miércoles, 15 de julio de 2015

Viejos días de julio




Se me ha llenado la vida de demasiados ayeres. Es cosa normal a mis años. Para un viejo, recordar es la definición del instinto de supervivencia. Y hoy, hundido en estos días tan térmicamente espesos, me ha saltado en la memoria una entrada de "Al atardecer" que hablaba del mismo sentimiento sobre julio que tengo enquistado en el alma desde hace muchísimo tiempo. Así que me plagio –¡tengo derecho a ser mi propio sinvergüenza!– porque quería escribir y tenía pereza de  hacerlo. Por eso no me limito a poner un vínculo que al hacer clic sobre él te lleve al rincón que pretendes. Eso sería citar, no plagiar. Mi pereza, entonces, no sería enteramente indecente...


Tengo malos recuerdos de estos días; mala memoria de un remoto entonces, cuando era joven y se me murió un amigo el día en que el hombre pisaba la Luna. Puede que por eso haya puesto a este mes de cara a la pared y siempre quiera que se pase muy deprisa. Se me hace antipático su rigor, se me hace insufrible su crueldad.

Pero no es sólo el alma la que en julio se queja, es todo lo demás. Es el ojo y es la piel, es la vista del cielo y el roce de la tarde: cálido, asfixiante, seco; amarilleando planicies que pesan en la mirada, decolorando azules que apesadumbran el horizonte. Nada más triste que esos días tórridos de grises diluidos, esos días en que la temperatura se hace casi grávida y el cielo uniformemente pálido y vulgar; esos días de calima y bochorno, de hipérbole de estío, de naturaleza petrificada; esos días en que las tres de la tarde suenan a chicharra enloquecida, oculta entre las ramas de todos los árboles. Tienen el fuego, el ardor, casi el fantasma de la Niña Chole, pero les falta el colorido. Son como una pasión que extralimita sus años, que revienta una edad que no le corresponde. Los amantes de Verona nos seducen por el color de su juventud; fuera de ésta, toda fogosidad es fatigosa, es agobiante, es antiestética.

Los días de julio arden. Los días de julio arrasan la belleza.



6 de julio de 2007

jueves, 2 de julio de 2015

La última palabra



La última palabra,
la hazaña sin después que ocupará mis labios.
El último acercarse
del alma a su intención de rara eternidad.
El último refugio
para acoger la vida que aún resista,
cercada y solitaria como nunca lo estuvo...

¡La vanidad de un signo que se creyó pensamiento!

Y aleccionar al día con su noche inminente:
su larga oscuridad sin alborada,
sus ojos sin estrellas ni misterio,
sus besos sin noticia de la carne...

Cuanto he sido, de pronto, entre mis labios
mendigando una argolla donde colgar su tiempo.

Y la ciudad, detrás de las ventanas...
Y el ruido de las cosas con sus nombres...
Y el trajín de la vida por las calles...

De pronto, cuanto he sido
no tendrá más hogar que una palabra.



Julio 2015