jueves, 23 de julio de 2009

La isla de Calipso

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Estos días que vienen de otros días
enredados en noches engañosas…

Estos días que invaden sin permiso
la celda de mis ojos…

...................................Estos días
esteparios, monótonos, iguales;
sin posada de gestos que he perdido
ni rincones amables donde el alma
deposite una voz, arrope un sueño…

Estos días que pasan, sin que pases
al fondo de sus horas, no merecen
un número, un renglón, un calendario,
un giro de la tierra o de los mares,
una luz, un silencio, un simple mirlo
saltando en mi jardín…

......................................Nada merecen
estos días que no habrían de serlo.

Estos días que insisten en que faltas
después de amanecer y antes de ellos.

Estos días de amor que nada aman.

Estos días tan largos... ¡Estos días!



23 de julio de 2009
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domingo, 19 de julio de 2009

La sonrisa invisible

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La naturaleza gusta de ocultarse, escribió Heráclito. Oscar Wilde aseguró que lo que hacía la naturaleza era imitar al arte. Yo no voy a hablar de los “fragmentos” de aquél ni de "La decadencia de la mentira" de éste; yo sólo voy a escribir un tramposo silogismo. Tramposo, porque los silogismos Barbara no son viables en la tercera figura. Qué más da: siempre podré ampararme en la transitividad, tan matemática ella. Así que, haciendo uso como término medio de esa naturaleza a que los dos se refieren, voy a concluir que el arte gusta de ocultarse. Más incluso: no lo hace por timidez, ni mucho menos; lo hace por elegancia, por deber y finalidad, por imperativo de su sentido.

Porque el arte no es contar lo que hay ni inventarse lo que no hay. El arte es partir de lo que hay y velarlo, ocultarlo, para que aprenda a decirse debidamente. Por eso es un desafío siempre para la imaginación y para el sentimiento; porque, sin éste o aquélla, se convertiría en una tomadura de pelo. O en una moda que se haría precipitadamente prescindible. O en un fósil que acompañaría un instante perecedero de la historia. Pero no, porque el arte, el de verdad, es una permanente reinterpretación de lo oculto.

Ayer –qué suerte, El Prado– me prendé de una sonrisa invisible. Una sonrisa que estaba y no había forma de verla, que la dejó Sorolla en un cuadro sin la pincelada de ninguna curvatura amable. Una sonrisa de espaldas, que se siente sin darse uno cuenta, que se le pega a uno en el gesto y hasta la imita inconscientemente de sólo imaginarla. Está “escondida” en una obra menor (?) del pintor de la luz y el Mediterráneo: Después del baño (1902). Título y tema repetidos en su herencia; éste, para mí, de singular emoción.

Hay que fijarse en la joven que está en primer término, la de la camisa blanca. Hay que detenerse en esa parcela precaria de su rostro no visible… Y, entonces, uno ve la feliz sonrisa que no dibujó Sorolla, que sólo nos dejó a nosotros, elegantemente oculta, para que la sintiéramos, para que nos emocionara.

Pintar lo que no se pinta, decir lo que no se dice, alzar lo que no se alza… Soñar, al cabo, lo que no se encuentra.

¿Qué otra cosa es el arte?... ¿O la naturaleza?... ¡O la vida!
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miércoles, 15 de julio de 2009

Frente al espejo

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…en el rincón aquel de mi huerto florido y encalado…
J. R. Jiménez


Me han dejado de hablar las madreselvas.
Los vencejos, apenas si los oigo.
Quedamos, viejo amigo, como siempre,
indagando silencio y simetrías,
soledades de azogue que repiten
perfiles de derrotas, sombras vanas,
ecos de aquel rincón donde la vida
se quiso más que nunca vida, más
que nunca eternidad -prefacio
de sueños sin frontera o territorio,
alambique de aromas, primavera
sin agosto final, sin tanto olvido…-

Me han dejado de hablar las madreselvas.
Y la tarde y la noche. Y la mañana.
Y apenas puedo oír a los vencejos
que se baten de amor, a tanta altura.


15 de julio de 2009
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jueves, 9 de julio de 2009

El sueño de Endimión

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No quiero este montón de cosas:
esta mesa, esta silla,
esta hormiga que pasa con una carga enorme;
la gota que en el suelo se cree mar, de repente,
capaz de separarnos;
el aire y el sonido; la voz de gente extraña;
la luz de un faro halógeno
que te hace oscuridad del otro lado,
razón de oscuridad, indescifrable.

No quiero este montón de cosas
que están detrás de ti;
que se ponen en medio o me rodean,
o deciden que somos quienes somos,
quienes hemos de ser, quienes debemos.

No quiero distracciones de los ojos
ni oídos para el mundo que me han dicho que existe
–¿será cierto?–
tras de ti y ante mí, frente a nosotros…

No quiero esta legión de voluntades
que me niegan que puedas ser… un sueño.


9 de julio de 2009

lunes, 6 de julio de 2009

Nosotros y ellos

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La malaria se habrá llevado de la luz a un niño en el tiempo que tarde yo en escribir esta frase.

Sin duda soy lento escribiendo, pero la muerte, esa muerte, es rápida. Muy rápida. Treinta segundos son un intervalo de vergüenza para que muera un niño. En el siglo XXI, naturalmente, porque en el X o en el XI, por ejemplo, no disponían nada más que de su fe románica. Nosotros no; nosotros tenemos organizaciones mundiales de loables competencias y laboratorios farmacéuticos de indiscutibles eficacias. Mes y algo debe de cumplirse desde que un virus –que pasaba por un cerdo– se decidiera a prácticas olímpicas de mayor envergadura. Porque saltó al hombre. Un salto con pretensión de récord que a los pocos días llegó a Estados Unidos; y poco después… al resto de Estados Unidos. No tengo nada en contra de ese país ni se trata de una concesión al pensamiento “progre”. Quede claro. Sólo es una premisa más para un silogismo inexplicable que cruza por “Occidente”, este lugar de plenitudes, avances y grandezas que nos permite preocuparnos por penurias de las que en el fondo no hacemos caso alguno. Porque, si ordeno todos los principios del razonamiento, si leo rigurosamente el hilo de los hechos, si pienso en las morales pretensiones de sus derechos universales, veo, por ejemplo, emerger una pandemia contundente en un par de meses, veo una considerable dedicación mediática (se dice así, ¿no?) al número de consecuentes fallecimientos (unos trescientos ochenta en ese tiempo) , veo una laboriosidad industrial plausible en la producción de vacunas disuasorias para tan oscuras aspiraciones víricas, veo… ¡Veo un mar de interrogaciones! Porque en 1982 la malaria provocaba la muerte de un millón de niños; y en 2009, la de uno cada treinta segundos, es decir, más o menos lo mismo. Parece que en estos treinta años no hemos avanzado mucho en eficiencia frente al paludismo. ¿Eficiencia o dedicación?... Claro es que el paludismo pasa por allá y la otra, la puñetera y olímpica gripe, nos puede ocurrir acá

El caso es que preocupa la gripe esa. Normal, científicamente hablando; dieciocho millones de vacunas hemos negociado ya con no sé qué laboratorios. A mí, personal y egoístamente, me preocupan mis hijas, que están en la edad malditamente favorecida por el antojo del virus porcipelo. Pero…, humanamente hablando, que diría Blas de Otero, ¿a quién preocupa de verdad ese otro dolor que sucede cada treinta segundos en el mundo, toda esa inmolación que lleva ocurriendo igual desde hace treinta años…?

¿Somos quienes proclamamos ser o sólo una indecente caricatura de quienes presumimos proclamar que somos?
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