lunes, 29 de septiembre de 2008

El jardinero

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Las poquitas ganas que le van quedando a uno de casi todas las cosas; la gota de amargor inevitable que no renuncia a caer sobre la piedra de cada día… Y su advertencia, su amenaza de convertirse en desbordada precipitación sobre el punto, antes granítico, de una inútil resistencia. Las horas y las horas, los libros aplazados, los poemas perdidos, la distracción del sentimiento en un recuerdo hermoso, la presunción del alma frente a un deseo no posible…

Llega un momento en que la vida se queda de pie y no puede sentarse, sólo mirar al día siguiente renunciando a su discurso. Y aguantar el temporal. Seguir de pie a pesar de todo. Respirar, a pesar de todo. Hablar, a pesar de todo. Intentar pensar… a pesar de todo. Y en algún rincón, profundo y propio, cultivar un jardín que nadie entiende; que a nadie importa; que no es fundamental ni necesario; que no sabe a qué es debido que haya rosas en otoño; que no puede, sin embargo, evitar que septiembre –octubre casi– huela aún a primavera sobre el acre silencio de las hojas caídas.
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sábado, 20 de septiembre de 2008

La memoria ancilar

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Me quedo con las noches esforzadas,
las horas del cansancio, la fatiga.

Me quedo con los días subterráneos
y el dolor de la luz sobre los ojos.

Con la nada me quedo, decidido
a negar otra vez el desencanto.

Sin tiempo de morir con casi nadie,
me quedo con vivir en el olvido.

Allí solo, pequeño, resguardado
por el arco de Dios en tu sonrisa.


(20 de septiembre de 2008)

miércoles, 17 de septiembre de 2008

La llamada II

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Uno espera y espera... Uno excede
la paciencia del tiempo y aún espera
un renglón en el aire, una quimera,
un párrafo indecible… Y no sucede.

Uno quiere poder lo que no puede:
romper con el silencio; esa manera
de estar dentro de uno estando fuera,
duelo que avanza, paz que retrocede.

Y un día, de repente, suena un sueño,
rompe el aire un teléfono, difunde
su agotadora desazón sin calma.

La mano oprime el corazón sin dueño...
Y uno besa una voz que a Dios confunde,
una voz que es un vínculo del alma.


(17 de septiembre de 2008)

miércoles, 10 de septiembre de 2008

La "partícula de Dios"


La llaman la partícula de Dios y la buscan por anillos colosales donde la insignificancia se estrella contra la insignificancia y provoca la ilusión de lo grandioso. Un bosón, el bosón de Higgs, una casi nada que, suponen, tiene la culpa de casi todo. Y puede que la tenga. Puede que un día nos sorprendan con el descubrimiento de su rastro. Porque sólo se podrá leer su rastro. Y todo será coherente; todo incuestionable, explícito y rotundo. Las cuatro fuerzas sólo serán dos –la gravitatoria, suave y tenaz, es una fuerza contestataria que se resiste a las reducciones hasta el aburrimiento de los sabios–. En el fondo, seguimos buscando el arjé.

La partícula de Dios es como la sexta vía del Aquinate saltándose los siglos y trocando el método aristotélico-deductivo por el método científico-experimental. Claro que ya no se busca a Dios, sino su partícula; mejor dicho, el rastro de su partícula: un renglón sobre una pantalla. Para ello hay que recrear la Creación a cien metros bajo tierra… Y nos encontraremos con un dios pequeñito y tonto (los bosones no se enteran de lo que hacen) al que le salió por casualidad un mundo ordenado bajo el rigor de la causalidad.

Yo soy un pobre tonto, inerme de ecuaciones, sin aceleradores ni colisionadores de hadrones o cosa que se le parezca. Tan tonto soy que ni siquiera sé si creo en lo que creo. Mis hipótesis son desamparadas. Sin embargo, he visto la partícula de Dios en muchos guiños de la vida: todos los días, en los periódicos del dolor del mundo; hace un rato, en unos ojos bellos bajo la gravitación de la ternura.

domingo, 7 de septiembre de 2008

Para nada


Una rara fracción de eternidad…
Un divisor común de polvo y tiempo…
Una ecuación de amor de primer grado…
Un decidido hacer de la tristeza…

A veces me sucede. A veces siento
que sucede. Un instante. Un recorrido
del corazón por todo lo que debe
callar, por todo lo que calla;
por todo lo que habrá de establecerse
al cabo de vivir, de haber amado,
de haber herido el tiempo inútilmente
para sanar en nada la voz y su locura...

Para llegar a nada.

Para nada.



(7 septiembre 2008)