viernes, 19 de junio de 2015

¿Quién se para a pensar en la inocencia?



Tengo abierta la ventana. A esta hora atardecida, junio se vuelve amable. De fuera me llega el  aire tibio de algún jardín recién regado. Siento una deliciosa cenestesia: frescor, sosiego, paz... Huele a madreselvas y a tierra mojada. El zureo de una paloma, empeñada en hacer el amor que le toca, adorna el pretil  de la terraza. Se oyen voces suaves, amortiguadas por la distancia, enredadas en sonrisas y destinos perdidos (¿a qué destino podría ir cualquier sonrisa hoy sino a la nada?). Es buena gente, el mundo está lleno de buena gente (cuando le dejamos llenarse de ella, naturalmente). Pero el mundo es difícil y raro; hostil, sin duda, al esfuerzo de estos atardeceres de junio en las ciudades  apacibles. El mundo está repleto de otras cosas amargas Me siento ante el ordenador y me atrevo a su tragedia. Habla de asuntos turbios: de venganzas, de guerras, de corrupciones, de asedios,  de injusticias...  Difama, acierta, insulta, salva... Antojos de no sé cuántos, veredictos de no sé quiénes...

¿Quién tendrá tiempo de pensar en la inocencia? ¿Quién en el bien? ¿Quién en la bondad? Odio las palabras; cada espanto que ocurre, odio más las palabras. Hasta esas voces suaves, que amortigua la distancia, son una falsificación. Nadie piensa el horror de lo que dice porque a nadie le inquieta  la nada que lo avala. Aquello es un barullo de signos sin razones; esto, una sinrazón sin signos y sin esperanza. Hoy más que nunca los hombres  hablamos desde gargantas ajenas donde la destrucción se ha convertido en empecinada empresa. No se me entiende, claro; pero, si la inocencia se maldice, ¿qué hacemos sino empollar los huevos de su ruina?...

¿Y si es inocente la inocencia? ¿Y si no es real el barro que la embarra? ¿Quién da la menor ocasión a su posibilidad?...


¿Quién se para a pensar hoy en la inocencia?