viernes, 15 de julio de 2016

"Palabras, palabras, palabras..."



A Gonzalo, mi nieto, que, como todos los niños, es inventor de signos y creador de espectáculos


Lo mejor es el silencio. No hablar de nada, ni con nadie. Lo primero por la insuficiencia de las palabras; lo segundo, por la pobreza de nuestra voluntad. Los diálogos del hombre son monólogos adulterados: no dicen nada ni a nadie alcanzan. Los monólogos de un niño, sin embargo, son diálogos de un dios pequeño con su sorprendente creación. Los niños hablan solos para inventar y para inventarse. Se inventan los signos antes de entrar en la ortodoxia semántica de los adultos; y son capaces de decirlo todo, de abarcarlo todo. A fin de cuentas, para ellos todo es cualquier cosa: ese tiovivo que les entusiasma, aquel estanque que les fascina, este beso que les tiene pendientes de una atemporal ternura... Los niños escogen la realidad más insignificante y la transforman en espectáculo. Para nosotros los signos son un instrumento de la razón; para ellos, una creación del asombro. Y cuando el entusiasmo se constriñe en racionalidad, la verdad se diluye en argumentos... ¡Y los argumentos empañan el alma! Nada es claro entonces; sólo nos queda la obstinación de los silogismos, el esfuerzo fatuo por convencer y convencernos con los pocos mimbres de nuestras mal pergeñadas certidumbres. Los niños no necesitan certidumbres ni se inquietan por su contrario. Les sobra con el juego cósmico de su vocal heterodoxia porque el mundo tiene el nombre que ellos le ponen. Su palabra lo crea, pletórico y admirable; la nuestra, sólo aspira, raquíticamente, a interpretarlo.

Por eso precisamente, porque ya nunca seremos niños, lo mejor es nuestro silencio.