miércoles, 6 de noviembre de 2013

Metáforas de Dios




Cuesta una barbaridad. Es como levantarse de una larga convalecencia. Flaquean las palabras; son inseguras, igual que el músculo acostumbrado al tedio, a la postración. Pero un día, de repente, el alma se da el alta. Y siente ganas de incorporarse, de echar a andar y pasear por su viejo dormitorio, de levantar las persianas del silencio y comprobar si ya es de día, si ha vuelto a ser de día después de tanta noche. Comprueba entonces que el verano se ha convertido en otoño y el otoño en premonición del invierno. Y que el mundo sigue estando donde estaba y tan poco bien como estaba antes. Dan ganas de no salir, para qué engañarnos. Flaquean las palabras desde luego: la voluntad de su destino descubre un pobre entusiasmo. Pero es voluntad. Al fin y al cabo, voluntad, un órdago de la sinrazón. Y, como Lázaro, el alma se levanta y anda.

Un buen amigo, los buenos amigos lo son por su capacidad de tocarnos el corazón, me ha regalado hoy, sin merecimiento por mi parte, un bello CD (qué feo queda esto de llamar a las cosas con acrónimos extraños): Friar Alessandro… Yo creo que la voz del ser humano es una de las muchas metáforas de Dios –bueno, lo creo de todas las ‘voces de la vida’, tal vez, porque soy onomásticamente franciscano–, pero esta tarde la voz de este hijo del Poverello me ha sacudido el alma. Ha sido en alianza con Schubert porque el Ave María me ha rodeado la memoria de un circunloquio de emociones. Recuerdo habérsela oído cantar a mi padre cuando yo era niño y me parecía normal que un padre llevase tanto prodigio en la garganta. Por entonces me contaron que en la boda de la que fuera mi madrina también la cantó en la iglesia. Hace mucho tiempo de esto (últimamente hace mucho tiempo de todo). Yo tenía una pobre edad, tan pobre que soy incapaz de evocarlo, por eso me emociona escuchar lo que recordar no puedo. Sobre todo, porque ahora mi padre es un hilo entrecortado de sonidos, un balbuceo de agotamiento que firma con silencios lo que Dios le concedió de maravillas.

Y por eso este titubeante retorno es tan personal y tan poco importante, porque el alma tiene ya pocas ganas de pasear por el mundo y sólo quiere recorrer su empolvada, propia y humilde buhardilla, ese último refugio en que el sentimiento tiene nombre de memoria y la memoria apellidos de olvido.

Se lo dedico a mi padre, que en septiembre tuvo el coraje de cumplir noventa y nueve años; en octubre, la contrariedad de estar ingresado en un hospital durante nueve días; y en noviembre, el bendito arrojo de seguir hablándome (menos y más débilmente cada vez) en una lengua extraña, que no logro entender, y a la que yo respondo en otra común, que, probablemente, tampoco él entienda…