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Entradas

De solares, moscas y mierdas

A veces uno siente la apetencia de escribir raro. No por nada en particular, sino... en realidad, por todo. Decir para no decir; y vomitar de paso la mala bilis que soporta el alma por la digestión del mundo. Algunas, víctimas de precocidad literaria, lo hacen demasiado pronto. Otras, como la mía sin ir más lejos, demasiado tarde. En ambos casos el resultado es el mismo: la nada exquisita del silencio. Porque hablar de la verdad, de la justicia, de la honradez, no es sino visitar un estercolero; un solar al aire libre donde cualquier mierda se siente importante. Pero ¿cómo se le dice a una mierda que tiene equivocado el sentimiento?; ¿que no es ni más ni menos que el nombre en que se ocupa, o el olor que despide –esa sombra que deja en el olfato su triste desecho–…? Las mierdas tienen una extraña inclinación a valorarse en función del número de moscas por que son elegidas. Craso error. La mosca, como todos sabemos, es caprichosa y de impredecible vuelo: viene y va por el aire sin...

El relevo

Era otra ciudad. Era otro invierno. Otra página abierta de otro libro. Otro poema escrito para nadie. Era otro mundo. Al día le quedaban hora y ganas de perderse por nada: una aventura sin hazaña ni gloria por ejemplo. La esperanza era gratis por entonces; la soledad, amable; atemporal, el tiempo. Era otra ciudad con otras calles y otros parques de otros besos prohibidos por entonces, cuando ‘siempre’ tenía un no sé qué de inactual ‘ahora’ –porque siempre era siempre de verdad y nunca el nunca que jamás sería–. Los nuevos calendarios tienen meses ajenos, fríos que son los fríos de inviernos diferentes, días que inventan besos en ciudades extrañas… Es hora de ceder las horas a otras horas que marcan los relojes de otras almas. 9 enero 2013

El deseo intemporal

No es la primera vez que me plagio. Ésta procede del 2007; para ser exacto, de un veintiuno de diciembre de aquel oscuro “Al atardecer”. Podría haber puesto el ‘link’ simplemente, pero me pareció un gesto inelegante, amén de una abusiva proclamación de mi pereza. En cualquier caso, sigo pensando que define mi mejor deseo para todos los hombres. No es de hoy ni de mañana (ni de ayer pese a su anécdota)… Es de siempre: Os deseo voluntad. Os deseo la voluntad de amar (ya lo dije en otra parte: nihil amatum quin praevolitum ). Os deseo la voluntad de crecer en corazón, de levantarlo, como a su roca Sísifo, no por condena, sino por decisión; aunque luego caiga otra vez al valle; aunque deba después reiniciarse la gravosa tarea. Os deseo la voluntad de creer, de discutir el empeño zafio de los hechos cuando los hechos se afanan en ser crueldad, o injusticia, o simplemente tristeza. Os deseo la voluntad de no desfallecer, de no ceder si las cosas os ponen la zancad...

Palabras para que no reviente el alma

No fue un sueño, sino un fraude; una mentira que se embozó de un sueño. Poblar los días de sueños es embellecer la soledad del justo; arañarlos con mentiras es abrir heridas a la esperanza y llagas a la desolación. Porque de los sueños se despierta, pero de las mentiras se muere. Los primeros conocen sus fronteras y se saben irreales. Las mentiras, sin embargo, esconden sus lindes para enajenar la realidad. La ficción es pragmática: obtiene la eficacia a costa de actos indecibles. La ensoñación, en cambio, no invade la verdad, sólo consuela al alma y espera lo impensable Por eso los mundos del hombre no estallan por culpa de sus sueños, sino a causa de sus ficciones. De éstas es el fin de la paciencia, la ira de la espada, la rabia incontenible de la desesperación. Poned un sueño en el norte sabiendo que nunca lo alcanzaréis y enterrad las brújulas de los almirantes espurios: conquistar el paraíso que señalan las cartas de éstos no es más que desembarcar en un...

La soledad real

La soledad real es la soledad de una ciudad que no existe porque ya no le quedan verdades que paseen por ella; una ciudad con unos pocos barrios, ocupados tan solo por razones contrabandistas. La soledad real –no la individual de pequeñas melancolías, sino la enorme soledad sentida como especie– es un recado amargo que nos llega de la historia sin hoy y sin futuro; la historia en cuyas calles se embarran los zapatos y ensucian los horizontes, o se miran escaparates y compran ideas de segunda mano en las rebajas de sus repetidos fracasos. La soledad real es el nudo en la garganta que se siente al hablar con el silencio tras comprender que es el único interlocutor posible. Porque lo demás es nadie; o nada: un sórdido mercadillo de traficantes y embaucadores. Unos con tenderete y licencia, otros con acera y calle; aquéllos, con el futuro de oferta en sus mostradores; éstos, con la libertad ‘ripeada’ y a precio de saldo… Y los de aquí y los de allá, sorteando entre su clie...

Comprender todas las almas

Hay muchos rincones de uno que no saben pensarse a sí mismos. O no pueden… O no quieren. Me desconcierta su rigor empecinado prohibiendo la entrada a la ordenada corte de las ideas. Me desconcierta –a veces me duele– suponer que no sabré llegar jamás adonde soy verdad y esperanza al cabo. Algunos dicen que el arte puede hallar interesantes pasadizos con que burlar la atenta vigilancia de tan celosas aduanas. Otros están convencidos de que con el psicoanálisis los viajes hacia uno no son más que excursiones en diván de clase turística. Los hay que incluso niegan que esto tenga sentido. Pero en Delfos se escribió la advertencia, y en la soledad de la noche resuena el aforismo socrático: conócete a ti mismo . Saber que no sabemos entristece; saber que no nos sabemos aterra (debería al menos). Y no es por narcisismo, vanidad o cosa que se le parezca; es porque en esos rincones, que no saben pensarse, se guarda el código real de lo que somos, la matemática singularidad de nuestr...

El amor paciente

Dice Hegel que la Filosofía llega siempre tarde, que la lechuza de Minerva empieza a volar cuando declina el día. Al amor le ocurre algo parecido, por mucho que nos empeñemos en lo contrario. El amor también se descubre tarde. Mejor dicho, se reconoce “después”. Del amor se percata uno cuando ha pasado el barullo de los deseos, que andan siempre desazonados de un lado para otro tropezándose con las cosas. Del amor nos enteramos por la complicidad del tiempo. Del deseo y del apetito, no. Éstos son primitivos e inmediatos: se pretenden en cuanto los sentimos, se persiguen en cuanto nos ocurren. Una tarea de la vida, a la que no se presta atención excesiva, consiste precisamente en eso: convertir el instinto en su demora, convencer al deseo en el amor, transformar la animalidad en humanidad o, como diría Ortega, la biología en biografía… Ojalá hayamos sabido cumplir esa tarea. Ojalá que el último recuerdo que nos deje la vida sea el del amor paciente que nos sostuvo en ella. ...