domingo, 18 de noviembre de 2012

La soledad real








La soledad real es la soledad de una ciudad que no existe porque ya no le quedan verdades que paseen por ella; una ciudad con unos pocos barrios, ocupados tan solo por razones contrabandistas. La soledad real –no la individual de pequeñas melancolías, sino la enorme soledad sentida como especie– es un recado amargo que nos llega de la historia sin hoy y sin futuro; la historia en cuyas calles se embarran los zapatos y ensucian los horizontes, o se miran escaparates y compran ideas de segunda mano en las rebajas de sus repetidos fracasos.

La soledad real es el nudo en la garganta que se siente al hablar con el silencio tras comprender que es el único interlocutor posible. Porque lo demás es nadie; o nada: un sórdido mercadillo de traficantes y embaucadores. Unos con tenderete y licencia, otros con acera y calle; aquéllos, con el futuro de oferta en sus mostradores; éstos, con la libertad ‘ripeada’ y a precio de saldo… Y los de aquí y los de allá, sorteando entre su clientela un abrillantador de ideologías oxidadas que, según la propaganda, las deja como nuevas.

La soledad real es la soledad que sentimos al pasear por ciudades que no existen acompañados de verdades que ya no nos quedan.


Noviembre 2012

martes, 6 de noviembre de 2012

Comprender todas las almas




Hay muchos rincones de uno que no saben pensarse a sí mismos. O no pueden… O no quieren. Me desconcierta su rigor empecinado prohibiendo la entrada a la ordenada corte de las ideas. Me desconcierta –a veces me duele– suponer que no sabré llegar jamás adonde soy verdad y esperanza al cabo. Algunos dicen que el arte puede hallar interesantes pasadizos con que burlar la atenta vigilancia de tan celosas aduanas. Otros están convencidos de que con el psicoanálisis los viajes hacia uno no son más que excursiones en diván de clase turística. Los hay que incluso niegan que esto tenga sentido. Pero en Delfos se escribió la advertencia, y en la soledad de la noche resuena el aforismo socrático: conócete a ti mismo.

Saber que no sabemos entristece; saber que no nos sabemos aterra (debería al menos). Y no es por narcisismo, vanidad o cosa que se le parezca; es porque en esos rincones, que no saben pensarse, se guarda el código real de lo que somos, la matemática singularidad de nuestra aventura, la ecuación que resuelve la conjetura del hombre..., el alma que comprende todas las almas.


noviembre 2012