jueves, 27 de febrero de 2014

La insolente realidad de las preguntas




El valor de la filosofía  ha estado desde sus orígenes en las preguntas. Las respuestas son ocupación de la supervivencia; las respuestas pretenden la utilidad. Las preguntas, sin embargo, todas esas preguntas que nos atraviesan el pensamiento sin posibilidad de hallar nunca reposo para su esfuerzo; todas ésas tan denostadas, tan perseguidas, tan ninguneadas por la vanidosa razón –ilustrada primero; instrumental, después; confusamente empirista, siempre–; todas las que desde el siglo XVIII han sido desviadas, sistemáticamente, a la sección de Salud mental por la iniquidad mercenaria de los súbditos de la desesperanza, no sirven para nada; o, mejor dicho, resisten el asedio de la nada. Son, como los acantilados ante los envites del mar, una rocosa fortaleza del alma, un cerco amurallado para el hombre. Porque hablar del alma es hablar con ellas y no querer hablar de ellas es desarraigar al hombre

La grandeza de la filosofía está –o estuvo– en no poder responder, en no acertar a hacerlo, en la desfachatez de mantenerse en la ignorancia, tal vez inevitable al cabo, mientras sus hijas, las ciencias,  alquilaban apartamentos de provisional certidumbre y funcional sabiduría para ir tirando, para pasar el trago y la aventura, racional e inexplicada, de que el ser brutal del cosmos se hiciera pensamiento y piedad en nuestra animal insignificancia.

Pero las preguntas, estas preguntas de la filosofía, no son rentables; no merecen la atención de quienes han invertido su cobardía en la arenosa y final suerte de los acantilados. Por no importar, ya ni importar parecen  a quienes se dedican a su viejo oficio. Tal vez por eso han decido dejarlas morir, borrarlas de los mapas y los planes. Cuantas menos preguntas nos hagamos, mejor: más callada y más apacible estupidez.

Ése, al menos, parece ser el proyecto de nuestro tiempo. Porque… ¿no será nuestra sabiduría una sabiduría amputada; una medio-sabiduría a la que falta un trozo de verdad?  ¿No será nuestro tiempo una vanidad triunfante que no sabe qué hacer con la insolente realidad de sus preguntas?


martes, 11 de febrero de 2014

El credo inevitable o entre el ser y el deber-ser




Hace falta una revolución personalista y comunitaria, no apta para mentirosos y sucios de corazón, que como el cuco cantan en un lado y ponen los huevos en otro.

Carlos Díaz. Hay que ser tolerantes. Acontecimiento (109). http://www.mounier.es/attachments/article/166/cdiaz2.pdf





Creo en Dios porque el hombre ni es capaz de ser quien dice ni jamás pretendió serlo.

Creo en Dios porque los sucedáneos terrenos de la esperanza son falaces y cicateros. Urdir espurias riquezas y falsificar beneficiarios es mala escuela; mejor dicho, es academia de almas prostitutas… Porque también las almas se dedican al oficio más viejo del mundo. Y no hay más que leer la prensa de cada día –que es el pan de nuestras prostituciones– para convencerse de ello.  Me da lo mismo el color de quien haga la calle o aguarde en las esquinas de su facción, partido o ideología: el resultado es un lecho podrido y un beneficio indigno.

Creo en Dios porque hay demasiada gente condenada de antemano; gente que, por carecer, carece hasta de la oportunidad de no sufrir, de no conocer tregua durante la que no llorar. Muchísima gente diluida en nuestros siete mil millones que sólo puede aspirar a engrosar las estadísticas del remordimiento de los otros. Si fuera verdad algo de eso que llamamos ‘nuestras verdades’ (o ‘nuestras convicciones’, que está más en la onda de la vulgaridad vigente), si algo de eso fuera verdad, el mundo se conmovería con una revolución sin precedentes. Una revolución rarísima que pondría patas arriba toda la historia que nos quede por hacer. Una revolución que se haría de dentro hacia fuera (justo al revés de como se han hecho todas las que en el mundo han sido), que no se justificaría por las masas ni sería ancilar de los plurales; que no se vendería en titulares ni pretendería portadas. Una revolución a la que darían exactamente igual los ‘muchos’ y los ‘tantos’ ­–esas cifras inicuas con que embaucan los trileros de la polis y las páginas de sus mercenarios voceros.

Creo en Dios porque una revolución así, una revolución tan heterodoxa con el canon común de las revoluciones, no se hace en las calles, ni en los despachos, ni en las asambleas, ni en los foros... Una revolución así se hace en los rincones apartados de uno frente a uno mismo, ante el espejo de la veracidad. Sin otro referente, sin otra prescripción que la empeñada voluntad personal de romper la fractura entre el ser y el deber-ser, ese abismo ignorado por los deseos del hombre.

Y como el deber-ser tiene tan mala prensa en nuestros días, es tan acomodaticio, tan relativo, tan coyuntural, es tan poco deber-ser que para poder ser tiene que pedir permiso a la indecente falacia dominante; por mucho que me empeñara…,  no tendría más remedio que creer en Dios.

Él, por lo menos, tiene claro que el ser humano anda lejos, muy lejos, de quien debiera ser.