaba más arrastrar las palabras hacia fuera de mí y todo se me iba haciendo cada vez más opaco, más impenetrable. Era como esos sueños en que queremos correr hacia algo y las piernas parecen pesarnos como losas. Creo que me he salido del mundo. Todo me parece extraño e inexplicable, como si repentinamente me hubiera despertado en otro lugar que no me pertenece y al que yo tampoco pertenezco. Con todo, aún me queda la fe del partisano; y deseo, fervientemente, que algún día esa fe vuelva a su combate.

Un beso y muchas gracias de nuevo.