lunes, 27 de junio de 2011

Cada día que pasa

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…vencida de la edad sentí mi espada.
Francisco de Quevedo



Suceden otras cosas y pasan otros días…

Se adoran otras lluvias, arrecian otros dioses.

Ocurre entre los hombres un verbo diferente.

Y nada se parece –o nadie es quien debiera–.
Ni siquiera la danza prodigiosa del alma
ni el álbum de uno mismo,
el sepia distraído que empolva sus imágenes.

Sin embargo, sucede lo de siempre.

Pero ya es otro siempre;
no el siempre de verdad
–de la verdad aquella al menos–
sino un siempre enajenado, un siempre de los otros,
un siempre con extraños testigos de sus horas.

A vosotras, las mías, mis horas sin mañana,
¿qué miserable adverbio os rodeó de nunca?

Volved de la asamblea de las sombras.
Debo fundar un sueño… El último, os lo juro.
Un sueño más. Y luego, la memoria,
la línea fronteriza con la muerte.
Regresad un instante y yo os daré un asunto,
una crónica más
–la última, de veras–
sobre el raro silencio que se ha abierto de pronto.

No abandonéis el ágora del alma;
no me dejéis el voto del olvido
ahora que soy débil y reinan otras noches,
y vienen otras gentes y se van las que amaba…

O arrecian otros dioses
y pasan otras cosas…

Y un sueño es menos sueño cada día que pasa.


Junio 2011
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martes, 14 de junio de 2011

La esperanza, aunque el olvido

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Pensaba el mundo antiguo que el movimiento uniforme y circular era el movimiento perfecto. Y tal cosa pensaba el mundo antiguo porque un movimiento así es lo más parecido a un no-movimiento, a una quietud eterna en la que cada punto de una circunferencia puede soñarse el punto inmóvil y atemporal que es siempre el mismo punto, que siempre está en el mismo sitio, que espera siempre la misma plenitud a la que siempre acude la felicidad perdida. No encierra otro misterio el eterno retorno que entusiasmó a Nietzsche; aunque, con todos mis respetos por su eleática hostilidad, venga a confesar la misma ansiedad humana de perpetuar un bien para que no deje de ser el bien que fue, el gozo que una vez tuvimos y se diluyó en el implacable flujo de los ríos de Heráclito.

Somos el verbo de la naturaleza. Decimos y contamos lo que ella hace. La cíclica liturgia de su proceso (las primaveras, los veranos, las rosas, los vencejos…) es la historia que narran los modestos detalles de nuestra vida. Una vida que no quiere dejar de ser, que empecinadamente anhela no pasar, no fluir… Y, como no puede hacer cosa tan inevitable, sólo sueña regresar a sí misma, a las coordenadas gozosas en que se creyó ella misma.

La tarde luminosa de hoy 13 de junio es la tarde de siempre cuando es junio. La naturaleza ha vuelto a hacer de sí lo que es debido: cielos azul cobalto, adornos de vencejos en el aire, estallido de rosas en los parterres, murmullo de paseantes por los parques… Lo de cualquier casi verano, vamos; la parmenídea felicidad de lo mismo; la nietzscheana voluntad de lo igual reencontrado,

No lo podemos evitar porque somos el signo con que se dice el mundo. Por eso creemos que es posible eternizar la felicidad modesta y cotidiana de un paréntesis… O esperamos el uniforme y circular regreso que nos la regaló en el tiempo.

El hombre real, el hombre coherente con el verbo y el signo, cree o espera… O sabe y calla. Y lo seguirá haciendo aunque Dios o la verdad o el sueño olviden que la fe merece la esperanza. El otro, el irreal –la triunfante ilustración de su renuncia– vende puntos de extrañas geometrías que no dibujan círculos y no conciben rectas… O vagan, tontamente, por el vano unidimensional de la crueldad y la nada.



13 junio 2011
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