lunes, 29 de junio de 2020

La sonrisa




A mi nieta Irene


Tendría que indagar qué geometrías
avalan tan perfecta curvatura,
qué ecuación de belleza y de ternura
la explica entre infantiles alegrías,

y ponerme a estudiar filosofías
en tu carita sonriente y pura,
y no las que nos llenan de amargura
con la edad los trabajos y los días.

Ya sé que aún no me entiendes. Lo que escribo
cruza por tu inocencia entre rumores
que no sabes que están en verbo vivo.

Ríe siempre como hoy y nunca llores.
Nunca tu seriedad; te lo prohíbo…
Esa risa es de Dios, aunque lo ignores.


27 junio 2020

viernes, 12 de junio de 2020

En un indeseado silencio

 

Habita en el silencio, en los lentos relojes del silencio, por más que nos empeñemos en negarle la luz y la palabra. La podemos rodear de torres entre espurios argumentos, de muros tras sofismas y falacias. La podemos condenar a una eternidad no revisable de mentiras o a la silla eléctrica de los telediarios o a la inyección letal de de las redes monopensantes... Pero un día cualquiera, como un milagro imprevisible, callamos todos alguna vez lo hacemos─ y no somos capaces de mantener la voluntad de nuestro ruido ni la complicidad de nuestro escándalo. Es entonces, en ese paréntesis de debilidad , cuando en medio de un indeseado silencio oímos su rumor, que nos derrota. Y las torres y los muros se derrumban y las celdas se abren y se derriten los televisores y las redes se vuelven una pulpa pegajosa y despreciable… Es entonces cuando emerge ella ante el implacable azogue de los espejos del remordimiento.

Hay verdades que sabemos y no queremos saberlas, y las enterramos y demostramos incluso (lo creemos al menos) que no son dignas de que las sepamos. Ella las recoge de nuestro desprecio y las conserva, ella que habita en el silencio, en los lentos relojes del silencio…

Hace años, muchos quizá, la llamábamos conciencia. A día de hoy, hasta su nombre hemos borrado de la luz y la palabra. Pero aún podemos oírla… Si somos capaces de acallar todo este ruido, todo este escándalo.


miércoles, 10 de junio de 2020

Por una noche




Por una noche, una vida;

por un segundo,

por un momento.

Por un de-repente y nada

después de su relámpago,

de su descarga imprevista,

inesperada, oculta en las palabras.

 

Por una noche que no tendrá mañana,

ni destino

ni horizonte.

 

Por un río de lava nacarada

en el roto estallido del deseo.

 

Por una noche sin más,

sin esperanza

de su extinto volcán en la memoria.

 

Por una noche en la cuenta

del saldo acumulado de la muerte.

 

Por una noche de amor…

Tan sólo por una noche…

vivir y no querer no haber vivido!

 

6 marzo 2019


jueves, 4 de junio de 2020

Los caminos de las palabras



Me lo envía el Caballero Inactual, de quien hace años nada sabía.


A veces las palabras andan por veredas que se cruzan en extraños significados, o discurren con ellos en paralelo destino, o los hacen divergir hacia paisajes contrapuestos. Cuando hablamos, hay que andarse con mucho cuidado con las cosas que se dicen porque en muchas  ocasiones es fácil elegir un camino de trazado amable a nuestro pensamiento que nos hace acabar donde éste no pretendía. Últimamente oímos muchas estupideces, consecuencia de similares distracciones, y cuando las comete alguien que a priori no consideramos estúpido, nos sumen en inquietantes sospechas. ¿Nos estarán tomando el pelo? ¿Son conscientes de que lo que dicen no es así y, por tanto, no se trata de un error sino de una mentira? Y si es una mentira, ¿nos están considerando tontos? Pondré un ejemplo cogido al azar de la prensa del día.

Habla el ministro de Sanidad refiriéndose a la manifestación del 8 de marzo pasado: "Esos días se celebró porque no había la evidencia científica, al menos yo no la tenía, para decir que había que prohibirlo". Hay en esta frase tres palabras molestas de las que ponen aviesas zancadillas a nuestras pretensiones. Veamos. La primera, "evidencia", es de las que hay que coger con pinzas, sobre todo si se refiere a "científica". En filosofía se suele definir "evidencia" como "el rasgo de un hecho, un conocimiento, etc. que arrastra al asentimiento incondicional de la mente". En lo que es evidente no hay duda que valga. La combinación "evidencia científica" es, por tanto, delicada porque las ciencias, particularmente las empíricas, tienen una "evidencia" perezosa. Tanto es así que, incluso a día de hoy, no creo que haya nadie que se atreva a hablar de muchas evidencias sobre la Covid-19. Las únicas ciencias en las que de verdad existen evidencias son las Matemáticas.

Hay otras cosas, sin embargo, que en el conocimiento sí podemos tener sobre una enfermedad en proceso como ésta: certezas. La palabra certeza es una de ésas que corre en paralelo a la que dijo el ministro, pero su significado tiene un matiz muy interesante. En filosofía, hay que remarcar su carácter de "adhesión mental a algo que se estima verdadero". Quiero decir que las certezas se tienen y las "evidencias" se dan. Así que el ministro de Sanidad, que según creo tiene algo que ver con la filosofía, patina al principio de la frase del ejemplo y se va por un término confuso: no es que "no" hubiera "evidencia científica", tampoco ahora la hay según he matizado,  es que él no tenía la certeza debida. Aunque había informes al respecto.

Y aquí entra la última palabra: "prohibirlo". Reconozco que ésta me choca profundamente. Después de tantos años oyendo el rebelde lema de mi generación de "prohibido prohibir", me confunde, no poco, que en Gobiernos tan avanzados aparezca ese verbo con tanta impudicia. Veamos: en la frase en cuestión del ministro, no existe la evidencia, que sería incontestable, sino la certeza, que si se puede contestar, de hecho existían informes contra la misma. Luego, lo que queda es la decisión. Libre, por supuesto, y en consecuencia responsable. Hay que mojarse, vamos. Y no se tiene que "prohibir". Lo justo, lo honesto, lo prudente, respetando la presunta convicción de esa certeza trastocada en evidencia, es aconsejar, recomendar la inoportunidad de todos los eventos que se consistieron (o alentaron) en los días de la incertidumbre.

Pero ni se aconsejó, ni se recomendó lo que convenía a la prudencia. La decisión fue otra. Y los caminos que eligieron las palabras hoy sabemos a qué paisajes llevaron.


El Caballero Inactual
que no es del PP, ni de Ciudadanos ,ni de VOX y que puede jurar ante Dios (siendo quien Inactual se  firma) no haber sido votante nunca de tales partidos. Ah! y que, de paso, se caga en la palabra "facha" que inevitablemente ocupa las bocas de quienes no saben qué decir cuando algo se les critica.

lunes, 18 de mayo de 2020

Ahora que estamos naufragando



Lo escribí hace nueve años y está aquí mismo, colgando del árbol 2011 como una rama de hojas secas en lejano otoño. Por eso lo he querido sacar a esta primavera tan de nadie que nos ha envenenado los cuerpos y, lo que es peor, puede envenenarnos las almas. Dedicado, pues, a todas las soledades que aún nos amenazan.

Manual de emergencia para un náufrago

Lo primero es mirar el horizonte, plano y azul del mar, y pensar que morir es lo de menos.

Lo segundo, alegrarse de ser tú  –y no nadie a quien quieres– el que ha ido a parar en tal estado.

Lo tercero, buscar alrededor algo que flote por sí mismo; el trozo de un recuerdo, por ejemplo, que, de puro feliz, no sea sumergible.

Lo cuarto, respirar pausadamente; reconocer la vida en cada bocanada de aire aún permitido.

Lo quinto, conceder al frío la ignorancia; al cuerpo, en tanto mar, la indiferencia.

Lo sexto, disfrazar los brazos de heroísmo y nadar hacia islas que no existen.

Lo séptimo, leer la oscuridad, la noche, el código morse de los astros…

Lo octavo, inventar un sol naciente y la sombra de un barco en la distancia.

Lo noveno, gritar una palabra a la que no nos atrevimos nunca.

Y lo décimo… comprender que morir es lo de menos.


1 diciembre 2011

miércoles, 15 de abril de 2020

Reclusión



En Coslada, Madrid, a veintinueve
días de una ciudad en la que aún sueño,
mientras abril sobre otras calles llueve
por donde sólo van sombras sin dueño.

La noche es día, la mañana es tarde:
mi ciudad ya no es más que un sinsentido,
un tiempo muerto en un reloj cobarde
sin hálito en las horas ni latido.

En Coslada, Madrid, de vez en cuando
imagino lejanos alborotos
y niños que regresan correteando
de ayeres dulces sin futuros rotos…

¡Y aún sueño esa ciudad cada mañana
en Coslada, Madrid, tras mi ventana!


Coslada 13 de abril de 2020

miércoles, 1 de abril de 2020

Con tanta tristeza




Nunca he visto llover con tanta tristeza. Ya no me atrevo a escribir de pequeñeces. De cosas que parecen haber perdido el derecho a ocupar algún renglón en la esperanza. Se me quitan las ganas de hablar de días como hoy, que han sido lluviosos y algo melancólicos, de los jardines a punto de creerse alquileres de la primavera, del olor inventado de las flores que aún no saben serlo, de los niños que alegran los paisajes y no están, y parecen haber desaparecido tras el improbable flautista de un cuento. ¿Dónde está ese racimo de cosas pequeñas, insignificantes, esas humildades de los días que a fuerza de estar ausentes se nos antojan de pronto imprescindibles? ¿Dónde está el mundo que creímos soñar allende nuestros ojos, al cabo de nuestros oídos, al filo de nuestras manos…? ¿Dónde han ido a parar las formas y los ruidos, los besos, las caricias…?

Nunca he visto llover con tanta tristeza como en estos días. Nunca con tanto desamparo… Sobre el jardín solitario y las calles vacías, sobre el asfalto mudo que ningún coche a turbar se atreve, sobre los árboles y los paseos desconcertados ante tanto silencio, frente a tanta ausencia…

Hoy he visto llover como nunca pensé que pudiera llover… Con tanta tristeza!


Coslada, 1 de abril de  2020

viernes, 5 de agosto de 2016

La tristeza de la inocencia



Por Julia y a su hijo Julio


Me han llegado noticias tristes por ese golpe tan temido de los teléfonos, repentinos y traidores como es su costumbre. Un familiar lejano, una mujer, mayor desde luego, aunque eso... ¿qué importa?

…Y  he pensado en uno de sus hijos; un niño detenido por la vida, varado en una luz de infantil inteligencia que oscureció la caprichosa divagación de un cromosoma y nació bendecido de inocencia interminable. He pensado en ese niño, que ha cumplido ya los años de los hombres, aunque no sus soberbias ni vanidades...

Y he pensado en la tristeza y el abandono, un abandono en su caso más cruel por la distancia inmensa de los otros.

He pensado en el desconcierto de su ternura mirándose al espejo; y en el estupor de su niña memoria ante el beso sin labios de su madre. Un río de pequeños recuerdos; tal vez, algunas lágrimas; un no saber, un  sí sufrir la soledad repentina, inexplicable...Y el dolor de su alma en carne viva golpeándose desconcertada contra las paredes del silencio, de tanto silencio como nunca pensó que pudiera llenar una casa.

 He pensado en su tristeza pura, sin las alas livianas con que, a veces, los otros somos capaces de sortearla...

He pensado en la tristeza perfecta, sin fisuras ni vanos, sin puentes para los argumentos ni brechas para las razones...

La tristeza de las almas de los niños, la tristeza de la inocencia.





miércoles, 3 de agosto de 2016

El hombre como inecuación


Las inecuaciones son una fantasía matemática en la que, por ejemplo, tres veces un sueño más cinco veces la voluntad no puede ser igual a nada –o sí, y lo es entonces en modo disyuntivo–, sino algo menor o mayor que una constante indefinida. Por eso, si despejamos el sueño, resulta algo menor o mayor –o raramente igual– que un tercio de la diferencia entre la indeterminada constante y el quíntuplo de la voluntad. Dicho en modo más claro:

3s + 5v < = > k

De donde resulta,

s < = > 1/3 (k - 5v)


Las inecuaciones son algunas de las abundantes tangencias de la razón con la irracionalidad. Las inecuaciones nos asfixian con su incertidumbre incluso cuando se resuelven. Tal vez por eso a mí me parecen tan humanas. Tan dramáticamente humanas. Después de todo, nuestros actos, nuestras esperanzas, nuestros sentimientos siempre andan oceánicamente indefinidos entre lo mayor y lo menor –o lo raramente igual– a lo que alguna vez soñamos.



viernes, 15 de julio de 2016

"Palabras, palabras, palabras..."



A Gonzalo, mi nieto, que, como todos los niños, es inventor de signos y creador de espectáculos


Lo mejor es el silencio. No hablar de nada, ni con nadie. Lo primero por la insuficiencia de las palabras; lo segundo, por la pobreza de nuestra voluntad. Los diálogos del hombre son monólogos adulterados: no dicen nada ni a nadie alcanzan. Los monólogos de un niño, sin embargo, son diálogos de un dios pequeño con su sorprendente creación. Los niños hablan solos para inventar y para inventarse. Se inventan los signos antes de entrar en la ortodoxia semántica de los adultos; y son capaces de decirlo todo, de abarcarlo todo. A fin de cuentas, para ellos todo es cualquier cosa: ese tiovivo que les entusiasma, aquel estanque que les fascina, este beso que les tiene pendientes de una atemporal ternura... Los niños escogen la realidad más insignificante y la transforman en espectáculo. Para nosotros los signos son un instrumento de la razón; para ellos, una creación del asombro. Y cuando el entusiasmo se constriñe en racionalidad, la verdad se diluye en argumentos... ¡Y los argumentos empañan el alma! Nada es claro entonces; sólo nos queda la obstinación de los silogismos, el esfuerzo fatuo por convencer y convencernos con los pocos mimbres de nuestras mal pergeñadas certidumbres. Los niños no necesitan certidumbres ni se inquietan por su contrario. Les sobra con el juego cósmico de su vocal heterodoxia porque el mundo tiene el nombre que ellos le ponen. Su palabra lo crea, pletórico y admirable; la nuestra, sólo aspira, raquíticamente, a interpretarlo.

Por eso precisamente, porque ya nunca seremos niños, lo mejor es nuestro silencio.


martes, 14 de junio de 2016

La palinodia


En realidad, este soneto tiene sentido leído , si alguien hay que quiera hacerlo, a continuación del publicado ayer. Una retractación de la desesperanza sólo puede entenderse después de su experiencia.


Quiero las horas nuevas, que han perdido
su norte en los relojes de los hombres,
las horas del amor, no de su olvido,
los nombres nuevos de sus viejos nombres.

Quiero creer que el sol sigue en sus trece
de encender horizontes a  la vida,
que el tiempo no es del tiempo, que obedece
la esperanza en los días encendida.

Quiero la eternidad a que se atreve
la voluntad de ser una grandeza,
no  su cobarde pequeñez  aleve,
no la claudicación, no la tristeza.

Quiero la luz, el pájaro insumiso,
la rota libertad del paraíso!



14 de junio de 2016


lunes, 13 de junio de 2016

La obstinada costumbre del tiempo



No quiero ya las horas diferentes,
los crédulos relojes, sus promesas
de rotos paraísos. Odio esas
malditas dilaciones de las gentes

que cultivan palabras; las valientes
cobardías de inventar sorpresas
en hogueras extintas; las pavesas
de sus podridos verbos decadentes.

El tiempo es la costumbre del retorno,
la tristeza del hombre que no alcanza
más allá del poco ser que da al abismo.

No quiero ya las horas de su adorno;
no el disfraz con que miente su venganza:
el tiempo sólo se hace de sí mismo.



13 de junio de 2016


martes, 24 de mayo de 2016

Irreal mayo



Se me ha ido mayo sin darme tiempo de pensar en mayo;
a traición de sí mismo, distraído, distante.

Se me ha ido mayo sin tiempo de saber de mayo;
sin el olor del cielo en los jardines o el beso enamorado de sus signos;
sin inventar las rosas tras la lluvia ni prender de amapolas los solares.

Se me ha ido mayo sin haberme asomado a los balcones de mayo;
sin oír los vencejos,
la bendita algazara que establece la linde entre Dios y los hombres;
encerrado en mis torres de tiempo y ausencia
entre cuatro relojes implacables, extraños
al empeño venial de la tierra por dejar de ser polvo,
al humilde destino de nacer, de morir...;
ignorando el prodigio del día de volver a ser día
­–sin luego, sin antes; sin aquí ni más lejos–
con el limpio milagro del sol en los ojos y el rocío reinando en el alma...

Se me ha roto mayo donde nunca fue mayo;
en las manos del hombre, en los ojos del hombre,
en los verbos del hombre...
Ha pasado de incógnito entre tanto barullo de gentes y cosas
igual que una pasión sin aliento, sin signos...

Y de pronto,
no ha quedado de mayo nada más que la nada...

¡Nada más que una rosa recitando su olvido!


25 mayo 2016




jueves, 5 de mayo de 2016

¿Campaña electoral...?


En una de esas encuestas que tanto gustan a la prensa "online", leía hace un par de horas esta prescindible pregunta "¿debería suprimirse la campaña electoral para el 26 J?"... Y me ha salido, casi sin querer, aquella copla del más oficial de los Machado:

En preguntar lo que sabes
el tiempo no has de perder...
Y a preguntas sin respuesta,
¿quién te podrá responder?

Porque, me digo yo, ¿todavía resta alguien en este país de intención tan masoquista?, ¿es posible que exista algún sistema nervioso capaz de resistir tan patético espectáculo?, ¿quién hay que pueda esgrimir una sola palabra ilusionante que en las noches y días de los últimos meses ­–o años– no hayan puesto del revés los sofismas de su bocaza?

La única campaña admisible que, según yo, deberían hacer los miembros y "miembras" de todos los partidos, se resumiría en un escueto mensaje: "Ciudadanos (y ciudadanas, naturalmente), el 26 de junio tenéis que votar ("votarnos" ya sería excesivo). Perdón por las molestias". Luego se retirarían compungidos a un convento religioso o laico, ­que haberlos deber los hay pues comuniones y bautizos con tal condición se han dado.

Sería más honrado... Y más barato.

jueves, 3 de marzo de 2016

El amor de la filosofía



Cualquier escolar que haya tenido algún contacto con esta agónica y hoy –por decreto ministerial– agonizante disciplina habrá oído eso de que la filosofía consiste, etimológicamente al menos, en el amor a la sabiduría. Cualquier ciudadano que recuerde haber sido escolar, también. Pero la sabiduría hace ya mucho tiempo que se convirtió en cosa diferente de lo que suponía Pitágoras, el semilegendario personaje que, según dicen, fue el primero en adoptar el nombre de filósofo. En realidad, ni Pitágoras ni ninguno de cuantos después se empeñaron en tan  erótico oficio amaban esa praxis ancilar que hoy por saber entendemos, ésa que predice los fenómenos y controla sus eficacias o  los demuestra y trastorna la naturaleza. No amaban el saber de los oráculos –hoy laboratorios– ni el de sus ritos –hoy tecnológicas liturgias–. Tampoco la sofística perversión de los políticos ni su rentable inversión en urnas o demagogias. El amor, que cualquier escolar habrá oído o recordará cualquier ciudadano, era bastante más humilde que todo eso.

La filosofía nunca amó la sabiduría que aspira a ejecutar respuestas. Eso es cosa de otros saberes. La filosofía era algo mucho menos eficiente y mucho más radical; mucho más necesario ("inevitable" dice Ortega) y benditamente inútil. Una pasión salvajemente racional; una razón apasionadamente amada. Así fue en los orígenes, cuando incendió las raíces mágicas del pensamiento humano (los mitos son bosques arbolados de respuestas); así después, cuando se empeñó durante dos mil años en mantener vivos los rescoldos de sus preguntas. La filosofía siempre creyó que lo único digno de ser amado no era lo que podíamos dominar, sino lo que no podíamos evitar que nos dominara.

Así pues, el nombre de esta pasión es... una bendita ignorancia. Un saber que "no sabe nada", como de sí dijera Sócrates; un saber masoquista  que no menosprecia su desamparo, que vive de desvivirse y se enriquece de su inevitable pobreza. Por eso –qué pena que sea por eso– ya no le importa a nadie; ni a los científicos ni a los políticos ni a los empresarios... A nadie importa porque en nada "productivo" se traduce. Las preguntas sin respuesta no son rentables: no se pueden invertir ni consumir ni anunciar en los paneles luminosos de los rascacielos. No sirven de aval en los préstamos bancarios, ni proporcionan alternativas viables a los viajes espaciales. Las preguntas sin respuesta no tienen cabida ya en las alforjas de nuestro tiempo... tan estúpidamente feliz, tan presuntamente sabio, tan sumamente cobarde que no se atreve a leer los renglones en blanco de su irreal realidad.

La filosofía no es más que el desazonado amor por lo que ya nadie ama.


jueves, 25 de febrero de 2016

La lección de geometría (II)


Apareció publicado en este mismo blog hace siete años, en abril de 2009. Trasteando hoy por los archivos, me he encontrado una grabación de no sé cuándo de aquel soneto. He tenido un golpe de nostalgia –últimamente, padecimiento mío de molesta frecuencia– y he decidido subirlo. Presenta algunas modificaciones, no significativas, sobre el original; anteriores, según creo, al que entonces publiqué. En cualquier caso, me sigue trayendo buenos recuerdos; como la amable memoria de cuando creía, con firmeza mayor que la actual, que la razón estaba al servicio de la voluntad y que las "razones del corazón" amparaban la frágil verdad de la arquitectura humana.

...Por si alguien hay a quien interese oírlo





jueves, 4 de febrero de 2016

El último paraíso


A mi padre

Fue allá por 2006, con poca primavera y abril a medio hacer, en una de esas tardes en que Madrid concede al cielo el privilegio azul de su mirada. Entre tus nietas y yo te habíamos arrancado del dolor aún cercano del último día de mamá. La música siempre fue el paraíso terrenal de tu consuelo, el rincón en que el alma reconoce la alta estatura de su esperanza. Por eso, aquella luminosa tarde te subimos con nosotros a lo más alto del Teatro Real, a ese otro paraíso donde la música y la palabra de los escenarios sueñan la vecindad de los ángeles.

La Bohème... Siempre te gustó La Bohème. Tal vez porque en el fondo siempre fuiste un artista, una voz prodigiosa que ahogó la dramática circunstancia del país más estúpido que ha conocido la Historia. Recuerdo ahora aquella tarde con dolorosa alegría. Y te recuerdo a ti, sentado a mi lado, moviendo los labios en callado acompañamiento de los acordes de Puccini. Al final del Acto I, cuando la hermosísima aria Che gelida manina conmovía todos los silencios que en el mundo caben, no pude evitar mirarte. Tenías los ojos convencidos de lágrimas. Sólo tú y yo sabemos che gelida manina estabas acariciando con el alma en aquel momento.

Han pasado diez años. Para ti diez años de paulatino alejamiento de todo, diez años de vida sin la vida de quienes la hicieron, diez años de ti casi sin ti. Tu distancia de la palabra convirtió las miradas en diccionarios. ¡No sabes todo lo que he podido leer en tus ojos!... Como entonces, como en aquel abril a medio hacer...

Ya sólo podré leer en tu recuerdo.

La semana pasada, un día gris y lentamente lluvioso, cogí tu mano... Tú estabas ya en el último paraíso.

3 febrero 2016






sábado, 2 de enero de 2016

Una vez más, la noche más hermosa


Para ti, Gonzalo, y para todos los niños, que ­quiera Dios les permitamos llegar a ser la gente de paz que nosotros, después de todo, no fuimos.


...Porque es la noche después de los escándalos, la noche respetada, la noche sin detalle en titulares ni señales extrañas en el cielo... Noche pura, noche forjada de sí misma; de silencio, de descanso en las ciudades del exceso; ajena a las hipérboles del hombre. Noche en que sólo cabe la armonía de un piano y un nocturno; más en concreto, de este nocturno de Chopin evocado en tantas imaginarias de mi alma ( *). Esta vez con un guiño de complicidad hacia mi nieto porque, desde la breve historia de su año y medio, gusta de sentarse en mis rodillas y atender con deliciosa seriedad a la espléndida ejecución de Yundi Li que una vez más reproduzco. Sea pues para él, para su hoy y su mañana, para el día aún no escrito en que pueda descubrir qué tenía esa noche que su abuelo llamaba la noche más hermosa.






miércoles, 18 de noviembre de 2015

La lección repetida e ignorada



Podría empezar como si fuera un cuento:

...Hace muchos, muchos años, se crecía entre voces desnudas de imagen. Por entonces, sólo las palabras, escritas o habladas, abonaban las párvulas inteligencias de  los niños. Leían y escuchaban sólo libros, sólo enormes aparatos de radio. Y tenían de sobra porque nadie echa en falta lo que no tiene ni  piensa que pueda tenerse. Algunos supondrán que aquél era un tiempo oscuro. Nada más incierto: la claridad no es patrimonio de la luz en los ojos, ni mucho menos. Es más, la luz de verdad hay que buscarla en otra parte; tal vez en las bodegas del pensamiento. Y ahí, desgraciadamente, el hombre se parece al holandés errante y a su fantasmal navío: siempre navega en mares de repetida sombra.

Hace muchos, muchos años, cuando yo era niño, unos pocos minutos (la abundancia no estaba aún inventada) de las tardes de invierno se llenaban de cuentos y fábulas que uno escuchaba, casi religiosamente, por la radio. Voces amables sin paisaje ni rostro a las que había que poner rostro y paisaje. Recuerdo muchas de aquellas deliciosas narraciones donde se aprendía la pausa de la reflexión en el colofón brevísimo de una moraleja.

...Los que por cuestiones
de poco momento
dejan lo que importa,
llévense este ejemplo.

Así acababa uno de aquellos cuentos. Y los niños, todos los niños, entendíamos que los dos conejos de Iriarte eran demasiado tontos; tan tontos que acababan entre los dientes de los perros por discutir sobre lo que nada tenía que ver con el final que se les venía encima. Curiosa lección aquélla: aprender de las palabras que las palabras también pueden ser nuestra perdición;  descubrir que lo mismo que es capaz de construirnos, lo es también de envanecernos e idiotizarnos hasta el desastre.

Dice la Historia, o las historias de la Historia, que hace muchos, muchos más años, allá por donde Oriente le pone tierra al Mediterráneo, había un reino de cultura esplendorosa y ancestral sabiduría. Severas cuestiones teológicas ocupaban los trabajos y los días de sus sabios; asuntos de muy grande trascendencia, como determinar, de una vez por todas, qué sexo sería el sexo de los ángeles. Y dice también la Historia, o las historias de la Historia, que en esta inquietud se distraían las inteligencias y las voluntades mientras caían los muros de su luminoso imperio ante ejércitos anunciados.

Si uno mira alrededor y observa con la memoria de sus cuentos, siente un raro escalofrío. Porque uno ve galgos, podencos y dialécticos conejos. Y sabios retóricos. Y ejércitos infames... Y moralejas que parecen  inquietantes oráculos... El problema es que en medio estamos tú y yo, y otros muchos yos y muchos tús que hacen e hicieron posible nuestro histórico andamiaje. Todos provisionalmente reales, todos encerrados en la incertidumbre de una cíclica narración cuyo final ya sabemos...

Aunque saberlo no parece servirnos para nada.



16 noviembre 2015

jueves, 12 de noviembre de 2015

Palabras mientras noviembre



A mi padre, por todos los que le faltan, y a mí, por tantos que ya no tengo



Uno empieza a vivir ajeno a casi todo cuando se da cuenta de lo poco que tiene que ver con casi nada. En realidad, la vejez consiste en eso: en apartarse con estoica elegancia del mundo, indiferente ya al sueño por que alguna vez lo creímos sostenido. Un capitán honorable se hunde con su barco y llora el naufragio de su tripulación; un miserable salta por la borda y chapotea reclamando el auxilio de los equipos de salvamento.

Se muere de adentro hacia fuera cuando la vida nos traiciona, cuando se entrega a su negación antes de lo debido y, con tan infame alianza, nos expulsa de la luz y de los otros. Y se muere de afuera hacia dentro cuando la vida nos consiente, cuando nos autoriza a vivirla más tiempo del que pensamos mientras nos roba las almas con que la hicimos... Nos morimos entonces de todos los demás, de todos los que nos faltan; de cuantos, piedra a piedra, levantaron los muros de que arropamos las noches y, verbo a verbo, los balcones que abrimos a la esperanza... Nos morimos porque la vida se vuelve extranjera.

En el primer caso, la muerte encierra la crueldad de un destierro; en el segundo, la desolación de un abandono. Porque, cuando la vida te da tiempo, se muere de soledad; de la intratable soledad de los álbumes y la memoria.



Noviembre 2015